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No perdamos nunca la calma

(Roberto de Mattei, Adelante la Fe – 5 de febrero 2021) Las consecuencias más graves de la actual pandemia, peores aún que los dos millones de fallecidos en el mundo, parecen ser graves formas de sufrimiento psicológico que aquejan a decenas de millones.

La propia Organización Mundial de la Salud ha afirmado que la máxima prioridad en esta fase de la pandemia es la tutela de la salud mental. La situación de inestabilidad y desequilibrio psicológico surge de la dificultad que tiene el hombre moderno para adaptarse no sólo a un acontecimiento imprevisto como puede ser el peligro de un virus invisible, sino también de la dificultad para afrontar la hipertrofia mediática que nos aturde el cerebro atiborrándolo de información. Información con frecuencia angustiosa, contradictoria y difícil de evaluar, y más aún cuando falta un esquema de valores que sirvan de referencia. Se trata de información que no sólo tiene que ver con la salud, sino más en general con el futuro de la sociedad. El virus ha puesto de relieve la fragilidad del hombre moderno, víctima de su relativismo, vulnerable en sus afectos e incapaz de  lidiar con situaciones anómalas: hoy es una pandemia; mañana será una grave crisis económica o una guerra.

Lo que hace falta en estos casos es equilibrio y calma, precisamente lo que le falta al inquieto, voluble e irresoluto hombre de nuestro tiempo. La calma es un estado anímico de tranquilidad y reflexión que nos motiva a encarar con firmeza toda situación adversa.

La calma es el orden en las facultades primarias del alma, que son la inteligencia y la voluntad. Ser dueños de nosotros mismos, no perder jamás la serenidad, era algo que formaba parte de la buena educación occidental y cristiana. El príncipe Bernhard von Bülow, canciller del káiser Guillermo II, recordaba que de pequeño había sido un niño nervioso cuyos padres le inculcaron la máxima Nerven behalten  (no ponerse nervioso), que fue uno de los ejes en torno a los que giró más tarde su política. Hoy en día se ha perdido la buena educación. El hombre moderno pierde fácilmente la calma, cede a sus pasiones, pierde los estribos, insulta y a veces llegar a agredir físicamente a su prójimo. Se  agita,  y ante la derrota se desespera.

Los buenos católicos también pierden a veces la calma interior, el equilibrio de las potencias del alma y la paciencia, que es parte de la virtud de la fortaleza.

Existe una calma natural que nace del hábito de dominar los sentimientos y las pasiones, y hay también una calma sobrenatural, que nace cuando la inteligencia y la voluntad descansan en Dios, que es calma infinita, motor inmóvil del universo.

En Dios no hay movimiento internos, emociones ni turbaciones. Dios es siempre igual a Sí mismo. Las pasiones y sentimientos corresponden a la naturaleza humana y no son pecaminosos, sino que pueden ordenarlos las facultades superiores del alma.

La Virgen experimentó durante su vida emociones fuertes: se turbó ante las palabras del ángel, lloró en el Calvario, tuvo un odio santo al pecado, y no obstante jamás perdió la cabeza. Su Corazón siempre estuvo inmerso en la paz de Dios. Siempre estuvo perfectamente ordenada.

En momentos adversos, San José afrontó con calma y serenidad perfectas momentos de gran dificultad como fueron el viaje a Belén y la huida a Egipto.

Jesucristo es el modelo de la calma perfecta e inamovible. Y la Sábana Santa muestra un rostro que en el momento del dolor supremo expresa una calma sublime, total seriedad y un amor infinito a Dios y a los hombres.

Jesús interviene en nuestra vida para aplacar toda tempestad que pueda trastornarnos. Sobre el lago de Genesaret descendió la calma en cuanto Jesús reprendió a los vientos y dijo al agua: «¡Silencio! ¡Aplácate!» Los testigos de la escena se preguntan estupefactos: «¿Quién es Éste al que obedecen los mares y los vientos?» Es Él, Jesús, príncipe de la paz que ha venido a traerla a las almas turbadas, desanimadas y necesitadas de esperanza y consuelo.

En cualquier situación la calma debe imponerse a la agitación. Nada, ni siquiera el pecado, debe hacernos perder la confianza y la serenidad. La calma es el recogimiento necesario para abrir el alma a la gracia de Dios. Y la gracia es el único bien al que debemos aspirar. La gracia exige calma, la vida interior también la exige, y hasta la lucha la requiere y no es posible ninguna victoria sin ella.

A veces el alma, ante el misterio del mal o del dolor, en vez de abandonarse a la voluntad de Dios cede a tentaciones de rencor, rabia o rebelión. Por eso debemos pedir al Señor que no nos deje caer nunca en la tentación, como dice el Padrenuestro con preciso sentido teológico, y no nos deje perder jamás el equilibrio y la tranquilidad del alma.

Por eso, nos abandonamos a Dios y le decimos: «Hágase tu voluntad».

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