Adeste Fideles y la conversión de Paul Claudel

Hay melodías que nos acompañan por un instante y luego se desvanecen como un eco lejano. Otras, se diría que atraviesan los siglos como un río subterráneo en momentos decisivos de la vida de los hombres. Adeste fideles es de estos últimos. Este canto natalicio tiene una historia fascinante, capaz de unir pueblos y las lenguas diversos en torno al misterio de la Natividad.

Durante mucho tiempo se atribuyó este himno a San Buenaventura o a Juan IV de Portugal, pero actualmente los estudiosos concuerdan en que su autor es Sir John Francis Wade, compositor católico inglés que vivió en el siglo XVIII. Wade era uno de los exiliados que se habían ido de las Islas Británicas a causa de las persecuciones anticatólicas. Se había afincado en Douai, al norte de Francia. En aquel momento, esta pequeña localidad era un centro importante del catolicismo europeo: existía allí un célebre seminario fundado por Felipe II de España para albergar a estudiantes y sacerdotes ingleses exiliados.

Según una tradición acreditada, Wade habría encontrado la letra y la partitura de Adeste fideles en unos manuscritos que habían sido archivados en 1743 y 1744. Transcribió la partitura para que la interpretara un coro en Douai durante la liturgia. En 1751 decidió recoger y publicar sus copias manuscritas en un libro titulado Cantus Diversi pro Dominicis et Festis per annum. Entre esos cantos se encontraba Adeste fideles. Es la primera fuente impresa conocida que documenta oficialmente el mencionado canto.

En los manuscritos de Wade, primorosamente iluminados, aparece Adeste fideles como un himno destinado a la liturgia de la Natividad compuesto con una estructura sencilla y a la vez solemne. Se trata de una invitación apremiante («Venid, fieles») que se abre progresivamente a la contemplación del Niño nacido en Belén. La fuerza de dicho canto radica en su claridad teológica y en su capacidad de cautivar a los fieles, como arrastrándolos físicamente hasta el pesebre.

La letra original en latín es mucho más hermosa que las traducciones a lenguas vulgares, pero me gustaría evocarla en nuestro idioma:

Venid, fieles, alegres y triunfantes.
Venid, venid a Belén.
Contemplad al Rey de los ángeles, que ha nacido.

Venid y adoremos, venid y adoremos,
venid, adoremos al Señor.

Dejando el rebaño, los pastores se acercan
humildes a la cuna.
Y nosotros, apresurémonos con paso alegre.

El resplandor perenne del Padre Eterno
lo hemos de ver bajo carne velado.
Al Dios Niño, envuelto en pañales.

Hecho pobre por nosotros y acostado en paja,
démosle calor con abrazos.
¿Quién no pagará con amor a quien así nos ama?.

Adeste fideles es algo más que un canto para escuchar. Es una profesión de fe que se repite en cada estrofa. A lo largo de los siglos XVIII y XIX traspasó fronteras y culturas. De la Inglaterra católica clandestina pasó a Francia, Alemania, Italia, etc. Con la difusión de la publicación de partituras y de nuevos repertorios litúrgicos, Adeste fideles se convirtió en uno de los cantos navideños más conocidos del Occidente cristiano. Se tradujo a numerosos idiomas: al inglés (O Come, All Ye Faithful), al francés (Peuple fidèle), al italiano (Venite, fedeli)… Cada una de las traducciones conservaba el núcleo original: la invitación a dejarlo todo para ir al encuentro del Niño Jesús en el portal de Belén.

La nochebuena de 1886, un joven estudiante de dieciocho años que había abandonado la práctica religiosa llamado Paul Claudel vagaba inquieto por las calles parisinas, y entró casualmente en la catedral de Notre Dame, cuyas naves inundaban los acordes del órgano mientras se entonaba el Adeste fideles.

Claudel evocó aquel decisivo instante con estas palabras: «Me encontraba de pie entre la multitud junto a la segunda pilastra de la entrada al coro; a la derecha, del lado de la sacristía. En aquel momento sucedió algo que ha dominado mi vida entera. En un instante, me conmoví y creí. Creí con una persuasión tan intensa, con tal elevación de todo mi ser, con una convicción tan potente, con una certeza que no dejaba lugar a la menor duda y que desde entonces ningún razonamiento ni ninguna circunstancia de mi agitada vida han logrado afectar ni hacer vacilar mi fe. Repentinamente me hirió en lo vivo la inocencia, la eterna infancia de Dios; ¡fue una revelación inefable! Tratando, como tantas veces lo he hecho, de reconstruir los momentos que siguieron a aquel instante extraordinario, vuelvo a encontrar los siguientes elementos, que sin embargo eran parte de un mismo relámpago, de un arma de la que se sirvió la Divina Providencia para terminar de abrir el corazón de un pobre hijo desesperado: “¡Qué felices son los que creen!” Pero, ¿era cierto? ¡Sin duda alguna! Dios existe, está aquí. Es Alguien, un ser personal como yo. Me ama. Me llama. Las lágrimas y sollozos se sucedían mientras la emoción se acrecentaba oyendo la tierna melodía del Adeste fideles […]».

Paul Claudel había entrado incrédulo, y salió de la catedral convencido. Con su invitación directa y universal, el canto lo había obligado a tomar una decisión personal. En la palabra venite el joven reconoció algo que lo tocaba en lo más vivo. La belleza de la música y la solemnidad litúrgica fueron algo más que una cuestión estética; fueron vehículo de una verdad que se impuso con toda evidencia a su mente.

Claudel abrazón sin reservas la Fe católica, la cual se convirtió en el centro de su vida y de su obra. Poeta, dramaturgo y diplomático, nunca dejó de interrogar el misterio cristiano a través de la palabra. Y todo tuvo su origen aquella noche, en aquel canto.

Adeste fideles sigue resonando cada Navidad en las iglesias del mundo aunque en muchos casos se desconozca su historia. Y aun así, en sus dulces notas ha quedado grabado el testimonio de una fuerza discreta pero real: la capacidad que tiene la música sacra para abrirse paso en el alma y llegar a la mente y el corazón cuando las solas palabras no bastan.

Hoy como entonces, este canto es inseparable de la celebración de la Navidad. Ya lo interpreten un coro imponente o un reducido grupo de fieles, mantiene intacta su fuerza original. El caso de Paul Claudel nos recuerda que la fe también puede nacer así: no de un tratado teológico sino de una melodía. No de un discurso abstracto sino de una invitación cantada.

Cuando son auténticas, las notas de un canto pueden tocar el corazón de un hombre y transformar su vida.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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