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¿Es el Papa protestante? Por Damian Thompson, para el periódico The Spectator

Columna del afamado diario secular británico The Spectator.

Cuando se le preguntó al Papa Francisco el mes pasado cómo estaba después de la cirugía en su colon en julio, respondió: ‘Todavía vivo, aunque algunas personas querían que me muriera. Sé que incluso hubo encuentros entre prelados que pensaban que la condición del Papa era más grave que la versión oficial. Se estaban preparando para el cónclave. ¡Paciencia!’

Fue un arrebato tan feroz que pocas personas se dieron cuenta de que Francisco estaba hablando de dos cosas distintas. Tiene 84 años, lo que es bastante incluso para un Papa. Los informes médicos decían que no tenía cáncer, pero permaneció en el hospital más de lo esperado y los médicos italianos no tienen un gran historial de decir la verdad sobre el estado de salud de un pontífice anciano.

No hay un favorito obvio para suceder a Francisco, y su política de crear cardenales de «las periferias» (por ejemplo, de Tonga, con solo 16.000 católicos) significa que muchos de ellos son completamente forasteros en Roma. Entonces, por supuesto, cuando el Papa entró en cirugía hubo ‘reuniones entre prelados’ sobre el próximo cónclave papal. Así fue como Francisco fue elegido en 2013: pequeños grupos de cardenales liberales habían estado conspirando para instalarlo durante años. No es nada siniestro.

Pero, ¿quién querría realmente que el Papa muriera? Seguramente eso fue solo paranoia o humor negro de parte de Francisco. ¿Cuántos católicos se habrían sentido felices, o al menos no angustiados, al ver al Santo Padre salir del hospital Gemelli en un ataúd?

La respuesta es: más de lo que el público en general cree. Pocos lo expresan con palabras, y la mayoría dice algo como «no sería malo si este Papa jesuita fuese llevado a recibir su recompensa celestial». Pero a otros se les escapó. Recuerdo un almuerzo reciente con dos sacerdotes, uno de los cuales usó la fórmula de la ‘recompensa celestial’. El otro dijo: ‘¿Qué te hace pensar que sería celestial?’ Este segundo sacerdote pertenecía al número mucho más chico de católicos (curiosamente, casi todos clérigos) que detestan al Papa con tanta pasión que no les importa mucho cómo termine este pontificado, siempre y cuando suceda pronto. —Espero que caiga muerto esta noche —añadió el sacerdote, en caso de que no hayamos entendido el mensaje.

Impactante, ¿no es cierto? Ciertamente no voy a defender el comentario, pero permítanme al menos ponerlo en contexto (y señalar que estábamos un poco ‘pasados de copas’, como se suele decir).

Desde el siglo II d.C., la Iglesia ha sido comparada con un barco, la ‘Barca de Pedro’ que el Papa dirige hacia el puerto de la salvación. Este sacerdote, al igual que decenas de miles de católicos conservadores, incluidos algunos cardenales, cree que Francisco está conduciendo ese barco hacia las mismas rocas que han naufragado al protestantismo liberal, y no por ingenuidad inocente, sino con un destello loco y autodestructivo en sus ojos.

Esta teoría de la conspiración se vuelve más plausible por el comportamiento errático y a veces vengativo del Papa. Desde el momento en que pisó el balcón de San Pedro después de su elección, sin la tradicional estola papal bordada en oro, Jorge Mario Bergoglio ha desempeñado el papel de un reformador modesto, humilde pero decidido. Pero no siempre es un acto creíble.

Los medios de comunicación del mundo, siempre recelosos de su predecesor Benedicto XVI, que dimitió tras ser aplastado por la cultura de corrupción que heredó, le dieron una bienvenida extasiada. Pocos periodistas prestaron atención a la reacción de desconcierto de los católicos argentinos, que estaban familiarizados con el extraño estilo de liderazgo del nuevo Papa.

Habían visto pocas pruebas de encanto relajado cuando Francisco fue cardenal arzobispo de Buenos Aires y, antes de eso, superior provincial de los jesuitas en Argentina. Los modales de Bergoglio son notoriamente abrasivos. En Buenos Aires envió señales confusas. Por un lado aumentó la presencia de la Iglesia en los barrios marginales, no tenía apetito por el lujo y cultivó su imagen de hombre de pueblo utilizando un lenguaje picante. Por otro lado, a menudo se mostraba de mal humor (en fotografías de la época aparece con una cara aterradoramente avinagrada) y tenía la reputación de viajar a Roma para socavar a sus rivales episcopales.

Dada su reputación en su tierra natal, tal vez no sea una sorpresa que desde que se convirtió en Papa Francisco no haya puesto un pie en Argentina. Es un insulto agudo, dado que ha visitado casi todos los demás países de América Latina. Es de suponer que está dirigido contra sus viejos enemigos en la iglesia de allí.

Vimos un destello del lado más atrevido de la personalidad de Francisco el mes pasado, cuando dio una entrevista típicamente locuaz y de ajuste de cuentas en el avión de regreso de Eslovaquia. Francisco ha instado (con razón, en mi opinión) a todos los católicos a vacunarse contra la Covid. Uno que no siguió su consejo fue el cardenal Raymond Burke, un architradicionalista estadounidense despedido por el Papa con su brutalidad característica de un alto cargo en la Curia.

«En el Colegio Cardenalicio, hay algunos negacionistas [de la vacuna]», dijo Francisco. “Uno de ellos, pobre, contrajo el virus.” ¿Hubo un toque de regodeo en la forma en que se refirió a Burke, quien estuvo a una pulgada de morir de Covid, como «el pobre»? Los aliados de Burke así lo pensaron y señalaron que el cardenal era, en cualquier caso, más escéptico que negacionista.

Más que cualquier otro Papa en los tiempos modernos, Francisco da la impresión de ser un buen maldicente. Su hostilidad es correspondida con creces. Nunca olvidaré la mirada de desdén que se apoderó de los rasgos de un cardenal despedido de la curia cuando mencioné a su ex jefe.

Esto no es normal, incluso en la atmósfera a menudo difamatoria del Vaticano. El vacilante Pablo VI, que prohibió la antigua misa latina después del Concilio Vaticano II, fue indudablemente despreciado por los tradicionalistas. Pero el respeto por el oficio papal impidió que la mayoría de ellos lo criticaran como si fuera cualquier otro obispo maltratador. En contraste, es bastante común escuchar a los conservadores de línea dura referirse al Papa actual como ‘Bergoglio’, ‘Paco’ o ‘Pancho’. A Pablo no le gustaba buscar peleas y no tenía la reputación de Francisco de torcer el cuchillo después de despedir a alguien con poca antelación; tampoco hubo informes de que haya habido desmadres durante los enojos papales.

Todo lo cual, junto con la búsqueda de Francisco de una agenda política progresista, significa que el debate sobre la crisis en la Iglesia Católica se concentra en gran medida en el historial y la personalidad de este Papa. El otro tema ineludible, por supuesto, es la crisis de los abusos sexuales, que no muestra signos de apagarse a medida que el centro de atención se traslada del mundo de habla inglesa a la Europa continental. Según un informe independiente publicado en Francia la semana pasada, el clero y los empleados laicos de la Iglesia abusaron de 330.000 niños durante más de 70 años. La Iglesia católica en Alemania se está recuperando de acusaciones similares. Si alguna vez la Iglesia en África y Asia se somete a un escrutinio adecuado, podemos esperar algunas revelaciones grotescas. El mismo Papa Francisco está fuertemente implicado en la protección de cierto clero latinoamericano, una gran historia que está siendo minimizada por una supina agencia de prensa vaticana.

Los crímenes contra los niños se cometieron en una escala tan grande, y un sinnúmero de prelados fueron cómplices de ellos tan perversamente, que uno duda en decir que la Iglesia Católica se enfrenta a una amenaza existencial. Pero hay un problema aún más fundamental que habría tenido que afrontar de todos modos, aunque se ha agravado por el abuso sexual.

En pocas palabras, la Barca de Pedro se estaba dirigiendo hacia las rocas mucho antes de que el Papa Francisco pusiera su mano en el timón. Está siendo llevado allí por la misma ola demográfica que ha provocado que la asistencia dominical a los servicios de la Iglesia de Inglaterra cayera de 740.000 a 690.000 entre 2016 y 2019, es decir, antes de una pandemia de Covid durante la cual tanto los obispos anglicanos como los católicos estaban estúpidamente ansiosos por prohibir incluso servicios socialmente distanciados.

Los sociólogos de la religión solían creer que las enseñanzas únicas, la identidad cultural y la estructura de la Iglesia Católica le brindaban protección contra la secularización. La cultura secular prácticamente ha eliminado las denominaciones cristianas «principales», como la Iglesia Episcopaliana en los Estados Unidos. Pero como argumentó la crítica cultural estadounidense Mary Eberstadt en su libro de 2013 How the West Really Lost God [N. del T.: “Cómo Occidente realmente perdió a Dios”] el catolicismo occidental simplemente se queda atrás.

La mayoría de los católicos estadounidenses cometen lo que la Iglesia enseña que es el pecado mortal de faltar a misa los domingos y, en la última década, han cambiado sus puntos de vista sobre el matrimonio homosexual y el aborto. Ella sugiere que la secularización es «el fenómeno a través del cual los protestantes, en general, se vuelven impíos, y los católicos, en general, se vuelven protestantes» (es decir, adoptan aproximadamente las posiciones ocupadas por anglicanos y luteranos liberales hace 20 años atrás).

Eberstadt estaba escribiendo justo antes de la dimisión de Benedicto XVI. Nadie podría haber previsto que, cinco años después, se podría argumentar de manera plausible que el propio Papa se había «vuelto protestante».

Francisco puede estar siguiendo una agenda política progresista, pero también es peculiar e incoherente. Eso puede ser deliberado. Es jesuítico en el sentido peyorativo del término, y cambia constantemente de posición para mantener alerta tanto a sus oponentes como a sus partidarios. Pero su liderazgo no tiene ninguno de los atributos positivos de su orden: ha creado un lío intelectual que espanta a los jesuitas de buenos modales, incluidos los progresistas.

¿Acaso su divagante exhortación apostólica de 2016 Amoris Laetitia permite que los católicos divorciados vueltos a casar reciban la comunión? Nadie lo sabe, Francisco no lo aclarará, por lo que la aplicación de la enseñanza de la Iglesia varía mucho de una diócesis a otra. ¿Ha reconocido subrepticiamente la validez de las órdenes anglicana y luterana? Posiblemente, ya que en varias ocasiones le ha dicho al clero protestante que no se moleste en convertirse. Esta semana he revelado que el Dr. Michael Nazir-Ali, ex obispo de Rochester, se ha unido al Ordinariato Católico creado por Benedicto XVI para ex-anglicanos. Se ha informado de que hubo intentos de disuadirlo «en los más altos niveles del Vaticano».

Pero hay un aspecto en el que la aceptación de Francisco de las ideas protestantes progresistas es consistente. Ama sus sínodos sin sentido. Este mes lanzó la primera fase del ridículamente llamado ‘sínodo sobre la sinodalidad’, una ‘consulta planetaria’ sobre conceptos vagos como comunión, misión, cambio estructural y ‘escucha’. El cual ha sido recibido por los bostezos de las iglesias locales. El analista vaticano P. Raymond de Souza predice que esta consulta con todo el ‘pueblo santo de Dios’ terminará como ‘una consulta con burócratas eclesiales laicos en países ricos, aumentada por varios concilios oficiales a nivel parroquial y diocesano’.

Esa es una descripción casi precisa de la ruta tomada por las principales denominaciones protestantes mientras se dirigían hacia sus respectivos acantilados. El Papa Francisco está presidiendo la anglicanización de la Iglesia Católica: la concentración de poder cada vez mayor en manos de una burocracia que le quita la vida a las parroquias que ya de por si luchan por sobrevivir. Queda por ver si el Vaticano tiene suficiente dinero para pagar este ejercicio autoindulgente. Aprenderemos más sobre el estado de sus finanzas en unas pocas semanas cuando uno de los antiguos aliados más cercanos de Francisco, el cardenal Angelo Becciu y otros nueve sean juzgados en un tribunal del Vaticano por una serie de delitos financieros, incluido lavado de dinero, malversación, fraude y extorsión.

¿Por qué el Papa empuja a la Iglesia por este «camino sinodal» con tanto entusiasmo? Realmente no lo sabemos. Mi mejor suposición es que está feliz de empoderar a los burócratas eclesiásticos cuya perspectiva política coincide bastante con la suya. Una de las señas de identidad de este pontificado es que subordina la teología, de la que Francisco se interesa sólo de manera pasajera, a la política, un ámbito en el que alimenta unos prejuicios espectaculares. Su desprecio de toda la vida por los Estados Unidos, típicamente argentino, ahora se extiende a cualquier persona o idea que pueda considerarse de derecha. Al mismo tiempo, ha abandonado su oposición al marxismo. Sus principios rectores parecen ser «El enemigo de mi enemigo es mi amigo» y «No hay enemigos a la izquierda».

La visión cada vez más paranoica de Francisco sobre los conservadores, los tradicionalistas y el libre mercado ha informado las dos decisiones más controvertidas, por no decir vergonzosas, que ha tomado como Papa.

El primero es un pacto con Pekín, firmado en 2018, que otorga al Partido Comunista Chino la autoridad para nominar y ordenar obispos católicos cuya legitimidad es luego reconocida por Roma. Aunque la división entre los católicos ‘clandestinos’ leales al Vaticano y la Iglesia católica títere del PCCh se había vuelto confusamente borrosa, la abolición efectiva de Francisco de la iglesia clandestina es una clara traición a los fieles clandestinos.

El segundo es la renovada supresión de la Misa romana tradicional con Traditionis Custodes, una carta apostólica promulgada por Francisco en julio. Este documento, notable por su crueldad y afirmaciones radicales, alega, sobre la base de una encuesta secreta, que los católicos tradicionalistas están abusando de la libertad que les otorgó Benedicto XVI al fomentar la división. Por lo tanto, Francisco está otorgando a los obispos diocesanos el derecho de prohibir la misa romana tradicional, y algunos ya han abolido los hermosos servicios que atraían a un número desproporcionado de jóvenes.

Eso nos devuelve a la demografía. La Iglesia católica es demasiado grande para caer por un precipicio, pero se está reduciendo muy rápido en Occidente. Los únicos centros de crecimiento y renovación son los oasis de culto tradicional libres de jeringonzas. Algo similar está sucediendo en la Iglesia de Inglaterra y también en el judaísmo. Francisco está horrorizado por esto, identificando perezosamente a los nuevos tradicionalistas con los conservadores obsesivamente «rígidos» de su juventud. Y así, el mismo año en que lanzó una ‘consulta planetaria’ con ‘todo el pueblo de Dios’, está utilizando medios autoritarios para perseguir a los católicos lo suficientemente jóvenes como para ser sus nietos.

Algunos de esos nuevos tradicionalistas, y sus amigos católicos ortodoxos que prefieren dar culto en su lengua vernácula, están teniendo dificultades para reconciliar su lealtad al ‘Santo Padre’ con su mezquindad de espíritu: su amor por la liturgia antigua, dijo recientemente, “esconde algo, inseguridad o algo más”. Otros miran al Papa y a los demás dinosaurios heridos que lo rodean y piensan: esto también pasará. O como dijo uno de ellos en Twitter: «Lo que nosotros, los católicos más jóvenes, tenemos a nuestro favor es que podemos permanecer extraña e inseguramente apegados a los ritos más antiguos por mucho más tiempo del que estos tipos puedan seguir con vida».

Traducido por Agustín. Artículo original

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