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De la oración dominical que nos enseñó Cristo (Matth. 6. Luc. 11.)

Meditación para el jueves de la decimoséptima semana

PUNTO PRIMERO. Considera la benignidad de Cristo nuestro Salvador y maestro, y que no sólo nos persuadió a orar con sus razones y ejemplos, sino que Él mismo compuso esta oración y nos la dejó para fórmula de orar, y para enseñarnos a pedir al Eterno Padre lo que tuviésemos necesidad, así para nosotros como para nuestros hermanos; de lo cual has de sacar lo primero, afectos de agradecimiento a este soberano Señor, pues siendo tú una vil criatura se dignó venir desde los cielos y hacerse tu maestro; lo segundo, un deseo grande de aprender de su doctrina y mostrarte su verdadero y afectuoso discípulo; lo tercero, una grande estimación de esta oración para repetirla muchas veces con toda la devoción de tu alma, como parto de su boca, y compuesta por Él mismo para tu bien y enseñanza. Pondera la estimación que hacen los maestros de la tierra de sus papeles, libros y doctrina, y la que quieren hagan sus discípulos, y cuánto sienten que las desprecien; y mira cuánto más querrá que estimen su doctrina y enseñanza el maestro del cielo, y cuánto sentirá que la desprecien sus discípulos o no hagan de ella la estimación que deben.

PUNTO II. Considera la primera palabra de esta oración con que nos enseñó Cristo a llamar a Dios Padre, no sólo porque lo es, en que nos hizo una señalada y altísima merced de querer ser nuestro Padre y nosotros sus hijos, sino también porque le pidamos con afecto y confianza de hijos. Pondera la confianza con que un hijo pide a su padre, de cuyo amor está certísimo, y cuán sin duda pide de alcanzar lo que pretende, y cómo persevera, aunque al principio no alcance, por la esperanza que tiene en su amor y benevolencia; y aprende a orar con firme esperanza en Dios de alcanzar lo que pidieres, y de perseverar en la oración, aunque no alcances luego lo que pides, confiando en el amor de Dios, el cual muchas veces dilata nuestras peticiones para probar nuestra confianza y perseverancia; y si no recibes lo que pides, mira no lo cause tu poca fe y la desconfianza con que dejas la oración.

PUNTO III. Pondera más, por qué nos mandó Cristo que llamásemos a Dios Padre; conviene a saber, porque le debemos el ser más que a nuestro propio padre, pues este nos dio sólo el cuerpo, pero Dios el cuerpo y alma, y porque nos sustenta como verdadero Padre, y nos hizo por su gracia herederos de su gloria. Carga la consideración sobre estos beneficios y mira cuán grandes son, y especialmente esta herencia y derecho que nos dio a un reino tan rico, tan poderoso y magnífico como el cielo; dale infinitas gracias por estos beneficios, y mira cómo vives, no sea que pierdas por tu culpa el reino que te viene por su gracia.

PUNTO IV. Considera que nos mandó llamarle nuestro en plural, de todos y no solo tuyo, porque es Padre universal de todos, sin excluir a ninguno que merezca ser su hijo, y porque tuvieses a todos por hermanos, y lo amases y ayudases como a hijos de tu propio Padre, y no pidieses para ti solo, sino para todos, con amor y caridad. Pondera todas esas cosas y cómo las debes cumplir, y carga el peso de la consideración en contemplar de quién eres hijo, y cómo has de corresponder a tal Padre y dar en todas tus acciones muestras de ser hijo suyo. A Alejandro le fingieron sus lisonjeros hijo de Júpiter, y por ello se estimaba y trataba con suma veneración, como hijo de Dios. Mira tú cómo te debes tratar, siéndolo en la verdad por su gracia, sin abatirte a las vilezas de la tierra. ¡Oh Padre celestial! muchas gracias te doy porque te dignaste de ser mi Padre, y de que yo me pudiese llamar tu hijo, y no sólo llamarme, sino serlo por tu divina gracia e inmensa bondad; suplícote me des gracia para que muestre en mis obras que soy hijo tuyo, y siempre te ame y sirva como tengo obligación.

Padre Alonso de Andrade, S.J

Meditación
Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.

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