El catecismo de la Iglesia Católica nos dice en su epígrafe 2382: “Entre bautizados católicos, el matrimonio celebrado y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte” (Código de Derecho Canónico, canon 1141)”.

Es decir la Iglesia no tiene potestad divina para anular un matrimonio válidamente realizado y consumado (o sea cuando después de la ceremonia matrimonial ha sido consumado por el acto conyugal); en tal caso el matrimonio es absolutamente indisoluble lo diga quien lo diga -ya veremos el divorcio en otro artículo-.

Sucede, sin embargo, que en algunos casos en el momento de celebrarse el contrato matrimonial pueden haber fallado algunos elementos esenciales para que el matrimonio sea válido, y que no es cuestión analizar aquí. Por tal razón el matrimonio fue, desde el primer momento, inválido, o sea: nunca hubo matrimonio verdadero entre ese hombre y esa mujer. En tales casos, y después de una delicada investigación, la Iglesia puede declarar que “nunca hubo matrimonio”.

Asumiendo que hay una parte de fieles honestos que puedan recurrir a esta figura de la nulidad con todo su derecho, es igualmente preciso reconocer que hay una gran parte de fieles que recurren a la nulidad de forma sacrílega, es decir, sin ánimo de decir la verdad y falseando los datos que sean necesarios para obtener la anulación, para conseguir así una especie de divorcio “católico” y lavar sus conciencias para sus amancebamientos y adulterios.

Dado que la Iglesia no puede conocer la realidad objetiva, y se basa principalmente en los propios testimonios de los encausados y los testigos que ellos mismos presentan, es relativamente fácil obtener la nulidad de una forma sacrílega, y es preciso señalar para el que no lo sepa que sacrílego es un mal uso de lo sagrado, una utilización indebida.

Estas personas que han obtenido una nulidad engañando al tribunal eclesiástico al no decir la estricta verdad con plena conciencia y/o presentando falsos testimonios deben saber que dicha sentencia es nula por derecho divino, es decir han podido engañar al derecho eclesiástico, a los hombres de la Iglesia, pero no a Dios, que a todos los efectos para su Juicio personal tras su muerte los seguirá considerando casados y esposos.

Se derivan de esto consecuencias extremadamente graves para la vida moral de aquellas personas que han procedido así, a saber:

  • Su cónyuge sigue siendo ante Dios el mismo, incluso si hay una declaración de nulidad matrimonial (obtenida con engaños).
  • Si alguno de los dos se une con otra persona comete adulterio, que no olvidemos es un pecado mortal y causa de condenación si morimos sin arrepentimiento. 

Podríamos preguntarnos por la responsabilidad de quien no teniendo ningún óbice se une con una persona que ha obtenido la nulidad matrimonial con engaños. Dado que en principio le puede ser imposible conocer la realidad sobre esa nulidad, esa persona sí tiene la grave obligación moral de informarse hasta donde pueda para tener la mayor seguridad posible de si esa nulidad se ha obtenido con engaño o no. En caso de sospecha lo moralmente prudente es no llevar a cabo la unión. Esto “afortunadamente” es relativamente fácil hoy en día por cuanto la mayoría de las personas que las obtienen no tienen inconveniente en ir pregonando a los cuatro vientos como han engañado a los Tribunales Eclesiásticos.

La Fe es “fiarse” de lo que nos ha transmitido Jesús, justamente por ser Dios mismo. No se trata pues de llenos de soberbia creernos más que Dios y determinar por nuestra cuenta que “no estamos de acuerdo”, sino de aceptar humildemente la doctrina divina que el mismo Dios nos ha transmitido para asegurar nuestra salvación, tratando de que no se lleven a engaño quienes estén inmersos en dicha situación seducidos por el silencio general del mundo de estas Verdades y la cobardía de quienes sabiéndolo se lo callan.