En qué cosas hayamos de hacer abandono en manos de la divina Providencia

Ajustada nuestra vida a los principios que acabamos de exponer, una vez cumplido cuanto nos ordena la ley de Dios y la prudencia cristiana, hemos de hacer abandono total en las manos de la divina Providencia ¿Cómo se ha de entender esto? Significa primero que hemos de dejar a Dios el cuidado de nuestro porvenir, lo que haya de ser de nosotros mañana, dentro de veinte años y más tarde. Hemos de poner asimismo en sus manos el momento presente, con las dificultades que quizá lo entenebrecen; y también nuestro pasado y es decir, nuestras acciones pasadas con sus consecuencias.

Cuanto atañe al cuerpo, como salud y enfermedad, y lo que se refiere al alma, como alegrías y trabajos, todo se ha de entregar confiadamente a la solicitud paternal del Señor. Hasta el juicio benévolo o maligno de los hombres hemos de descuidar en manos de la divina Providencia. P. de Caussade, L´ Abandon, t. II, apéndice 1°. p. 279.

 “Si Dios está por nosotros, dice San Pablo (Rom. 8, 31-39), ¿quién contra nosotros? El que ni a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo después de habérnosle dado dejará de darnos cualquiera otra cosa?… ¿Quién podrá, pues, separarnos del amor de Cristo? ¿Acaso la tribulación o la angustia? ¿Por ventura la persecución, o el hambre, o la desnudez? ¿Quizá el peligro o la espada?… Estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo venidero, ni lo alto, ni lo profundo, ni otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Cristo Jesús, Señor Nuestro.” ¿Puede darse abandono más perfecto en la fe, en la esperanza y en Ea caridad? Abandono en lo que mira a las vicisitudes del mundo, en lo que toca a la vida y a la muerte, a la hora de salir de este mundo y a la manera violenta o dulce de rendir el último aliento.

En los mismos sentimientos abundan los Salmos: “Temed al Señor, vosotros sus santos; nada falta a los que le temen. Los leoncillos podrán sentir penuria y tener hambre; mas quienes buscan al Señor no padecen privaciones de bien alguno,” (Ps. 33, 10). “Cuán grande es tu bien, Señor, el que guardas para quienes te temen y muestras a los que en ti confían… Tú los defiendes de las vejaciones de los hombres, los pones a cubierto de la maledicencia de las lenguas” (Ps. 30, 20-21).

Y Job, en medio de sus lamentaciones, decía: “Rodeado me veo de escarnecedores, mis ojos se abren sólo para ver sus ultrajes. Oh Dios, sal fiador de mí ante ti mismo. ¿Quién otro querría tenderme la mano?” (Job 17, 21).

Refiérese en el Libro de Daniel (13,42) que una mujer temerosa de Dios, llamada Susana, hija de Helcías, odiosamente calumniada por dos viejos lascivos, se abandonó en manos del Señor, exclamando: “Oh Dios eterno, que conoces las cosas ocultas, que lo sabes todo aun antes que suceda, tú sabes que éstos han levantado contra mí un falso testimonio; y he aquí que voy a morir sin haber hecho nada de lo que han inventado maliciosamente contra mí.”

Y el Señor escuchó la súplica de aquella noble mujer, como se refiere en el mismo Libro. Cuando era llevada a la muerte, Dios despertó el espíritu de un mancebo, llamado Daniel, el cual exclamó en alta voz “Inocente soy de la sangre de esta mujer.” Volvióse hacia él todo el pueblo y le preguntó: “¿Qué es lo que dices?” Entonces el joven Daniel, inspirado por Dios, puso de manifiesto la falsedad del testimonio de los acusadores; porque interrogados por separado ante la multitud, como se contradijesen, manifestaron, sin quererlo, que habían mentido.

De lo expuesto se desprende que, de hacer lo que está de nuestra parte para cumplir nuestros deberes cotidianos, podemos en lo demás abandonarnos con filial confianza en manos de la divina Providencia. Y como realmente procuremos ser fieles en las cosas pequeñas, en la práctica de la humildad, de la dulzura y de la paciencia, en las cosas ordinarias de cada día, el Señor nos dispensará su gracia para serle fieles en las cosas grandes y difíciles que tenga a bien exigirnos; y en las circunstancias extraordinarias otorgará gracias también extraordinarias a los que le busquen.

Léese en el Salmo 54, 23: “Abandónate en manos de Dios, que él cuidará de ti; no dejará jamás sucumbir al justo…Mas yo pondré mi confianza en ti.”

Con estos mismos sentimientos escribe San Pablo (Philipp. 4): “Alegraos siempre en el Señor; alegraos repito. Sea patente vuestra modestia a todos los hombres; que cerca está el Señor, No os inquietéis por cosa alguna; más en todo presentad a Dios vuestras necesidades por medio de oraciones y súplicas, junto con acciones de gracias. La paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, sea la guardia de vuestros corazones y de vuestros sentimientos en Jesucristo.”

Y San Pedro, exhortando a la confianza, dice en su Primera Carta (5, 6):“Humillaos, pues bajo la mano poderosa de Dios, para que os exalte al tiempo de su visita; descargad en su seno todas vuestras cuitas, pues él tiene cuidado de vosotros. Sed sobrios y estad en vela; porque vuestro enemigo el demonio anda girando cual león rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que la misma tribulación padecen vuestros hermanos, dispersos por el mundo. Mas el Dios de toda  gracia que nos llamó a su eterna gloria por Jesucristo, después de haber padecido un poco, él mismo acabará su obra, “os hará firmes, fuertes e inconmovibles.”

“Dichosos los que ponen su confianza en Dios”, dice el Salmista (12,13). “Los que tienen puesta en el Señor su esperanza, dice Isaías (40, 31), adquirirán nuevas fuerzas, alzarán el vuelo como águilas, correrán sin fatigarse, andarán sin desfallecer.”

Tenemos en San José el modelo perfecto de espíritu de abandono en la Providencia en cuantas dificultades se le ofrecieron: en el trance embarazoso del nacimiento del Salvador en Belén; cuando sonó en sus oídos la dolorosa profecía del anciano Simeón; cuando hubo de refugiarse en Egipto huyendo de la persecución de Herodes, hasta su regreso a Nazaret.

Vivamos a ejemplo suyo fieles en la práctica de los deberes cotidianos, y nunca nos faltará la divina gracia, con cuyo auxilio cumpliremos siempre cuanto Dios exija de nosotros, por arduo que en ciertas ocasiones ello nos parezca.

“LA PROVIDENCIA Y LA CONFIANZA EN DIOS”

RÉGINALD GARRIGOU – LAGRANGE. O.P.