El suicidio asistido de los hombres y de las naciones

La cultura de la muerte contemporánea tiene sus más recientes manifestaciones en el llamado suicidio asistido, actualmente objeto actual de debate en algunos países europeos. El itinerario de la legalización del homicidio/suicidio, que dio comienzo hace cincuenta años con la introducción del aborto en las legislaciones occidentales, ha llegado a su lógico destino.

El suicidio, que consiste en el acto voluntario y deliberado por el que un hombre se da muerte a sí mismo, es más grave que el homicidio, porque a diferencia de éste no da lugar al arrepentimiento. Es cierto que puede haber excepciones. El santo Cura de Ars tranquilizó a una mujer de un suicida diciéndole que entre el puente desde el que se había arrojado y el agua en que se había ahogado habría tenido oportunidad de arrepentirse. No se puede excluir la posibilidad de que en los últimos instantes de su vida, a raíz de una iluminación divina, un suicida pueda arrepentirse de su acción. Por eso, el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica afirma que «No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte» (nº 2283). Ahora bien, se trata desde luego de casos excepcionales. La moral no se aplica a las excepciones, sino a la naturaleza del acto humano en cuanto tal.

Según la moral católica, el suicidio directo, deseado y consciente es un acto intrínsecamente malo y moralmente injustificable. En la Suma Teológica (II-II, q. 64, a. 5), Santo Tomás de Aquino lo explica exponiendo tres razones. En primer lugar, todo ser tiende por naturaleza a conservar la vida. Quitársela se opone a esa inclinación fundamental y supone un acto que atenta contra la ley natural. En segundo lugar, matarse es también hacer daño a otros, porque nadie vive sólo para sí mismo, sino para la sociedad de la que forma parte. Y en tercero, la vida es un regalo de Dios. Suicidarse equivale a usurpar un derecho que es exclusivo del Creador.

El teólogo pasionista Enrico Zoffoli (1915-1996) acertadamente escribió: «El suicida niega en sí el ser, repudia la vida, vulnera el tejido más íntimo de la realidad y comete la injusticia más imperdonable al considerar que el ser es malo hasta el punto de rechazarlo, de evadirse de su dominio. Al quitarse la vida se precipita en el mayor de los absurdos, por lo que llega a contradecirse negándose a sí mismo» (Principi di Filosofia, Edizioni Fonti Vive, 1988, p. 664).

Por esa razón, San Alfonso María de Ligorio califica al suicidio de pecado gravísimo que con toda propiedad puede incluirse entre los que claman venganza a Dios («Suicidium est peccatum gravissimum, et merito inter peccata vindictam a Deo clamantia annumerari potest», in Theologia Moralis, Lib. III, Tract. IV, cap. II, n. 4).

Si por tener la mente está obnubilada uno se quita la vida en un momento en que se haya psíquicamente alterado, la responsabilidad queda atenuada. No es así con el suicidio asistido, que es un acto premeditado y estudiado con plena advertencia y consentimiento. Por su naturaleza, dicho acto es un claro desafío a Dios, Señor supremo del universo, pues como recuerda el padre Viktor Cathrein (1845-1931), el suicidio constituye un acto de dominio, y uno de los más graves (Philosophia moralis, Herder 1959, p. 344).

El código penal italiano no considera delito el suicidio en sí; ni el conato de suicidio ni el suicidio consumado. Castiga por el contrario a quien instiga a otro a quitarse la vida, contribuye a su consumación o lo facilita en alguna medida, como declara el artículo 580 del Código Penal. Desde este punto de vista, la ley tiene por objeto tutelar la vida como un bien primario protegiendo a la persona de presiones, influencias y ayudas externas que puedan inducirla a cometer una acción irreversible.

Lo que se proponen quienes promueven la eutanasia y el suicidio asistido es invertir dicha perspectiva jurídica, no sólo eliminando todo posible castigo para los instigadores de suicidios, sino llegando a convertir el suicidio asistido en un derecho positivo. En consecuencia, ya no se consideraría culpable quien promoviera o facilitara la muerte, sino quien tratase de impedirla, aunque fuera meramente desaconsejándola. El intento de disuadir, acompañar o contribuir a un suicidio se consideraría una violación de la autonomía individual. Cosa que, por ejemplo, está contemplada en el proyecto de ley francés, de momento bloqueada en el Senado, en el Palacio de Luxemburgo. El proyecto italiano no es tan radical, pero es inevitable que termine de la misma manera dada la lógica infalible de las ideas.

El odio metafísico al ser que caracteriza al suicidio inspira también el proceso revolucionario de Occidente hacia el nihilismo. Ese itinerario de autodisolución se manifiesta de numerosas maneras, empezando por el desplome demográfico y la sustitución de los pueblos mediante la inmigración descontrolada, pero también se lleva a cabo mediante la disolución de la identidad y la memoria histórica de una nación. La tentativa de aniquilar el pasado de Occidente y en particular sus raíces cristianas ha sido teorizada en los últimos cincuenta años por los amos del pensamiento contemporáneo, como bien documenta el profesor Renato Cristin en su estudio I padroni del caos (Liberlibri, 2017).

En su clásica obra Europa y la fe publicada en 1920, Hilaire Belloc (1870-1953) proponía una alternativa radical confirmada por más de un siglo de historia: Europa volverá a la Fe o dejará de existir, porque la Fe es Europa y Europa es la Fe». Tres años antes, el 13 de julio de 1917, la Santísima Virgen María había dicho a los pastorcitos de Fátima que Dios estaba a punto de castigar al mundo por sus pecados, y añadió que si no se convertía varias naciones serían aniquiladas.

¿A qué aniquilación se refería la Virgen? ¿A la destrucción material de naciones a causa tal vez de una hecatombe nuclear, o a su suicidio espiritual , desintegradas por el olvido de la identidad espiritual de la que procede la vida de las naciones? ¿O quizá a ambas formas de aniquilación a consecuencia de una catastrófica pérdida de la fe?

En ese caso, tanto el suicidio asistido al que tantos invocan no resultaría ya una práctica individual, sino el símbolo de una opción colectiva que plantea una pregunta más profunda: ¿qué destino aguarda a la sociedad humana? La respuesta sería tenebrosa si no fuera porque la aclaran las palabras con que concluye la profecía de Fátima, que no anuncia la muerte sino que nos permite vislumbrar la vida y la esperanza en el horizonte tras un inevitable castigo.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

Del mismo autor

El papa Francisco consagrará Rusia al Corazón Inmaculado de María

Matteo Bruni, director de la Oficina de Prensa de la Santa...

Últimos Artículos

El azar en un mundo organizado

Dispersión de las semillas del álamo en primavera En nuestra...

Profanación interreligiosa en la Basílica de Santa María de Guadalupe

Alejandro Sosa Laprida Antes de hacer una valoración teológica del...

La Tradición católica frente al dogma de Darwin

Permitiendo legítimas diferencias de opinión, vamos a exponer los...