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Resignación a la voluntad de Dios en la “Enfermedades corporales” (si estás enfermo leelo)

Es preciso que sepamos resignarnos, sobre todo en las enfermedades corporales, soportándolas de buen grado como y cuando plazca a Dios el enviárnoslas. No quita eso que hagamos uso de los remedios ordinarios, puesto que el Señor así lo quiere; pero, si éstos no llegan a producir efecto, unámonos a la voluntad de Dios, lo que valdrá mucho más que la salud misma. Digámosle entonces: — Señor, no deseo sanar ni permanecer enfermo; únicamente quiero lo que Vos queráis. — Indudablemente, en las enfermedades es lo más perfecto no lamentarse de los dolores que se experimentan; no obstante, cuando con su crudeza nos aflijan fuertemente, no está por esto vedado comunicarlo a nuestros amigos, ni menos pedir al Señor que nos alivie de ellos. No me refiero con esto más que a los grandes sufrimientos, puesto que se ven personas que, por el contrario, obran muy mal al lamentarse; cada vez que sienten alguna pena, el menor disgusto, quisieran que todo el mundo acudiese a demostrarles compasión, y a llorar a su lado. —Por lo demás, el mismo Jesucristo, en el momento de sufrir su dolorosa pasión, reveló a sus discípulos la aflicción extrema de su espíritu: “Mi alma siente una tristeza de muerte” (Mateo., XXVI, 38), y suplicó a su Eterno Padre que le librase de ella: Pater mi, si possibile est, transeat a me calix iste; pero ese divino Salvador nos enseñó al mismo tiempo, con su propio ejemplo, lo que debíamos hacer después de semejantes súplicas; esto es, resignarnos al momento con la voluntad de Dios, añadiendo con El: Veruntamen, non sicut ego voló, sed sicut tu: No obstante, hágase no como yo quiero, sino como quieres Tú.

¡Cuán grande es la ilusión de ciertas personas que dicen desear la salud, no para dejar de sufrir, sino para mejor servir al Señor, observar sus mandamientos, ser útiles al prójimo, ir a la iglesia, recibir la santa comunión, practicar la penitencia, estudiar, trabajar o emplearse en la salvación de las almas confesando y predicando! —Pero yo te pregunto, alma fiel, dime: ¿Por qué piensas hacer esto? ¿No es acaso para agradar a Dios? ¿Y qué buscas con esto, si sabes ya que el gusto de Dios no está en que te entregues a la oración, a las comuniones, a la penitencia, al estudio, a las predicaciones  u otras obras, sino en que soportes lleno de paciencia esta enfermedad y estos dolores que te envía? Une entonces tus sufrimientos con los de Jesucristo. —Lo que me pesa, di, es, hallándome enfermo de este modo, sentirme inútil y gravoso al prójimo y  mi familia. — Pero, resignándote  a la voluntad de Dios, debes creer que tus allegados y superiores se resignan a ella igualmente, al ver que sólo por voluntad del Señor, y no por culpa tuya, llevas una carga más a tu familia. ¡Ah! Tales deseos y lamentos no nacen tanto del amor de Dios como del amor propio, que busca siempre pretextos para alejarse de la voluntad de Dios. ¿Queremos hacernos gratos al Señor? Desde el momento que nos veamos retenidos en el lecho, digamos está sola palabra: Fiat voluntas tua, y repitámosla desde el fondo del pecho cien mil veces, siempre, ya que con esta sola palabra agradecemos más a Dios que con todas las mortificaciones y devociones posibles. No hay mejor medio de agradar a Dios que abrazar con alegría su santa voluntad. San Juan de Ávila escribió un día a un sacerdote,enfermo: “Amigo mío, no os dediquéis a imaginar lo que haríais, de encontraros bien; contentaos con estar enfermo tanto tiempo como a Dios le plazca. Si no buscáis más que la voluntad de Dios, ¿qué ha de importaros gozar buena salud o estar enfermo?”  Sin duda esto es muy bien dicho, por cuanto lo que mejor agrada a Dios no son tanto nuestras obras como nuestra resignación, y la conformidad de nuestra voluntad con la suya. Por esto decía San Francisco de Sales que mejor se sirve al buen Dios sufriendo que obrando.

A menudo pueden faltarnos los médicos y los remedios, o bien el médico no llegará a conocer nuestra enfermedad; es preciso en esto también que nos conformemos con la voluntad de Dios, que todo lo dispone en nuestro provecho.

Cuéntase de un hombre muy devoto de Santo Tomás de Cantorbery, el cual, hallándose enfermo, se dirigió a la tumba del Santo Arzobispo para pedirle el restablecimiento de su salud, que obtuvo al instante. De vuelta a su casa, preguntóse interiormente: “Pero si la enfermedad era más útil para mi salvación, ¿qué haré yo con la salud que he recobrado?” Herido de este pensamiento, volvió a la tumba del Santo y suplicóle pidiera por él al Señor lo más conveniente por su eterna salvación. Después de esta súplica recayó enfermo, y mostróse en extremo consolado con la seguridad de que Dios así lo disponía para su mejor ventura. Surius refiere igualmente que, habiendo sido un ciego curado por intercesión de San Vaast, pidió que, si la facultad de ver no debía ser útil a su alma, le fuera arrebatada nuevamente: oyósele y volvióse ciego como antes.

Cuando, pues, nos hallamos enfermos, lo mejor es no pedir ni la enfermedad ni la salud, sino abandonarnos a la voluntad de Dios, a fin de que disponga de nosotros como mejor le plazca. Si, a pesar de todo, queremos solicitar nuestra curación, hagámoslo a lo menos resignándonos y bajo la condición de que si la salud del cuerpo conviene a la salvación del alma; de otro modo, nuestra súplica sería defectuosa, y no alcanzaría efecto, contando con que el Señor no atiende sino las que se le dirigen con resignación.

En cuanto a mí, llamo a las enfermedades piedra de toque de los espíritus, puesto que ellas aquilatan el valor de las virtudes de un alma. Si ésta soporta la prueba sin inquietud, sin queja, sin anhelo, obedeciendo sólo a los médicos y superiores; si se mantiene tranquila y resignada con la voluntad de Dios, es señal cierta de que conserva un verdadero fondo de virtud. En cambio, ¿qué debe pensarse de un enfermo que se lamenta de la falta de cuidado de los demás para con él, de sus sufrimientos, que encuentra insoportables; de la ineficacia de los remedios, de la ignorancia del médico, y que a veces llega al exceso de murmurar contra el mismo Dios, como si Este le tratara con harta dureza? Refiere San Buenaventura que, hallándose un día San Francisco presa de extraordinarios dolores, uno de sus religiosos, hombre ingenuo a todo serlo, le dijo: “Padre mío: procurad rogar a Dios que os trate con alguna mayor dulzura, puesto que, según parece, su mano empieza ya a pesar demasiado”. A estas palabras, el Santo lanzó una exclamación, y contestóle: “Oíd, hermano mío: si no supiera que habláis de este modo por la sencillez de vuestro carácter, ya no quisiera veros más en mi presencia, puesto que os atrevéis a criticar los juicios de Dios”. Y dicho esto, débil y extenuado como se encontraba, precipitóse de su lecho al suelo, y, besándolo, exclamó: “¡Señor!, gracias os doy por todos los sufrimientos que me habéis enviado, y os suplico que los aumentéis aún, si tal es vuestro deseo. El mío se cifra en que me aflijáis corporalmente, ya que, para mí, el cumplimiento de vuestra voluntad es el mayor de los consuelos que me puede caber en esta vida”.

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO




San Miguel Arcángel
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