Después de haber hecho memoria el pasado 1 de enero del momento en que le fue impuesto su nombre a Jesús en la ceremonia de la circuncisión, este domingo entre el 2 y 5 de enero se dedica una fiesta propia a este nombre que significa Dios salva o bien Salvador y que no lo lleva el Hijo de Dios encarnado por voluntad de los hombres, sino por disposición divina.
– El arcángel San Gabriel anunció a María de este modo: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1, 31).
– Y, también por ministerio de un ángel, Dios mandó a san José que impusiera al Niño este nombre: «[María] dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).-
– La Iglesia, siguiendo a san Pablo, lo asocia al nombre de Cristo que significa «ungido», «consagrado» y designa la misión de profeta, pontífice y rey que realizó cumplidamente nuestro Señor[1].
Es por tanto un nombre que nos indica la identidad y la misión del Verbo encarnado[2] y que el evangelista san Mateo pone en relación con el anuncio del profeta Isaías del nacimiento de «Enmanuel», palabra que se traduce como «Dios-con-nosotros» (Mt 1, 23).
II. Cristo es verdaderamente «Dios-con-nosotros» porque es Dios hecho hombre. La veneración del nombre de Jesús va inseparable unida a la verdad de la Encarnación y, por tanto, podemos hacer algunas aplicaciones a nuestra vida cristiana.
– Los discípulos de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez en Antioquía (Hch 11, 26). Parece que fue el pueblo gentil el que primero comenzó a usar este nombre para designar a los seguidores de la nueva religión, considerando sin duda el apelativo Cristo como nombre propio, de donde derivaron el adjetivo cristiano[3].
También nosotros además de nuestro nombre propio nos llamamos cristianos. Por ello, no podemos ignorar cuántos beneficios hemos recibido a través de Jesús. Al contrario, debemos consagrarnos a nuestro Redentor y Señor para siempre como lo hemos profesado en el Bautismo, al declarar que renunciábamos a Satanás y al mundo y que nos entregábamos enteramente a Jesucristo. Debemos vivir de acuerdo con nuestra condición de bautizados, de hijos de Dios, de cristianos
– El empeño por asemejarnos a Cristo y por la santidad lleva consigo la lucha contra el pecado y sus consecuencias (los egoísmos, las envidias, la sensualidad, la tibieza…). Es lo que puede llamarse la circuncisión espiritual[4](cfr. Rm 2, 25-29):
«Cristo ha sido circuncidado y nosotros tomamos parte en su circuncisión. Tal es la ingente tarea que nos impone nuestra redención. Es preciso mortificar las pasiones malas del hombre viejo. Aunque hayamos sido santificados en el bautismo llevamos siempre con nosotros una naturaleza corrompida, tenemos necesidad de una circuncisión continúa: la del corazón. Esto se realiza interiormente mediante la participación en los sagrados misterios y exteriormente mediante la tendencia personal hacia la perfección»[5].
Esta tendencia a la perfección supone también el desarrollo de la propia personalidad en todos los sentidos: trabajo, virtudes humanas, virtudes de convivencia, amor a todo lo verdaderamente humano… que se convierte en camino para la unión con Dios si es transformado por la acción de la gracia.
IV. Demos hoy gracias a lo largo del día por los inmensos dones recibidos por la Encarnación del Hijo de Dios y la maternidad virginal de Santa María. Y que al venerar el nombre de Jesús mientras estamos en este mundo y recordando su entrega por nosotros, seamos alentados en la lucha por nuestra santificación con la esperanza de contemplarle por toda la eternidad en la gloria del Cielo.
[1] Cfr. Catecismo Romano I, 3, 5-7.
[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 430-435.
[3] Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 104-104.
[4] Cfr. J. THIRIET; P. PEZZALI, Archivo homilético para todas las domínicas y fiestas del año, vol. 5, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1950, 232-236.
[5] Pius PARSCH, El Año Litúrgico, Barcelona: Herder, 1964, 103.




























