(Abadía de Nuestra Señora de Fontgombault – imágenes y sonidos)

Inmaculada Concepción

Homilía del Reverendísimo Don Jean Pateau
Abad de Nuestra Señora de Fontgombault
(San Pedro de la abadía de Wisques, 08 de Diciembre 2014)

Queridos hermanos y hermanas:

Mis hijos muy amados,

Entre las fiestas del año litúrgico, la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María ocupa un lugar especial, en cuanto a que su objeto es el don concedido a una criatura humana y superando con creces lo que nadie podría haber imaginado. En la larga serie de los seres humanos contaminados por el pecado original, María es la excepción. El Beato Papa Pío IX definió el 8 de diciembre 1854:

La Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio concedido por Dios Todopoderoso, en vista de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de pecado original. (Bull Ineffabilis Deus)

Al igual que con la Encarnación en su seno, este privilegio se mantuvo sin ser visto por ojos humanos en Palestina. En María y Jesús se concentran los dos regalos más hermosos que Dios ha hecho a la humanidad.

Esta “resplandeciente santidad del todo singular” de la que ella fue “beneficiada desde el primer instante de su concepción” viene entera de Cristo: ella es “redimida, de manera más sublime, en razón de los méritos de su Hijo” (LG ,. n 53, 56). El Padre bendijo a María más que a cualquier otra persona creada “en Cristo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales” y la escogió por puro amor “en Cristo antes de la fundación del mundo, para ser santa y sin mancha delante de él” (Efesios 1: 3 -4).

Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios “la Toda Santa” (Panhagia), y celebran ella como “libre de toda mancha de pecado y como modelada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura” (LG, n 56).

Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal durante toda su vida. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 492 a 493)

A través de la bendición de María, sus hijos se regocijan en el don que su Madre Celestial ha recibido, pues también son bendecidos. La fiesta de la Madre es también la fiesta de los niños. Esto es válido para todas las fiestas marianas y esto se debe a la estrecha relación de María con sus hijos. Si el privilegio de la Inmaculada Concepción se ha concedido a María “a la vista de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano”, podríamos añadir una razón de conveniencia. ¿Cómo podría ella la que debía permanecer siempre cerca de sus hijos, que están enfermos y manchados por el pecado original y sus propios pecados personales, ofrecerles un camino seguro hacia su Hijo, ¿cómo podría haber tolerado Ella en su vida la más mínima complicidad con el mal?

“Ella es más joven que el pecado”, ha dicho el escritor francés Bernanos, y ella siempre ha conservado su juventud. María misma se ha ofrecido al Señor como su esclava no sólo para que la Encarnación de nuestro Señor pudiera ocurrir, sino también para que los frutos de esta Encarnación pudiesen fluir sobre los hombres. Señal de ello es su presencia al pie de la Cruz cuando la sangre y el agua, signos de los sacramentos, fluían de Su costado traspasado. Si el privilegio de la Inmaculada Concepción se adapta a María, la sierva del Señor, ese don de Dios es según la medida de Dios, que está mucho más allá de la medida del hombre. Contemplar el misterio de la Inmaculada Concepción como el único objeto de la fiesta, no es suficiente. A la luz de la donación que María hace de sí misma y del privilegio concedido por Dios, el misterio de la Inmaculada Concepción aparece ante nuestros ojos como un misterio de esperanza.

Esperanza, porque tenemos una Madre toda santa; esperanza, porque el Señor no puede dejar de actuar con nosotros como Él se ha ocupado de María. Nuestros pequeños regalos reciben una recompensa de acuerdo a la medida de Dios, que no tiene medida. Que esta fiesta sea una oportunidad para renovar nuestra devoción mariana: Dejémonos ser enseñados en la escuela de María, María, la sierva, María, Madre de Dios y de los hombres. Santa Madre de Dios, confiamos la Iglesia a ti en su camino entre los dos Sínodos sobre la familia, y nos encomendamos a ti.

Sub confugimus Præsidium tuum, Sancta Dei Genitrix. Bajo tu protección nos refugiamos, Santa Madre de Dios. Durante este tiempo de Adviento cuando la Iglesia nos hace cantar las palabras del profeta Isaías:

Pronto su salvación vendrá. ¿Por qué estás consumido en aflicción? Yo te guardaré y te liberaré; no temas. (Rorate cæli desuper)

De hecho, Dios es fiel y su fidelidad va mucho más allá de lo que el hombre puede esperar. Si repetimos las palabras que abren la Constitución Apostólica de definición del dogma de la Inmaculada Concepción, no olvidemos nunca que Dios es inefable, Ineffabilis Deus, y que sus caminos son misericordia y verdad. Acerquémonos por tanto a la salvación del Señor, como la epístola de hoy nos invita a hacer.

Amén.

[Traducido por Zala Fabbri. Artículo original]

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