¿Tradicionalismo o ideología?

    En varias ocasiones, refiriéndose a planteos doctrinarios conservadores, Francisco acusó a estos de reacciones “ideológicas” y a sus sostenedores de “fariseos”  ¿Qué quería decir? Porque no debemos equivocarnos en creer que el mencionado era tonto y lanzaba diatribas al tun tun. Pegaba donde sabía que dolía y en estos casos el concepto de “ideología” se decía en el buen sentido que le había dado el pensamiento tradicional, del cual él fue parte enterada (no convencida) en algún tiempo de su vida.

    Una ideología es un “constructo” de ideas armado con cierta lógica interna  para lograr el ascenso y/o mantenimiento del poder político dentro de una institución. No tiene nada que ver con el gusto de “conocer” algo real, nadie en la modernidad quiere conocer nada, fundamentalmente porque entiende que no se puede (eso le han asegurado sus filósofos en contra del viejo Aristóteles). Quieren “hacer”. El modelo es el de las ciencias modernas: no se puede saber exactamente cómo funciona el universo, pero puede establecerse un modelo que me permite hacer cosas. En política tenemos esos modelos, pero a diferencia de aquellas ciencias que nos avisan que son modelos “provisorios”, en este campo solicitan una adhesión fanática y gritan que con este mamotreto ¡ha llegado el fin de la historia! Por ejemplo “La democracia”. No hay ningún ámbito de la realidad que dé razón de tamaña sinrazón, la realidad nos dice que la autoridad debe ser detentada por el que sabe sobre el asunto que se debate, nadie elige al médico o al constructor por una elección mayoritaria. Busca al que sabe. Sin embargo el “constructo” ideológico “democracia”, (aunque ya está desvalorizándose como ocurre a toda estructura ideológica con el paso del tiempo) ha servido al encumbramiento y sostenimiento del anónimo poder económico financiero. El modelo les funcionó de perillas y vamos convencidos,  vota que vota, a la gran bancarrota y a la guerra.

   Pero si bien hay órdenes que se descubren en la realidad (y a ellos se inclina a conocer una sana filosofía) estos no están, en su formulación humana,  puros y libres de toda “construcción ideológica”. El P. Castellani decía que “en esta tierra no hay manzana sin gusano”.

    Por ejemplo, el feminismo dice que el “paternalismo” es una “construcción” ideológica para que el varón mantenga el dominio sobre la mujer. Es cuestión de soplar la imagen de familia que la idea proyectó,  y todo ese poder se cae. Hay que deconstruir esa ideología del matrimonio tradicional que puso al varón sobre la mujer. Pero claro, soplar una idea se puede, pero soplar la realidad es como en el cuento de los tres chanchitos y la casa de ladrillos. Para romper un orden real no basta con iluminar sobre esa fantasía; hay que asesinar, hay que destruir, y sobre todo, hay que autodestruirse, retirar de mí todo lo real (eso último es esencialmente el wokismo, un suicidio intelectual).

    Pero claro, ese orden del paternalismo exige que quienes lo encarnan sean fieles a la “realidad” que impone sus leyes y sus formas. Que no sean unos imbéciles amparados en las sujeciones que estableció una sociedad sana para defender el instituto ante casos excepcionales de desnaturalización. Quien exige el débito conyugal ya ha fracasado. Quien demanda a sus hijos para que lo mantengan en la ancianidad, de igual manera. Más les valiera a ambos hacer el bolso y marcharse de casa. Cuando lo que corresponde hacerse por amor se reclama por coerción, el instituto ya comienza a tener un algo de constructo ideológico. Cuando falla el hombre en sus virtudes, cuando surge el gusano en la manzana, el mismo instituto se retuerce y se agusana.

     Para ser padre se debe ser “amable” y todas sus primacías deben demostrar su necesidad y conveniencia para la familia, llamando al perdón por las debilidades. No digo que la realidad sea sorda al pecado, por el contrario, salvo en los constructos liberales la realidad siempre pide que al plantar un árbol se debe tener a mano un tutor. La realidad supone cierto grado de “pecado” que puede ser perdonado. Pero no “violencia”, no se hace crecer un árbol tirando hacia arriba con fuerza de su tallo, ni se lleva a patadas una mujer al lecho con el objeto de ser agradable. No es la ley coercitiva la que hace al padre, esta sólo intenta disminuir el mal que ya se ha causado por su defección. Pero si ya a ese padre sólo le queda la ley para sostenerse en su puesto, pues eso ya es ideología.

    Algo muy loco ha sucedido cuando no resulta a todas luces conveniente el haber tenido un padre,  un marido, o un capitán al mando del buque, pero algo mucho peor es que efectivamente tenerlo al mando sea un desastre mayúsculo.

    No he traído el ejemplo del matrimonio por ser un asunto de moda solamente. Sino porque esta “realidad”, este orden de cosas real, excede las consideraciones naturales en su apreciación, y de la mano de San Pablo podemos ver que mucho de su normativa es de carácter sobrenatural. Pero no por eso no “real”. Dios es real y sus órdenes establecidos son reales. Su Ley es la forma en que las cosas realmente funcionan, no son modelos que deben imponerse. Son la manera en que todo sale bien, por más misterioso que nos parezca al principio. Porque hay aspectos, órdenes de la realidad que no pueden ser comprendidos del todo (a veces ni tantito) en su sola apreciación natural. Chistes a parte, el matrimonio revela esta condición de “naturalmente inexplicable” en todas sus condiciones;  en la monogamia, en la perpetuidad y en la constante necesidad de desafiar por encima a la naturaleza, con una promesa que se traba en el cielo.

    Ni que hablar de la política, cuando la polis está compuesta por innumerables matrimonios que constituyen su sustancia, pero que pareciera para ciertos zotes iusfilósofos naturalistas, supuestamente católicos, que no es un orden transido de sobrenaturalidad. En fin, son solteros. Ni cuernos arriesgan.

   Pero volvamos a lo nuestro. La religión es un orden que parece solamente sobrenatural y divino, y acá damos vuelta el argumento; porque también es naturalmente observable. No en su integridad, como en todo lo humano. De todas maneras, en ambos planos, es un orden real. Está dado, en la ley natural y en la Ley Divina. No es una construcción ideológica, es la forma en que las cosas se dan de la mejor manera, en que se hace justicia con Dios de la manera adecuada, justicia que es la primera obligación o condición de la política. Y este orden religioso otorga la condición de Padres a algunas personas que deben encarnar esa paternidad, con sus fallas, perdonables, pero que si sólo expresan esa doctrina para sostener sus cargos que tambalean por efecto de sus vicios deformantes, entonces comienza a ser ideología, aun siendo en gran parte Verdad, es Verdad instrumentalizada.

    La misma buena doctrina se llena de excrecencias que las malas autoridades agregan para asegurar sus puestos. Cuando la buena doctrina y la Verdad es usada por los malos para seguir sentados en sus sedes y en sus cátedras,  es fariseísmo.

    Y a eso apuntaba Francisco cuando acusaba a los defensores de la doctrina tradicional de ideólogos y fariseos (en serio digo que no dudo que había leído a Castellani). Y mucho no se equivocaba. El caso extraño lo daría Uno que dejara toda voluntad de poder para salvar la Verdad desnuda, como Cristo Desnudo (guiño).

    Como aquellos escribas de antes, nuestros conservadores se sostenían en una doctrina que habían estudiado y que en gran medida era cierta, en puestos que se habían ganado, en posiciones por las que habían realizado ingentes esfuerzos y para las cuales habían entornado a la sana doctrina de “agregados” estratégicos. Y Francisco que, como dijimos, no era zonzo, veía este fariseísmo, este estar defendiendo su porción de poder en muchos de sus contradictores y acusadores.  Y sopló. Sopló sobre las ideas, sobre las imágenes creadas, sobre los subterfugios que su astucia descubría y delataba. Pero también quiso soplar sobre la Verdad, sobre lo real, sobre la casa de ladrillos. Porque había perdido la fe y pensó que todo era ideología, que todo era un constructo. Y como señalamos antes, ante la realidad que no cede tuvo que hacerse asesino, autodestructivo, y finalmente establecer un nuevo constructo de su modelo de poder, cometiendo el mismo pecado que advertía en los otros, pero peor. Porque si Trento, con todas sus verdades, fue el anclaje del Imperio Español; Vaticano II, con todas sus falsedades, fue la instauración de la ideología democrática.

    Benedicto XVI más alemán y lógico (aunque idealista), deconstruyó  bajo parecida confusión, atacando lo agregado junto a lo verdadero, destruyendo el gusano y la manzana,  pero un poco más noble supo que el revolucionario debe morir, debe renunciar al poder para ser creíble y demostrar que no se hizo para provecho propio. Y lo hizo. Aunque nadie lo entendió. Lo hizo al estilo de Robespierre y el Ché, aunque  voluntariamente, pero sin sangre (es la desgracia de no tener enemigos de fuste). Y sus amigos no se lo perdonan, hubieran preferido cierto pragmatismo a lo Fidel.  

     Cristo disipó con su aliento todo lo artificial que había en la religión de los fariseos para resaltar la Verdad que también se hallaba en ellos (“Haced lo que dicen”). Y esto sí que es más difícil, matar el gusano y salvar la manzana. Esto es,  que el padre de familia pueda prescindir de toda la parafernalia legal que lo sostiene y hacer frente, valiente y confiado con lo real de su condición ante los suyos. “Ecce Homo”.

     Claro que esto exige la grandeza de no destruir y asesinar, sino entregar la propia vida. El hombre, en cuanto voluntad de hombre, debe morir para que resalte el “orden real” puesto y mandado por el Buen Dios.

     El conservador quiere mantenerse y carga a la Verdad con todas sus estrategias de conservación. Lerdo y tardo por el peso de sus bienes suele apercibirse con atraso de que ciertos cambios en las doctrinas que parecían sin importancia, son el principio del desanclaje de sus posiciones de poder, posiciones que debería haber entregado mucho antes  para salvar lo Principal, lo Verdadero. Pero por el contrario, aún a riesgo de ensuciar la Verdad con sus intereses,  cruza lanzas por lo ideológico.

   ¿Puede ser que el Vetus Ordo y aún cierto “tomismo” de manuales, tengan una cierta carga ideológica en el sentido que Francisco le culpa? Puede ser… Bien lo veo en viejos académicos trabajos de doctorados romanos y creo haberlo visto en algunas de las últimas celebraciones litúrgicas efectuadas por notables conservadores. Y muy probablemente lo ha habido antes en algunos clérigos panzudos (o Sanchos). O en más de algunos.

    Pero hay en ese rito un fundamento “real” que hace que no muera, real en cuanto es la expresión de una religiosidad que satisface la exigencia natural que se plenifica en la Ley Revelada, en el Magisterio y la Tradición y que el hombre de buena voluntad experimenta sin lugar a dudas, desde la inteligencia y la emoción ordenada. Algo que exige que para desaparecer tenga que  “correr sangre”, que se hagan asesinos al intentar borrarlo.

   El Novus Ordo y el modernismo humanista es solamente un efecto demoledor que se lleva todo, lo bueno y lo malo, el gusano y la manzana, que es asesino y autodestructivo, sirviendo ideológicamente a un poder cada vez más provisorio que cría sus propios cuervos, los que preparan la reforma de la reforma que lo hará desaparecer sin pena ni gloria.

   La Religión Verdadera es en esta tierra una Verdad que palpita entre las falsedades de los hombres,  es un corazón lleno de Vida que lleva un cuerpo corruptible. Los reformadores humanos arrancan junto con la cizaña el trigo, convencidos por el maldito – que sembró la cizaña –  de que es el propio trigo el que trae la peste. Soñando con una nueva plantación transgénica que elaboran en blancos laboratorios los ingenieros. Y que siempre termina siendo indigesta.

Dardo Juan Calderón
Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.

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