«Pasó haciendo el bien»

I. Leemos en el Evangelio de este Domingo dos milagros de Cristo: la curación de un leproso y la del siervo del Centurión (Mt 8, 1-13). Después del Sermón de la Montaña, relata san Mateo numerosos milagros que no ocurrieron cronológicamente en ese momento pues san Marcos y san Lucas los sitúan en momentos históricos distintos. Y termina con un resumen general: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9, 35).

Después de haber presentado a Cristo como «legislador» de la Nueva Ley (en el Sermón de la Montaña), el evangelista quiere probar que Jesús es el Mesías y actúa como tal y que, con ello, se estaban cumpliendo los anuncios de los profetas que san Mateo cita expresamente en varios lugares (en particular a Isaías) para demostrar la tesis de su Evangelio: que Cristo es el Mesías prometido de Israel.

En otros pasajes también aparece la vinculación que hay entre el reino de Dios y el poder de los milagros. Así cuando san Juan Bautista envía a sus discípulos a preguntar a Cristo si es el Mesías, Él responderá afirmativamente remitiéndoles al significado que tienen sus milagros: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!» (Mt 11, 4-6). Y ante la acusación de los fariseos, que le acusaban de expulsar demonios en virtud diabólica, el mismo Cristo les dijo: «Pero si yo expulso a los demonios por el Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt 12, 28), es decir, la instauración del reino mesiánico[1]. En uno de sus discursos en los Hechos de los Apóstoles, san Pedro expresa eso mismo con unas palabras en las que hace un breve resumen de la vida pública de Jesucristo, insistiendo particularmente en el hecho de sus milagros: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él» (Hch 10, 38).

II. Si en estos milagros se resalta la acción de Jesús y el anuncio del Reino de Dios que ellos garantizan, no menos se insiste en la respuesta ante los mismos.

En la curación del leproso destaca su fe: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». En cuanto al centurión, al servirse de la comparación con las órdenes que él mismo daba a sus subordinados, está reconociendo que Jesús actúa en la tierra con la potestad de Dios: cuanto diga se hará. Y su fe mereció el elogio de Jesús: «Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe». En cambio, en otras ocasiones, el Señor reprocha la falta de fe (en Nazaret: «No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe»: Mc 6, 5-6) o la necesidad de milagros para creer («Si no veis signos y prodigios, no creéis»: Jn 4, 48).

La fe del leproso y del centurión se traduce en hechos. Como hemos visto, los milagros de Jesús guardan relación con la fe, se realizan según la fe del que cree: «Vete; que te suceda según has creído». La fe ejemplar del oficial romano resultó eficaz pues «en aquel momento se puso bueno el criado» (v. 13).

La fe para ser auténtica tiene que ser efectiva, operativa, fecunda, fuente de buenas obras… No se nos dio la fe solamente para conocer o creer, sino también para obrar y poner en práctica lo que creemos. ¿De qué sirve decir «Creo en Dios» si no se cumplen sus Mandamientos? ¿«Creo en Jesucristo» si no procuramos estar cada día más unidos a Él y recibirle dignamente en la Eucaristía? ¿«Creo en el cielo y en el infierno», si no hacemos por evitar este y merecer aquel? ¿«Creo en el perdón de los pecados» si no recibimos con la frecuencia necesaria el sacramento de la Penitencia?

Naturalmente, esto no significa que el conocimiento de las verdades de fe no tenga un valor por sí mismo sino que, como es sabido, lo que salva es la fe informada por la caridad: «Para que el hábito de la fe lo sea verdaderamente y, por tanto, que sea efectivo,  tiene que estar acompañado de la virtud sobrenatural también infusa y teologal de la caridad » [2]. Recordemos lo que dice san Pío X al respecto de la relación entre el conocimiento de las verdades de fe y el comportamiento moral:

«Lejos estamos de afirmar que la malicia del alma y la corrupción de las costumbres no puedan coexistir con el conocimiento de la religión. Pluguiese a Dios que la experiencia no lo demostrara con tanta frecuencia. Pero entendemos que, cuando al espíritu envuelven las espesas tinieblas de la ignorancia, ni la voluntad puede ser recta, ni sanas las costumbres. El que camina con los ojos abiertos, podrá apartarse, no se niega, de la recta y segura senda; pero el ciego está en peligro cierto de perderse. -Además, cuando no está enteramente apagada la antorcha de la fe, todavía queda esperanza de que se enmiende la corrupción de costumbres; mas cuando a la depravación se junta la ignorancia de la fe, ya no queda lugar a remedio, sino abierto el camino de la ruina» [3].

Por eso, en la tercera petición del Padrenuestro («Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo»), pedimos la gracia de hacer en todas las cosas la voluntad de Dios, obedeciendo sus santos mandamientos con la misma prontitud y diligencia con que los ángeles y santos le obedecen en el cielo. Pedimos además la gracia de corresponder a las divinas inspiraciones y de vivir conformes con la voluntad de Dios en todas las circunstancias[4].

III- Digamos como los Apóstoles: «Señor, auméntanos la fe» (Lc 17, 5) y cuidemos de guardar intacto este don precioso que nos abre las puertas del Cielo. Para ello, podemos fijarnos en Nuestra Señora la Virgen María que vivió toda su existencia movida por la fe. Y como todas las gracias nos vienen por su mano, a Ella también le pedimos que nos aumente la fe para que podamos contemplar en el Cielo lo que hemos acogido y vivimos mientras estamos en la tierra.


[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, .81.

[2] Eudaldo FORMENT https://www.infocatolica.com/blog/sapientia.php/1608180722-xlvii-la-justificacion-por-la; Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, STh II-II, q.4. San Pablo habla de « la fe que actúa por el amor» (Gal 5, 6).

[3] SAN PÍO X, Encíclica Acerbo nimis (15-abril-1905), nº 5.

[4] Cfr. Catecismo Mayor II, 2, 4.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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