Rezar a Dios en un tono familiar
La meditación u oración mental, es la que se reflexiona sobre Dios con el intelecto iluminado por la fe sobrenatural. Se lo ama con la voluntad inflamada por la caridad infusa, y se establece un coloquio con Él. Si se hace a diario, así no sea por más de unos veinte minutos, es un medio infalible para perseverar en la gracia de Dios, avanzar en santidad y salvar el alma. En sus Ejercicios espirituales, San Ignacio de Loyola nos enseña varias maneras de hacer oración mental. Lo importante es hacerla siempre, poco pero siempre, y gradualmente se llegará a la cumbre. Nuestros Padres decían nihil violentum durat.
Desgraciadamente, la experiencia nos enseña que quienes hacen los ejercicios espirituales, aunque en efecto aprenden a meditar, son pocos los que de vuelta a casa perseveran en meditar todos los días. Poco pero siempre es el secreto del éxito. Lo cierto es que muchas veces se peca por exceso: demasiada oración mental los primeros meses, y después se acabó; o bien por defecto: mucha inconstancia y falta de continuidad. Es necesario hacerla siempre; si se puede, una media hora al día. Si no se consigue mantener la media hora, es preciso continuar todos los días, aunque sea más breve, a fin de no perder la regularidad y acabar por abandonarla.
Uno de los obstáculos que dificultan la perseverancia en la meditación es soportarla, no amarla. No vivirla, no hablar con Dios, verla como un peso y no como una agradable charla con nuestro mejor Amigo; el único que no nos traiciona, Aquel al que se le puede contar todo, que nos escucha y responde si estamos lo bastante recogidos para oírle. Y, sobre todo, el único que puede resolver todos nuestros problemas porque es omnisciente y omnipotente, además de amor infinito.
En una celebérrima obra suya (Del trato familiar con Dios), escrita en Nápoles en 1753, San Alfonso María de Ligorio afirma: «Es manifiesto error pensar que se falta a la majestad de Dios y al respeto que le es debido hablando con Él con familiaridad y llaneza». A lo largo del libro, el santo nos enseña a hablar con Dios con franqueza, como se habla con un amigo. En este breve artículo me propongo explicar que meditar o hacer contemplación (oración mental acompañada de un intenso amor sobrenatural a Dios) es fácil para cualquier cristiano. Basta con poner un poco de buena voluntad, y con la Gracia de Dios, que no se le niega a nadie, se consigue fácilmente, todos los días hasta el fin de nuestra vida, llegar al Cielo. El mencionado santo napolitano decía: «El que reza se salva, y el que no reza se condena; los condenados se condenaron porque no rezaban» (El gran medio de la oración).
Por eso, el trato familiar con Dios es, aparte la buena voluntad, el empeño constante, aunque breve en la práctica de la meditación, la mejor manera de contemplar todos los días y hacerlo con fruto, tanto en la aridez como en el consuelo. Otro impedimento es abandonar la práctica de la meditación cuando ya no se experimentan consuelos espirituales. El método o camino de la infancia de la oración que nos enseña San Alfonso ayuda considerablemente a las almas, aun las más pequeñas y sencillas, a elevarse a Dios con el famoso ascensor del que hablaba Santa Teresita del Niño Jesús en su camino de la infancia espiritual.
Procuremos, pues, con San Alfonso María de Ligorio, tratar a Dios con el amor más tierno y confiado que nos sea posible. ¿Quién no es capaz de hablar con su madre? ¿A quién le causa incomodidad? ¿Quién no siente la necesidad de hacerlo y encuentra en ello un desahogo? La propia palabra mamá nos llena de cariño y nos conmueve. Y así debería ser también con Jesús. «Jesu dulcis memoria, […] sed super mel et omnia eius dulcis presentia», cantaba San Bernardo de Claraval.
Otra gran diferencia entre la oración cristiana y la concentración oriental estriba en que los métodos orientales son técnicas puramente humanas y naturales, de naturaleza psicológica, que sirven para que el hombre olvide su individualidad y sus problemas llevándolo a un estado de indiferencia o felicidad en su identificación con el Todo, el dios-mundo. El esoterismo es la base y el cimiento de la concentración oriental. Es una conciencia natural (gnosis) que salva, libera y perfecciona al hombre haciendo que cobre conciencia de su identidad con el mundo-divinidad. En cambio, la religión cristiana consiste en la Revelación divina a la que hay que adherirse por el don sobrenatural y gratuito de la fe, y se vive mediante la oración, vocal o mental, con el auxilio de la gracia divina o sobrenatural. Hay entre las dos una diferencia cualitativa infinita, al igual que entre lo natural y lo sobrenatural.
Una de las formas más conocidas de concentración es el yoga, que procede de la filosofía hinduista, mientras que el zen se deriva de la budista1. Ambos son inmanentistas y panteístas. Son una especie de rito religioso. De todos modos, es importante saber que las posturas que asume el cuerpo del yogui (es decir, quien practica el yoga) no son ejercicios gimnásticos para relajar los músculos, sino doctrinas especulativo-prácticas que permiten al iniciado llegar a olvidarse de que tiene un cuerpo y es un individuo único, distinto de los demás. Hay que moverse y respirar lo menos posible, separando por tanto tiempo como se pueda inspiración de expiración, a fin de que la conciencia del yogui pueda liberarse de los efectos del cuerpo, que es esencialmente malo, como todo lo corpóreo y material (se ve aquí la influencia claramente recíproca entre cábala, maniqueísmo, catarismo y filosofías orientales, que dejó mucha huella en la filosofía europea antigua de Platón y en la moderna, sobre todo en Descartes y Schopenhauer). Por eso, el yogui debe abstraer sus sentimientos de todo objeto externo y concentrarse en sí mismo y en su propio pensamiento. Entonces el iniciado llega a conocer directamente, o sea a intuir sin la mediación de los sentidos y la razón, como si fuera un ángel, la esencia de todo (véase el ontologismo de Malebranche, Gioberti y Rosmini)2. Finalmente, se llega a identificar sujeto y objeto (véase el idealismo clásico alemán) para anular la conciencia del objeto extramental y convertir al sujeto en un objeto de concentración. El sujeto que coincide con el objeto suspende de tal manera todo deseo de cosas externas que es liberado e iluminado. Como una gota que cae en un inmenso océano, el individuo humano se disuelve (véanse el nihilismo filosófico postmoderno de Nietzsche, Freud, la Escuela de Frankfurt y el estructuralismo francés).
Todos los métodos de concentración de las filosofías mistéricas orientales tienden desde su inicio a llevar al iniciado a anular la conciencia de su identidad individual humana, única y diferente de los demás, del mundo y de Dios. Los métodos y técnicas son parte integral de la teoría o filosofía inmanentista y panteísta oriental que tiene por objeto eliminar en el hombre la conciencia del yo, de la propia personalidad, con miras a fundirse en el Todo impersonal o el vacío indeterminado.
EN RESUMEN
1) La verdadera mística supone pasividad o falta de resistencia de un modo simplemente relativo a la moción sobreabundante del Espíritu Santo, no en cuanto a la cooperación humana con la gracia divina con vistas a la propia salvación eterna.
2) El falso misticismo, por el contrario, supone una pasividad total (es decir, no hacer nada), lo cual incluye no vivir conforme a las virtudes ni resistir al mal moral.
3) La consecuencia del falso misticismo, que es una corrupción de la unión transformante con Dios (corruptio optimi pessima), supone la destrucción de la propia razón, la fe sobrenatural, la moral objetiva y la obediencia a la jerarquía eclesiástica, como dispuso Cristo. En resumidas cuentas, significa el fin de la verdadera religión (si fieri potest) y del hombre como animal racional y libre.
4) La falsa mística ha contaminado todas las épocas de la historia de la Iglesia: la antigüedad con el montanismo, la Edad Media con los begardos, la primera parte de la Moderna con Lutero y el quietismo, la segunda con el modernismo americanista, y la postmodernidad con el neomodenismo postconciliar de los movimientos o caminos, hoy en día aprobados desde las más altas instancias de la Iglesia, cuando hasta los años cincuenta del pasado siglo toda desviación era condenada y contenida. Ahí está el problema, el drama de los tiempos que vivimos, que sólo podrá resolver la omnipotencia y justicia de Dios. Hasta ahora el hombre moderno y contemporáneo ha resistido su misericordia.
5) La influencia del judaísmo cabalístico se ha dejado sentir con mucha fuerza durante el Concilio (V. Nostra aetate, 1965) y el postconcilio a través de la atracción manifestada por Karol Wojtyła († 2005) y Joseph Ratzinger († 2022) hacia Martin Buber († 1965) y Emmanuel Lévinas († 1995), que convirtieron la cábala esotérica elitista judaica en un fenómeno de masas valiéndose del movimiento jasidista, tal como hizo Freud del talmudismo un fenómeno de masas por medio del psicoanálisis.
6) La religiosidad hinduista y budista de Extremo Oriente, más que religiones positivas que unan al hombre con Dios (religión viene de religere), son filosofías esotéricas, gnósticas, inmanentistas y tienden como mínimo al panteísmo. Para ellas, no existe un Dios distinto del mundo y trascendente. Por eso, no hay en ellas religión, sino una vaga divinidad impersonal e indeterminada en la que mundo y hombre son una misma cosa. De ahí que sean conocimientos mistéricos, secretos, elitistas, gnósticos y esotéricos que alejan al hombre de Dios.
7) Los métodos de concentración orientales no tienen nada que ver con la oración vocal ni mental (meditación y contemplación) cristianas. En realidad, mientras que la oración es un conocimiento amoroso de Dios por parte del hombre que conduce a la unión o a vivir juntos en un coloquio mutuo, como dos amigos que conversan, pero permaneciendo distintos (Dios es infinitamente superior a toda criatura, los ángeles incluidos), la concentración oriental (yoga o zen) parte de la falsa premisa filosófica de que el hombre no es un individuo único y distinto a los demás, al mundo y a Dios; hombre, divinidad y mundo forman un todo o un vacío indeterminado. Esta falsa filosofía se sirve del yoga y el zen para convencer al iluminado de que es una parte del todo o una gota perdida en el mar de la divinidad.
8) Las consecuencias morales de la filosofía panteísta oriental son desastrosas y abocan al nihilismo filosófico, que sobre todo desde el paroxismo del 68 está destruyendo al hombre contemporáneo en cuanto a la razón, la moral y hasta en su propio ser. Si el hombre es una gota que se pierde en el mar, es una partícula del Todo, que es un vacío indeterminado y potencia. O sea, un no ser en perpetuo devenir. De ahí se deduce que el hombre, el mundo y la divinidad no existen; están siempre en potencia sin llegar al acto.
9) Hay que tomar partido: o la recta filosofía, la religión verdadera y la oración dirigida a Dios Creador, o el absurdo filosófico del inmanentismo panteísta y la concentración imaginaria que convierte al sujeto en objeto, como el ilusionista que extrae un conejo del sombrero de copa. Tertium non datur. Parafraseando a Guénon, perditio ex oriente.
Josephus a Copertino
1 ElLo zen procede del yoga clásico, como el budismo del hinduismo.
2 Cf. M. Eliade, Patañjali et le yoga, París, Seuil, 1982.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























