fbpx

En plena apoteosis de Jorge Mario Bergoglio: “¡Es muy entretenido ser Papa!”

El Papa Benedicto XVI anunció su intención de subsumir en su función como Vicario de Cristo sus propias ideas personales y predilecciones, el mismo día en que tomó posesión de la Cátedra de San Pedro:

«El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Al contrario: el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todos los intentos de adaptación y alteración, así como frente a todo oportunismo.»

«El Papa sabe que en sus decisiones importantes, está unido a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a su vinculación con las interpretaciones que se han desarrollado a lo largo del caminar de la Iglesia. Por lo tanto, su poder no es para estar por encima, sino al servicio de la Palabra de Dios. Le incumbe el asegurarse de que esta Palabra sigue presente en su grandeza y a resonar en su pureza, por lo que no es despedazado por los continuos cambios en el uso.»[1]

Era evidente, desde el momento en que apareció en el «Balcón de las bendiciones» en la Basílica de San Pedro – un evento del que fuimos testigos con lágrimas en los ojos, el Editor y yo- que Benedicto entendía que el ya entonces ex-Joseph Ratzinger debía desaparecer como tal del augusto cargo que le había sido confiado. Las tradicionales estola y muceta que llevaba en ese momento, al igual que todo el ceremonial con las insignias papales, son símbolos de una autoridad otorgada divinamente, y diseñadas para desviar la atención de un hombre en particular y dirigirla hacia Cristo, cuyo Vicario es:

Benedicto, durante su pontificado interrumpido abruptamente, hizo un serio esfuerzo para honrar su compromiso de transparencia a las demandas de la función papal, haciendo lo que se debía hacer, sin que le importasen las consecuencias de su personal popularidad. Con tan solo un par de actos de gobierno papal, Benedicto comenzó a reparar los incalculables daños que la Iglesia había sufrido en el marco de la novedad del régimen post-conciliar: la corrección de los errores atroces (cuando no heréticos) de traducción en la edición típica latina del Novus Ordo de la Misa; la liberación de la Santa Misa Tradicional en latín de su privación de libertad; el levantamiento de las “excomuniones” de los obispos de la Fraternidad de San Pío X, y reafirmando las enseñanzas de la Iglesia “sobre la identidad completa de la Iglesia de Cristo con la Iglesia Católica.”

Por supuesto que Benedicto no fue San Pío X. Uno no puede ir tan lejos. Pero su pontificado fue al menos el comienzo de un reconocimiento oficial de que el “aggiornamento” post-conciliar había sido un desastre del que la Iglesia debía recuperarse, y que sólo el Papa podía comenzar con el proceso de recuperación. Benedicto actuó en consecuencia, y el mundo mostró un signo seguro de que había actuado con razón: odiándole.

Entonces, bajo una nube de misterio y perplejidad, llegó el Cardenal Jorge Mario Bergoglio a ese mismo balcón. Y esto es lo que vimos:

Era un hombre vestido como un simple obispo, y cuyas primeras palabras caían en la banalidad: “Hermanos y hermanas, ¡buenas noches!” Un obispo vestido de blanco, saludando a la multitud que les decía, muy extrañamente, que había sido elegido “Obispo de Roma” para “la evangelización de esta hermosa ciudad” de la que él pidió deliberadamente “la oración del pueblo pidiendo la bendición de su Obispo“. Él se despojó de los símbolos tradicionales de la autoridad papal, para más tarde ponerse la estola papal, sólo el tiempo suficiente para otorgar la Bendición Apostólica, y de la que se despojó inmediatamente, una vez que las palabras de la misma fueron pronunciadas. Incluso su cruz pectoral, de un metal sin brillo, era la misma que había llevado en la ciudad de Buenos Aires.

Los aplausos del mundo comenzaron inmediatamente, una vez que el Obispo de Roma muestra su humildad ante las cámaras: viaja en autobús de regreso a Casa de Marta en lugar del vehículo oficial dispuesto para su seguridad; paga personalmente su propia factura del hotel y cancela personalmente su propia suscripción con el servicio de entrega de su periódico en Argentina mediante teléfono. El recién electo Obispo de Roma había comenzado el programa que él mismo resumió tan pronto como fue elegido:

«Y una cosa que me dije desde el primer momento fue: “Jorge no cambies, seguí siendo el mismo, porque cambiar a tu edad es hacer el ridículo”. Por eso he mantenido siempre lo que hacía en Buenos Aires. Con los errores, por ahí, que eso puede suponer. Pero prefiero andar así como soy. Evidentemente, eso produjo algunos cambios en los protocolos, no en los protocolos oficiales porque esos los observo bien. Pero mi modo de ser aun en los protocolos es el mismo que en Buenos Aires, o sea que ese “no cambies” me cuadró bien la vida.»[2]

Quizás la manera más fácil de dar sentido a los tres últimos años de este pontificado tumultuoso es reconocer que representa Jorge Mario Bergoglio declarando a la Iglesia y al mundo: -” Pero prefiero andar así como soy…”- con los viejos errores y todo. En esto podemos ver la apoteosis de uno mismo, considerada como heroísmo de acuerdo a la demótica sabiduría de nuestra degenerada cultura popular: “Si estoy en lo correcto o si estoy equivocado… tengo que ser yo y tengo que ser yo ¿Qué otra cosa puedo ser, sino ser yo mismo?

El programa Bergogliano, con todos sus giros, vueltas, incoherencias enloquecedoras y contradicciones propias, es el resultado de una decidida negativa a subordinarse personalmente bajo los deberes supremos del vicariato de Cristo, mientras que, por otro lado, utiliza el poder y la autoridad en el cargo para promover sus propias ideas y deseos, -exactamente lo que un Papa no debería hacer nunca- tal y como su predecesor, advirtió. Y, en este caso, estamos tratando con las ideas y los deseos de un Jesuita liberal formado en la década de 1970, y que seriamente cree que la Iglesia aún no ha comenzado a “implementar el Concilio.”

La Cátedra de san Pedro se ha convertido en una especie de accesorio personal definitivo para su actual ocupante. El Papa Bergoglio no podría haber dejado esta intención más clara:

«Los padres conciliares sabían que abrirse a la cultura moderna significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes. Después de entonces, se hizo muy poco en esa dirección. Yo tengo la humildad y la ambición de querer hacerlo.»[3]

«Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación.»[4]

«Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos.»[5]

«Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres.»[6]

Para el Papa Bergoglio, el papado es un vehículo para lograr aquello con lo que el sueña, lo que él quiere o lo que él prefiere, en oposición a lo que le ha sido transmitido para su custodia. Él tiene la intención de dejar su sello personal en la Iglesia de una manera que sea “irreversible”, al menos en la medida en que el Espíritu Santo se lo permita, -evidentemente está decidido a probar los límites exteriores con “reformas” que ningún Papa antes que él se había atrevido a llevar a cabo, y que pasarán como intervenciones de “el Dios de las sorpresas”. Para él ya no es intolerable la restricción a la que se debe un Papa que “No debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todos los intentos de adaptación y alteración…[7] La adaptación y alteración son precisamente lo que este pontificado ha promovido incesantemente bajo la rúbrica de “misericordia”.

Porque él se ha pasado los últimos tres años haciendo exactamente como a él le gusta, lo que le ha valido un sinfín de aplausos por parte del mundo, en lugar de lo que debería haber hecho para el bien de la Iglesia, lo que le conllevaría la enemistad eterna del mundo que obtuvo su predecesor. El papado no es una carga para el Papa Bergoglio, tal y como lo fue para Benedicto, quien no la pudo soportar. Más bien, es una ocupación inmensamente placentera.

Un perfil definitivo en el National Geographic alaba la “Revolución de Francisco” y “a la implacable alegría con la que está luchando.” El sombrío Arzobispo de Buenos Aires es desde ahora todo sonrisas, risas y pulgares hacia arriba, un desarrollo que sorprendió a su amigo, nuevo Arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Mario Poli. Cuando Poli le pidió a Francisco que le explicase tal transformación, recibió esta respuesta: “Es muy entretenido ser papa.”[8] Y quien no encontraría entretenido el ser una celebridad de primer orden mundial, siendo alabado por todos los poderes que porque él no es un “rigorista” como sus predecesores, atendido a cuerpo de rey por un personal muy atento, viviendo en un hotel de cinco estrellas que está situado en un enclave perfectamente cuidado y absolutamente excluido por altos muros, guardias armados y leyes restrictivas, y desde donde insiste que los incontrolados inmigrantes musulmanes invadan Europa.

Después del álbum de música rock basado en sus reflexiones personales, ahora leemos que “el Papa Francisco se convertirá en el primer papa en la historia en interpretarse a sí mismo en una película”, y que “la idea de la película viene en realidad del Papa Francisco, quién pidió a los productores de AMBI Pictures con base en Hollywood…” En la película se “retratan pasajes del Evangelio y fábulas para los jóvenes.” Dadas las muchas libertades que Francisco se ha tomado con los Evangelios y con sus particulares sermones y meditaciones, la película debería ser certificada, al menos, PG.[9]

Así el papado, de una forma ha cambiado a Jorge Mario Bergoglio. Le ha hecho feliz. El actual Vicario de Cristo no tiene intención de seguir por el triste camino de su predecesor, quien fue acosado fuera de su cargo por los lobos a los que temía, y mucho menos del camino del Varón de Dolores. Somos testigos de la alegría por la propia realización personal, a expensas de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Y el mundo se une a un feliz Obispo de Roma amando cada minuto de su alegría.

Christopher A. Ferrara

[Traducido por Miguel Tenreiro. Artículo original.]

[mks_separator style=”solid” height=”5″ ]

Notas del traductor:

[1] Homilía del Papa Benedicto XVI en la misa de toma de posesión de su cátedra

[2] Entrevista del diario argentino “La Nación” al Papa Francisco

[3] Diálogo entre Francisco y el fundador de La Repubblica Eugenio Scalfari

[4] Evangelii Gaudium §27

[5] Evangelii Gaudium §49

[6] Evangelii Gaudium §198

[7] Homilía del Papa Benedicto XVI en la Misa de Toma de Posesión de su Cátedra

[8] El pontificado de Francisco, fuente de júbilo e inquietud entre los católicos. NaGe.

[9] PG Parental Guidance. Clasificación de edad (Acompañado de un adulto).




Christopher A. Ferrara
Christopher A. Ferrarahttp://remnantnewspaper.com/
Presidente y consejero principal de American Catholic Lawyers Inc. El señor Ferrara ha estado al frente de la defensa legal de personas pro-vida durante casi un cuarto de siglo. Colaboró con el equipo legal en defensa de víctimas famosas de la cultura de la muerte tales como Terri Schiavo, y se ha distinguido como abogado de derechos civiles católicos. El señor Ferrara ha sido un columnista principal en The Remnant desde el año 2000 y ha escrito varios libros publicados por The Remnant Press, que incluyen el bestseller The Great Façade. Junto con su mujer Wendy, vive en Richmond, Virginia.

Del mismo autor

Más reflexiones sobre la destitución del Papa

Aunque la cuestión debería haber quedado aclarada tras una detenida lectura...

Últimos Artículos