La lengua que nunca murió

Es de público conocimiento que en varios países europeos (y no europeos también) el inglés es la lengua de encuentro. Quiero decir que el alemán que no sabe francés o el francés que no sabe alemán se comunican en lengua inglesa. Y es un hecho indiscutible que el mundo ha querido eso viéndolo como un avance. Buscó un idioma para que lo puedan hablar una inmensa mayoría, para que puedan comunicarse hombres de distintas nacionalidades y distintas expresiones. Diré entonces que el mundo vio y ve como algo vanguardista, elogiable y provechoso, el tender a la unidad mediante una lengua.

Mientras que lo anterior se fue operando en el ámbito del mundo como cosa buena, en el ámbito religioso, tristemente, se fue dando la disgregación idiomática como cosa novedosa y elogiable. Y esto último se operó, paradójica y erradamente, para quedar bien con el mundo. Se cayó en la trampa de pensar que se iba a estar más en contacto con la gente abandonando la unidad de lengua religiosa y adoptando lenguas locales, al tiempo que el mismísimo mundo buscaba una unidad de lengua para sus negocios y tertulias.

Como el mundo ha avanzado hacia la unidad idiomática, casi todos, estén en China o Japón, estén en Argentina o en México, saben lo que es “stop”, lo que es “please”, lo que es “i love you”. Es bellísimo pensar que en un tiempo pasado no muy lejano, seguramente alguien del Congo o de Canadá, de Perú o de Filipinas, captaba tranquilamente una inscripción grabada en una piedra y que dice: “Sacrum caput Agnetis”; o esta otra realmente hermosísima aplicada a la Santísima Virgen María, y que hoy resulta escandalosa para el falso ecumenismo: “Tu sola universas haereses interemisti”; o esta hallada en una deslumbrante iglesia de Milán: “Bene scripsisti de Me, Thoma”. Hoy para una inmensa mayoría las referidas inscripciones resultan ininteligibles.

La unidad lingüística mantenida por la Tradición tanto en el culto público, en la Sagrada Liturgia o en la Santa Misa, no solo tiene implicancias inter-nacionales para lo que es un mayor entendimiento, sino que, principalmente, tiene la singular fuerza de protección y conservación del depósito de la fe. 

Es completamente falso sostener que el uso del latín tornaba inaccesible la fe. Hay una razón incuestionable que hace caer la falsedad, y es que no es cierto que la gente anterior a 1967 tenía una inteligencia superior a la nuestra y que luego de tal fecha nos volvimos incapaces de comprender al menos lo más básico de un misal, tan básico que un niño en uso de sus facultades en poquísimo tiempo lograba su dominio. ¿Por qué será que saber inglés, francés, alemán, ruso o chino nos abre más posibilidades de comprensión, y, al parecer, si alguien se dedicase a saber algo de latín se le reduciría sus capacidades comprensivas? ¿Por qué será que para algunos un niño puede aprender inglés desde muy temprana edad, pero si se trata del latín parecería que se requiere tener setenta años?

El latín es lengua muerta solo y exclusivamente solo para los que se encargaron de matarla en sus vidas, y para los que aún desean continuar con ese designio en el presente. Mas el latín para los que lo siguen es lengua viva, unificadora, rica, sagrada, lenguaje romano y de fe.

Al tiempo que la ruptura con la Tradición implicó también una ruptura con la lengua unitiva que se usaba, la modernidad se ha desentendido de los significados de fe que nos venían de la antigüedad.

Que una frase latina colocada en lo alto de un retablo sostenga de María: “Tu sola destruiste todas las herejías” (Tu sola universas haereses interemisti), no solo nos da una lección acabadísima de la más preciosa fe católica, sino que contrasta notablemente con nuevos postulados que, desde ya, ni quisieran que esa frase salga a la luz. Estamos clarísimamente frente al grito de las piedras en un tiempo sordo a la verdadera fe. Hoy las piedras gritan lo que muchos callan, mientras que muchos gritan lo que ellas silencian. Hasta antes de 1960 no existió jamás el falso ecumenismo que reivindica otras creencias y que se reúne en oración con ellas; existió sí la misión clara y sin ambages de conversión, misión que señalaba la herejía, mostraba la verdad e invitaba a una sola lex orandi, misión que no se avergonzaba de aclamar que había una Reina llena de misericordia y que a su vez era martillo de herejías. La caridad nunca estuvo en mostrarse amigable con el engaño. Y pensar que hoy altos jerarcas sostienen que Dios es el “Padre de todas las confesiones”.

La lengua unitiva de la Iglesia Católica sirvió y sirve de muro infranqueable contra los malos entendidos, contra las deformaciones, contra las imprecisiones. Antes, eran muchos los que hablaban la lengua de la Iglesia, mientras que hoy, por las pretensiones de algunos, son muchos los que siguen intentando que sea la Iglesia la que hable el lenguaje del mundo: de ahí viene el que se hayan introducido costumbres paganas, “dones de lenguas”, rock, pop, rap, letras mundanales, bailes y algarabías marciachi, constituyendo un culto signado por la sensiblería y una seudoliturgia que machaca con una pastoral de adaptación a los tiempos  y que se jacta de estar obrando el mensaje evangélico. Obran sí, pero obran una falsificación evangélica de la que el mismo Evangelio, la Tradición y la Patrística nos previno.

La piedra significa solidez, dureza, consistencia inquebrantable, firmeza. En lo doctrinal ha de haber la firmeza de la piedra y en el corazón suma misericordia. Esa es la firmeza y la misericordia de la Iglesia Católica, la solidez y misericordia de los confesores, la consistencia inquebrantable y la caridad de los mártires. El modernismo ya pronto a sucumbir, es doctrinalmente blanco, chirle, flanero, débil, transigente, desequilibrado, taimado, ecléctico, camaleónico, mientras que su corazón se torna cada vez más duro, principalmente para con la Tradición Católica aunque se haga el tradicional. 

Hace unos años asistimos en lo religioso a otro lenguaje promovido por diversas lenguas; nuevas costumbres, nuevos signos, nueva liturgia, nuevas significaciones. Así como los antiguos querían una torre para divinizarse y el resultado fue la confusión lingüística de Babel, de igual modo el modernismo, hijo de Babel, buscó y busca la unidad con el mundo marchando tras una falsa paz, y se confunde y llama a la confusión perdiéndose entre lenguas y significados desopilantes.     

Latín: he aquí la lengua que nunca murió. Para muchos parece muerta, pero no está muerta. Y como el José del Antiguo Testamento al que algunos de sus hermanos quisieron matar pero seguía vivo, así también aunque el modernismo quiso y quiere desentenderse del latín, tal lengua sigue vivita. Creyendo que gracias a la diversidad de lenguas la gente captaría mejor la fe, vemos que se dio todo lo contrario: la fe se fue licuando, culpa de imprecisiones, cambios de significaciones, términos opuestos, expresiones novedosas y jamás antes vistas, incomprensiones, sospechas, ridiculeces y blasfemias camufladas de religiosidad; hasta los carismáticos tienen lenguas “sobrenaturales” que son el hazme reír de los demonios.

Mientras se amplía la mundanización de lo sagrado por parte de quienes más deberían encargarse de que eso no suceda, la Tradición Católica perseguida, piedra hermosa desechada por el modernismo y que sufre a ejemplo de su Esposo, ya va gritando al enemigo, una vez más, las bíblicas palabras: “Este Jesús es la piedra desechada por vosotros los constructores, pero que ha venido a ser la piedra angular” (Hechos 4, 11).  

Tomás I. González Pondal
Tomás I. González Pondal
nació en 1979 en Capital Federal. Es abogado y se dedica a la escritura. Casi por once años dictó clases de Lógica en el Instituto San Luis Rey (Provincia de San Luis). Ha escrito más de un centenar de artículos sobre diversos temas, en diarios jurídicos y no jurídicos, como La Ley, El Derecho, Errepar, Actualidad Jurídica, Rubinzal-Culzoni, La Capital, Los Andes, Diario Uno, Todo un País. Durante algunos años fue articulista del periódico La Nueva Provincia (Bahía Blanca). Actualmente, cada tanto, aparece alguno de sus artículos en el matutino La Prensa. Algunos de sus libros son: En Defensa de los indefensos. La Adivinación: ¿Qué oculta el ocultismo? Vivir de ilusiones. Filosofía en el café. Conociendo a El Principito. La Nostalgia. Regresar al pasado. Tierras de Fantasías. La Sombra del Colibrí. Irónicas. Suma Elemental Contra Abortistas. Sobre la Moda en el Vestir. No existe el Hombre Jamón.

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