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La preciosa Muerte de Miguel Magone – Por Don Bosco

Su preparación a la muerte

Después de las vacaciones de Castelnuovo de Asti, nuestro Miguel vivió unos tres meses. Era más bien pequeño de cuerpo, pero sano y robusto. De ingenio despierto y de buena inteligencia, hubiese podido seguir con éxito cualquier carrera.

Era muy estudioso, y se le veía progresar a ojos vistas.

Tocante a la piedad, llegó a tal grado que a sus años no había nada que quitar ni poner para poderlo convertir en modelo de la juventud. Nervioso, pero bueno y devoto, tenía en mucho aprecio los pequeños actos de devoción.  Los hacía con alegría, con naturalidad y sin caer en escrúpulos. El resultado era que, por su piedad, su aplicación y su trato amable, todos le querían mucho. Y por su carácter vivo y su compañerismo se había convertido en el ídolo del juego.

¡Ojalá que un modelo así, de vida cristiana, hubiese permanecido en este mundo hasta la más avanzada vejez, porque, tanto en el estado sacerdotal, al que se sentía inclinado, como en el estado seglar, hubiese reportado grandes bienes a la religión y a la sociedad! Pero Dios tuvo otros planes y decidió tomar esta flor del jardín de la Iglesia militante para trasladarla a la Iglesia triunfante.

El propio Magone, sin sospechar la muerte que lo acechaba, se iba preparando con un estilo de vida cada vez más ejemplar.

La novena de la Inmaculada la celebró particularmente con gran fervor; conservamos escritos los propósitos a cumplir que se fijó para aquellos días. Son de este estilo:

«Yo, Miguel Magone, quiero hacer bien esta novena y me propongo:» 1) Despegar mi corazón de todas las cosas del mundo » 2) Hacer una confesión general para tener mi conciencia tranquila a la hora de la muerte. »3) Dejar cada mañana el desayuno en penitencia de mis pecados o recitar los siete gozos de la Virgen para merecer su patrocinio durante mi agonía.» 4) De acuerdo con el confesor, comulgar diariamente. » 5) Narrar a mis compañeros todos los días un ejemplo en honor de la Virgen. » 6) Pondré estos propósitos, escritos, al pie de la imagen de la Virgen, y, por el hecho de hacerlo, entenderé consagrarme todo a ella. En lo sucesivo es mi voluntad pertenecerle enteramente, hasta el último instante de mi existencia.

Todo ello se le permitió hacer, salvo la confesión general, pues la había hecho poco tiempo atrás. Y en vez de dejar el desayuno se le aconsejó que recitara diariamente una oración por las almas del purgatorio.

Realmente causó asombro la conducta de Magone durante los días de la novena. Era presa de una alegría extraordinaria.

Andaba siempre atareado en contar ejemplos edificantes y en que otros se los contasen; y en reunir a cuantos compañeros podía para llevarlos a rezar ante el sagrario y ante el altar de la Virgen. Durante la novena iba regalando, con gran desprendimiento, frutas, caramelos, comestibles, folletos, estampas, medallas, crucifijos y otras cosas que le habían regalado a él. Los regalaba a ciertos compañeros un tanto disipados.

Y lo hacía, bien para premiarles porque iban mejorando de conducta a lo largo de la novena, o para comprometerlos a que participasen en los ejercicios de piedad que les proponía.

miguel- magonesCon parecido fervor celebró la novena y fiesta de Navidad. —Quiero—decía al comenzar la novena—echar mano de todos los medios para hacer bien esta novena, y confió en que Dios use conmigo de su misericordia y en que el Niño-Dios también nazca en mi corazón con sus gracias.

El último día del año, el director de la casa estaba sugiriendo a todos los jóvenes que dieran gracias a Dios por los beneficios recibidos a lo largo del año a punto de terminar.

Y los animaba a comprometerse a pasar el año que empezaba en gracia de Dios. «Porque—añadía—quizás para alguno de nosotros sea el último». Y mientras pronunciaba esta frase tenía puesta la mano sobre el más cercano de todos: Magone —Entendido—dijo éste lleno de estupor—. Se ve que me toca a mí hacer las maletas para la eternidad. De acuerdo. Las tendré preparadas.

Tales palabras excitaron la hilaridad de todos; pero los compañeros tomaron buena nota, y Magone se cuidó de recordar de cuando en cuando aquella extraña broma. A pesar de ello, su alegría y jovialidad no sufrieron en lo más mínimo, y siguió como si nada cumpliendo sus obligaciones con absoluta ejemplaridad.

Entretanto se acercaba el último día de su vida, y Dios quería dárselo a entender más claramente.

El 16 de enero, domingo, los jóvenes que componían la compañía del Santísimo, a la que pertenecía Magone, comenzaron su reunión como cualquier día festivo. Hechas las acostumbradas oraciones y la lectura prescrita, y dados los avisos del caso, uno de los asistentes tomó la bolsa de las florecillas (esto es, de las papeletas con las máximas que se proponían para ser practicadas en la semana siguiente), y fue ofreciéndolas a todos. Cada uno extrajo la que le cupo en suerte. Magone, a su vez, saca una y encuentra escritas en ella estas solemnes palabras: «En el juicio me encontraré a solas con Dios». Las lee y, profundamente impresionado, lo comunica a sus compañeros, diciendo:

—Es, pienso yo, un aviso de Dios; como una cita para que me vaya preparando.

Luego buscó al superior y le enseñó la papeleta ansiosamente, repitiendo que para él aquello era la llamada de Dios, que le citaba a comparecer ante él. El superior le exhortó a estar tranquilo y a prepararse no en virtud del contenido de la papeleta, sino en fuerza de las recomendaciones hechas por Cristo a todos en el Evangelio de estar siempre preparados.

— ¡Bien, sí; pero dígame cuánto he de vivir todavía!

—Viviremos todos hasta que Dios lo quiera.

—Más yo, ¿viviré el año entero o no?—dijo nervioso y algo conmovido.

— ¡Calma, no te inquietes! Nuestra vida la tenemos en las manos del Señor, y él es un padre bueno. El sabrá hasta cuándo convenga conservárnosla. Por otra parte, para salvarse, no es menester saber cuándo hemos de morir, sino estar preparados con buenas obras,

—Entonces—comentó tristemente—, si usted no quiere decírmelo, es señal de que está próximo mi fin.

—No creo que esté tan próximo—dijo el director—; pero puestos en ese caso, ¿tanto miedo tienes de hacerle una visita a la Virgen en el cielo?

—Tiene usted razón.

Y recuperando su jovialidad de siempre, se fue a jugar.

El lunes, el martes y la mañana del miércoles se mostró constantemente de buen humor, sin delatar cambio alguno en su salud, desempeñando a la perfección sus deberes. Más, después de la comida del miércoles, ya lo observé parado debajo del balcón, ocupado en ver cómo jugaban los otros, pero sin participar él. Aquello no había ocurrido nunca. Era señal clara de que no andaba bien de salud.

Su enfermedad

La tarde del miércoles, 19 de enero de 1859, yo mismo (Don Bosco) le pregunté si le pasaba algo. Me respondió que nada, que únicamente las lombrices, su enfermedad de siempre, le molestaban más de lo ordinario. Nos limitamos a darle de beber una medicina apropiada. Se fue a dormir y pasó tranquilo la noche.

A la mañana siguiente se levantó a la hora de todos; tomó parte en las prácticas de piedad e hizo con algunos más la comunión por los agonizantes, según costumbre suya de todos los jueves. Mas al ir a tomar parte en los juegos, ya no pudo; se sentía muy cansado: las lombrices no le dejaban respirar.

Se le aplicaron algunas medicinas clásicas en este tipo de enfermedades y fue visitado por el médico. Al no encontrar ningún síntoma de enfermedad, el doctor ordenó continuar el mismo tratamiento. Su madre, que se encontraba en Turín, vino a verlo y manifestó que su hijo venía padeciendo desde niño del mismo mal, y que las medicinas aplicadas eran precisamente las que ella había empleado otras veces.

El viernes por la mañana intentó levantarse con la ilusión de hacer la comunión, según su costumbre, en honor de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, para obtener una buena muerte. Mas no se le permitió, pues había empeorado. Como hubiese evacuado muchas lombrices, se le ordenó seguir con las mismas medicinas, añadiendo algún otro específico para facilitarle la respiración.

Hasta aquí ningún síntoma de peligro se había presentado.

El peligro comenzó a aparecer hacia las dos de la tarde, cuando lo fui a visitar y reparé en que a la dificultad de respiración se había añadido la tos, y en que la expectoración se teñía de sangre. Preguntado cómo se encontraba, contestó no sentir otro mal que cierta opresión de estómago, producida por las lombrices del intestino. Pero yo me di perfecta cuenta de que la enfermedad cambiaba de rumbo y se agravaba peligrosamente. Por esto, y por no exponernos a errar en la administración de medicinas, llamamos inmediatamente al médico. Mientras llegaba, su madre, buena cristiana, le dijo:

—Miguel, mientras viene el médico, ¿no crees que podrías confesarte?

—Como quiera, mamá. Confesé ayer mismo por la mañana y comulgué; pero como veo que la enfermedad es grave, con gusto volveré a confesar.

Se preparó durante unos instantes e hizo su confesión.

A continuación, con semblante sereno, me dijo, chanceando, en presencia de su madre:

— ¿No será esto, más que un ejercicio de la buena muerte, una preparación para la mía?

— ¿Qué prefieres—le interrumpí yo—: curar o irte al cielo?

—El Señor sabe lo que más me conviene. Que sea lo que él quiera.

— ¿Y si el Señor te diese a elegir entre sanar o ir al paraíso?

— ¿Quién es tan tonto para no elegir el paraíso?

— ¿Deseas, pues, irte al cielo?

—Sí, lo deseo. Con toda el alma. De un tiempo a esta parte se lo pido continuamente a Dios.

—De depender de ti, ¿cuándo te irías?

—Ahora mismo, si ésa fuese la voluntad de Dios.

—Bien. Digamos todos: “En la vida y en la muerte, y siempre, hágase la santa y adorable voluntad de Dios”.

Llegó en aquel preciso momento el médico y halló que, efectivamente, la enfermedad había cambiado de aspecto.

—Está mal la cosa —observó—. Se trata de un derrame de sangre en el estómago; no sé si lo podremos atajar.

Se hizo cuanto la ciencia aconseja en tales casos: sangrías, bebidas especiales, de todo se echó mano en un esfuerzo por detener la sangre, que, peligrosamente, le dificultaba la respiración.

Todo fue inútil.

A las nueve de aquella noche, 21 de enero de 1859, él mismo expresó deseos de recibir la comunión antes de morir.

—Con tanta mayor razón cuanto que esta mañana no pude hacerlo—dijo.

Estaba impaciente por recibir a aquel Jesús que de tiempo atrás venía acogiendo en su pecho con una frecuencia ejemplar.

En el momento de empezar el rito de la administración me dijo en presencia de todos:

—Recomiéndeme a las oraciones de mis compañeros. Que recen para que Jesucristo resulte de verdad para mí viático y compañero hacia la eternidad.

Recibida la sagrada hostia, dio gracias con uno de los asistentes.

Pasado un cuarto de hora, dejó de recitar las oraciones que se le sugerían y, al no pronunciar palabra, temimos le hubiera sobrevenido algún desfallecimiento repentino. Pero, a los pocos minutos, risueño y como en broma, nos hizo señal de que le escucháramos. Dijo:

—En la papeleta aquella del domingo pasado había una equivocación. Decía: “En el juicio estarás a solas con Dios”.

No es cierto. No estaré solo. Estará también la Virgen conmigo, que me asistirá. No tengo ya ningún miedo. Que sea cuando quiera. La Madre de Dios me acompañará personalmente en el juicio.

Sus últimos momentos y su preciosa muerte

Eran las Eran las diez de la noche, y la enfermedad se agravaba por momentos. En consecuencia, ante el temor de que muriese aquella misma noche, resolvimos que el sacerdote Zattini, un clérigo y un joven enfermero pasasen con él la primera mitad de la noche, y don Alasonatti, prefecto de la casa, otro clérigo y otro enfermero, la otra mitad, hasta que amaneciese.

En cuanto a mí, no sospechando un peligro inmediato, dije al enfermo:

—   Magone, trata de descansar un poco. Yo me voy a la habitación, pero volveré en seguida.

—No—me respondió—, no me deje.

—Sólo voy a rezar un poco el breviario y en seguida me tendrás a tu lado.

—Vuelva lo antes que pueda.

Dejé encargo al marchar de que me llamaran al menor peligro. Lo amaba entrañablemente y deseaba encontrarme a su lado en el momento de la muerte.

No había aún llegado a mi cuarto y me dicen que vuelva inmediatamente. El enfermo parecía entrar en agonía.

Efectivamente era así; el mal avanzaba inexorablemente.

En vista de ello, don Agustín Zattini le administra la extremaunción.

El enfermo se hallaba en plena lucidez de mente. Intervino, respondiendo, en todas las partes del rito de administración de este sacramento. Es más, se empeñó en añadir por su cuenta algunas jaculatorias a cada unción. Recuerdo que, al ungirle la boca, dijo: «Dios mío, si hubieses extirpado esa lengua mía la primera vez que te ofendí, ¡qué afortunado me consideraría en este momento! ¡Cuántos pecados menos tendría! Dios mío, perdóname cuantas faltas cometí con la boca: me arrepiento de ellas con todo el corazón».

A la unción de las manos, añadió:

— ¡Cuántos puñetazos di a mis compañeros con estas mismas manos! Dios mío, perdóname estos pecados y ayuda a mis compañeros a ser mejores que yo.

Terminada la administración del sacramento, le dije si llamábamos a su madre, pues se había ido a descansar un poco a una habitación porque tampoco creía que la enfermedad fuese grave.

—No—respondió—, mejor es que no la llamen. ¡Pobre madre mía! Me quiere tanto que sufriría demasiado al verme morir, y eso me daría mucha pena. ¡Que el Señor la bendiga!

Cuando me encuentre en el cielo he de rezar mucho por ella.

Se le exhortó a que se tranquilizase un poco y se preparara a recibir la bendición papal con indulgencia plenaria. A lo largo de su vida había mostrado un gran aprecio por todas las prácticas religiosas enriquecidas con indulgencias y había hecho todo lo que estaba en su mano por beneficiarse de ellas. De ahí que recibiera con verdadera ilusión la proposición de recibir la bendición papal.

Tomó parte en todas las oraciones que la acompañan, y él mismo quiso recitar el acto de dolor. Pronunciaba las palabras con tanta unción y penetrado de tan vivos sentimientos de fe, que todos los circundantes nos conmovimos hasta derramar lágrimas.

Luego, viéndole como con deseos de dormir, lo dejamos tranquilo; pero despertó a los pocos momentos. Estábamos asombrados del caso: el pulso indicaba que estaba a las puertas de la muerte, y, sin embargo, su aire sereno, su jovialidad y el perfecto estado de su razón eran de una persona en completa salud. Y no es que él no sintiese molestia alguna, pues la trabajosa respiración que se produce cuando se rompe una víscera ocasiona un sufrimiento general; lo que pasaba es que nuestro Miguel había pedido a Dios tener en esta vida el purgatorio debido a sus pecados para así poder ir a la gloria sin tropiezo alguno. Este pensamiento era lo que le hacía sufrir con alegría. Es más; el mismo mal, que normalmente debiera haberle producido angustia y sofoco, le causaba gozo y alegría.

En fin, que, por especial favor de nuestro Señor Jesucristo, no sólo parecía insensible al mal, sino que incluso experimentaba grandes consuelos en los mismos sufrimientos. Ni era preciso sugerirle pensamientos piadosos, porque él mismo, de cuando en cuando, se ponía a rezar jaculatorias.

Eran las once menos cuarto cuando, llamándome por mi nombre, me dijo:

—Llegó el momento. Ayúdeme.

—Estate tranquilo —le respondí—; no me apartaré de tu lado hasta que te vayas con el Señor a la gloria. Pero ya que hablas de irte de este mundo, ¿no quieres despedirte de tu madre?

—No, no quiero ocasionarle tanto dolor.

— ¿Y no me encargas nada para ella?

—Sí; dígale a mi madre que perdone todos los disgustos que le di a lo largo de mi vida, pues yo estoy arrepentido. Dígale que la quiero mucho, que siga adelante en su vida ejemplar.

Que yo muero contento; que me voy de este mundo con el Señor y la Virgen y que la estaré esperando allá arriba en el paraíso.

Estas palabras hicieron saltar las lágrimas a todos los presentes.

Yo, animándome, y para ocupar en santos pensamientos aquellos momentos preciosos, de cuando en cuando le hacía preguntas:

— ¿Quieres que diga algo a tus compañeros de tu parte?

—Que se esfuercen en hacer buenas confesiones.

—De cuanto hayas podido hacer en tu vida, ¿qué es lo que te produce en este momento más alegría?

—Lo que hice en honor de la Virgen. Sí, ésta es la mayor de las alegrías. ¡Oh María, qué felices son tus devotos en punto de muerte! Pero—continuó—una cosa me inquieta: cuando mi alma se separe del cuerpo y esté a. punto de entrar en el cielo, ¿qué tengo que hacer? ¿A quién he de acudir?

—Si la Virgen ha resuelto acompañarte en el juicio, déjale hacer a ella. Pero, antes de que vayas al cielo, querría hacerte un encargo.

—Diga usted; haré lo imposible por darle gusto.

—Cuando estés en el paraíso y veas a la Virgen María, salúdale humilde y respetuosamente de mi parte y de parte de cuantos vivimos en esta casa. Ruégale que tenga a bien bendecirnos, que nos acoja a todos bajo su protección poderosa y haga de modo que ninguno de los que estamos aquí, o de los que la Providencia ha de mandar a esta casa, se condene.

—Con mucho gusto cumpliré este encargo. ¿Algo más?

—De momento nada más. Ahora descansa un poco.

Efectivamente, parecía dormir. Pero por más que conservase el uso de la palabra y se le viese tranquilo, su pulso señalaba una muerte próxima. En vista de ello, comenzamos a recitar el Sal, alma cristiana. Estábamos a la mitad de la lectura y, como si despertara de un profundo sueño, me dice con el rostro sereno y la sonrisa en los labios:

—Dentro de unos momentos cumpliré su encargo. Lo haré muy bien, ya verá. Diga a mis compañeros que los espero en el cielo.

A continuación, estrechó entre sus manos el crucifijo, lo besó tres veces y pronunció sus últimas palabras: «Jesús, José y María, entrego en vuestras manos el alma mía».

Y, dibujando sus labios una sonrisa, expiró.

Aquella afortunada alma abandonaba este mundo para volar al cielo, como piadosamente esperamos, a las once de la noche del 21 de enero de 1859.   Apenas si tenía catorce años. No hubo propiamente agonía. Ni siquiera se le notó agitación alguna, pena o sofoco, o sufrimiento de los que suelen acompañar la terrible separación de alma y cuerpo. Yo no sabría cómo llamar la muerte de Magone, a no ser que dijera haber sido como un sueño de dicha que le transportó de los dolores de esta vida a la feliz eternidad.

Los presentes llorábamos más por emoción que por pena, pues, si a todos nos dolía su separación, todos envidiábamos su suerte.

Don Zattini, al que me referí más arriba, dejando que rebosasen los afectos de su corazón, pronunció estas graves palabras:

— ¡Oh muerte! ¡Tú no eres castigo para las almas inocentes, sino la mano bienhechora que les abre las puertas de los goces imperecederos! ¡Ojalá pudiese yo estar en tu lugar, mi querido Magone! En este momento, tu alma habrá pasado ya el juicio de Dios y, llevada de la mano de María, estará llegando a la gloria inmensa del cielo. Querido Magone: ¡que seas eternamente feliz! Encomiéndanos a nosotros, pues que también nosotros, en prenda de amistad, elevaremos preces al Señor para asegurar aún más tu eterno descanso.

“Vida de Miguel Magone contada por San Juan Don Bosco”, Fuente




San Miguel Arcángel
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Artículos del Blog San Miguel Arcángel publicados con permiso del autor

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