En el quinto centenario del natalicio—un aporte de nuestro invitado Don Pietro Leone.

I – Su vida

Santa Teresa nació en Gotarrendura, Ávila, Castilla, hija de Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada el 28 de marzo de 1515: hace 500 años. De niña huyó de su hogar en busca del martirio a manos de los musulmanes. Su deseo era «ver a Dios», lo cual más tarde se haría realidad en sus ejercicios de oración mental, que en forma de contemplación no es, por supuesto, otra cosa que conocer y amar a la Santísima Trinidad como preámbulo a la Visión Beatífica.

Después de un periodo de cierta ligereza y frivolidad —inocente— su padre la dejó a cargo de las monjas agustinas de Ávila, para que la educaran, y a quienes más tarde se incorporó en la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Estuvo siempre animada por un deseo de perfección a pesar de que hasta los cuarenta años fue una religiosa cuyas virtudes no eran sobresalientes. Una mañana, al entrar en el oratorio del convento, quedo profundamente conmovida al fijar la vista en el Ecce Homo —con sus llagas, la sangre, su carne lacerada. Leía en ese entonces las Confesiones de San Agustín y sintió encontrar un espíritu inmenso, con un enorme corazón ardiendo en las mismas llamas que la consumian a ella: el amor, un amor hasta la inmolación, hasta la muerte.

Se le otorgan dones excepcionales: la oración en silencio, de unión y visiones frecuentes. Sintió la necesidad de adoptar una vida de mayor austeridad y mortificación, recibió permiso para fundar un monasterio donde, a diferencia de la laxitud y disipación espiritual de la vida religiosa de su época, la regla primitiva se observa con plena severidad, donde se cultiva la pobreza absoluta y una vida de oración intensa.

Otra razón importante para esta novedad es la herejía luterana.

«En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia» escribe en el Camino de perfección (1, 2), «y el estrago que habían hecho estos luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Dime gran fatiga, y como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el ser servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que ere en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por el se determina dejarlo todo; y que siendo tales cuales yo las pintaba en mis deseos, entre sus virtudes no tendrían fuerza mis faltas, y podría yo contentar en algo al Señor,…».

La dedicación del Monasterio a San José fue seguida por muchas otras; la santa emprende así mismo la reforma de los Frailes Carmelitas. Durante un tiempo su labor es obstaculizada por las Carmelitas calzadas, o no reformadas, que también recluyen al colaborador de la santa, San Juan de la Cruz, en prisión sometiéndolo a flagelaciones y otros maltratos, hasta que al fin se otorga el permiso para continuar con la reforma. Después de una larga enfermedad muere el 4 de octubre de 1582 en medio de una profunda paz y con una sonrisa en los labios.

II – La Doctrina

En su día de fiesta, la oración de la misa contiene estas palabras: «caelestis eius doctrinae pabulo nutriamur, et piae devotionis erudiamur affectu». Su doctrina ha sido llamada «celestial» y, de hecho, es la razón de su posterior nominación como Doctora de la Iglesia junto, por supuesto, con San Juan de la Cruz.

Santa Teresa enseña, con este mismo San Juan, que todos estamos llamados a una unión mística con Dios, incluso durante esta vida.

El medio a este fin es la perfección en las virtudes y la fiel y diligente práctica de la oración meditativa. Guiándose en su mentor, San Pedro de Alcántara, aconseja una forma simple de meditación, que consiste en leer literatura devota, particularmente las Sagradas Escrituras y aquello que trate de nuestro Señor Jesucristo, un poco a la vez, pausando a meditar sobre las palabras cuando nos llamen, y luego continuando con la lectura de la misma manera. Al alma que persevere en esta practica a pesar de las tentaciones y la aridez, el Señor la recompensará, quizá, con la oración de remembranza, de una simple y amorosa visión de la sencillez. Esta oración, sin embargo, no es aún contemplativa en su sentido estricto de pasiva y rebosante, sino tan solo en el sentido de activa y adquirida.

Para encontrar a Dios, nos explica Santa Teresa en el Camino de Perfección, «Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con grana humildad hablarle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedios para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija» (cap. 28, 2). «Esta forma de rezar, aunque sea vocalmente, con mucha más brevedad se recoge el entendimiento, y es oración que trae consigo muchos bienes. Llamase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios,…» (cap. 28, 4). «Los que de esta manera se pudieren encerrar en este cielo pequeño de nuestra alma, adonde está el que le hizo, y la tierra, y acostumbrar a no mirar ni estar donde se distraigan estos sentidos exteriores, crea que lleva excelente camino y que no dejará de llegar a beber el agua de la fuente,… » (cap. 28, 5).

Durante esta etapa en el asenso del alma a Dios se sigue la «noche de los sentidos», con su dolor, enfermedades, aridez, tentaciones violentas y contradicciones, que sirve para desprender al sujeto de las criaturas, los placeres, el yo, y acercarlo a Dios en un estado de recogimiento pasivo, ya en los albores de la plena contemplación. En su «Relación» al padre Rodrigo Álvarez, la santa escribe «…es un recogimiento interior, que se siente en el alma, que parece que ella tiene otros sentidos, como acá los exteriores, que ella en sí, parece que quiere apartar del bullicio de los exteriores; y así algunas veces los lleva tras sí, que le da gana de cerrar los ojos, y no oír, ni ver, ni entender sino aquello en que el alma entonces se ocupa, que es tratar con Dios a solas»*.

Es entonces que una profunda y deleitosa paz inunda el alma en un ensueño dulce y supernatural que dilata y ensancha enormemente su amor. Esta es la «oración del silencio». Ante todo, es la voluntad la que participa en este regocijo, feliz de ser esclavizada de esta manera por Dios, y feliz de disfrutar de esta unión con Él, como Santa Maria Magdalena en presencia de Nuestro Señor.

En la «oración de la unión», no solo la voluntad pero también las otras facultades —inteligencia, memoria, imaginación— se suspenden y se sumergen en Dios. El alma se siente tan unida a Dios que es imposible dudar esa fusión. Queda inundada por una ternura amorosa extrema y repleta de valor. Este es el momento de resoluciones heroicas y deseos ardientes, acompañados de un horror ante el mundo y todas las virtudes terrenales. Esta oración admite gradaciones y puede asumir un carácter ascético. A pesar de que Dios hiere el alma con saetas de amor y la enciende con su más sacro anhelo, no cesa de puri‪ficarla con grandes pruebas internas y externas. Esta es la «noche pasiva del alma», en palabras de San Juan de la Cruz. «Por cierto que algunas veces lo considero», escribe la santa acerca de estos trabajos en El castillo interior, «y que temo que si se entendiesen antes, seria dificultosísimo determinarse la flaqueza natural para poderlo sufrir ni determinarse a pasarlo,…» (Morada sexta, I, 2).

Estas pruebas preparan el alma para entrar en la «séptima mansión», un estado de «unión transformadora», o «boda espiritual»: el grado más alto y sublime de oración posible en este mundo. Este tipo de oración está formada de varias fases y etapas. El Divino cónyuge comunica sus invitaciones de naturaleza más y más intima y delicada y se aúna al alma a tal grado que esta se olvida de todo y persigue un solo fin: como complacer a su amado. Este la sumerge en un de estado de dulce tranquilidad, comúnmente sin éxtasis o arrebato, en la que el alma contempla a las Tres Personas de la Santísima Trinidad comunicarse con ella «en una representación de la verdad», mediante la cual la Segunda Persona, específicamente, pacta una alianza de afecto con ella. El alma se resuelve a perseguir con celo los intereses del Amado, con un gran deseo de obrar y sufrir en ello, a la vez que exclama con San Pablo: Cupio dissolvi et esse cum Christo.

En breve, ‎esta es la doctrina mística de Santa Teresa, combinada siempre con una doctrina de ascetismo (como ya lo hemos visto durante la etapa inicial de la vida espiritual): la perfección del alma, principalmente atraves de las virtudes de la humildad, la escisión del mundo, la abnegación  y la caridad.

III – El mensaje

Con frecuencia se nos pregunta acerca de las enseñanzas de la Iglesia, «¿Qué relevancia tiene para nosotros?» La respuesta es que la Iglesia enseña la verdad, y la verdad es siempre relevante hasta en sus más pequeños detalles. Mas, la vida y doctrina de Santa Teresa tienen, efectivamente, particular relevancia en nuestros días, enseñándonos qué es la oración y dando testimonio a la importancia del espíritu de sacrificio.

Existe, primeramente, una gran ignorancia acerca de la oración y, en segundo lugar, un espíritu de activismo que suplanta a la oración o que pretende inyectarse en ella. Cuando hablamos hoy día a los fieles acerca de la oración, piensan probablemente de inmediato de la oración a viva voz, como el rosario o de petición en general. Si tienen alguna idea de la oración mental, pensarán en la meditación, el tipo de oración que supone el ejercicio de la mente. ¿Quién piensa en la contemplación, en una mente completamente pasiva, en el tipo de oración a la que Nuestro Señor nos llama?

En cuanto al espíritu de sacrificio, esa virtud esencial de la vida cristina, rara es la ocasión en la que el religioso contemporáneo predica sobre ella, a la vez que hace todo lo posible por suprimir ese gran modelo y maestro de sacrificio: la Santa Misa según el venerable rito romano; el mismo rito por el cual Santa Teresa ofreció dar alegremente su vida a cambio de la menor de sus rúbricas. Esta es la virtud, en sí, que resuena desde cada pagina de sus escritos, lo esencial para el progreso en la oración y para la obra de auto- perfección, o sea para nuestra santificación, para lograr alcanzar esa Gloria Celestial para la cual Dios nos creó.

Entonces, queridos lectores, tomemos valor del ejemplo de esta gran santa, dediquémonos a la oración con más seriedad, y quien esté contemplado una vocación religiosa, atrévase a seguir el ejemplo de Santa Teresa y sus primeras comunidades, «Verdaderos cenáculos de almas sedientas de perfección, deseosas de reparar con su amor las innumerables ofensas contra Dios, añorando una vida de cordial intimidad con Él» (P. F. M. Morando, Introducción a la ‘Opere di Santa Teresa di Gesù’ en la cual está primordialmente basado el presente tratamiento). Tenemos solamente una vida, y a esta la sigue la Eternidad.

Si deseamos celebrar el quinto centenario de una figura famosa y su reforma, no volvamos nuestros ojos a Martín Lutero como alguno de nuestros más despistados contemporáneos, pero volvámoslos a Santa Teresa, inspirados —no en el deseo de alabar a aquel, o de crear una casa de espejos para reconciliar la verdad con la mentira— pero en su deseo de reparar, con toda la fuerza de su alma, el daño que este le causó a Nuestra Santa Madre Iglesia. Sigamos sus pasos con una vida de sacrificio para así consolar a la Divina Majestad con lo que esté en nuestro poder hacer y purifiquemos nuestras almas por el amor a su Santísimo Nombre. Amen.

Santa Teresa de Avila, ¡ruega por nosotros!

[Traducido por Enrique Treviño. Artículo original]
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*Obras del Venerable Siervo de Dios Don Juan de Palafox, tomo VII, Carta decimoctava, al padre Rodrigo Álvarez; III.
[Imagen: Juan Martín Cabezalero, La comunión de Santa Teresa, Museo Lázaro Galdiano, Madrid]