La Inmaculada, vencedora de todas las herejías

Hablar de la Virgen nunca es repetitivo. La especulación intelectual sobre su grandeza es inagotable para el entendimiento humano, porque Ella, a pesar de ser criatura, es un reflejo exacto de la inmensa grandeza de Dios.

La verdad de la Inmaculada Concepción fue proclamada dogma infalible de la Iglesia por el beato Pío IX el 8 de diciembre de 1854 mediante la bula Ineffabilis Deus, en la que el pontífice definió que la Virgen María fue preservada del pecado original desde el primer momento de su concepción.

Este privilegio mariano se fundamenta en la total oposición, en la infinita incompatibilidad entre Dios y el pecado. Al hombre concebido en pecado se contrapone María, concebida sin sombra de pecado, purísima y sin mancha. Y dado que el pecado es un desorden de la inteligencia y la voluntad, por ser inmaculada María tiene el privilegio de vencer todo mal, error y herejía que surja y se desarrolle en el mundo a consecuencia del pecado.

En el momento en que María fue concebida por San Joaquín y Santa Ana reinaba el emperador romano Augusto y Palestina estaba sometida a el rey Herodes el Grande, pero la humanidad estaba bajo el dominio del pecado, empezando por el pueblo judío. El nacimiento de María iluminó la historia, y fue el preámbulo del surgimiento de la civilización cristiana. En realidad, por medio de María vino al mundo el Redentor de la humanidad, y de la sangre vertida por Él en el Calvario nació sobre las ruinas del Imperio Romano la Santa Iglesia Romana, madre de la gran civilización cristiana medieval.

Cuando en 1846 subió al solio pontificio Pío IX alcanzó su punto culminante una revolución multisecular que tenía por objeto la destrucción del orden social cristiano. Entre sus fundamentos ideológicos estaba la negación del pecado original. El sistema naturalista y racionalista, liberal y socialista, consideraba que la grandeza y progreso del hombre eran el fin supremo de la historia, así como que el hombre moderno debía llegar a ser autosuficiente y, por así decirlo, mayor de edad. Así se liberaría de la tutela de la Iglesia a la que hasta entonces había estado sometido.

Pío IX, como había hecho con tantas otras grandes personalidades, pidió al gran pensador español Juan Donoso Cortés su parecer sobre la oportunidad de definir el dogma de la Inmaculada, y éste le respondió que la negación del pecado original es uno de los dogmas fundamentales de la Revolución: «En la suposición de que el hombre no ha caído, procede negar, y se niega, que el hombre haya sido restaurado. En la suposición de que el hombre no haya sido restaurado, procede negar, y se niega, el misterio de la Redención y el de la Encarnación, el dogma de la personalidad exterior del Verbo y el Verbo mismo. Supuesta la integridad natural de la voluntad humana, por una parte, y no reconociendo, por otra, la existencia de otro mal y de otro pecado sino del mal y del pecado filosófico, procede negar, y se niega, la acción santificadora de Dios sobre el hombre, y con ella el dogma de la personalidad del Espíritu Santo. De todas estas negaciones resulta la negación del dogma soberano de la Santísima Trinidad, piedra angular de nuestra fe y fundamento de todos los dogmas católicos. » (Carta al cardenal Fornari, 19 de junio de 1852).

Cincuenta años después, al conmemorarse el gran y jubiloso día en el que Pío IX había promulgado Innefabilis Deus, San Pío X volvió a proponer  el dogma de la Inmaculada Concepción como antídoto extraordinario contra tantos errores de los enemigos de la Fe, y afirmó en su magnífica encíclica Ad diem illum laetissimum del 2 de febrero de 1904: «Niegan en primer lugar que el hombre haya caído en pecado y que en algún tiempo haya permanecido derrocado de su situación. De ahí que interpreten el pecado original y los males que de él surgieron como una ficción mentirosa; para ellos la humanidad está corrompida en su origen y toda la naturaleza humana está viciada; así es como se introdujo el mal entre los mortales y fue impuesta la necesidad de una reparación. Con estos presupuestos, es fácil imaginar que no hay ningún lugar para Cristo ni para la Iglesia ni para la gracia ni para ningún orden que trascienda a la naturaleza; con una sola palabra se desploma radicalmente todo el edificio de la fe […] Pero si las gentes creen y confiesan que la Virgen María, desde el primer momento de su concepción, estuvo inmune de todo pecado, entonces también es necesario que admitan el pecado original, la reparación de la humanidad por medio de Cristo, el evangelio, la Iglesia, en fin la misma ley de la reparación. Con todo ello desaparece y se corta de raíz cualquier tipo de racionalismo y de materialismo y se mantiene intacta la sabiduría cristiana en la custodia y defensa de la verdad».

»Esto se añade a la actividad común a todos los enemigos de la fe, sobre todo en este momento, para desarraigar más fácilmente la fe de las almas: rechazan, y proclaman que debe rechazarse la obediencia reverente a la autoridad no sólo de la Iglesia sino de cualquier poder civil. De aquí surge el anarquismo: nada más funesto y más nocivo tanto para el orden natural como para el sobrenatural. Por supuesto este azote, funestísimo tanto para la sociedad civil como para la cristiandad, también destruye el dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios; porque con él nos obligamos a atribuir a la Iglesia tal poder que es necesario someterle no solamente la voluntad, sino también la inteligencia; así, por esta sujeción de la razón el pueblo cristiano canta a la Madre de Dios: Toda hermosa eres, María, y no hay en ti pecado original. Y así se logra el que la Iglesia diga merecidamente a la Virgen soberana que ella sola hizo desaparecer todas las herejías del mundo universo».

Así pues, la Virgen destaca sobre el   sfondo   grandioso de Innefabilis Deus y es la vencedora   gloriosa de las herejías de la que han hablado todos los papas, y en la contraposición entre la Virgen   toda hermosa e inmaculada y la crudelísima serpiente, viendo cómo se remontan a sus agentes originales y fundamentales el antagonismo radical entre la Iglesia y la Revolución de los tiempos modernos que hunde sus más activas y profundas raíces en el desorden de las pasiones y del intelecto, padre de todo error y herejía y fruto del pecado del hombre caído.

Este es el contexto en el que se sitúa la lucha entre la Iglesia y la Revolución, que se está tornando más violenta que nunca y que podría calificarse de lucha a muerte si no fuera porque uno de los contrincantes es inmortal.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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