¿Por qué la Misa tiene que ser solemne y majestuosa?

En el centenario de la encíclica Quas primas de Pío XI

El de 11 de diciembre de 2025, se cumplieron cien años de la promulgación por parte de Pío XI de la decisiva encíclica sobre la realeza de Cristo Quas primas, con la que enseñó a la Iglesia la teología completa de dicho misterio. Y para que quedase establecida como un sólido elemento del alma católica, instituyó una nueva fiesta a celebrarse el último domingo de octubre (en otro artículo he, hablado del profundo sentido de la elección de esta fecha y de cuándo se debe celebrar: “Two Dates, Two Different Feasts: October vs. November ‘Christ the Kings’”).

En esta ocasión voy a hablar de por qué es importante que la Misa se ajuste al fundamental paradigma simbólico del culto  conforme a las Sagradas Escrituras y a toda la tradición cristiana. Es decir: que Dios es nuestro gran Rey, que gobierna sobre todos con cetro de justicia; que Jesucristo es Rey de reyes y Señor de señores, Juez de vivos y muertos; que el Cielo es su trono y la Tierra su escabel; y que, en su corte celestial una muchedumbre de santos y ángeles lo sirven y sirven a su Santa Madre, Nuestra Señora, como Reina de ellos que es1.

Sostienen los enemigos de la Tradición que la liturgia latina clásica se caracteriza por una cierta etiqueta o ceremoniosidad que con el paso del tiempo se fue mezclando (y corrompiendo) con expresiones de política secular barroca. Dicho de otro modo: según los progresistas, la Misa tradicional –pensemos en particular en la pontifical– consiste en un complejo espectáculo en homenaje a un príncipe o un rey, cuyas raíces están más en la alta cultura popular que en un precedente sagrado, y aparta la atención de la humildad, sencillez e inmediatez de la presencia de Cristo entre los fieles congregados como hermanos en torno a la mesa.

Por muy razonable que esto les parezca a algunos, hay algunas contraindicaciones perturbadoras que merecen la atención de quienes sinceramente deseen saber. En su obra The Treasure of the Church, el canónigo Bagshawe arguye en favor de la estrecha relación entre la majestuosidad o realeza y los actos litúrgicos, y que a consecuencia de ello la imagen de la corte real fue adoptada por la  liturgia cristiana y aceptada universalmente como esquema normativo, cosa que evidentemente ya es así tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Según Bagshawe,

La propia estructura de la Iglesia sugiere la presencia de Dios, y el ornato de los altares transmite la misma idea. En principio se asemeja mucho al esplendor y ceremonia de una corte real. Es imposible que estén presentes personajes de la realeza sin que haya unos signos externos que señalen y den honra al Rey. Como es natural, las ceremonias han variado a lo largo de los tiempos, pero desde el primer monarca que reinó en la historia hasta los tiempos en que vivimos, la realeza siempre ha estado rodeada de ceremonia. Y de la misma manera, los hombres no pueden creer que el Señor esté entre ellos sin que le prodiguen sus más valiosos tesoros, así como María Magdalena no pudo menos que volcar sobre sus pies el ungüento más caro que tenía (Jn. 12,3).

Su palacio es el templo, y el altar su trono. Como buenamente podemos, tratamos de imitar en la Tierra el grandioso palacio del Cielo que nos describe la Sagrada Escritura. Las velas, el incienso, las flores –las vestiduras y las ceremonias que realizan los sacerdotes–, ¿qué otra son sino una imagen terrena de aquella «gran muchedumbre que nadie podía contar (…) vestida túnicas blancas con palmas en sus manos» y de «todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron sobre sus rostros ante el trono y adoraron a Dios»? (Ap.7,9-11)2

Tanto si nos parece que es posible hacer funcionar la democracia como si no, es un sistema político que no tiene cabida en el ámbito de los misterios sobrenaturales: la Cristiandad es total y absolutamente monárquica. Ante el trasfondo de la revelación del Antiguo Testamento, en el que Dios se nos muestra como el solo y exclusivo gran Rey de todo el mundo, y a Israel como un pueblo real, una nación de sacerdotes gobernada por profetas, jueces y más tarde la dinastía de David, profesamos que Cristo es nuestro Rey, Señor por siempre del Cielo y de la Tierra: en el pasado, en el presente y en el futuro, en este mundo y en el otro; que sus ángeles y sus santos forman su corte real; y que aunque se digne llamarnos amigos y hermanos, sabemos que siempre seremos siervos suyos que anhelan su corte y sus tabernáculos.

Todavía en 1925, la Iglesia creía que los fieles necesitaban oír este mensaje en la postcomunión de la recién instituida festividad de la Realeza de Cristo: «Habiendo gustado el alimento de la inmortalidad, pedímoste, Señor, que cuantos nos gloriamos de militar bajo las banderas de Cristo Rey, podamos perpetuamente reinar con él en la patria celestial. Que contigo…»3. Este denso ambiente político denota la soberana forma de gobierno de la Iglesia Católica Romana como sociedad perfecta, que halla su plena perfección en la Nueva Jerusalén, ciudad del Gran Rey. Nuestro sacrificio eclesial, la Santísima Eucaristía, es una oblación majestuosa y propia de un sumo sacerdote, auténtica leiturgía, palabra que significa la labor de uno en representación de muchos. Así se explica el carácter cristocéntrico y sacerdotal que impregna los ritos litúrgicos tradicionales.

En consecuencia, esa obsesión actual por la democracia que la ve como si fuera la mejor o la única forma de gobierno no elimina nuestra necesidad del lenguaje de la realeza, sino que lo hace más necesario que nunca para que se nos grabe en la cabeza cómo son las cosas en la definitiva realidad del Reino de Dios. Todos nuestros experimentos democráticos e igualitarios pasarán a la historia al final de los tiempos cuando se manifieste a todas las naciones el glorioso Reino de Cristo Rey. Entonces, quienes se hayan sometido a Él resucitarán para vida eterna mientras que para quienes lo rechazaron será el llanto y rechinar de dientes. La liturgia debe reflejar la verdad de Dios: su absoluta monarquía, su gobierno paternal, su jerárquica corte en el inefable esplendor de la Jerusalén celeste. No las pasajeras verdades de las provisionales modernas organizaciones políticas modernas.

En resumidas cuentas: celebrar la liturgia de una manera que resulte menos majestuosa, menos regia, menos hierática o menos espléndida es hacer que parezca algo distinto de lo que realmente es en más profundidad. Hacerla, en la medida de nuestras posibilidades, menos fiel a sí misma, menos celestial y menos auténtica. Una Misa privada de su carácter mayestático y celestial engaña a los fieles cristianos alejándolos más de un encuentro con el Dios que no ha sido forjado por manos humanas ni entendido por la mente del hombre. Si el modo en que se lleva a cabo la liturgia hace creer a los fieles que la Misa tiene que ver con ellos, que son ellos los principales protagonistas de un encuentro mundano en el que el celebrante viene a ser una especie de funcionario a sueldo que en nombre de los feligreses administra lo que en realidad no es suyo, esa clase de liturgia les inculca una perniciosa mentira4. La liturgia no es algo del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Es el acto salvador de Cristo, realizado primero, y siempre, por Él y por los ministros ordenados que actúan en su nombre y con la autoridad que Él les confiere. Se hace para glorificar a Dios y, por esa exclusiva razón, santifica al pueblo. Se puede decir que la liturgia es para nosotros de la misma manera en que se puede decir que tenemos que amarnos a nosotros mismos, es decir, amando a Dios sobre todas las cosas y ofreciéndonos en sacrificio a nosotros mismos en cuerpo y alma (véase Rom. 12, 1-2). Así es como de verdad nos amamos a nosotros mismos.

Por consiguiente, una de las mayores bendiciones de la liturgia tradicional es que consiste en una representación pura, diáfana y sin complejos de la corte del gran Rey de los Cielos y la Tierra con todas sus oraciones, rúbricas y ceremonias, con las magníficas modalidades artísticas que surgieron de su majestuosidad y que hacen resaltar vivamente los santos misterios de nuestra redención. En ella encontramos una expresión sin concesiones ni medias tintas de la monarquía divina que se muestra en todo su esplendor a través de la amplia gama de símbolos sagrados y la jerarquía eclesiástica que le confieren su paterna contundencia. Estamos inmersos en un ambiente de aristocracia espiritual, es decir el mundo de los santos que reinan con Cristo. Al fin y al cabo, tan venerable liturgia no fue ideada por una comisión de expertos, como las leyes que se aprueban en los congresos de diputados de hoy; fue surgiendo poco a poco a lo largo del tiempo a partir de innumerables corrientes de doctrina y devoción creadas por devotos monjes y obispos, y los laicos temerosos de Dios la fueron asimilando. Así lo explica el P. Claude Barthe:

Sin entrar en grandes consideraciones históricas, es importante recordar que la Misa de siempre en latín se fue formando a medida que Occidente se iba volviendo cristiano y constituyendo la Cristiandad. Por lo que se refiere a la estructura de la liturgia, su gran periodo de formación estuvo entre Constantino y la época carolingia, tiempo durante el cual las oraciones del Canon, auténtica regla eucarística de fe, junto con las otras preces importantes que reza el sacerdote, fueron desarrollándose al mismo tiempo que se forjaba esta forma concreta del latín que algunos llaman canónica. En cuanto a la parte más corpórea de esta Misa –si se nos permite aplicar la palabra a las numerosas oraciones solemnes del Introito, el Ofertorio y la Comunión–, alcanzó su máximo esplendor con la reforma gregoriana del siglo XI. La Misa romana se constituyó plenamente cuando el ideal de la Cristiandad alcanzó su madurez. Es la Misa de la Cristiandad.

Pero ante todo, hay que destacar que desde el punto de vista teológico esta Misa, que es esencialmente propiciatoria, tiene al mismo tiempo un carácter mayestático. Cristo hace entrada solemnemente en los momentos iniciales de la ceremonia, se revela en la epifanía del Ofertorio, lo atrae todo hacia Él, desde lo alto de la gloriosa Cruz durante el Canon para invitar a sus amigos al banquete real en el momento de la Comunión. Desde el tiempo de las catedrales, la adoración al Señor que se manifiesta de esa manera a sus fieles se ha expresado mediane la Elevación, que es como una ostensión del Cuerpo del Rey.

Lógicamente, para colocar la primera piedra de la reconstrucción de la Cristiandad no basta con celebrar la Misa; es preciso librar también otras batallas. Pero el carácter antimoderno de nuestra liturgia, que es todo lo contrario de la liturgia que imita las modas y el lenguaje del mundo, contribuye enormemente a poner el sello sacerdotal y real de Cristo a toda nuestra vida, tanto en lo personal como en las relaciones familiares y públicas.

Podríamos sintetizar afirmando que la liturgia tradicional va a contracorriente de todo lo que el hombre moderno considera normal, de lo que él mismo ha llegado a convencerse de que es algo  obvio. Es un desafío a lo que hoy en día entendemos, hacemos y esperamos. Un tremendo reto a nuestro orgullo social colectivo y a la soberbia postrrevolucionaria. De ahí el odio y el medio a la liturgia tradicional por parte de quienes abrazan la modernidad como el valor máximo que da valor a todo lo demás. Y de ahí que quienes ven en ella una realidad superior, mejor y más profunda la amen apasionadamente.

Ciertamente Cristo reina en el alma de quien lo ama. Habita en ese precioso templo de gracia santificante. Y la liturgia, con el lenguaje del simbolismo y la voz de solemne revelación que le corresponde, va abriendo poco a poco los ojos de nuestra mente a esa realidad oculta pero deslumbrante. El rechazo a la realeza de Cristo corre parejas con el rechazo al culto debido al Rey que Él es y a los reyes que en Él somos. Una de dos: o su realeza se incorpora y expresa plenamente en nuestra actividad primaria, fundamental y eminente en lo público y lo político, es decir en la sagrada liturgia, que será el punto de referencia y la base estable de la sociedad cristiana, o su realeza será rechazada y sustituida por la tiranía de las modas o las ideologías: «No tenemos más rey que al César». Una liturgia impregnada de majestuosidad y espíritu jerárquico evita que el hombre caído usurpe el trono de Cristo Rey. El carácter opuesto a la realeza y la majestuosidad de la nueva liturgia refleja una cristología de baja calidad que rebaja a Cristo a un nivel meramente humano olvidando su majestuosa divinidad.

Por es importante, es más, crucial, lo que hagamos y nos esforcemos por hacer cuando rendimos culto público a Dios. Si tenemos una idea errónea de ello, nos arriesgamos a hacer algo que resulte gravemente inapropiado e indigno, y hasta que desagrade al Señor, al que tenemos el gran honor de servir y agradar. Si nos atenemos a la Tradición de la Iglesia y a lo que exige o recomienda el secular Magisterio, glorificaremos inevitablemente a Dios y con el tiempo contribuiremos a la santificación de su pueblo.

1 El presente artículo es una adaptación del capítulo 3 de mi libro Turned Around.

2 Bagshawe, Treasure of the Church, 165–66.

3Foley, Lost in Translation, 243; por banderas se entiende la Cruz y a los diversos instrumentos de la Pasión. Era inevitable que una oración así –como la mayor parte de la liturgia de la festividad de la realeza de Cristo– no sobreviviera a las mutilaciones de los reformistas litúrgicos, cuya teología oficial no aceptaba los conceptos esenciales del papa Pío XI, que la instituyó. Pablo VI no se contentó con trasladar la festividad de Cristo Rey, sino que la sustituyó por otra, en una fecha distinta y con diferentes lecturas, todas las cuales se alejaban de las verdades tratadas en este capítulo (véase Foley, 240–44).

4Ratzinger vio todo esto muy claro. En su discurso Eclesiología de la Lumen gentium señaló que la expresión pueblo de Dios no tardó en dar paso a un concepto fundamental errado y peligroso de la naturaleza de la Iglesia con un tinte marxista o democrático. También se dio cuenta de las consecuencias litúrgicas de una eclesiología tan errónea y politizada. Véase en concreto su texto    sobre la imagen del mundo y los seres humanos.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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