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El «nombre-sobre-todo-nombre» de Jesús

Después de haber hecho memoria el 1 de enero del momento en que le fue impuesto a Jesús su Nombre en la ceremonia de la circuncisión, el domingo entre la Octava de Navidad y Epifanía[1], se dedica una fiesta propia a la veneración de dicho Nombre.

I. El Evangelio de esta Misa es uno de los más breves de todo el Año Litúrgico. Un versículo (Lc 2, 21) basta para referirse al momento de la imposición del Nombre de Jesús al Niño al octavo día de su nacimiento como era costumbre entre los judíos de su tiempo. A pesar de lo escueto que es san Lucas, subraya que el nombre de Jesús no responde a voluntad humana sino a disposición divina: «le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción». En efecto, el arcángel san Gabriel anunció a María de este modo: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1, 31). Y, también por ministerio de un ángel, Dios mandó a san José que diera al Niño este nombre (Mt 1, 21).

II. La circuncisión como ceremonia religiosa que suponía la incorporación a Israel y que va asociada a la imposición del nombre de Jesús, se puede leer a la luz del texto de donde está tomada la antífona del introito de la Misa (Flp 2, 10-11):

«Al nombre de Jesús | toda rodilla se doble | en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: | Jesucristo es Señor, | para gloria de Dios Padre».

Si buscamos el contexto más amplio de estos versículos (Flp 2, 6-11) vemos cómo el apóstol san Pablo exhorta a los cristianos de Filipos a que tengan los mismos sentimientos de Cristo, y para moverlos a ello, se refiere al misterio de la Encarnación redentora.

«Siendo de condición divina, | no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, | hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, | hecho obediente hasta la muerte, | y una muerte de cruz » (vv. 6-8)

El Apóstol presenta la Encarnación como un «anonadarse», un «despojarse de sí mismo» por parte de Cristo. El término empleado ha dado lugar a muchas discusiones y, con toda lógica, hay que excluir cualquier interpretación que pretenda haberse despojado Cristo de su naturaleza divina o de alguno de sus atributos intrínsecos y esenciales. A lo que renunció fue a todas las prerrogativas de gloria y honor que convenían a su dignidad de Hijo de Dios. San Pablo pone el «anonadamiento», no tanto en el hecho de la unión hipostática con una naturaleza humana (aunque es de suyo insignificante si la miramos a la luz de Dios), sino en el hecho de esa unión con una naturaleza humana pobre, sujeta a penalidades y miserias. Se privó de esa gloria, a la que incluso como Hijo de Dios hecho hombre tenía derecho (como se mostró en la transfiguración), y en eso estuvo su «anonadamiento»: en que se hizo hombre pobre y humilde, «semejante» en todo a los demás hombres, es decir, participando de todas las debilidades de la naturaleza humana, a excepción del pecado («No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado»: Heb 4, 15). Y «hecho semejante a los hombres», no se quedó donde el común de los hombres, sino que bajó más abajo, sometiéndose a la muerte más ignominiosa, como era la muerte de cruz[2].

A ese estado de anonadamiento sucede otro de exaltación (vv. 9-11) del que nos habla la antífona citada. La expresión «Nombre-sobre-todo-nombre»[3] significa la dignidad conferida a Cristo y que no es otra que la dignidad divina que ya poseía pero a cuya gloria extrínseca había renunciado.

A la luz de esta explicación, podemos considerar cómo también la circuncisión del Señor forma parte de ese misterio de «despojo» y «anonadamiento» que es la Encarnación y culmina en la imposición del nombre de Jesús, un nombre que nos indica la misión redentora del Hijo de Dios: «le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21); «bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos» (Hch 4, 12; Epístola). Para designar su condición salvífica, la Iglesia, siguiendo a san Pablo, une al de Jesús el nombre de Cristo que significa «ungido», «consagrado» y designa la misión de profeta, pontífice y rey que realizó cumplidamente nuestro Señor Jesucristo (Cfr. Catecismo Romano I, 3, 5-7).

III. Pensando en este «despojarse de sí mismo» divino, nos tiene que parecer pequeño todo lo que podemos dar o renunciar, en comparación de lo que hizo el Verbo de Dios[4]. ¿Cómo no se va a sentir animado nuestro corazón a dar cualquier cosa que Dios nos pida, que siempre será una pequeñez, si Él «se despojó de sí mismo» hasta tomar la condición de esclavo?

Por eso san Pablo antes de hablar de la Encarnación exhortaba a los filipenses a identificarse con los sentimientos o disposiciones de que mostró estar animado Cristo. Así les recomienda no sólo la humildad sino la caridad; la caridad fraterna más generosa. Y es porque el motivo de esa humillación de Cristo es el misterio del amor de Dios por nosotros. Un amor al mundo no genérico o indeterminado, dirigido a destinatarios anónimos, sino que nos permite decir, con san Pablo: «me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 20).

Para hacer posible la aplicación de los frutos de la redención a cada uno de nosotros hagamos que la venida de Cristo sea posible en nosotros mismos, en nuestras almas. Conservando y aumentando el estado de gracia santificante para que venga a habitar en nosotros como Él mismo lo ha prometido: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

Seamos conscientes de esta riqueza inmensa, de este tesoro inagotable de gracia y de vida sobrenatural que es conocer, conservar y aumentar la vida divina de la que hemos sido hecho partícipes. En particular mediante el sacramento de la Eucaristía, seremos nosotros mismos «el Portal de Belén» que recibe al Señor y así nos encontrará preparados cuando venga a llamarnos al final de nuestras vidas o cuando vuelva en gloria y majestad. Por eso le pedimos a Dios nuestro Padre que «así como recibimos gozosos a tu Unigénito como Redentor, así también lo veamos seguros venir como Juez» (or. colecta Vigilia Navidad).

*

Demos hoy gracias a lo largo del día por los inmensos dones recibidos por la Encarnación del Hijo de Dios y la maternidad virginal de Santa María. Y que al venerar el nombre de Jesús mientras estamos en este mundo y recordando su entrega por nosotros, seamos alentados en la lucha por nuestra santificación con la esperanza de contemplarle por toda la eternidad en la gloria del Cielo.


[1] Cuando no ocurre, se traslada al 2 de enero.

[2] Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 603-607.

[3] La fórmula, de sabor abiertamente semítico es traducida con ese formato en la versión de la Conferencia Episcopal Española. En la Biblia de Nácar-Colunga se utiliza «el nombre que está sobre todo nombre» y Mons. Straubinger pone «el nombre que es sobre todo nombre», y explicita: «S. Pablo emplea la expresión nombre en el sentido antiguo. Entre los judíos y también entre los paganos, el nombre de Dios participaba del carácter sagrado de la divinidad y era considerado como una representación de la misma». La idea subyacente es que se trata de una dignidad conferida a Cristo que está por encima de toda otra dignidad o rango por su carácter divino.

[4] Para esta aplicación cfr. Alfonso TORRES, Ejercicios espirituales, vol. 2, La renovación de la vida religiosa, Madrid: BAC, 1970, 342-350.

Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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