Vittorio Messori
Corriere della Sera
14 de enero de 2015
Siempre he preciado la sinceridad del rabino Giuseppe Laras cuando expresa sus opiniones (es un periodista italiano conocido no solo por su cultura sino también por su sensibilidad religiosa). Ayer, en su artículo en este diario, desde el inicio no vacila en afirmar que «estamos en guerra, estamos solo al principio y aún no lo admitimos».
Soy de temple realista, por tanto me inclino a pensar como él. La tercera guerra mundial (llamada «fría», pero guerra de todos modos) terminó en un campo de batalla abandonado tras el colapso del enemigo; mas, a continuación hubo un nuevo Pearl Harbor la mañana del 11 de septiembre en Nueva York. Entramos así, digámoslo con la claridad de Laras, en la cuarta guerra mundial. La hipocresía de la ideología dominante —políticamente correcta— ha intentado el exorcismo y ahora, para tratar de sedarnos, trata de construir un idílico «islamismo moderado», engrandeciéndolo y alentándolo con «diálogo» como mantra. Sin embargo, todos aquellos que conocen el Corán, los que conocen la historia y la sociedad que le dio forma durante los últimos mil quinientos años, saben que esos musulmanes que llamamos extremistas (según categorías occidentales) no se equivocan cuando gritan (con el Kalashnikov en alto) que un musulmán moderado es un mal musulmán; o cuando menos, que es un cobarde y que Alá lo castigará. ¿Cuantos entre aquellos que se escandalizan por esta afirmación han leído, sin censura intelectual, el Corán en su totalidad? ¿O la monumental colección de hadiz, las máximas atribuidas al Profeta?

Un amigo francés, religioso católico de Jerusalén y conocida autoridad bíblica, me habló recientemente que en su convento hacia muchos años trabajaba un viejo mozo musulmán. Honesto, trabajador y de confianza, era como parte de la familia y todos los religiosos sentían gran afecto por él, y era un afecto mutuo. Un viernes el hombre regreso de la mezquita abatido. Él superior del convento, tras insistir, finalmente logro hacerlo hablar. «Hoy, el imán que dirige las oraciones nos dijo durante el sermón que el día del triunfo de Alá y su profeta, que ya está próximo, libraremos a la Ciudad Sagrada de judíos y cristianos, y todos los infieles que no profesen de inmediato su fe tendrán que ser ajusticiados. Esta es la voluntad del Corán y estamos obligados a obedecerla», dijo. Después de una pausa agregó: «Pero no se mortifique Padre, usted sabe que los quiero a todos. Se que hacer sí resulta necesario matarlos, encontraré la manera de no hacerlos sufrir».

Desgraciadamente, esta anécdota es verídica; tan verídica como las preguntas de Giuseppe Laras, duras y corteses, son legítimas. Y creo que estas se pueden resumir de la siguiente manera: ¿Es posible para el mundo musulmán aceptar la tolerancia, la distinción entre religión y política, la igualdad entre pueblos con religiones diferentes, el rechazo de la violencia (sin excepciones) como una base real y posible para un mundo menos inhumano?
Como es sabido, en 1948, el pequeño grupo de estados islámicos, ya independientes, sentados en la flamante mesa de las Naciones Unidas, se rehusaron a firmar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, afirmando que estos no correspondían con su concepto de la persona y de la sociedad. Una sociedad en la que, entre otras cosas, la esclavitud no había sido abrogada, la poligamia estaba, y aún está permitida, donde la mujer está relegada a la sumisión y donde los que no son musulmanes son ciudadanos de una categoría inferior y están sujetos a onerosos gravámenes y a humillaciones públicas codificadas en las leyes. ¿Será posible llegar a un modus vivendi o continuará el conflicto, quizá intensificándose aún más, ya que los sistemas de valores están tan distantes uno del otro?
De hecho, Islam esta dividido a tal grado que hay masacres entre chiitas y sunitas o sangrientos combates entre estas y otras comunidades a diario. Ante todo, no existe una autoridad superior capaz de aceptar acuerdos vinculantes en nombre de sus fieles, como el Papa en el catolicismo. Al contrario, no existe ni siquiera un clero ni una jerarquía religiosa dentro de las comunidades, todo se deja simplemente a hombres y a un libro inmutable con catorce siglos de antigüedad en sus manos. El Califato Otomano, abolido en 1924 por Kamal fue una farsa al servicio del sultanato y, de cualquier forma, su autoridad ya en decadencia no era reconocida más allá de las fronteras del imperio turco.
Supongamos que pudiera resucitar, ¿qué podría hacer un nuevo «Papa de La Meca»? No podría contar con los recursos salvíficos con los que cuenta Roma: las sagradas escrituras, que pueden ser analizadas y estudiadas a fondo de acuerdo con el momento y la situación sin negarlas; que se pueden flexionar sin traicionarlas; divinas pero confiadas a la razón de creyentes que deben enfrentarse a las centurias con ellas.
La cristiandad es, ante todo, mucho más que un libro, es un encuentro entre seres vivos, entre el hombre y un Cristo vivo, con las riqueza y la adaptabilidad de la vida. El Corán, sin embargo, no es así, es más bien lo opuesto: el texto original se mantiene en el cielo, junto a Alá, eterno, inalterable, dictado palabra por palabra a Mahoma, con sus frases obedecidas siempre e invariablemente de una manera literal, con una rigurosidad que reta a toda cultura a cualquier precio.
Para él esta sería una «política desastrosa» cuyos desdichados frutos los cristianos ya pueden apreciar. Continua diciendo que, de hecho, «una vez que las naciones musulmanas se deshicieron de “sus” judíos, se enfocaron, con violencia y masacres, sobre la extensa minoría cristiana». La convicción del rabino, sin embargo, requiere otra discusión:¿la persecución de los bautizados tiene acaso causas más complejas que el mero ensañamiento de una religión violenta sobre sus víctimas?. Sería una discusión muy importante, y precisamente por eso no es posible hacerle justicia en un espacio tan reducido como este. Por ahora es suficiente considerar la advertencia de Laras seriamente: hay guerra y no es este el momento de escudarnos de nuestros adversarios tras una benevolencia occidental acompañada de reproches de Casandras —como esta— que se limitan a certificar una realidad trágica.

[Traducido por Enrique Treviño. Artículo original.]