Hoy en día es muy raro que los sacerdotes hablen del Infierno o el Paraíso. Se diría que tienen miedo de que aludir a los novísimos parezca algo anacrónico o poco adaptado a la sensibilidad contemporánea. Y sin embargo, son precisamente esas realidades últimas las que le recuerdan al hombre la finalidad para la que ha sido creado y el destino irrevocable al que está orientada su alma.
El silencio en torno al Infierno y el Paraíso no resta a dichas realidades últimas su veracidad ni su carácter decisivo. Todo lo contrario: las sume en un peligroso olvido. Callar sobre las postrimerías equivale a ocultar el sentido mismo de la existencia humana, que no se agota en el tiempo sino que se extiende a la eternidad. Pero la eternidad es algo más que una realidad futura: proyecta su sombra y su luz sobre el tiempo presente, sobre nuestra vida diaria. San Gregorio Magno enseña que «la vida presente es como una semilla: lo que se siembra ahora se recoge en la eternidad» (Libros morales, XXV, 16). Todo acto, toda decisión, toda orientación del corazón prepara desde ya la cosecha eterna. Como recuerda San Alfonso María de Ligorio, «la eternidad depende de un instante, y ese instante es ahora» (Cf. Preparación para la muerte, Consideración I). Así, en el momento presente encontramos la eternidad.
El mundo en que vivimos nos ofrece tiempos, lugares e imágenes que prefiguran lo que podrían ser el Infierno y el Paraíso y nos ayudan a entender, al menos por analogía, lo que significa vivir alejado de Dios y vivir en unión con Él.
Para hacerse una idea de lo que es el Infierno no hay que hacer un esfuerzo de imaginación. Basta con leer la prensa, seguir las crónicas de cada día y observar atentamente la realidad que nos rodea. La violencia generalizada, la mentira por sistema, el engaño elevado a norma y la honda infelicidad que habita en corazones aparentemente sanos son el sello que distingue la época en que vivimos. Se podría afirmar que el infierno nos rodea. No se trata desde luego del Infierno propiamente dicho, sino de su inquietante anticipación: un mundo en el que el hombre, rechazando la verdad y el amor de Dios, experimenta ya la soledad, el vacío y un sufrimiento que con frecuencia se traduce en desesperación, aunque ésta esté encubierta.
Pero si nuestro tiempo ofrece imágenes que evocan los padecimientos infernales, no carece de señales y momentos que evocan el Paraíso. Uno de esos momentos simbólicos es la santa Navidad, misterio divino que nos presenta una de las imágenes más elevadas del Paraíso anticipado en el tiempo. Contemplemos el nacimiento. En una humilde cueva, en un Niño colocado en un pesebre, el Cielo se abre sobre la Tierra. Donde todo parece frágil e insignificante, Dios se hace visible y cercano. La representación navideña del nacimiento nos lo recuerda con sencillez y profundidad.
Jesús viene al mundo y está flanqueado por la Virgen y San José, que junto con Él forman la Sagrada Familia, modelo de todas las familias del mundo. Los ángeles cantan la gloria de Dios sobre el portal de Belén. Los pastores y los Reyes Magos adoran al Verbo hecho carne. Todas las familias que en la Nochebuena se congregan en torno al pesebre y tienen la gracia de prepararlo y ofrecerlo al Señor participan, aunque en muchos casos no se den cuenta, de esa alegría que tiene su fuente en la vida sobrenatural que irradia la Sagrada Familia.
Con el calor y el afecto que palpablemente comunica a quien la vive con corazón sencillo y sincero, la Navidad nos recuerda que existe un ámbito sobrenatural. Que el ámbito sobrenatural por excelencia es el Cielo. Que el Cielo es nuestra verdadera patria y el lugar de eterna dicha al que están llamados todos los hombres y al que, si corresponde a la Gracia, estará destinado a llegar. La paz y la alegría espiritual que enciende la Navidad en los corazones prefigura la felicidad eterna del Paraíso, donde el alma estará plenamente inmersa en la posesión y el goce de Dios.
El Paraíso es una realidad que supera todo vuelo de la imaginación. Es la plenitud de todos los bienes deseables, el éxtasis eterno de la visión beatífica. Un siglo seguirá a otro siglo sin disminuir la dicha de los elegidos. Es más, la certeza de poseer eternamente el Bien Supremo aumentará sin fin su delicia. Los bienes espirituales son inagotables, como demuestran las amistades espirituales que nacen en la Tierra. Cuando esas amistades se prolongan en el tiempo y se mantienen siempre frescas, sin agotarse, ello es señal de que son de origen divino. En el Paraíso se reanudarán dichas amistades, al igual que los lazos familiares con nuestros seres queridos, con quienes nos reencontraremos a la luz de Dios para no separarnos más de ellos. Los bienaventurados viven en la alegría sin fin de amar y ser amados, en una vida que florece continuamente y no conoce cansancio ni hastío.
Después de la visión intuitiva de Dios, lo que más encarecerá la alegría de los bienaventurados será la contemplación del Dios hecho hombre, Jesucristo, Verbo Encarnado, y de su Santísima Madre la Virgen María, Reina de los ángeles, de los santos y del propio Paraíso. Las melodías del Paraíso serán las que entonaron los ángeles en Belén para cantar la gloria de Dios y paz a los hombres de buena voluntad. Quienes fueron en la Tierra hombres de buena voluntad porque amaron a Dios escucharán conmovidos esas melodías en el Cielo.
De ese modo, mientras el mundo muestra todos los días las heridas del infierno que el hombre construye cuando se aleja de Dios, la Navidad nos recuerda que el Paraíso comienza cada vez que se acoge a Dios. El hombre está llamado a elegir entre ambas anticipaciones, de la luz y de las tinieblas. La opción de la eternidad se desarrolla en el tiempo, en las decisiones de cada día, en nuestra forma de creer, adorar, esperar y amar, como nos invitó a hacer la Virgen en Fátima.
La Navidad es una anticipación histórica de lo que será el Paraíso en la eternidad: plena comunión entre Dios y el hombre. Nos enseña San Gregorio de Nisa que el alma ha sido creada con un deseo infinito que sólo Dios puede colmar (Vida de Moisés, II, 232-239). La Navidad enciende en el corazón una paz frágil y expuesta todavía a heridas; el Paraíso es esa misma paz llevada a su cumplimiento, sin más dolor ni separación.
Afirma Santo Tomás de Aquino que la felicidad suprema del hombre consiste en la visión de Dios (Suma Teológica, I-II, q.3). En Navidad, Dios se deja ver con rostro humano; en el Paraíso, el hombre contemplará a Dios sin velos. La Natividad fue la primera visión de Dios que se concedió al hombre; el Paraíso será la última, definitiva y eterna.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























