ADELANTE LA FE

La visita de Pedro y Juan al sepulcro vacío

El cristianismo es la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Por eso a los discípulos de Cristo se les llama cristianos. La veracidad de la religión cristiana se asienta, en última instancia, en la resurrección de su fundador, hasta tal punto que si éste no hubiera resucitado realmente sería inútil la fe depositada él (1 Corintios 15, 14).

En ese caso, la validez del cristianismo no depende de si los restos del Apóstol Santiago se encuentran o no en la Basílica Mayor de Compostela, como afirman por cierto los estudios científicos más serios, la tradición y varios pronunciamientos apostólicos[1]. Tampoco se funda la religión que instituyó Jesucristo sobre la mayor o menor ejemplaridad de sus discípulos, o sobre la autenticidad, pongamos por caso, de la Sábana Santa conservada en Turín. No. El quid de la cuestión es la resurrección de Jesucristo. He aquí el fundamento de nuestra fe. No hay otro. Tanto es así, de hecho, que si Cristo no ha resucitado, los cristianos «somos los más miserables de todos los hombres» (1 Corintios 15, 19).

Quienes no han tenido una experiencia con Jesús resucitado así lo creen. Piensan éstos que los cristianos malgastan sus vidas, y consideran que su esperanza no posee fundamento real, sino que se trata más bien de una entelequia. Pero tan asombroso es que Dios se encarne, padezca y muera por nosotros como que algunos hombres se obstinen en reducir a Dios a lo que puede dar de sí su inteligencia. Lo esencial del asunto, en cualquier caso, es si los cristianos creen a ciegas, irreflexivamente, o por el contrario tienen serias razones sobre las que sustentar su creencia.

Uno de los relatos más bellos de entre todos los que consignan apariciones de Jesús resucitado se narra en el Evangelio según San Juan. Se trata del hallazgo del sepulcro vacío, o de la visita de Pedro y Juan al sepulcro de Jesús:

«El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:

—Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.

Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos. Y los discípulos se marcharon de nuevo a casa» (Juan 20, 1-10).

Lucas, por su parte, añade dos detalles hermosísimos a la escena: cuenta que al entrar Pedro al sepulcro se inclinó, y que se volvió luego admirándose de lo ocurrido (Lucas 24, 12).

Analicemos ahora detenidamente este magnífico cuadro, enriquecido por las voces de los otros tres cronistas[2].

La acción se inicia el domingo, con el viaje que hace María Magdalena y las otras mujeres al rayar el alba (sabemos que en ese momento hay otras mujeres con ella por el resto de evangelios), para lavar y ungir el cuerpo de Jesús, como era costumbre. Sin embargo, al llegar a la sepultura descubren que la piedra de la entrada del sepulcro, a pesar de ser muy grande, ha sido removida; y entrando en el sepulcro, ven a un ángel que les anuncia que Jesús ha resucitado, exhortándolas a marcharse y decírselo a los discípulos, y especialmente a Pedro (por ser designado por el propio Cristo como Príncipe de los Apóstoles). Ellas, sobrecogidas de temblor y fuera de sí, parten en seguida y huyen del sepulcro, contándoselo todo a los Once. Pero ellos tuvieron por un desvarío sus palabras y no las creyeron.

Con todo, Juan y Pedro, ante la gravedad de lo denunciado por las mujeres, salen precipitadamente para cerciorarse de la verdad de lo ocurrido. Lo más hermoso del relato, además de que Juan espere a entrar al sepulcro después de Pedro, llegando primero, es la descripción de los lienzos plegados (literalmente «yacentes», «aplanados», «caídos») y el sudario envuelto, enrollado, doblado en un lugar aparte. Este detalle, en apariencia insignificante, es sin embargo revelador. Para ambos testigos, el sudario plegado era un indicio de que el cuerpo no había sido hurtado (única explicación que se le ocurrió a la Magdalena). Aquello sin lugar a dudas revelaba que lo sucedido no había podido ser obra humana. Todo ello indicaba claramente el hecho de la resurrección, y por ese motivo Juan mismo confiesa que vio y creyó.

Como muy bien apunta Vittorio Messori en su estudio sobre la muerte y resurrección de Jesús, «del contexto parece entenderse que ese “creyó” no se refiere al hecho de que el sepulcro estuviera vacío, sino más bien que allí dentro —al amanecer del primer domingo de la historia— había “algo” que indujo repentinamente a Juan a creer. Y con ello, si así puede decirse, se convirtió en el primer cristiano»[3].

Para San Juan Crisóstomo, lo que el discípulo amado halló dentro del sepulcro vacío fue, asimismo, suficientemente significativo como para convencerle de la resurrección de Jesús, «porque si alguno lo hubiera trasladado no hubiera desnudado su cuerpo. Y si lo hubieran robado, los ladrones no hubiesen cuidado de quitarle y envolver el sudario poniéndolo en un sitio diferente del de los lienzos, sino que hubieran tomado el cuerpo como se encontraba. Ya había dicho San Juan que al sepultarle lo habían ungido con mirra, la cual pega los lienzos al cuerpo. Y no creas a los que dicen que fue robado, pues no sería tan insensato el ladrón que se ocupara tanto en algo tan inútil»[4]. Por ende, alguna señal realmente elocuente debió de reconocer San Juan en el sepulcro vacío para creer en la resurrección de Cristo, como él mismo reconoce en su evangelio.

Monseñor Juan Straubinger, sacerdote y profesor de Sagrada Escritura, traductor de la Biblia y editor de la denominada popularmente Biblia Platense, comenta al respecto que fueron los mismos ángeles los que plegaron el sudario de Cristo: «Es de notar la relevancia especial para con la sagrada Cabeza de Jesús que demuestran los ángeles. No quiso Dios que el sudario que envolvió la Cabeza de su Hijo muy amado quedase confundido con las demás vendas»[5].

Pudiera ser el caso. Pero quizás haya otra explicación más admirable aún: que fuera el propio Jesucristo el que doblara el sudario y lo dejara aparte, dejando de esta manera un mensaje significativo a sus discípulos.

Para comprender este detalle tendríamos que conocer los usos y costumbres hebreas de la época de Jesús en torno a la mesa. Al parecer, las telas que entonces se usaban para limpiarse las manos y los labios revelaban, en función de la disposición dada por el comensal, significados muy concretos. Hablamos de códigos que permanecen hoy en día —sobre todo en banquetes oficiales o solemnes—, y que permiten comunicarse en secreto entre el servicio y el comensal anfitrión. Como decimos, actualmente existe todo un lenguaje oculto con los cubiertos para indicar, por ejemplo, que el servicio debe comenzar, que se desea hacer una pausa, que estamos listos para que nos sirvan el siguiente plato, etc. Protocolos de este tipo son seguidos principalmente en ágapes donde huéspedes y anfitriones son casas reales y jefes de Estado, aunque también es frecuente encontrar estos códigos en restaurantes. Pues bien, la tradición judía a la que nos referimos poseía igualmente una serie de señales o reglas que conocían a la perfección el maestro o anfitrión y el servicio doméstico.

En el caso hebreo, cuando el maestro había terminado de comer, se limpiaba con la servilleta, y haciendo con ella un gurruño, la lanzaba sobre la mesa. Ese era el momento en el que el criado, que permanecía mientras tanto fuera de la visión de los comensales, sabía que su amo había terminado de comer. Por el contrario, si el maestro se levantaba, habiendo doblado su servilleta y habiéndola dejado junto a su plato, el criado entendía que no era el momento de acercarse a la mesa y limpiarla. Con esa sencilla señal, el anfitrión indicaba que no había terminado de comer y que por tanto iba a regresar. De ser así, Jesucristo, al disponer aparte el sudario que había envuelto su cabeza, estaría diciendo a Juan y a Pedro que no había terminado su obra, y que efectivamente volvería de entre los muertos. Como así sucedió.

Más allá de esta hermosa posibilidad —no olvidemos en cualquier caso que los hechos mismos hacen creer inmediatamente a San Juan—, la resurrección de Jesús requiere la fe para ser aceptada[6]. Porque «el cristianísimo no se basa en evidencias incontestables […] sino en testimonios fidedignos y fieles», como recuerda Armand Puig en sus excelentes páginas sobre la resurrección de Jesús[7]. Precisamente, la garantía de que Cristo ha resucitado la tiene el cristiano en el testimonio de las Sagrada Escritura y de los Apóstoles a los que se apareció vivo y glorioso.

Y esos testimonios, desde luego, sí merecen crédito al cristiano. Así que el cristiano cuenta con hechos, con efectos y con testimonios fidedignos y fieles, es decir, cuenta con razones para creer, y su esperanza no es una entelequia.

Pero vale la pena concluir con las palabras de Santo Tomás de Aquino, «el más santo entre los doctos y el más docto entre los santos»[8], Doctor de la Iglesia y Doctor Angélico. De acuerdo al aquinate, «cada uno de los argumentos de por sí no bastaría para demostrar la resurrección de Cristo, pero, tomados todos juntamente, declaran de modo perfecto su resurrección; sobre todo por el testimonio de la Sagrada Escritura, las palabras de los ángeles y la afirmación de Cristo confirmada con sus milagros»[9].

No olvidemos, finalmente, las palabras atribuidas a San Ignacio de Loyola, que sirven de broche perfecto para afrontar cualquier relato evangélico sobre las apariciones de Jesús resucitado, puesto que en el Mesías que vino al mundo, y murió y resucitó por todos los hombres, «estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron» (Juan 1, 4-5), porque «amaron más las tinieblas que la luz» (Juan 3, 19). Y es que «para aquellos que creen, ninguna prueba es necesaria. Pero para aquellos que no creen, ninguna cantidad de pruebas es suficiente».

Luis Segura

[1] Ver José Guerra Campos, Exploraciones arqueológicas en torno al Sepulcro del Apóstol Santiago y La Bula «Deus Omnipotens». Roma y el sepulcro de Santiago.

[2] Mateo 28, 5-7; Marcos 16, 1-8; Lucas 24, 1-11.

[3] Vittorio Messori, Dicen que ha resucitado. Una investigación sobre el sepulcro vacío, capítulo XII.

[4] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Juan, 84.

[5] Nota 1184.

[6] Para una investigación concienzuda acerca del los lienzos y el sudario, ver el capítulo XIII del estudio citado de Vittorio Messori: «Entre sábana, sudario y cintas».

[7] Armand Puig, Jesús. Una biografía (2005) 618.

[8] Cfr. Pablo VI, Lumen Ecclesiae, n. 30.

[9] Summa theologiae III, q. 55, 6 ad 1.

Luis Segura

Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros
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