De Gregorio XVI a Pío IX

El 1° de Junio de 1846 muere el Papa Gregorio XVI, Pontífice intransigente y antiliberal. El 16 de Junio resulta electo Papa el cardenal Juan María Mastai-Ferretti con el nombre de Pío IX, que pasará a la historia como el Papa del Syllabus, del antiliberalismo y de la anti modernidad.

“El Papa no puede ni debe llegar a pactos con el liberalismo, la modernidad y el progreso” es la última de las 40 tesis de su Syllabus(programa) (8 de Diciembre de 1864), de donde por “progreso” se pretende el “progresismo” y no el sano desarrollo o el crecimiento técnico, científico, económico y filosófico homogéneo, constantemente admitida y siempre favorecida por la doctrina católica.

Las tendencias inicialmente conciliatorias de Pío IX

Inicialmente, sin embargo, del 1° de Julio de 1846, apenas dos semanas después de su elección, hasta finales de Abril de 1848 Pío IX realiza actos que lo hacen pasar a la historia como Papa, inicial y tendeciosamente, “liberal”, llevado después por las circunstancias históricas a la posición contraria ni querida ni deseada con el liberalismo. Veamos cómo y por qué.

Su primer Secretario de Estado pro tempore surgido enseguida después de la elección, Monseñor Giovani Corboli Bussi, era muy escuchado por Pío IX en los primeros años de su pontificado y resulta descrito por los historiadores como un prelado abierto a las ideas de la modernidad [1].

Por otro lado el Papa era de carácter bueno, templado y propenso a la moderación [2]; de suyo era favorable a la concesión hasta de un indulto o sea de una amnistía por los crímenes políticos. Sin embargo nombró una comisión de seis cardenales para discutir el problema.

El Colegio Cardenalicio dividido en dos

Durante la primera reunión cardenalicia convocada por Pío IX (1° de Julio de 1846) en el seno de la comisión se encontraron dos ánimos contrapuestos. El ala instransigente, capitaneada por el cardenal Lambrischini (ex Secretario de Estado de Gregorio XVI), era fuertemente contraria a la amnistía o al así dicho “indulto” hacia los revoltosos políticos ya que tal acto al principio del nuevo pontificado habría sido interpretado como una “ruptura” con la regla anterior del papa Gregorio XVI, más bien habría podido significar además que los crímenes porlíticos no eran a considerarse golpes morales. Pero Lambruschini fue puesto en minoría y Corboli Bussi la despuntó con el apoyo del papa Mastai, del cual aparece, a los inicios del porntificado, “unos de los principales inspiradores” [3]. Así pues el 16 de Julio, apenas un sólo mes después de la elección de Pío IX, fue promulgada la amnistía [4] propuesta a la Comisión cardenalicia de corboli Bussi.

La primera chispa de 1846 enciende el fuego del “cuarenta y ocho”

El Padre Giacomo Martina. historiador jesuíta de la Pontificia Universidad Gregoriana, progresista pero profundo conocedor del pontificado de Pío IX, escribe: “raramente la historia presenta el caso análogo de una provisión que, a pesar de sus modestas proporciones, ha provocado reacciones tan vastas, profundas, duraderas. La amnistía fue la chispa que, caída sobre pólvora, hizo estallar el incendio en toda Italia y en una amplia parte de Europa” [5]. Esta chispa llevó a las revoluciones europeas del “Cuarenta y ocho” [6]. Y fue justo de frente al desencadenamiento del “Cuarenta y ocho” que Pío IX cambiará de ruta diamentralmente.

Otros actos de “apertura” de Pío IX

Después de algunos meses de reinado de Pío IX, en Agosto de 1846, elige a su verdadero y estable Secretario de Estado, que reemplazó a mons. Corboli Bussi, el cual fue elegido “pro tempore” y era por tanto sustituído.

Ahora ya en Cónclave se había hecho grande el cardenal Tommaso Pasquale Gizzi, hombre de ideas reformadoras y abiertas a un cierto diálogo con la modernidad. Pío IX lo elige cual Secretario de Estado y le fija a Corboli Bussi como Subsecretario formalizando los nombramientos el 8 de Agosto.

Andrés Tornielli en su libro citado en nota, divulgador pero muy bien documentado, refiere del nuevo “modo de hacer de Pío IX cercano a las instancias populares” (cit., p. 206), de sus “improvisaciones” (cit., p. 208) y también de los “significativos cambios hacia los judíos” (cit., p. 209). De hecho el 8 de Noviembre de 1846, cuando Pío IX toma posesión de la Basílica de San Juan de Letrán, “todo el trayecto de camino del Arco de Tito al Coliseo había sido adornado por los judíos, reconocedores del Papa por los beneficios que les había extendido” [7] .

Pío IX ¿“imprudente, revolucionario, liberal y carbonaro”?… el “mito” y la realidad

Se entiende el por qué la actitud del Papa fue considerada “imprudente” por muchos cardenales (De Angelis, Amiat, Lambrischini..) que permanecían fieles al espíritu de Gregorio XVI y de sus predecesores [8]. Hasta el cardenal De Angelis escribió al cardenal Amiat: “estamos ni más ni menos que ante la revolución en nombre de Pío IX” (Carta del 3 de Septiembre de 1846). Tornielli comenta: «crecía el descontento y la espesura interna en las mismas jerarquías contra el Papa considerado “un liberal”, el Obispo de Ancona, cardenal Cadolini, decía: “ha sido electo un Papa carbonaro”» (cit., p. 210).

En realidad es necesario distinguir. De hecho ya con su primera Encíclica (Qui pluribus, 9 de Noviembre de 1846) Pío IX expresa y reafirma la doctrina católica integralmente antiliberal. Sin embargo su carácter, su modo de hacer, su “pastoral” han estado caracterizadas en los primeros años de su largo potificado por una tendencia práctica al diálogo, al compromiso y a la declaración de culpabilidad que más de una vez lo ha llevado a algún apaciguamiento en las confrontaciones ante las subversión liberal.

Una lección para nuestros tiempos de crisis

Eso no autoriza a criticar a Pío IX como Papa formalmente “liberal”, aunque hace falta reconocer que los hechos por él cometidos de 1846 a 1848 están impregnados por un tendencial acomodamiento con el liberalismo o la modernidad. Luego de la dura constatación de la perversa malicia de los liberales llevó al papa Mastai a asumir posiciones prácticas y no sólo teóricas siempre más intransigentes y se ha hecho de ello el “campeón del anti liberalismo”.

Cualquiera de frente a tales actos podría escadalizarse y podría decir: “¿Cómo puede un verdadero Papa incurrir en actos similares?”. Se podría concluir, por lo tanto, que Pío IX no era formalmente Papa ya que no quería objetivamente – en los actos dados – hacer el bien real de la Iglesia, sino homologarla a la Revolución. Se podría hablar de Sede vacante ya con Pío IX, como el abad Charles Maignen lo hace en 1892 con el Ralliement (Adhesión) de León XIII a la república francesa [9].

Cualquier otro, en cambio, se esforzaría en negar la realidad y en treparse por los espejos para demostrar que Pío IX no cedió nunca al diálogo con la Revolución.

Estos modos de reaccionar por exceso (Pío IX no era verdadero Papa) o por defecto (negar la realidad de las iniciales tendencias liberales en el papa Mastai) son irrealistas. Es necesario, entonces, “conformar el intelecto a la realidad” (Aristóteles) y constatar que Pío IX al inicio dio paso al liberalismo, pero que después del “Cuarenta y ocho” lo combatió con todas sus fuerzas. Él era Papa tanto en 1846 como después en 1848, haciéndole ceder tendenciosamente de 1846 a 1848, pero estable e irremovible de 1848 a su muerte (1878). Que el ejemplo de Pío IX (1846-48) y de León XIII (1892) nos ayuden a reaccionar de manera equilibrada frente a la crisis que atraviesan los hombres de la Iglesia desde hace cerca de 50 años, sin negar la realidad y sin concluir en la vacante de la Sede, fuera de la cual todo lo demás se derrumba.

El “mito” de Pío IX contra León XIII, Pío XI y Pío XII

Ahora, se hace una comparación entre Pío IX de 1846 a 1878 y León XIII, Pío XI y Pío XII (acusados por algunos elogiadores/acusadores “maniqueos” del papa Mastai y de los tres papas arriba citados como Papas “liberales” al menos en la práctica, pero un poco también en su enseñanza [10] ), se debe constatar que el presunto liberalismo imputado a los últimos tres Pontífices (por el Ralliement (Adhesión), la condena de la Acción francesa y el carácter templado y diplomático, o sea “la herejía blanca[11] del papa Pacelli) es nula respecto a los “hechos” reales y no imaginarios de Pío IX de 1846 a 1848.

No se entiende, entonces, el por qué de tanta amargura, la cual más que historia sabe a mitología, y que se encuentra en una tendencia secreta, oculta o esotérica hacia el milenarismo joaquinita de algunos de ellos, que los empuja a imaginar (no haciendo Historia, sino contando “historias”) errores teóricos y prácticos en León XIII, Pío XI y Pío XII y a disculpar totalmente a Pío IX por un cierto comportamiento realmente undívago y dialogante en los primeros años de su Pontificado.

La naturaleza y la gracia en Pío IX

Ciertamente en Pío IX, que no había sido un prelado intransigente, se nota el triunfo de la gracia sobre la naturaleza después del “Cuarenta y ocho” [12]. De hecho por naturaleza era tendenciosamente llevado al diálogo, pero la gracia de Dios lo ha reforzado de tal modo que se volvió un león en combatir integralmente los excesos bajo los cuales estuvo inicialmente por compromiso. Igualmente San Pedro en el 33 negó a Jesús y en el 49 en Antioquía estaba prácticamente negociando con los “judaizantes”, sin embargo – reprendido públicamente por San Pablo – se corrige y en el 64 cuando estaba por ser crucificado pide poder serlo cabeza abajo.

Las últimas “concesiones” de 1847

Pío IX aún en Marzo de 1847, cuando ya la subversión renaciente y liberal/masónica había botado casi totalmente la máscara en Italia y en gran parte de Europa, después de haber escrito al cardenal Amiat de no querer aceptar la institución de una “Guardia civil” impuesta por los liberales, la instituyó el 16 de Junio de 1847, después de apenas 3 meses[13].

De frente a la nueva concesión de Pío IX también el fidelísimo y no intransigente cardenal Gizzi, Secretario de Estado, presenta su renuncia en los primeros días de Junio de 1847 [14]. Giovanni Corboli Bussi se queda como subsecretario y Pío IX para el puesto de Gizzi nombra a su primo, el cardenal Gabriel Ferretti (Obispo de Rieti), Secretario de Estado.

Del Domingo de Ramos (1846/57) al Getsemani: 1848

El 1° de Enero de 1848 la muchedumbre, alentada por el conocido jefe-pueblo y alborotadores en la plaza del Quirinal bajo el palacio Apostólico y pide a viva voz que Pío IX se asome a bendecirla (junto a la “revolución”). Pío IX inicialmente se niega, pero para evitar que la Manifestación degenere cede y el 2 de Enero sale del Quirinal en medio de la muchedumbre que lo aclama en cuanto “Pío IX” y no en cuanto Papa. Ciceruacchio le grita: “¡Santo Padre, confíe en el pueblo!” [15].

El orden público entra en el caos y el jefe de la policía, moseñor Morandi, renuncia también él. Algunos días después también el cardenal Ferretti, primo del Papa, renuncia y es reemplazado con el cardenal Giuseppe Bofondi. [16].

En febrero de 1848 estallan movimientos revolucionarios en toda Europa, partiendo de París (23 de Febrero), Viena, Berlin, Francfurt, Milán, Venecia.

El 17 de febrero de 1848 el Papa (aconsejado por monseñor Corboli Bussi) decide conceder (14 de Marzo) la Constitución en Roma, concebida según una idea del poder temporal del Papa, templada por una consulta con poderes deliberativos. “En aquel texto se consagra la mayor parte de las libertades modernas, hechas excepción por aquella de culto y de propaganda”. Renuncia también el cuarto Secretario de Estado el cardenal Giuseppe Bofondi que es reemplazado por el cardenal Giacomo Antonelli.

Los cautivos/liberales: Rosmini, Gioberti e Ventura

Mientras tanto la Subversión, que tiene “por padre al diablo” (Gv., VIII, 44), como él nunca se sacia y quiere siempre más. Persigue sin tregua pues a Pío IX y el 21 de marzo de 1848 le pide capitanear la “cruzada” contra Viena impulsada por Rosmini[17], Carlos Alberto de Saboya y Cavour. Monseñor Giovanni Corboli Bussi es favorable como Rosmini y el 24 de Marzo las tropas pontificias dejan Roma para alcanzar los Alpes en los confines con Austria, bajo el mando militar del general piamontés Giovanni Durando y su ayudante Massimo D’Azeglio [18] .

“Con Gioberti y Rosmini, el padre Ventura representaba el trio de los sacerdotes reformadores hacia los cuales Pío IX no ocultaba su simptía. […]. El padre Joaquín Ventura siguió un itinerario análogo a aquel de Lamennais: de un tradicionalismo de fe a otro igualmente de fe demasiado democrático” [19].

O con Dios o con Mammona

Pero aquí se abre un parteaguas. De hecho mientras Pío IX quería la defensa de Italia contra una eventual invasión por parte de Austria, los revolucionarios, Rosmini [20] y monseñor Corboli querían que las tropas pontificias agredieran Austria junto a las tropas del Reino sabaudo (Reino de Saboya).

El Papa dice entonces claramente que como Pastor universal de la Iglesia no podía declarar la guerra a una Nación hija suya.

Él, cerca de un mes antes, había promulgado ya un motu proprio “¡Bendecid gran Dios a Italia!” (10 de Febrero de 1848) y en él pedía que Dios le conservase aquello que por más preciado tenía Italia: “¡la Fe!”, y no su independencia de Austria (24 de Marzo), como querían los Saboya, los católicos/liberales (Corboli, Rosmini, Gioberti y Ventura), Mazzini, Garibaldi, Cavour y todos los otros alborotadores. Él no era contrario a la unidad de la Península, pero bajo la dirección de la Fe en Cristo y de su Iglesia. Aquí se abrió el frente y se dió claridad [21].

Pío IX elige a Cristo y refuta a Mammona

De hecho Pío IX ésta vez, de frente a las presiones que querían que declarase una guerra contra Austria y los Austriacos, se mostró inamovible tanto como había sido condecendiente al princiPío. Luego el 29 de Abril de 1848 pronunció su famosísimo discurso “Non semel” para demostrar que su motu proprio del 10 de Febrero “Benedite gran Dio l’Italia!” había sido intencionalmente malentendido por los alborotadores en el sentido anti-austríaco, mientras que sólo era favorable a una ‘ecuánime realización de la unidad política de Italia, la cual era ya una de Lengua, de Religión y de Cultura. En la “Non semel” declaraba con letras muy claras el no poder declarar la guerra a una Nación cristiana.

Crucifigatur!

Este discurso firma el fin del mito del Papa “liberal”, mito no sin cierto fundamento en la realidad, dadas las tergiversaciones, las concesiones y los compromisos en los cuales había caído por dos años. En Mayo se desata la revuelta contra Pío IX y la Guardia cívil ocupa el castillo de Sant’Angelo.

En Roma se vive en el caos. En el Agosto de 1848 Pío IX nombra Jefe del gobierno romano al Conde Pellegrino Rossi, quien es asesinado el 15 de Noviembre por los revolucionarios y el 24 de Noviembre Pío IX deja Roma y se refugia en Gaeta como huésped de los Borbones.

Luces y sombras hacen más bella la imagen de Pío IX

Para concluir se notan realmente en Pío IX tendencias y hechos inicialmente liga/liberales, pero aquello no invalida su Pontificado, rescatado a partir de 1848, de cada sombra. No es correcto ocultar las sombras y los límites humanos de un Santo (véase por ejemplo al Rey David, Santa María Magdalena y San Pedro) para exaltar sólo las cualidades como si fuese una “Divinidad”. En los cuadros las sombras hacen resaltar mejor algunos colores que se vuelven aún más luminosos. Si la pintura fuera toda una sombra o toda una luz sin ningún matiz ni carácter de tonalidad sería una mancha, como una sinfonía con las notas todas iguales.

El elemento divino/humano en la Iglesia y en los Papas Vicarios de Jesús verdadero Dios y verdadero hombre

En la práctica y en el gobierno de la Iglesia cada Papa tiene su modo de actuar conforme a su personalidad. En el Siglo XX ha habido grandes Papas que, incluso con diferencias accidentales, han perseguido sustancialmente el mismo programa: la restauración del Reino social de Cristo y la lucha contra los errores de la modernidad. Aquello vale ya sea para Gregorio XVI, Pío IX y Pío X que para León XIII, Pío XI y Pío XII. Querer contradecirlo significa estar afectado por un estrabismo ideológico y por prejuicios ateológicos y anti-históricos.

León XIII y San Pío X continuan con la política de Pío IX en Italia de manera diferente: más intransigente con León XIII y más templada con Pío X

La unidad política de Italia se concluyó de manera revolucionaria y usurpadora de los Estados Pontificios y del Reino de las Dos Sicilias. E hizo por ello surgir, con el paso a un nuevo régimen que era tiránico y de usurpación, un caso de conciencia: la así llamada Cuestión romana. Los Papas desde 1870 hasta el 1° de Febrero de 1929 protestaron todos en igual modo en cuanto a la sustancia, si bien con diferencias accidentales de modalidad, respecto a la invasión de Roma.

El non expedit. Los intransigentes y San Juan Bosco

La cuestión de conciencia era la siguiente: ¿podían los católicos cooperar con el gobierno usurpador sabaudo (de Saboya), especialmente en cuanto al ejercicio del voto para las elecciones políticas, en las cuales los electores eligen a los Diputados del Parlamento y del nuevo gobierno? ¿Aquello no significaba aceptar – al menos indirectamente o prácticamente – la legitimidad del nuevo gobierno?

Todavía antes de 1870 y del pronunciamiento oficial de la Santa Sede algunos católicos intransigentes (don Margotti, La Armonía, Turín; Id., La Unidad Católica, Florencia) se alinearon por el No: “Ni electos ni electores”; mientras que otros estaban abiertos. Por ejemplo don Bosco según el cual participar en las elecciones políticas no es y no puede, en sí, ser considerado ilícito o inmoral. De hecho si se observa atentamente los resultados del non expedit es necesario admitir que se ha obtenido solamente el “haber hecho posible y también facil la actuación de cualquier medida incluso la más vejatoria contra la Iglesia” (G.B. Lemoyne, Vida de San Juan Bosco, Turín, SEI, II ed., 1977, 2° vol., p.78).

Don Bosco además creyó que en los primeros momentos de la usurpación del Estado pontificio por parte de Saboya se pudiera y tuviera que resistir a través de “una provisional y momentánea abstención para demostrar una decorosa protesta contra la usurpación” (G. B. Lemoyne, cit., p. 78) y para ver si se pudiera afectar la estabilidad, pero, una vez afirmándose y consolidándose el poder usurpador, según don Bosco “cada hombre razonable debe entender, que si la Sociedad no puede renunciar al derecho a existir, no puede renunciar tampoco a los medios esencialmente necesarios al mantenimiento de la Sociedad, para que no se caiga en la anarquía” (ivi).

Por lo tanto, para Don Bosco, “participar en el poder legislativo, con conciencia católica, es cosa moralmente buena y ordenada al bien común social y temporal y también cuando se siguiera la consolidación del poder usurpador, aquello ocurriría de manera indirecta y no deseada de por sí y sería un mal mucho menos grave de la anarquía y de la revolución social y civil” (G. B. Lemoyne, cit. p. 79).

Don Bosco entendía muy bien la equivocación por la cual se cree que un diputado católico entrando en un parlamento liberal/masónico apruebe toda la legislación existente y responda: “no lo aprueba pero lo toma como un hecho consumado [por otros] y busca utilizarlo para cambiarlo, promulgando leyes que hagan el bien y eviten el mal, gracias a aquel instinto innato en la naturaleza humana que se llama conservación social” (ivi). De hecho el hombre “por naturaleza es un animal social” (Aristóteles) y por naturaleza tiende a conservar la Sociedad civil y a impedir la disolución anárquica. Si en cambio los católicos no buscaran enderezar la legislación de un parlamento masónico en un Estado al 90% católico, contribuirían a la descomposición revolucionaria de los últimos vestigios de la Sociedad civil, una vez cristiana. Don Bosco concluía que: “el no hacer nada es la misma cosa que acelerar la disolución social” (ivi).

Pío IX pronunció después del 20 de Septiembre de 1870 el non expedit o sea no es lícito a los católicos el ir a votar y no es lícita tampoco cualquier cooperación con un gobierno usurpador [22]. El non expedit fue mantenido por León XIII después poco a poco fue suavizado y prácticamente abolido por San Pío X quien en este problema se mostró en la práctica más maleable que León XIII. La historia del Papa Pecci “liberal” es por lo tanto mitología.

Ahora, en los primeros años del “post 1870”, ésta (de Pío IX y León XIII) era la solución ideal, o sea el buscar resistir y expulsar al usurpador, pero, cuando el nuevo gobierno es de facto aceptado por los ciudadanos y por la historia, se posa la cuestión de si se puede ir a votar y voltear la legislación, no habiendo logrado abatir al gobierno.

Pío X

Santo Tomás (S. Th., II-II, q. 64, a. 1) y sus comentadores (Gaetano [23] y Suárez [24]) distinguen entre tirano de usurpación y tirano de gobierno.

El tirano de usurpación (por ej. Victor Emanuel II en la Brecha de Porta Pia, 20 de Septiembre de 1870) es el injusto agresor de un poder legítimo (invade una Nación sin haber sido agredido, o bien derriba un gobierno legítimo). Al inicio de su acción está sin título legítimo: pero después de cierto tiempo puede llegar a imponerse y la Nación puede aceptarlo como su jefe legítimo. El tirano de gobierno, en cambio, es un soberano legítimo, regularmente investido de poder, pero que abusa de la autoridad, gobernando no por el bien común, sino por el proPío.

Evitado, entonces, el peligro de la absorción de los católicos por parte de los liberales y perdurando el régimen, que se esperaba tuviera que caer dentro de no mucho tiempo, se podía emprender otra vía: un Concordato entre la Santa Sede y el Gobierno italiano 1°) para obtener al Papado un mínimo de poder temporal y por ende poder subsistir por sí mismo sin depender del poder político; 2°) para imponer al Parlamento y al gobierno, con una amplia mayoría de votos católicos, una legislación que respete los derechos de Dios, de la Iglesia y del orden natural; 3°) para impedir que una prolongada e inutil abstención de católicos en la vida política y legislativa del nuevo gobierno produzca un grave daño moral a todo el pueblo italiano, que debe subir leyes contrarias al derecho natural y divino; 4°) para consentir a la Religión en influir sobre la vida social y política de los Italianos y “restaurar todo en Cristo”.

Se podía, entonces, votar sin con ello aprobar la “Brecha de Porta Pia” y así protestar también en la sede parlamentaria y legislativa contra tal usurpación. Después de cerca de medio siglo los masones y los liberales se habían servido del non expedit para descristianizar a la legislación italiana y la vida social de la Nación, se debía reaccionar asistiendo a votar para tornar esta situación lamentable. La revuelta civil (la “Insurgencia” anti-resurgimiento) contra el usurpador había fallado, el nuevo gobierno se había estabilizado y entonces se le podía oponer sólo de manera legislativa. Ya desde las primeras dos décadas del Novecientos el Papa y también los católicos advirtieron siempre mayormente la importancia de la cuestión.

Hace falta especificar que el non expedit no fue abolido de jure por San Pío X sino sólo de facto. De hecho el Papa dejó a los Obispos diocesanos la facultad de decidir sobre la legitimidad de votar en la propia Diócesis. “En los hechos aquello equivalía a cortar cada valor práctico a una disposición ya anticuada. Después de la primera guerra mundial Benedicto XV dejó caer definitivamente el no expedit.” [25].

Leo

[Traducido por Mauricio Monroy]

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[1] G. Martina, Pío IX (1846-1850), Roma, Gregoriana Editrice, 3 voll., 1974-1990, I vol., p. 95; R. De Mattei, Pío IX, Casale Monferrato, Marietti, 2000, p. 34; cfr. anche R. Aubert, Il pontificato di Pío IX (1846-1878), 2 voll., Cinisello Balsamo, Edizioni Saie/San Paolo, 1990.

[2] Cfr. L. Bogliolo, Pío IX. Profilo spirituale, Città del vaticano, LEV, 1990.

[3] G.. Martina, cit. vol. I, p. 115.

[4] A. Canestri, L’anima di Pío IX, 4 voll., Marino, Tipografia Santa Lucia, 1965-1967, II vol. p. 37. Cfr. anche A. Tornielli, Pío IX. L’ultimo Papa Re, Milano, Il Giornale/Biblioteca storica, 2004 (un libro di oltre 600 pagine, interessante e ben scritto di cui consiglio la lettura).

[5] Pío IX (1846-1850), cit., I vol., p. 100-101.

[6] A. Polverari, Vita di Pío IX, 3 voll., Città del Vaticano, LEV, 1986-1988.

[7] R. De Mattei, cit., p. 37.

[8] G. Martina, cit., I vol., p. 109.

[9] Il sacerdote francese Charles Maignen arrivò a teorizzare la sede vacante durante il Pontificato di Leone XIII da lui sospettato di eresia a causa del Ralliément in due suoi scritti inediti (Du pouvoir indirect du Pape dans l’ordre politique; Un Pape légitime, peut-il cesser d’etre Pape?) che si trovano negli Archivi della Congregazione dei Fratelli di San Vincenzo de’ Paoli. “Parvus error in princiPío fit magnus in fine”. Cfr. E. Poulat, Catholicisme, démocratie et socialisme, Parigi, Casterman, 1977, pp. 107, 363, 377, 384, 513.

[10] Cfr. R. De Mattei, Il Ralliement di Leone XIII, Firenze, Le Lettere, 2014.

[11]Eresia bianca” è un’espressione criptica di costoro, che distinguono la “eresia nera” ossia la vera e propria negazione teoretica di un dogma rivelato da Dio e definito dalla Chiesa dalla “eresia bianca” che sarebbe una tendenza all’accomodamento, al compromesso e soprattutto un insegnare la verità, ma senza la forza e il coraggio pratico e senza tirar tutte le conclusioni disciplinari a partire dalle tesi speculative. Di questa eresia bianca Pío XII sarebbe il camPíone.

[12] Cfr. G. Martina, L’Enciclopedia dei Papi, Roma, Editore Treccani, Istituto della Enciclopedia Italiana, 2000, vol. III, p. 561, voce “Pío IX”.

[13] G. Martina, Pío IX (1846-1850), cit., I vol., p. 119. Lo studio dei libri del Martina può esser integrato con quelli di autori altrettanto seri dal punto di vista scientifico in storiografia quali G. S. Pelczar, Pío IX e il suo Pontificato sullo sfondo delle vicende della Chiesa nel secolo XIX, 3 voll., Cracovia, 1887, tr. it., Torino, Libreria Berruti, 1909-1911; P. Balan, Continuazione alla storia universale della Chiesa cattolica dell’abate Rohrbacher dall’elezione al pontificato di Pío IX nel 1846 sino ai nostri giorni, 3 voll., Torino, Marietti, 1884.

[14] A. Canestri, cit., II vol., p. 65-66.

[15] A. Canestri, cit., II vol., p. 84.

[16] G. Martina, cit., Roma, Gregoriana Editrice, 1974, vol. I, p. 73.

[17] Cfr. F. Traniello, Cattolicesimo conciliatorista, Milano, Marzorati, 1970, pp. 18-31.

[18] Cfr. L. C. Farini, Lo Statuto romano dall’anno 1815 all’anno 1850, Firenze, 1853, vol. II, pp. 63-65; A. Pellicciari, L’altro Risorgimento, Casale Monferrato, Piemme, 2000, p. 75.

[19] R. De Mattei, cit., p. 41.

[20] R. De Mattei, cit., p. 48.

[21] G. Martina, cit., I vol., p. 230; A. Canestri, cit., II vol., p.115 .

[22] Cfr. La Civiltà Cattolica, serie VIII, v. 6, pp. 129-145, 530-544, Le astensioni elettorali in Italia; Ibidem, serie VIII, v. 8, pp. 270-281, 513-532, Delle elezioni; Ib., serie X, v. 10, pp. 16-18 (a cura di M. Liberatore), Intorno alla liceità dell’intervento dei cattolici italiani alle elezioni politiche; Ib., serie XIV, v. 2, pp. 414-434, Ragionevolezza giuridica del non expedit per le urne politiche in Italia; L. Bedeschi, I cattolici ubbidienti, Napoli/Roma, 1962.

[23] In Summ. Th., II-II, q. 64, a. 1, ad 3um.

[24] De virtutibus, disput. XIII, sect. VIII, Opera omnia, ed. Vivès, t. XII, p. 759.

[25] F. Roberti – P. Palazzini, Dizionario di Teologia Morale, Roma, Studium, IV ed., 1968, II vol., p. 1102.

SÍ SÍ NO NO
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