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El diablo propone un brindis en el siglo XXI

La situación «surrealista» que vivimos, que nos sorprende a diario con los disparates más impensables –desde la invitación por parte del Vaticano para dar una Conferencia al lider del control poblacional por medio del aborto Dr. Paul Ehrilch; hasta los funerales de Renato Bialetti (inventor de la cafetera italiana) en la iglesia parroquial de Omegna, en el Piamonte, dentro de ¡¡una cafetera!!; o el funeral de Miss Chiwa una perrita chihuahua en la iglesia de San Victor de Sambreville en Bélgica, por mencionar sólo algunos– me ha sugerido la idea de reescribir la famosa continuación de las Cartas del diablo a su sobrino (1942) que Clive Staples Lewis, a pedido de lectores y editores, escribiera en 1959 bajo el título El Diablo propone un brindis.

He procurado mantener la idea de Lewis un diablo mayor aconsejando a los recién recibidos de diablos, aunque dado el actual desprecio por las enseñanzas de los mayores y la exaltación de la juventud, he invertido los términos. Como señala el autor, “Si damos rienda suelta a ese ardid [las cartas de un diablo a otro], nos arrebatará a lo largo de cientos de páginas. Aunque fue fácil retorcer la propia mente para pene­trar en la actitud diabólica, no supuso diversión hacerlo, o al menos no durante mucho tiempo. El esfuerzo producía una especie de calambre espiritual. El mundo en el que debía proyectarme mientras hablaba a través del diablo era basura, cas­cajo, sed y sarna. Fue preciso excluir todo vestigio de belleza, frescura y genialidad. Casi llego a ahogarme antes de haberlo hecho, y hubiera ahogado a mis lectores si lo hubiera pro­longado”. Esta fue la razón por la que el autor demoró la segunda parte que tantos le reclamaban. Pero al fin sucedió que “posteriormente, conforme fueron pasando los años y la sofocante experiencia literaria de las Cartas se fue tornando un débil recuerdo, empezaron a ocurrírseme ideas sobre diferentes cuestiones que parecían exigir de algún modo un tratamiento como el de las cartas del diablo. Con todo, estaba resuelto a no escribir otra Carta. La idea de algo así como una conferencia o un «discurso» rondaba vagamente alrededor de mi cabeza. A veces me olvidaba de ella, otras la traía a la memoria, pero nunca me puse a escribirla. Entonces llegó una invitación de The Saturday Evening Post y apreté el gatillo”. Como han seguido pasando los años, ¡casi 60 ya!, y hay cosas que Lewis no pudo siquiera imaginarse en el mundo demoníaco que creó, parece que podría ser oportuno que Screwtape vuelva a pronunciar un renovado discurso.

La idea por tanto es del autor y la mayor parte de las palabras son las de la pluma del británico. Simplemente he tratado de dar continuidad a su pensamiento ante la situación actual.

La escena tiene lugar en el infierno durante el banquete anual de la Academia de Entrenamiento de Tentadores para jóvenes Diablos. El rector, Doctor Slubgob, acaba de brindar a la salud de los convidados. Screwtape II (sobrino) el invitado de honor, se pone en pie para responder:

«Señores Diablos recién recibidos, sus Desgracias, Espinas, Som­bríos, Gentilesdiablos míos y Rector, su Inminencia:

En otros tiempos en ocasiones como ésta el orador se solía dirigir principal­mente a aquellos recientemente graduados que serían destinados a Tentadurías Oficiales en la Tierra. Como todo ha cambiado, pues ahora somos los diablos recientemente graduados los que nos dirigimos al público diabólico presente para que puedan aprender de la enorme sabiduría de los jóvenes. Inauguro esta costumbre gustosamente.

Con qué inquietud aguardo yo mi primer destino. Espero y creo que cada uno de ustedes siente esta noche el mismo desasosiego. Nuestra carrera está ante nosotros. El infierno espera y exige que sea una de éxito ininterrumpido.

No tengo la menor intención de reducir el saludable y realista elemento de terror ni la incesante ansiedad que harán de látigo y aguijón de nuestros esfuerzos. ¡Cuántas veces envidiaremos a los humanos su capacidad de dormir! Pero a la vez desearía poner ante ustedes una visión moderadamente animosa de la situación estratégica en su conjunto.

En un discurso lleno de puntos, nuestro temido rector ha incluído una especie de apología del banquete que él dispuso para nosotros. Bien, gentilesdiablos, nadie se lo reprocha. Sería vano, empero, negar que las almas humanas con cuya congoja nos hemos regalado esta noche eran de bastante mala calidad. Ni siquiera el hábil arte culinario de nuestros atormentadores (que han aprendido las mejores recetas de tantísimos programas televisivos dedicados a la faena de enseñar a cocinar) podría mejorar su insulsez. ¡Oh! ¡Imagino lo que ha de haberse sentido al hincarle el diente a un Enrique VIII o a un Lenin o Stalin o incluso al muchachito Guevara, a Lutero, Zwinglio y Calvino! Aunque hoy se empeñen en negar la maldad de estos, el paladar lo detecta. Allí había algo realmente crujiente, algo para masticar: una furia, un egoísmo, una crueldad, una maldad intrínseca solo un poco menos robusta que la nuestra. Ofrecía una deliciosa resistencia a ser devorada. Calentaban las entrañas cuando se engullían.

En lugar de ello, ¿qué hemos tenido esta noche? Ha habido un senador, un presidente y un gobernador con salsa de corrupción. Personalmente no pude detectar en ellos el sabor de una avaricia verdaderamente apasionada y brutal con que se deleitaban nuestros antepasados en los grandes magnates de siglos anteriores. Estos se limitan a robar para enriquecer sus propios bolsillos pero la maldad verdadera de aquellos que planificaban la destrucción sistemática de sus sociedades ¿dónde ha quedado? ¿Acaso no eran inequívocamente hombres y “hombras” insignificantes —productos de esas mezquinas tajadas atrapados con indiscretas cámaras ocultas, difundidas sus pequeñas tropelías por redes sociales, pero negados con trasnochados lugares comunes en sus discursos públicos—, unos manoseados y pequeños don nadie arrastrados a la corrupción, solamente reconociendo que eran corruptos, y tan solo porque los demás lo hacían?

Luego hubo una tibia cacerola de adúlteros. ¿Pudieron encontrar ustedes en ella alguna huella de lujuria realmente inflamada, provocadora, rebelde e insaciable? Yo no pude. A mí me supieron todos a imbéciles insatisfechos deslizados o escurridos en camas equivocadas como respuesta automática a anuncios incitantes, cine xxx o para sentirse modernos y emancipados, o para reafirmar su virilidad o «normalidad», o incluso porque no tenían nada más que hacer. Adúlteros convencidos de estar “viviendo bien” porque ya no existen “condiciones objetivas de pecado”. Adúlteros que han contado con la tranquilizadora bendición de sus pastores, que les ha adormecido la conciencia. Así llegaron a nosotros con la tibieza de otro estúpido: “pero si todos los hacían”, o peores excusas como: “pero si nuestro pastor nos acompañó y nos ayudó a discernir que lo que hacíamos era bueno”. A mí, que he saboreado a Messalina y Cassanova, me resultaron francamente nauseabundos.

El homosexual activo aderezado con militancia de género estuvo tal vez un poquito mejor. Él había hecho verdadero daño. Él había contribuido, de forma absolutamente intencionada, a corromper a los niños y jóvenes, con sus abusos pedófilos, con sus orientaciones educativas, sus guías de educación sexual, sus películas holliwoodenses y hasta sus dibujitos animados; con anuencia de toda la progresía política y mediática a quienes había llegado a convencer de que lo importante es que hubiera “amor”. Sí. En cierto modo estuvo más sabroso. ¡Pero en qué modo! Pensaba muy poco en estos objetivos finales. Acatar la ideología del pensamiento único, seguir a los famosos de renombre que ostentaban sus mismas inclinaciones y hasta conseguir el aplauso de la multitud de idiotizados por la propaganda, por encima de todo. Pura rutina de seguir la corriente de la multitud, fueron las cosas que realmente dominaron su vida.

Hubo también otro manjar algo sabroso que fue aquél médico especializado en abortos, responsable de que hubiera derramamientos de sangre mayores que en las guerras mundiales. Sin embargo también él lo hacía todo por avaricia monetaria más que por verdadera crueldad de sangre, y se amparaba en grandes organizaciones como Planned Parenthood y en contribuir con políticas planetarias de ingeniería social. Todo esto le resta el sabor que tuvo en su momento un Herodes que tenía la crueldad enorme de ordenar una matanza de niños pero que en el fondo lo que sobre todo perseguía era matar a Dios.

Pero el punto viene ahora. Todo esto es gastronómicamente deplorable. Espero, no obstante, que la gastronomía no sea lo primero para ninguno de nosotros. En cambio, ¿no es esperanzador y prometedor en otro sentido mucho más serio?

Consideren primero la mera cantidad. La calidad puede ser miserable, pero nunca tuvimos almas (de algún tipo) en mayor abundancia.

Y luego el triunfo. Estamos tentados a decir que esas almas —o esos charcos residuales de lo que una vez fueron almas— difícilmente son dignas de condenarse. Sí, pero el Enemigo (por alguna razón inescrutable y perversa) las consideraba dignas para intentar salvarlas, aunque sus administrativos terrenales –aliados nuestros– hayan decretado que toda forma de predicación está prohibida como deleznable proselitismo. Créanme, aún a pesar de esto, Él las considera dignas de ser salvadas y así sostiene a un puñado de sus ayudantes fieles que aunque perseguidos por sus superiores siguen intentando salvarlas a riesgo de ser condenados y expulsados por proselitistas. Nosotros los más jóvenes que no hemos entrado todavía en servicio activo podemos imaginarnos con qué esfuerzo, con qué exquisita destreza fueron finalmente capturadas cada una de esas miserables criaturas.

La dificultad estriba en su misma pequeñez y debilidad. Eran parásitos con una mente tan confundida, con unas reacciones tan pasivas frente al entorno, tan condicionados por la televisión, nuestro aliado internet, las redes sociales, los teléfonos celulares, el Whatsapp, el Twitter, el Facebook, el Instagram, que resultaba muy difícil elevarlos al nivel de claridad y deliberación en que se hace posible el pecado mortal. Era preciso levantarlos lo suficiente, pero no ese milímetro fatal de «demasiado» pues entonces, por supuesto, probablemente se habría echado todo a perder. Podrían haber visto; podrían haberse arrepentido. En ese caso, se habría hecho necesaria la ayuda de uno de esos lobos con piel de cordero para que tranquilizara sus conciencias diciéndoles que estaba todo bien. Por otro lado, si hubieran sido elevados demasiado poco, muy posiblemente hubie­ran merecido el purgatorio,  como criaturas no idóneas ni para el cielo ni para el infierno: cosas a las que, habiendo fracasado en lograr el nivel, se les permite hundirse para siempre en una infrahumanidad más o menos satisfecha.

En cada elección individual de lo que el Enemigo podría llamar el «mal» camino, es muy difícil, por no decir imposible, que esas criaturas se sitúen en un estado de plena responsabilidad espiritual. No entienden ni el motivo ni el verdadero carácter de las prohibiciones que están quebrantando. Su conciencia apenas existe aparte de la atmósfera social y mediática que los rodea. Y, naturalmente, nosotros hemos logrado que su mismo lenguaje sea todo confuso y borroso. Nuestro gran logro últimamente ha sido introducir ese lenguaje confuso y borroso aún dentro de la administración terrenal de Él. Un pecado de adulterio de otro tiempo es una situación irregular que no es situación de pecado mortal ni priva de la gracia santificante y decirles esto no es engañarlos y llevarlos al despeñadero sino que ahora se llama misericordia. Claro: la primera tarea de sus tentadores consistió en forzar esas elecciones del camino del infierno en un hábito por repetición continuada. Pero luego (y esto era de primera importancia) fue preciso transformar el hábito en un principio —un principio que la cria­tura y todas las estructuras pastorales estén dispuestas a defender: el adulterio es una familia herida, el concubinato puede ser un verdadero matrimonio que aún no ha evolucionado. Después de esto, todo irá bien. La conformidad con el entorno social con nuestro aliado el mundo, al principio meramente instintiva e incluso mecánica —¿cómo podría no conformarse una gelatina?—, se convierte ahora en un credo reconocido o ideal de Misericordia o Dejarlos Ser Como Son. La mera ignorancia de la ley violada se convierte ahora en una vaga teoría sobre ella, una teoría a la que se refieren llamándola «moralidad farisáica de los lanzadores de piedras, de los corazones endurecidos». Así comienza a existir gradualmente en el centro de la criatura un núcleo sólido, compacto y arraigado de resolución de seguir siendo lo que es e, incluso, a combatir estados de ánimo que podrían intentar alterarlo. Es un núcleo muy pequeño; no reflexivo en absoluto (son muy ignorantes), ni provocador (lo excluye su pobreza emocional e imaginativa); a su modo, casi mojigato y modesto: como un gui­jarro o un cáncer incipiente. Pero servirá a nuestro propósito. He aquí al final un rechazo real y deliberado, aunque no completamente articulado, de lo que el Enemigo llama Gracia que se esforzarán porque los demás también rechacen. El punto está en la «exaltación de la Conciencia», con ello podemos asegurarnos que cada quien usará su propia Conciencia para justificar cada uno de sus pecados, inclinaciones y caprichos. Podrá cometer los mejores pecados que su Conciencia absolverá por cientos de justificadamente discernidas razones.

Estos son, pues, dos fenómenos bienvenidos. Primero la abundancia de nuestras capturas; aunque insípidas viandas no corremos peligro de pasar hambre. Y en segundo lugar el triunfo: la habilidad de nuestros tentadores nunca ha sido superior. Pero la tercera moraleja, que todavía no he extraído, es lo más importante de todo.

El tipo de almas con cuya desesperación y ruina nos he­mos… —bueno… no diré regalado, pero por lo menos nutrido— esta noche, está aumentando en número y continuará haciéndolo. Nuestros consejeros del Mando Inferior nos aseguran que así es, y nuestros directivos nos advierten que orientemos nuestras tácticas a la vista de esta situación. Los “grandes” pecadores, aquellos cuyas vívidas y geniales pasiones fueron fomenta­das más allá de todo límite y en quienes una inmensa concentración de voluntad fue dedicada a objetos aborrecidos por el Enemigo, no desaparecerán. (No se desilusionen si algunos de esos “grandes logros nuestros” del pasado como Lutero son presentados hoy como “testigos” del Libro del Enemigo. Nosotros sabemos lo que es nuestro. Esto sirve a la confusión de la que, en definitiva, sacaremos provecho). Volviendo a lo que decíamos: los “grandes” pecadores no desaparecerán, pero aumentará su escasez. Nuestras capturas serán cada vez más numerosas. Sin embargo, consistirán en desperdicios que en otro tiempo hubiéramos arrojado a Cerbero y a los perros de presa del infierno como no aptas para el consumo diabólico. Y quiero que entiendan dos cosas al respecto: en primer lugar que, aun cuando pueda parecer deprimente, es realmente un cambio para bien. En segundo lugar quisiera dirigir su atención hacia los medios por los cuales se ha conseguido.

Es un cambio para bien. Los grandes (y suculentos) pecadores están hechos de la mismísima materia que esos horribles fenómenos que son los Santos egregios. La casi total desaparición de esa mate­ria puede significar comida insípida para nosotros. Pero ¿no es absoluta frustración y hambre para el Enemigo? Él no creó a los humanos —no se hizo uno de ellos ni murió torturado en medio de los hombres— para producir candidatos para el purgatorio, humanos «malogrados». El quería hacer santos, dioses, cosas como Él. ¿No es la insulsez de la presente comida un precio muy pequeño a pagar por el delicioso conoci­miento de que Su gran experimento en conjunto no está dando resultado? ¿La insulsez de la presente comida no muestra acaso como gran triunfo nuestro la colaboración de Sus propios agentes, incluso muchos de las más altas Jerarquías? Pero no solo eso. Conforme disminuyan los grandes pecadores y la mayoría pierda toda individualidad, los grandes pecadores se convertirán en agentes mucho más eficaces para nosotros. Cada dic­tador o incluso demagogo, cada eclesiástico ignorante, infiel, amancebado, homosexual o satanista —casi toda figura de la tele, del cine o del rock— podrá arrastrar ahora consigo decenas de miles de ovejas del rebaño humano. Se entregarán (lo que hay de ellos) a él; en él, a nosotros. Puede llegar un tiempo en que, salvo para la minoría, no tendremos necesidad de preocuparnos en absoluto de la tentación individual. Si atrapamos el cabestro, el rebaño entero vendrá tras él.

Pero ¿entienden cómo hemos triunfado al reducir buena parte de la raza humana al nivel de las cifras? Eso no ha llegado por accidente. Ha sido nuestra respuesta —¡una magnífica respuesta!— a uno de los más serios desafíos que hayamos tenido que afrontar jamás.

Permítanme recordarles cuál era la situación humana en la primera mitad del siglo XX (ya en El Diablo propone un brindis he comparado con la situación anterior del siglo XIX). Nuestro Padre de las Profundidades logró manejar aquellos tiempos con un contraataque se llevó a cabo en dos niveles. En el más profundo, nuestros dirigentes lograron poner plenamente en actividad un elemento valioso: oculto en el corazón de la lucha por la libertad había también un profundo odio a la libertad personal. Un hombre inestimable, Rousseau, fue el primero en ponerlo de manifiesto. En su democracia perfecta solo está permitido, como recordarán, la religión del Estado, la esclavitud es restaurada y al individuo se le dice que quiere realmente (aunque no lo sepa) todo lo que el Gobierno le dice que haga. Desde el punto de partida via Hegel, otro imprescin­dible propagandista de nuestra causa, urdimos fácilmente el estado totalitario y comunista. Incluso en Inglaterra tuvimos bas­tante éxito. Hace unos años oí que en ese país un hombre no podía cortar, sin un permiso, un árbol de su propiedad con su propia hacha, ni hacer tablones con él utilizando su propia sierra, ni utilizarlos para construir en su propio jardín un cobertizo para guardar las herramientas. Las cosas hoy son mucho mejores en este sentido, porque hemos destruido a las familias y también sus derechos: hoy a un hombre no le es permitido educar a sus hijos en las normas del derecho natural o la religión cristiana porque eso es considerado manipulación mental contra los derechos del niño. Sí puede, la escuela, “educarlos” –si puede llamarse así a lo que hace hoy la escuela– contra esas normas y esa religión, lo que es “liberador” para los niños… bueno para algunos niños. Los que sobrevivieron al aborto o llegaron a vivir por un fracaso de la píldora.

Ése fue nuestro contraataque en un determinado nivel. A nosotros, meros principiantes, no se nos confiarán traba­jos de ese tipo. Se nos destinará como tentadores de personas particulares. Nuestro ataque adopta contra ellas, o a través de ellas, una forma diferente.

Democracia fue durante mucho tiempo la palabra empleada para conducirlos por las narices. Sin embargo, hoy esa palabra mágica ha perdido su efectividad. A los pueblos se les ha antojado que pueden usar de la democracia para votar cosas que no están en nuestros planes como salirse de la comunidad económica europea, ir en contra del terrorismo y la ideología de género, apoyar a candidatos ajenos a nuestros deseos etc. Se han creído que se puede usar para el sentido común y esto contradice el servicio que la democracia nos prestaba antaño. Por eso hemos debido ajustar los términos. Hoy nos son más efectivas las palabras misericordia y derecho para el mismo fin de llevarlos de las pestañas. El buen trabajo realizado ya por nuestros exper­tos filólogos en la corrupción del lenguaje humano hace inne­cesario advertirles que no se les deberá permitir nunca dar a estas palabras un significado claro y definible. No lo harán. Nunca se les ocurrirá pensar que misericordia es por antonomasia una cualidad de Dios mismo; que además, siguiendo el ejemplo divino, es la compasión por los que sufren y el ofrecerles ayuda. No hay que permitirles ver la remotísima conexión con lo que ustedes están intentando venderles. Tienen que entender que la nueva misericordia es perdonar siempre, apertura total al mundo, no juzgar, no decir al Si, Si y al No, No. Ni, por supuesto, se les debe permitir nunca pensar en la relación de la misericordia con la cualidad de Él, que sin faltar a la misericordia supo sacar a latigazos a nuestros mercaderes de Su Templo, o decirle en la cara, ¡qué desfachatez! a una adúltera que debía dejar el pecado.

Otro tanto deben hacer con la palabra derecho. Desde la más tierna infancia deben inculcar en los niños esta palabrita que ha de estar al servicio de cualquier capricho, desde el juguete y la zapatilla de marca hasta la lujuria, el aborto o la contranatura. Todo ha de justificarse con esa palabrita derecho. Jamás deberán permitir que la asocien, como se hacía antaño a ese vocablo pernicioso que es obligación, pues cuando esto sucede todo reclamo de derecho se ve limitado al pensar que conlleva una obligación como contraparte. Ustedes deben exasperar la idea de derecho, partiendo de un egoísmo personalista que sea capaz de justificar hasta el cambio de género, como dicen ahora, porque se perciben algo diferente de lo que son. ¡Hoy, un gran triunfo nuestro a través del lobby LGTB, es que un tipo de 50, Stefonknee Wolschtt, se “sienta” una niñita de 6, o que una mujer travestida de hombre sea el “primer” tipo embarazado (todas son el primero: Thomas Beatie, Alexis Taborda o Hayden Cross)! Cuando se llega a esto nuestro triunfo es enorme: le hemos arrebatado a Él el derecho que le corresponde como Creador, a la par que introducimos la disolución de la familia al destruir todo tipo de relación humana basada en Sus Planes.

Deben utilizar estas palabras puramente como conjuros, como eslogans; si prefieren, por su poder de venta exclusivamente. Son nombres que deben venerar. Y están conectados, por supuesto, con el ideal ya no sólo político sino principalmente religioso según el cual los hombres deben ser tratados de forma igualitaria y respetando siempre sus caprichos egoístas, desconociendo el Decálogo. Después deberán hacer una sigilosa transición en sus mentes desde este ideal a una creencia efec­tiva en que todos los hombres son iguales, y no sólo iguales sino dioses que pueden resolver a su antojo sin preocuparse del bien ni del mal. Como resultado ustedes pueden usar las palabras derecho y misericordia para sancionar en su pensamiento el más vil (y también el menos deleitable) de todos los sentimientos humanos. No les será difícil conseguir que adopte, no solo sin vergüenza sino con una sensación agradable de autoaprobación, una conducta que sería ridiculizada universalmente si no estuviera protegida por las palabras mágicas. El sentimiento a que me refiero es, naturalmente, aquel que induce a un hombre a decir ¿quién soy yo para juzgar?.

La primera y más evidente ventaja de ese sentimiento es que entonces ustedes los inducen a entronizar en el centro de su vida una buena, sólida y clamorosa falsedad. No quiero decir que la afirmación indi­cada sea falsa de hecho; sino que ésta ha de usarse como justificativo para callar ante las situaciones más claras de contradicción del Decálogo o del Libro y, de paso, para seguir pecando así nadie les dice nada de sus propias contradicciones a la Ley de Él.  Quiero decir que ni él mismo la cree. Nadie que dice ¿quién soy yo para juzgar? con este sentido, se lo cree realmente. Si lo creyera no lo diría o no emitiría juicios, cosa que no sucede. El hornerito trabajador y servicial no se lo dice nunca al tordo que empolla en nido ajeno, ni el santo al depravado, ni el trabajador al holgazán, ni la mujer fiel a la prostituta. La declaración de ¿quién soy yo para juzgar? es hecha ex­clusivamente por quienes se niegan a pensar según parámetros morales objetivos. La afirmación expresa, precisamente, la lace­rante, hiriente y atormentadora conciencia de una ley divina y moral que el paciente rehúsa aceptar para reemplazarla por su propia conciencia.

Y por lo tanto se ofende. Sí; lo ofende cualquier género de prédica sobre lo que está bien y está mal por parte de los demás; la denigra; desea su aniquilación. Sospecha, incluso, que toda prédica en este sentido sea una proclamación farisaica de superioridad. Nadie debe vivir mejor que él, usar vestidos moralmente aceptables, tener modales que reflejen caridad cristiana, nadie debe tener distracciones sanas o familias «normalmente» constituidas. «He aquí a alguien que ha logrado ser fiel a una promesa matrimonial: debe ser una pantomima vil, altanera, habría que ver esa familia desde dentro, algo deben esconder. Aquí hay un tipo que se niega a participar de las groserías que se dicen en el desayuno de la oficina: sin duda se cree demasiado bueno, esos son los peores y en realidad debe ser que no entiende los chistes. He ahí un hombre que no tiene un amigo gay: debe ser uno de esos gays reprimidos que no se animan a la autenticidad. Si fueran tipazos como Dios manda deberían vivir como los demás; no tienen por qué ser diferentes. Son corazones cerrados que juzgan y discriminan. Eso es antimisericordioso».

La deliciosa novedad de la situación actual consiste en la posibilidad de sancionarla —hacerla respetable e, incluso, encomiable— merced al uso hipnotizador de las palabras misericordia y derecho.

Bajo la influencia de este encantamiento quienes son pecadores en alguna materia —o en todas— pueden trabajar con más entusiasmo y mayor éxito que en ninguna otra época para rebajar a los demás a su mismo pecado. Pero esto no es todo. Bajo la misma influencia, quienes se aproximan —o podrían aproximar­se— a una humanidad plena retroceden ante el temor de ser antimisericordiosos. He recibido información fidedig­na de que los jóvenes humanos reprimen algunas veces un gusto incipiente por la virtud o lo arduo, porque eso podría hacerlos ver Como Quien Juzga a Otro; personas que desearían realmente ser honestas, castas o templadas —y a las que se les brinda la gracia que les permitiría serlo— lo rehúsan. Aceptarlo podría hacerlas Diferentes, ofender el Estilo de Vida, excluirlos de la Misericordia, dificultar su Integración en el Gru­po de Defensores de Derechos. Podrían —¡horror de los horrores!— convertirse en indi­viduos conscientes del pecado y de sus obligaciones. Convertirse en individuos que discriminan y juzgan (como la actividad más importante del alma humana) que distinguen y diferencian el bien del mal; capaces de discernir también entre el pecado y el pecador, capaces de someter su Conciencia a normas superiores y objetivas.

En lo que quiero que fijen su atención es en el vasto movimiento general hacia el descrédito y, en última instancia, la eliminación de cualquier género de excelencia humana: moral, cultural, social e intelec­tual. ¿Y no es hermoso observar como la misericordia y el derecho (en el sentido de conjuro encantador, de simplista y empobrecedor eslogan) está haciendo ahora para nosotros el mis­mo trabajo —y con los mismos métodos— realizado en otro tiempo por las dictaduras más antiguas? Recordarán que uno de los dictadores griegos, que entonces llamaban «tiranos», envió un emisario a otro dictador para pedirle consejo sobre los principios de gobierno. El segundo dictador condujo al mensajero a un campo de maíz, y allí cortó con su bastón la copa de los tallos que sobresalían un centímetro o así por encima del nivel general. La moraleja era evidente: no tolere preeminencia alguna, ni virtud alguna entre sus súbditos; no permita vivir a nadie que sea más bueno, más sabio, mejor, o incluso más fiel que la masa. Córtelos a todos reduciéndolos al mismo nivel: todos esclavos, todos números, todos «don nadies». Todos igualmente pecadores. Nadie necesita en la actualidad penetrar en el campo de maíz con un bastón. Los propios tallos pequeños cortarán las copas de los grandes. Incluso los grandes están comenzando a cortar las suyas en su deseo de Ser Como Tallos.

He dicho que conseguir la condenación de estas mezquinas almas, estas criaturas que casi han dejado de ser indi­viduos, es un trabajo laborioso y difícil. Pero si se emplean la habilidad y el esfuerzo convenientes, podemos tener una razonable con­fianza en el resultado. Los grandes pecadores parecen más fáciles de atrapar. Pero luego son imprevisibles. Después de haberlos dirigido durante setenta años el Enemigo puede arre­batárselos de las garras en el septuagésimo primero. Los gran­des pecadores son capaces, créanme, de auténtico arrepenti­miento. Ellos son conscientes de verdadera culpa. Si las cosas se tuercen están dispuestos a desafiar la presión social del entorno por amor al Enemigo como antes estuvieron a desafiarla por nosotros. En cierto sentido es más problemático seguir y aplastar una avispa huidiza que pegarle un tiro a un elefante salvaje situado a corta distancia. Pero el elefante es más problemático si fallan.

En el infierno veríamos con gusto la desaparición de la misericordia y el derecho en el sentido estricto de esas palabras. Pero, así como hemos logrado desvirtuarlas pueden sernos de gran ayuda. Y lo que debemos entender es que «misericordia y derecho» en sentido diabólico (¿quién soy yo para juzgar?, Ser Como Todos, caprichos sin obligaciones) son los más refinados instrumentos de que podríamos disponer para extirpar los preceptos del Enemigo de la faz de la tierra.

¿Quién soy yo para juzgar? es un medio útil para la destrucción de las sociedades porque extirpa a los hombres de su actividad propiamente humana de distinguir el bien del mal. Hemos logrado ya, no sólo que muerdan la manzana, sino talar de raíz el árbol de la ciencia del bien y del mal. Acompañado de la exaltación del derecho conduce a la primacía del egoísmo infantil del Se Me Da la Gana. Pero tiene un valor mu­cho más profundo como fin en sí mismo, como estado mental que, al excluir necesariamente la humildad de aceptar reglas objetivas superiores, la caridad de darle al otro lo mejor, la satisfacción de obrar el bien y los placeres de la gratitud o la admiración, aparta al ser humano de casi toda senda que podría conducirlo finalmente al Cielo. Así las cosas: ¡Cuántas veces con la colaboración de los administradores terrenales de Él podemos incluso llevarlos al sacrilegio!

Pero ahora viene la parte más agradable de mi misión. Me ha caído en suerte proponer un brindis en nombre de los invitados a la salud del rector Slubgob y de la Academia de Entrenamien­to de Tentadores. Llenen sus copas. ¿Qué es lo que veo? ¿Qué es este delicioso aroma que aspiro? ¿Es posible? Me desdigo, Señor Rector, de mis duras palabras sobre la cena. Veo y huelo que la bodega de la Academia tiene todavía, incluso bajo con­diciones bélicas, algunas docenas de excelente Fariseo añejo. Bien, bien, bien. Esto es como los viejos tiempos. Manténgalo un momento bajo sus narices, gentilesdiablos. Álcenlo a la luz. Contemplen las ardientes venas retorcidas de dolor y enredadas en su negro corazón como si estuvieran luchando. Y efectivamente lo están. ¿Saben cómo se elabora este vino? Para conseguir su delicado sabor ha sido necesario cosechar, pisar y fermentar conjuntamente diferentes tipos de Fariseo. De los tipos más antagónicos entre sí en la Tierra. Decía don Benjamín Benavídez que el fariseísmo, tal como está descrito en el Libro del Enemigo, tiene como siete grados: 1- la religión se vuelve exterior y ostentatoria; 2- la religión se vuelve rutina y oficio; 3- la religión se vuelve negocio o “granjería”; 4- la religión se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo; 5- aversión a los que son auténticamente religiosos; 6- persecución a los que son religiosos de veras; 7- sacrilegio y homicidio. Todos estos tipos combinados logran una casi infinita distancia entre su verdadero punto de vista y cualquier cosa que el Enemigo es o manda. La maldad era su doctrina verdaderamente viva. La calumnia fue su evangelio y la denigración su letanía. ¡Cómo odiaban a los otros allá arriba donde brilló el sol! ¡Lo mejor es que acusaban con odio a los auténticamente religiosos llamándolos: fariseos! ¡Cuán mucho más se odiarán ahora que están unidos, mezclados todos —pero no reconciliados— para siempre! Su asombro, su resentimiento, por la mezcla, el enconamiento de su rencor eternamente impenitente obrará como el fuego al pasar a nuestra digestión espiritual. Fuego oscuro. A fin de cuentas, amigos míos, será un mal día para nosotros si lo que la mayoría de los humanos entiende por «Religión» llega a desaparecer alguna vez de la Tierra, cosa en la que muchos de nuestros cómplices están esforzadamente empeñados hoy. Todavía puede enviarnos los más deliciosos pecados. En ningún lugar tentamos con tanto éxito como en los mismos peldaños del altar.

Su Inminencia, Sus Desgracias, Espinas, Sombríos y Gentiles ­diablos míos: ¡Brindo por el rector Slubgob y la Academia!

Andrea Greco de Álvarez

 




Andrea Greco
Andrea Grecohttp://la-verdad-sin-rodeos.blogspot.com.ar/
Doctora en Historia. Profesora de nivel medio y superior en Historia, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. En esta misma Universidad actualmente se encuentra terminando la Carrera de Doctorado en Historia. Recibió la medalla de oro al mejor promedio en historia otorgada por la Academia Nacional de la Historia. Es mamá de ocho hijos. Se desempeña como profesora de nivel medio y superior. Ha participado de equipos de investigación en Historia en instituciones provinciales y nacionales. Ha publicado artículos en revistas especializadas y capítulos de libros. Ha coordinado y dirigido publicaciones.

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