ADELANTE LA FE

La Vulgata, Biblia de la Iglesia católica

(S.E. 9)

Dada la importancia que la Escritura tiene para la vida cristiana, siempre ha sido una seria preocupación de la Iglesia el tener un texto sagrado que ofrezca las máximas garantías de fiabilidad; es de tener en cuenta también que ha sido una triste realidad constante el mal uso que se ha hecho de la Biblia, pudiéndose afirmar que no hay un hereje en la Historia que no se haya apoyado en la Sagrada Escritura para defender sus errores.

Como es sabido, la transmisión del texto, por mucho esmero que pongan los copistas, siempre está sujeta a la limitación humana, como lo demuestra la infinidad de variantes que toda versión antigua presenta. Este fenómeno afecta, por supuesto, también a los textos originales.

Por todo eso hay que reconocer que es poco menos que imposible el llegar con absoluta certeza al texto, tal como salió de las manos del autor inspirado. De todos modos, hemos de reconocer que existe la certeza moral de que los textos originales corresponden a los que los autores inspirados escribieron. En especial tratándose del Nuevo Testamento, mucho mejor atestiguado que cualquier otro libro de la antigüedad. Desde luego, las posibles diferencias son mínimas y no afectan a lo sustancial del texto. Lo que en definitiva nos garantiza dicha fiabilidad es el Magisterio de la Iglesia que directa, o indirectamente, acepta tal o cual texto como digno de fe.

La Iglesia sólo se ha pronunciado solemnemente a favor de una versión en una ocasión: la que San Jerónimo llevó a cabo por deseo del Papa S. Dámaso. Para ello fue necesario que durante diez siglos esa versión fuera la preferida, entre otras, por los Padres de la Iglesia, por la Liturgia y por los fieles.

Desde el s. XVI esa versión latina, la Vulgata, fue la que adoptó la Santa Madre Iglesia como oficial, imponiéndola en el estudio y enseñanza de la teología, así como en los documentos oficiales y en la Liturgia de la Iglesia Latina. Eso no quiere decir que se menospreciaran los textos originales en hebreo y griego del Antiguo y Nuevo Testamento

Las versiones antiguas de ambos testamentos

Estas versiones se pueden clasificar en versiones occidentales, entre las que se encuentra principalmente la Vulgata latina, y versiones orientales, entre las que destaca la versión siríaca Peshittâ (palabra que significa ‘común’, ‘corriente’, ‘vulgata’). El interés que presentan la Vulgata y la Peshittâ se debe a su antigüedad y a su uso generalizado en la Iglesia. Aquí nos ocuparemos principalmente de las versiones occidentales

Estas versiones, en orden cronológico, son: la Vetus latina, la gótica, la Vulgata y las versiones eslavas.

1.- La Vetus latina

1.1.- Nombre y características

La expresión ‘Vetus latina’ es una denominación convencional que se utiliza para designar las traducciones latinas de la Biblia anteriores a la Vulgata de san Jerónimo. La situación actual de los estudios no permite afirmar con seguridad cuántas fueron estas versiones latinas ni su proceso de composición; no obstante, conocemos el motivo por el que fueron escritas: difundir el cristianismo en Occidente en una época en que el latín estaba ya generalizado.

En la Iglesia latina parece que existieron, junto a otras versiones parciales, dos versiones principales: una que surge en África proconsular, alrededor del año 150; otra en una localidad de Europa que nos es desconocida, aunque probablemente sea Roma, pues fue utilizada por Novaciano, entre los siglos II y III. Esta sería la que san Agustín llama Itala y que considera superior a las otras versiones por fidelidad al texto y claridad de expresión. Los traductores se sirvieron para elaborarla de la versión de los LXX, y, para el Nuevo Testamento, de un texto de la familia occidental (D). En general, las versiones son fieles, a veces hasta el servilismo, y, debido a su uso, dirigido a la instrucción de la gente común, que no conocía el griego, se utiliza la lengua popular, distante del lenguaje literario.

1.2.- Códices y ediciones

De la Vetus latina poseemos alrededor de cincuenta códices, que se dividen en europeos y africanos. En el siglo XVIII, el benedictino P. Sabatier recogió y publicó todo el material hasta entonces disponible de códices y citas. Actualmente está en curso una edición crítica monumental, preparada por los benedictinos de Beuron (Alemania).

1.3.- Importancia

La Vetus latina es de gran interés para la crítica textual, porque se trata de una traducción directa del texto griego, realizada con una literalidad extrema; por este motivo, deja traslucir el texto griego utilizado para su composición: un texto que se remontaría a los siglos I-II dC. Para el Antiguo Testamento, su valor radica de modo particular en que la Vetus latina deriva de un texto bastante bueno y sin contaminaciones, a menudo presente en los mejores códices griegos. Por otra parte, la Vetus latina representa el modo en que la Iglesia latina leía la Biblia hasta que se impuso la Vulgata, a la que sirve como texto base. También bajo el aspecto lingüístico y cultural, la Vetus latina posee un enorme interés como testimonio del llamado latín cristiano y para el conocimiento del latín vulgar y de su proceso de transformación hasta la formación de las lenguas romances.

2.- La Vulgata

2.1.- Nombre

Con el nombre de Vulgata (divulgada, común, accesible a todos) se entiende la traducción latina de la Biblia, obra en gran parte de san Jerónimo, en uso en la Iglesia como texto oficial hasta época muy reciente. San Jerónimo emprendió esta tarea por encargo del Papa san Dámaso, que quiso que se realizase un trabajo de revisión y corrección de las versiones latinas entonces en uso para hacer frente a la confusión que existía entre los códices latinos.

2.2.- Composición

El trabajo de san Jerónimo, comenzado el año 383 en Roma y concluido hacia el 404/406 en Belén, fue doble: de revisión y de traducción:

Para el Nuevo Testamento, san Jerónimo se limitó a corregir la antigua versión latina utilizando óptimos códices griegos. Esta revisión se realizó en Roma el año 383 y con seguridad sobre los cuatro evangelios. San Jerónimo se limitó, por lo general, a corregir los textos cuyo sentido consideraba había sido alterado. Con respecto a los demás libros del Nuevo Testamento, el alcance del trabajo de san Jerónimo es una cuestión todavía no del todo clarificada. Hoy se reconoce generalmente que tal revisión no fue obra de san Jerónimo, sino de otro autor, tal vez de su discípulo Rufino el Sirio, quien habría seguido de modo sistemático los principios del maestro, sobre un trabajo ya planteado y comenzado por san Jerónimo.

Para el Antiguo Testamento, el trabajo de san Jerónimo se desarrolló en tres fases. Ya en su período romano (383-385), al mismo tiempo que realizaba la revisión del Nuevo Testamento, corrigió la traducción latina de los Salmos de la Vetus latina sobre un texto de los LXX. Él mismo confiesa que fue una revisión rápida e incompleta. Según una opinión generalizada, el resultado habría sido el Salterio romano. Más tarde, en Belén, entre los años 386-390, san Jerónimo corrigió todos los libros protocanónicos del Antiguo. De este trabajo sólo ha llegado a nosotros el llamado Salterio galicano. Sin embargo, la obra más importante de san Jerónimo fue la traducción directa del Antiguo Testamento desde los textos originales hebreos, que entrará a formar parte de la Vulgata. Esta traducción la realizó sobre el texto hebreo que se utilizaba en la sinagoga de Belén, afín al Texto Masorético. San Jerónimo tradujo sólo los libros protocanónicos, dos libros deuterocanónicos, Tobías y Judit (sobre un texto arameo) y los fragmentos deuterocanónicos de Daniel sobre la versión griega de Teodoción. El trabajo sobre el Antiguo Testamento se prolongó durante quince años, desde el año 390 hasta el 405-406.

Por tanto, en la Vulgata, por lo que se refiere a los evangelios, se encuentra la revisión de la Vetus latina hecha por san Jerónimo en Roma. Los demás libros proceden de una revisión realizada por Rufino el Sirio. El Antiguo Testamento está constituido: en cuanto a los protocanónicos, por la traducción que san Jerónimo realizó directamente desde el hebreo, excepto el Salterio, que es el Salterio galicano; en cuanto a los deuterocanónicos, dos libros, Tobías y Judit, provienen de la traducción realizada por san Jerónimo directamente sobre un texto arameo; los demás proceden de la Vetus latina, excepto los fragmentos de Daniel, que san Jerónimo tradujo a partir del texto de Teodoción, a falta de un texto semítico.

2.3.- Características

Las características de la Vulgata se pueden reducir básicamente a dos: fidelidad al sentido de los textos bíblicos y una cierta elegancia de forma. San Jerónimo, en efecto, se preocupó, sin descuidar la fidelidad de la versión a los textos originales, de hacer inteligible el texto bíblico y exponerlo con claridad, añadiendo ocasionalmente, aunque muy rara vez, alguna glosa explicativa. La elegancia de la forma se descubre, sobre todo, en que la parataxis hebrea (coordinación o yuxtaposición de frases) ha quedado sustituida por frases subordinadas, y en el hecho de evitarse repeticiones de palabras o frases; sin embargo, san Jerónimo sabe sacrificar la elegancia ante la necesidad de ofrecer un texto más claro. Los estudiosos están de acuerdo en reconocer que la versión de san Jerónimo es superior a todas las demás versiones antiguas.

2.4.- Historia de la Vulgata

Durante varios siglos, la Vetus latina y la Vulgata convivieron paralelamente, hasta que, a partir del siglo VIII/IX, la Vulgata se impuso definitivamente. Desde entonces, el texto de la Vulgata ha estado íntimamente vinculado a la historia de la vida de la Iglesia latina: a su liturgia, teología y espiritualidad. En esta historia podemos distinguir algunos momentos cumbre: el período de las recensiones, las primeras ediciones impresas, el decreto de Trento, al que siguió la edición Sixto-Clementina, y la edición Benedictina.

a.- Recensiones

La difusión de la Vulgata fue precisamente la causa principal de las variantes que se introdujeron en el texto, que se multiplicaban a medida que crecía el número de copias. Surgió por eso, desde los primeros momentos, la necesidad de realizar recensiones que permitiesen recuperar el texto original. Las tres recensiones más importantes fueron: la de Casiodoro (siglo VI), perdida en gran parte; la recensión de Alcuino (siglo VIII), obra emprendida por deseo de Carlomagno y que, por su buena realización, se difundió por todo el imperio carolingio; y la de Teodulfo, menos conseguida que la anterior y causa de la progresiva contaminación de la recensión de Alcuino.

Durante los siglos sucesivos surgieron otras recensiones de la Vulgata, entre las que se encuentra la Biblia Parisiense, publicada por la Universidad de París (siglo XIII), que se difundió ampliamente aunque era de muy escaso valor. Su difusión fue facilitada por el prestigio de la Universidad de París y por el hecho de que en ella se introdujo la división en capítulos, realizada por Stephen Langton († 1228).

b.- Manuscritos y ediciones impresas

No existe ningún libro que haya sido copiado de un modo tan constante como la Vulgata. El número de manuscritos es muy elevado: Se calculan más de 8.000 y, si se cuentan los fragmentos más pequeños, se llega a los 30.000. Se clasifican, según la región de proveniencia, en tres familias: italianos, españoles e insulares (irlandeses y anglosajones), a los que se añaden los manuscritos galos del siglo IX. Los más importantes son los manuscritos italianos, puesto que la Vulgata se difundió especialmente en Italia. Algunos manuscritos se remontan al siglo VI. Los más importantes son el Amiatino y el Ottoboniano, de los siglos VII/VIII, y el Fuldense, escrito hacia el año 546.

Desde la invención de la imprenta hasta el año 1500, la Vulgata fue impresa unas cien veces. La primera se hizo en Maguncia, por obra del mismo J. Gutenberg, hacia el año 1452. Se le conoce como Biblia Mazarina. Los primeros intentos de ediciones críticas, en el sentido de que fueron realizadas sobre códices antiguos, aparecen en el siglo XVI. Son notables la Vulgata Complutense (1522), y la Vulgata Parisiense, de Roberto Estienne, más conocido como Stephanus († 1559), en la que se introduce la división en versículos.

c.- El decreto del Concilio de Trento

El multiplicarse de las versiones bíblicas durante el período del Humanismo y el Renacimiento, muchas de las cuales eran realizadas por teólogos protestantes con el fin de difundir sus propias doctrinas, hizo necesaria la determinación de un texto único genuino de la Revelación. Esta fue una de las tareas que asumió el Concilio de Trento. En la sesión IV (1546), después de haber definido por la mañana la canonicidad de los libros sagrados “como se encuentran en la antigua tradición de la Vulgata latina”, por la tarde, con el decreto Insuper, el Concilio afirmó:

“Considerando que podía ser de no poca utilidad para la Iglesia de Dios, se diera a conocer, de todas las ediciones latinas de los sagrados libros que circulan, cuál ha de ser tenida por auténtica; [el Concilio] establece y declara que esta misma antigua edición Vulgata, aprobada por el uso de tantos siglos por la misma Iglesia, sea tenida por auténtica en las públicas lecciones, disputas, predicaciones y exposiciones, y que nadie, por cualquier pretexto, sea osado o presuma rechazarla” (DS 1506).

En cuanto al término “autenticidad” utilizado por Trento, que en el pasado dio lugar a vivas discusiones entre los estudiosos, la Divino afflante Spiritu (DS 3825), ante los abusos difundidos por algunos autores, se sintió en el deber de explicar su verdadero significado:

“El concilio tridentino declaró ‘auténtica’ la Vulgata en sentido jurídico, esto es, en cuanto se refiere ‘a la fuerza probativa en cosas de fe y moral’, no queriendo excluir de ningún modo posibles divergencias [de la Vulgata] con el texto original y las antiguas versiones” (EB 527).

Se trata, por tanto, de una autenticidad en sentido jurídico, es decir, la que posee un documento que, por su validez incontestable, es apto para dar fe en juicio. Se declara, por tanto, que la Vulgata es un texto bíblico al que la Iglesia reconoce toda la fuerza probativa en materia de fe y costumbres, de modo que puede ser utilizada públicamente. El Concilio enumera, en concreto, el ámbito de validez de este uso público: las lecturas (enseñanza, lectura litúrgica), discusiones académicas, predicaciones (uso pastoral) y exposición de la verdad de fe (catequesis, comentarios bíblicos de gran difusión). El Concilio de Trento, por tanto, no hablaba de ‘autenticidad crítica’, que significaría, en el caso de las versiones, fidelidad al texto original en todos sus puntos. Es cierto, sin embargo, que el Concilio no podía hablar de una autenticidad jurídica sin presuponer de algún modo una conformidad sustancial de la Vulgata con los textos originales.

d.- La edición Sixto-Clementina

En las actas del Concilio de Trento queda de manifiesto que el privilegio que se concedía a la Vulgata no iba en detrimento de otros textos bíblicos, en particular, de los originales hebreo y griego y, según su valor, de las demás versiones antiguas. El decreto conciliar, de hecho, determinó que se hiciera una revisión de la Vulgata “con la máxima exactitud” (DS 1508); petición que no pudo ser atendida inmediatamente, sino solo después de muchas vicisitudes. Finalmente, en 1592, bajo Clemente VII, se publicó el texto revisado de la Vulgata, conocido con el nombre de Biblia Sixto-Clementina, todavía en uso.

De ella existen muchas ediciones. La edición manual más importante es la realizada por los Benedictinos de la Abadía de San Girolamo in Urbe (Turín 1959). Además del texto de la Biblia Sixto-Clementina, cuidadosamente revisado, posee un aparato crítico con un cuerpo de variantes basado, para el Antiguo Testamento, en la edición científica preparada por los mismos benedictinos (la edición Benedictina) y para el Nuevo Testamento, en la edición de Wordsworth-White.

e.- Ediciones críticas modernas

En nuestros días existen dos grandes ediciones críticas importantes, una para el Antiguo Testamento y otra para el Nuevo Testamento. En el caso del Nuevo Testamento, se trata del Novum Testamentum, que comenzaron J. Wordsworth y H. J. White y que llevó a su conclusión H. F. D. Sparks. El primer volumen fue publicado el año 1889; el último, con el Apocalipsis, en 1954. Para el Antiguo Testamento, es famosa la edición benedictina, realizada por encargo de san Pío X a la Orden Benedictina en 1907. La Comisión para la revisión de la Vulgata, que entonces se constituyó, realizó sus trabajos en el Monasterio de San Girolamo. Como edición manual crítica existe la Vulgata Stuttgartensia, 2 voll. Stuttgart 1969-1975, realizada bajo la dirección del benedictino Robert Weber.

f.- La revisión de la Vulgata

En 1945 tiene lugar un acontecimiento altamente significativo. SS. Pío XII da un “motu proprio”  por el que introduce en la Iglesia una nueva versión latina de los Salmos. Esta tentativa de adoptar un texto latino diferente a la Vulgata tuvo sin duda sus motivos y razones. En primer lugar, el salterio que se conserva en la Vulgata no es, como se sabe, una traducción de S. Jerónimo sino una antigua versión latina hecha del texto griego de los LXX y que el santo corrige. Es cierto que el mismo S. Jerónimo no estaba del todo satisfecho con aquella versión y hace otra versión latina del mismo original hebreo. Sin embargo, esta versión no prospera en el uso de la Iglesia que se inclina por la antigua versión latina hecha de los LXX, llamada Psalterium Gallicanum, y que llega hasta nuestros días a impulso de S. Pío V que la introduce en el Breviario Romano

Antes de seguir adelante es preciso recordar que la Iglesia, ya desde antes de Trento, era consciente de que la Vulgata estaba necesitada de retoques que, si no afectaban al fondo, sí que concernían a la forma. Y así se hizo en la versión Sixto-Clementina y en las versiones posteriores que siguieron apareciendo hasta el mismo siglo XX.

Con motivo de la Navidad del año 1966, en su alocución al Sacro Colegio Cardenalicio, Pablo VI dedicó algunas palabras que expresan el significado y valor que se intenta dar a la nueva versión latina. Considera que el progreso de los estudios bíblicos espera y desea dicha revisión. Este texto ha de respetar a la letra la Vulgata de S. Jerónimo. Habla a continuación de la prudencia necesaria en hacer las correcciones que sean precisas y de adoptar el lenguaje de la antigua latinitas bíblica cristiana, de modo que sean conjugados el respeto por la tradición y las sanas exigencias críticas de nuestro tiempo. De este modo, continúa Pablo VI, la liturgia tendrá un texto científicamente serio, coherente con la tradición, con la hermenéutica y con el lenguaje cristiano. Con ello se reconoce algo que a menudo se olvida en algunas traducciones actuales. Por el afán de hacer asequible la Palabra de Dios al “vulgo” se la vulgariza, se la despoja de su rico ropaje de palabras ya hechas y cargadas de un fuerte contenido teológico y cristiano.

3.- La Vulgata y la Neovulgata

Una obra diferente, que, sin embargo, puede ser considerada como una puesta al día de la Vulgata, es la Neovulgata. Esta versión nació por un deseo expreso de Pablo VI, que instituyó la Comisión Pontificia para la Neovulgata el 29-XI-1965, diez días antes de la clausura del Concilio Vaticano II.

El proyecto actual de la Neovulgata de conformar el texto latino con los textos originales estuvo también presente en tiempos de León XIII y San Pío X. Como se ve por todo lo expuesto, el interés por la Vulgata no ha decaído a lo largo de los años; y el deseo de Pablo VI de actualizar la Vulgata se inserta de alguna manera en esta tradición revisionista que concierne al texto latino adoptado como oficial por la Iglesia. Los nuevos esfuerzos no están por lo tanto desligados de lo que se había venido haciendo a lo largo de muchos siglos.

Su finalidad era dotar a la Iglesia de una edición latina de la Biblia que, conservando sustancialmente la versión de san Jerónimo, la corrigiese en los puntos en que se separaba de los textos originales, utilizando los progresos de las ciencias bíblicas. La edición debía utilizar el lenguaje de la latinitas bíblica cristiana. Su uso debía extenderse, en primer lugar, a la liturgia, que podría gozar así de un texto unitario, científicamente válido, coherente con la Tradición, con la hermenéutica y con el lenguaje cristiano. Debía servir, además, como base segura para los estudios bíblicos, especialmente donde no existiese la posibilidad de disponer de bibliotecas más especializadas.

La Neovulgata fue promulgada por Juan Pablo ii con la Constitución Apostólica Scripturarum Thesaurus (1979), pasando a ser la Biblia oficial para la Iglesia católica romana. Desde el punto de vista científico, la edición fue realizada teniendo en cuenta las mejores ediciones críticas existentes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

De todos modos la situación y el trabajo a realizar, según el mismo “Proemium” del Nuevo Testamento de la Neovulgata, es comparable al que motivó a S. Jerónimo la revisión de los textos latinos de entonces por deseo del Papa S. Dámaso. Y lo mismo que en aquel tiempo se reconoció y enmendó el texto latino de los Evangelios según los códices griegos, que eran antiquísimos y dignos de fe, del mismo modo la Pontificia Comisión para la Neovulgata acomodó el texto de S. Jerónimo a las exigencias actuales de la crítica textual de los textos originales hebreos y griegos. Y si los trabajos del monje de Belén comportaron no menos de 3.500 correcciones, no es de extrañar que los retoques introducidos en la nueva versión sean no menos de 2.000, en su mayoría de pequeña entidad.

Otra cosa que se desprende de todo esto que estamos diciendo es que la Neovulgata es un empeño loable en esa línea que apuntábamos de revisión y corrección de errores, aunque como es lógico se trata de una tentativa inacabada todavía y que habrá de superar la prueba del tiempo para que, lo mismo que la versión jeronimiana, llegue a ser realmente “vulgata”. No olvidemos que cuando S. Jerónimo da a la luz su revisión, era la versión de los LXX la llamada por todos “Vulgata”,  y que sólo después de siglos se aplica tan honorífico título a la versión latina que hoy tenemos.

4.- Otras versiones occidentales

Entre estas merecen una mención especial las versiones gótica y eslava.

4.1.- Versión gótica

La versión gótica constituye la obra de literatura más antigua en una lengua teutónica. Fue realizada por Ulfilas († 383), apóstol y obispo de los godos en las provincias del Danubio, a mediados del siglo IV. Es una de las versiones para la que se hubo de crear un alfabeto. De esta versión se conservan seis manuscritos, uno de los cuales, el más completo, es un ejemplar muy lujoso, el Codex Argenteus del siglo V/VI, que presenta los evangelios según el orden llamado occidental (Mt-Jn-Lc-Mc). Del Antiguo Testamento sólo se han conservado fragmentos. La versión de Ulfilas fue posteriormente corregida según la Vetus latina, mostrando una latinización gradual. La traducción es buena pero muy literal. La edición crítica más autorizada es la de W. Streitberg.

4.2.- Versión eslava

La primera versión eslava, realizada sólo para los textos litúrgicos, es la de los hermanos San Cirilo y San Metodio (siglo IX), apóstoles de los pueblos eslavos. La versión sufrió posteriormente varias revisiones, que reflejan la evolución de la lengua eslava, y fue parcialmente completada en tiempo de Simeón, rey de los búlgaros (893-927). Un manuscrito del 1499 reproduce la versión de Genadio, arzobispo de Novgorod, que hizo traducir los libros que todavía faltaban del texto latino de la Vulgata por no encontrarse códices griegos para la traducción. Esta versión constituye desde el siglo XV el texto de uso eclesiástico. La primera edición impresa fue publicada en 1581. En 1712, Pedro el Grande ordenó una revisión de todo el Antiguo Testamento, que vio la luz en Petersburgo, en 1751. Este es el texto corriente de la Biblia eslava.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com
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