Entre los numerosos episodios prodigiosos de la vida de San Francisco Javier hay uno que nos recuerda el amor por la justicia divina que siempre tuvieron los santos: el castigo del Cielo que invocó sobre la isla de Tolo, caída en la apostasía.
San Francisco Javier nació en 1506 en el seno de una noble familia en el castillo navarro de Javier. Cursó estudios en París. Allí conoció a San Ignacio de Loyola y el encuentro transformó su vida. Era un destacado estudiante con mucho futuro académico, pero las palabras del que sería fundador de los jesuitas lo cautivaron: «Francisco, ¿de qué sirve ganar el mundo si se pierde el alma?» Tras ordenarse sacerdote, participó en la fundación de la Compañía de Jesús, y en 1540 San Ignacio lo envió de misionero a las Indias portuguesas, y tuvo que salir precipitadamente para sustituir a un compañero de orden enfermo. Y se convirtió en el Apóstol de las Indias.
Al cabo de trece meses de travesía llegó a Goa en 1542, donde inició un intenso apostolado. Reunía a los niños haciendo sonar una campanilla, les enseñaba el catecismo con canciones, visitaba pueblos remotos y traducía a sus idiomas los rudimentos de la Fe. Durante dos años recorrió a pie y en pequeñas embarcaciones el sur de la India, afrontando guerras, hambre y peligros diversos. Llegó a escribir que le dolían los brazos de tanto bautizar: en un solo mes bautizó a 10.000 pescadores makuas.
Entre 1545 y 1547 extendió la misión por nueve regiones de Asia, Japón incluido. Soportó viajes agotadores recorriendo mares borrascosos y montañas nevadas. En 1551 tuvo que regresar a la India y dejó más de 2000 cristianos en Japón. Dirigió entonces la mirada a China, pero encontró obstáculos y tuvo que soportar calumnias por parte de portugueses hostiles. Con todo, consiguió llegar a la isla de Sanchón en 1552 con la esperanza de entrar clandestinamente en Cantón. En aquella isla desierta soportó hambre, frío y enfermedad pero siguió rezando, y dijo que ya aspiraba más al Cielo que a la misión. Aquejado de pulmonía, falleció el 3 de diciembre de 1552 repitiendo: «Jesús, hijo de David, ten piedad de mí». Aunque su cadáver fue cubierto de cal, dos años más tarde fue exhumado incorrupto y trasladado a Goa, donde se venera en la basílica del Buen Jesús. San Francisco Javier fue canonizado en 1622, y está considerado uno de los más grandes misioneros de la historia: se calcula que bautizó a unas 40.000 personas.
Durante sus misiones tuvo lugar la conquista de las islas del Moro, que formaban parte del más extenso territorio de las Molucas, actual Indonesia. A pesar de encontrarse a unas dos mil millas de distancia de dichas islas, Francisco fue uno de los protagonistas de la empresa militar portuguesa, en la que participó personalmente, hecho del cual existen varios testimonios y que consta en su bula de canonización.
Las islas del Moro estaban sometidas a soberanos mahometanos. Sólo en la ciudad de Tolo, en una de dichas islas, Francisco convirtió a millares de habitantes y más tarde envió a su hermano de religión el padre João Beira para que completase la labor evangelizadora. Pero dos príncipes musulmanes se aliaron para reconquistar la ciudad, le pusieron sitio y exigieron a sus habitantes que abjuraran de la fe cristiana. Los isleños, apostatando como sus magistrados, expulsaron al padre Beira y destruyeron las iglesias y cruces que había levantado San Francisco Javier. A los pocos días la ciudad fue asolada por una grave carestía y una epidemia, a pesar de lo cual la población, obstinada en su apostasía, no se conmovió.
Al tener noticia de lo sucedido, Javier se dirigió a Bernardino de Souza, gobernador portugués de la ciudad de Ternate, y lo exhortó a castigar la violencia de que habían sido objeto los pocos que en Tolo se habían mantenido fieles al cristianismo. Para no dejar desguarnecida su fortaleza, el gobernador no pudo enviar más que a una veintena de soldados portugueses, a los cuales se unieron cuatrocientos paisanos, cantidad insuficiente para ascender el acantilado sobre el que se alzaba la ciudad, circundada de trincheras fortificadas.
Desde el pie del acantilado, los portugueses intimaron a los rebeldes a rendirse, pero no obtuvieron otra cosa que palabras desprecio e irrisión. Entonces Javier, que se encontraba con ellos, encendido en santa ira invocó el castigo de Dios sobre la isla de Tolo. Al rato el sol se oscureció, la ciudad quedó envuelta en tinieblas y del cráter de una montaña a ocho millas de distancia comenzaron a ascender nubes de humo y fuego mientras la isla era sacudida por terremotos e inundaciones. La tierra y las aguas se tragaron a muchos de sus habitantes y otros fueron carbonizados por la lava que derramaba el volcán. La furia de los elementos duró tres días y tres noches. Después, el ejército portugués pudo entrar en Tolo, donde los supervivientes volvieron a la ley de Cristo que habían abandonado. Francisco envió nuevamente a la isla al padre Beira, que en una sola semana recibió en la Iglesia a quince mil personas.
El castigo de Tolo es relatado por biógrafos antiguos y modernos, como el P. Giusseppe Mattei (Vita di S. Francesco Saverio apostolo delle Indie, Roma 1682, pp. 309-314) y Giorgio Schurhammer (San Francesco Saverio, apostolo dell’India e del Giappone, PIME, Milán 1947, pp. 270-271), estando recogido además en uno de los primeros ciclos pictóricos inspirados en la vida del santo realizado por André Reinoso hacia 1619 que se encuentra en la sacristía de la iglesia de San Roque en Lisboa.
Uno de los veinte lienzos que componen la obra de Reinoso se titula Castigo de la ciudad de Tolo. La pintura muestra a los isleños convertidos y catequizados por San Francisco Javier. En otra de las escenas, un ejército portugués toma la ciudad a raíz de un sueño de su capitán. En el centro, en primer plano, el santo navarro invoca con los brazos abiertos la ayuda divina mientras abajo los rebeldes huyen despavoridos ante el castigo divino.
Este prodigioso episodio de la vida de San Francisco Javier, al que conmemoramos el 3 de diciembre, nos recuerda que la misericordia infinita de Dios es compatible con su infinita justicia, y que quien desee adorar al Señor con espíritu de verdad no debe renunciar a ninguno de estos dos atributos que confluyen en la perfecta unidad y simplicidad de Dios.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























