De Prometeo a Titán

Utilizaré un poco de la mitología griega para iluminar este artículo, y nos serviremos de un personaje mitológico que buscando alumbrar más bien oscureció. Se sabe que el titán Prometeo robó fuego del Monte Olimpo para dárselo a los hombres, y mientras se congració con éstos se ganó la ira de Zeus, el cual, entre otros enojos, envío a Pandora, la que, abriendo por curiosidad el ánfora regalada repleta de desgracias las esparció entre los mortales. Prometeo representa la rebeldía, el hombre lleno de sí mismo, el espíritu soberbio, el no acatamiento a la divinidad, la razón que pretende bastarse sola sin necesidad de la trascendencia. Prometeo representa a una pretendida luz humana que rechaza la luz de lo alto.

La rebelión prometéica no solo no ha desaparecido, sino que hoy se ve ampliamente consagrada. La implosión catastrófica del mini submarino llamado Titán me resulta muy significativa en orden a probar dicha consagración. Todo el mundo ya conoce los sucesos: unos aventureros se internaron unos cuantos miles de metros en aguas oceánicas en busca del hundido Titanic; la aventura le costó a cada tripulante más de doscientos mil dólares; el viajecito hacia las oscuridades marítimas insumía unas diez horas; debían viajar sentados y se podía ver por una sola ventanilla. Como queda dicho, la arriesgadísima inmersión tenía por finalidad deleitar la vista de los excéntricos pasajeros en unos cuantos hierros oxidados. Y la excentricidad le costó a cada viajero algo más que papeles, les costó la vida.

¿Qué me significó Titán?: La gran rebelión moderna. Una rebelión que gustosa va hacia la oscuridad bajo el manto de la luminosidad. Una rebelión que desciende pero que pretende estar con eso ascendiendo. La preocupación por lo insignificante y el abandono de las cosas importantes. El derroche innecesario del que prácticamente nada se dice, pues claro, se trata de “contribuciones” a la “ciencia moderna” y al “bien del planeta”. El deleite por el reino de lo que no posee luz. El reino de lo irracional, de lo que carece de sentido común, de lo tenebroso.

No parece casualidad el afán actual por lo oscuro: algunos invierten fastuosas sumas en intentar viajes por el inmensísimo espacio exterior; otros, como en el caso de Titán, hacen siderales gastos para moverse por las ignotas profundidades oceánicas. Unos, con esos gastos, persiguen en sus fantasías ir al encuentro de otras vidas, descuidando salvajemente al prójimo que tiene junto a sí; los otros, con esos gastos arriesgan su ser para ir a ver una chatarra oxidada llamada Titanic, para nada diferente a la que uno podría encontrar tranquilamente en la bañadera de su casa, en caso de que no haya rescatado del hundimiento el barquito con el que jugaba el niño, y quitado el tapón por un prolongado tiempo suficiente para conducir a la oxidación. Otros se sumergen en las oscuridades de la astrología y otras prácticas de ocultismo, como la mediumnidad, el tarot, la ouija o el juego de la copa. Se ve un deleite por el vagabundeo en los dominios de lo oscuro. 

Varios medios de comunicación tras la implosión del pequeño y frágil Titan hablaron de “maldición.” Algo así como si dijéramos que si alguien muere incendiado al acercarse a la lava de un volcán, fue todo por culpa de una maldición; o que si alguien muere reventado al caer sobre el asfalto tras haberse tirado del décimo piso, fue también obra de la “maldición”. Vamos. Dejemos la tontería de lado: esas muertes son obras de la temeridad, de la insensatez, de la locura, de la fanfarronería, mas no de ninguna “maldición”.

El viaje fatídico de los cinco multimillonarios que iban en el Titán en busca del naufragado Titánico (Titanic), en moneda argentina asciende a más de quinientos millones de pesos ($ 500.000.000). Ahí tienen ustedes la locura expresada en números. Solo bajo un poderosísimo influjo de la imbecilidad alguien arriesgará su vida derrochando una cifra hipermillonaria, y todo para espiar por un hueco quizá algo más grande que su propia cara, unos hierros doblados y materia corroída. No me opongo al gasto fuerte del rico que compra un carísimo anillo a su amada y así le roba una sonrisa: de alguna manera apuesta a la vida; me opongo rotundamente al gasto fuerte del rico que compra algo carísimo semejante a un pasaje para robar la frialdad de un metal: de una manera muy precisa apuesta a la muerte. El joven normal no hace un partido de futbol en la cima del Everest con el objetivo de figurar en la prensa mundial: a él solo le interesa pasarla bien con sus amigos, y eso es muy saludable. Solo al incipiente joven excéntrico se le ocurrirá sumergirse en las peligrosas profundidades marinas para acomodar unos colores con el fin de que el mundo se entere de la hazaña: “En conversación con la BBC, la progenitora de Suleman Dawood (19), joven muerto al implosionar el Titán,  contó que su hijo postuló al Récord Guiness para ser la primera persona en armar un cubo de Rubik a 3.700 metros bajo el mar». Se hunden en las profundidades porque paradójicamente viven en la superficialidad.

Hay un único océano en el que mientras más se sumerja el hombre más maravillas y luz encontrará, y ese océano es el Sagrado Corazón de Jesús. Allí, sus profundidades son multidireccionales, y en todas esas direcciones uno podrá encontrar, fulgurante, el gran barco de la Iglesia Católica, barco indestructible. Cristo, Luz que vino al mundo, es quien también saca al hombre de perecer en las profundidades del mar: le extiende su mano, tal como hizo con Pedro que se estaba hundiendo en las aguas. Las aguas representan al mundo. El Salvador es quien entonces nos hace caminar sobre las aguas con el poder de la fe, impidiendo que perezcamos. Es en la modernidad que se ve con muy buenos ojos el rechazar la amorosísima mano de Cristo, para así irse a pique a lo profundo en busca de sinrazones.

Seguramente el Prometeo llegado al 2023 se va a enfadar duramente conmigo, no porque se me ocurra robarle el fuego que él robó, sino porque pretendo con algunos más extinguir el fuego que él avivó.

Tomás I. González Pondal
Tomás I. González Pondal
nació en 1979 en Capital Federal. Es abogado y se dedica a la escritura. Casi por once años dictó clases de Lógica en el Instituto San Luis Rey (Provincia de San Luis). Ha escrito más de un centenar de artículos sobre diversos temas, en diarios jurídicos y no jurídicos, como La Ley, El Derecho, Errepar, Actualidad Jurídica, Rubinzal-Culzoni, La Capital, Los Andes, Diario Uno, Todo un País. Durante algunos años fue articulista del periódico La Nueva Provincia (Bahía Blanca). Actualmente, cada tanto, aparece alguno de sus artículos en el matutino La Prensa. Algunos de sus libros son: En Defensa de los indefensos. La Adivinación: ¿Qué oculta el ocultismo? Vivir de ilusiones. Filosofía en el café. Conociendo a El Principito. La Nostalgia. Regresar al pasado. Tierras de Fantasías. La Sombra del Colibrí. Irónicas. Suma Elemental Contra Abortistas. Sobre la Moda en el Vestir. No existe el Hombre Jamón.

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