fbpx

Hijos de la Luz

I. Los textos litúrgicos del tiempo de Cuaresma en el rito romano están vinculados a un doble origen: la liturgia estacional (de la que hablamos el domingo de Sexagésima y que señala cada día una Basílica en la que tenía lugar la celebración eucarística) y los ritos de preparación para la administración del sacramento del bautismo en la Pascua.

Los autores encuentran huellas de ambas cosas en la misa de este tercer domingo de Cuaresma1. Para Dom Guéranguer y Pius Parsch los textos fueron elegidos conforme al especial carácter del itinerario prebautismal. En concreto, el miércoles de esta semana tenían lugar los primeros “escrutinios” o exámenes que se hacían a todos los catecúmenos. En la misa de hoy se leían los nombres de los que se iban a bautizar y sus padrinos. La “estación” es la Basílica de san Lorenzo extramuros, uno de los mártires más insignes de Roma cuyo ejemplo se propone a los que iban a ser bautizados que debían estar dispuestos a los más grandes esfuerzos para conservar y defender la fe que recibirían por el bautismo. Para Schuster, la basílica estacional y el recuerdo del mártir san Lorenzo subyace en todos los textos de la misa.

A la luz de este contexto histórico, podemos entender mejor los dos temas que predominan en dichos textos: el de la esclavitud del pecado y el de la luz. Ambos se referían primitivamente a los catecúmenos pero no han perdido actualidad para nosotros que llevamos durante toda la vida las cadenas de la esclavitud del pecado. Es cierto que ya hemos sido liberados de su dominio por la luz de la gracia y la victoria de Cristo pero mientras dure nuestra vida estaremos en lucha y para ello debemos recurrir a los sacramentos, en particular en el caso de los ya bautizados, la penitencia y la eucaristía2.

II. La Epístola (Ef 5, 1-9) comienza con la recomendación de que los cristianos deben esforzarse por imitar al Padre y su vida debe estar totalmente informada por la caridad, a ejemplo de Cristo que para demostrarnos su amor se ofreció en sacrificio a Dios por nosotros en la Cruz. Para ello, san Pablo se sirve del contraste entre las obras de las tinieblas y el pecado y las obras que son propias de quienes ya son hijos de la luz.

Esa transformación es a la que Jesús llama desde los comienzos de su predicación cuando invita a la “conversión”: «Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 14-15). “Conversión” significa pensar de otro modo, ver las cosas al modo de Dios, y vivir en coherencia con lo que se piensa. Escuchar una llamada a la conversión en este tiempo de Cuaresma supone que Dios nos invita a un cambio de rumbo en nuestra existencia, pensando y viviendo según el Evangelio, mejorando algunas cosas en nuestro modo de actuar y de relacionarnos, en primer lugar, con Dios y también con los demás.

El milagro de la curación que leemos en el Evangelio («Estaba Jesús echando un demonio que era mudo»: Lc 11, 14-283) no solamente era el prodigio de una curación instantánea sino que demostraba el poder de Jesús sobre los espíritus demoníacos. Era un poder sobre el reino infernal4. Por eso podemos ver en él representado al pecador que se halla mudo y al que Dios limpia de las culpas5 porque ese esfuerzo de conversión del que estamos hablando no es sólo una obra humana: «Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10)» (CATIC 1428). La gracia llega a las almas especialmente a través de los sacramentos. Por ello siempre, pero de manera particular en este tiempo de Cuaresma, debemos acudir al Sacramento de la penitencia, llamado así porque «consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador» (ibíd. 1423). De alguna manera, en nuestra personal conversión, podemos imitar las disposiciones de aquel hombre curado:

Ver: cuando en un examen sincero de conciencia, a la luz de Dios, contemplamos nuestras acciones y la intención no siempre recta que nos mueve en cada una de ellas, nos movemos a rectificar a hacer propósitos firmes y aprovechar el tiempo que aún nos concede Dios para servirle.

Hablar: es condición indispensable: manifestar los pecados al confesor sinceramente. «Se le denomina sacramento de la confesión porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento» (ibíd. 1424).

III. Al final del Evangelio aparece una referencia a la madre de Jesús, la Virgen María: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (v. 28). Ella es el modelo del alma en gracia que oye la palabra de Dios y la pone en práctica. Ella nos acompaña y nos sostiene en el itinerario cuaresmal. Y le pedimos que nos ayude en el camino de nuestra conversión para perseverar en un comportamiento propio de hijos de la luz, como hemos escuchado en la exhortación de san Pablo: «Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz» (Ef 5, 9).

«Te rogamos, Dios omnipotente, que mires los deseos de los humildes, y extiendas para defendernos la diestra de tu majestad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén» (Misal Romano, or. colecta).

1 Cfr. Verbum vitae. La Palabra de Cristo, vol. 3, Madrid: BAC, 1957, 386-388.

2 Cfr. Pius PARSCH, El Año Litúrgico, Barcelona: Herder, 1964, 191-192.

3 Cfr. Mt 12, 22: «Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo, y lo curó, de suerte que el mudo hablaba y veía».

4 Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 286.

5 «En un solo hombre hizo el Señor tres prodigios: darle la vista, darle la palabra, y librarlo del demonio. Y lo que hizo entonces exteriormente, lo hace todos los días en la conversión de los pecadores, que después de verse libres del demonio, reciben la luz de la fe y consagran su lengua, incapaz antes de hablar, a las alabanzas divinas» (San Jerónimo, cit. en Catena Aurea)

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

Del mismo autor

La Eucaristía y la caridad

En los artículos anteriores hemos visto cómo el sacramento de la...

Últimos Artículos

Abusos sexuales en la iglesia: el miedo a reconocer la causa real

Llevamos años….décadas ya con la misma argumentación “mundanamente correcta”...

Signos cotidianos de la protestantización en la Iglesia católica

Desde el estudio teológico crítico se evidencia de forma...

La guerra justa de San Pío V

Este 30 de abril, en la capilla de Santa...