Sobre la base de un artículo de Roberto de Mattei (Se infringe una herida al matrimonio cristiano), Paolo Pasqualucci concluye en otro suyo que las disposiciones de los dos últimos Motu Proprios del Papa alteran la significación del matrimonio católico, lo que hace que la doctrina se vea afectada y nos encontremos ante la posibilidad de un error in fide manifiesto de parte del Papa.

Creo, sin embargo, que así como el artículo de R. de Mattei es bastante acertado, el de Pasqualucci extrae consecuencias que no se pueden considerar ajustadas.

Ciertamente la interpretación que hace Pasqualucci de las nuevas disposiciones no parece ser la más correcta, además de no ir a lo más profundo del problema.

Ante todo hay que distinguir la situación de hecho. En la que existe la realidad de la introducción del divorcio disimulado, aunque ahora de forma más agresiva. Puesto que se introduce el favor nullitatis sobre el tradicional favor matrimonii.

Aparte está la situación de derecho, en la que no se niegan manifiestamente los principios del matrimonio canónico: sus bienes y fines, la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad, la procreación, la necesidad de un proceso canónico -aunque sea en apariencia- para establecer la nulidad. En el fondo el Papa sigue la evolución del Derecho Canónico habida desde el Concilio Vaticano II y en la reforma del año 1983: en ellas se practicaba de hecho el divorcio disimulado (la nulidad a petición de los conyuges por cualquier causa), aunque se mantenía una cierta capa de formalidad jurídica que sostenía los principios jurídicos de siempre.

La novedad surgida consiste en que el Papa ha acelerado y facilitado aún más este modo de proceder, aunque manteniendo en principio las formalidades jurídicas mínimas. Con la salvedad de que las nuevas normas están repletas de ambigüedades, cabos sueltos, generalidades y falta de delimitación que exigiría la seguridad de una mínima técnica jurídico-canónica.

De hecho se va a la destrucción del matrimonio. Pero no es fácil, con la legislación actual en la mano, sostener la presencia de una herejía formal.

Y aquí radica precisamente el peligro mayor y lo más profundo del problema. Pues se continúa socavando la institución matrimonial por medio de ambigüedades, de declaraciones que parecen mantener la doctrina pero cuyos contenidos la destruyen. En definitiva, el método característico de la teología neomodernista que hoy día impregna toda la Iglesia. Cambia el fondo, pero cuida de que se diluya la forma, a fin de que no sea fácilmente perceptible ni ser objeto de acusación.

El nuevo proceso de nulidad express, con la presencia del Obispo como un agente directo, supone un atentado al Derecho Procesal, con intenciones lo suficientemente deducibles. Pero no se puede sostener que estas nuevas normas supongan un error in fide manifiesto.

Pasqualucci habla del motivo de la falta de fe de uno de los contrayentes como causa de nulidad como el indicativo de que el matrimonio pasa de ser un sacramento, con efectos de ex opere operato, a un sacramental con los efectos propios del ex opere operantis. Pero de nuevo hay que tener en cuenta que el problema se centra en la interpretación de lo que haya de entenderse por falta de fe. Pasqualucci lo entiende como algo diferente de la tradicional exclusión de la sacramentalidad del vínculo. Pero la dicción de la nueva legislación es ambigua y puede significar, en realidad, una u otra cosa (la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad).

Tradicionalmente siempre ha sido necesario, para la celebración válida del sacramento, que se cumplan determinadas condiciones como son, por ejemplo, la ausencia de impedimento dirimente, el consentimiento válido, la forma canónica, etc. También ha sido necesaria la fe suficiente de los conyuges en la sacramentalidad del matrimonio (cánones 1099 y 1101 del CIC). Lo cual se interpretaba hasta ahora de forma que esa fe se suponía y era suficiente con sólo querer contraer matrimonio natural y pedirlo en la Iglesia. Se sostenía que incluso el matrimonio entre bautizados acatólicos era sacramento; y se consideraba necesario, para que la falta de fe produjera efectos de nulidad, que expresamente se pusiera, como condición del consentimiento matrimonial, que se contraía sólo si el matrimonio no era sacramento. Y como puede verse, la interpretación era en extremo restrictiva, mientras que ahora la falta de fe va a ser intepretada en un sentido sumamente laxo. Nuevamente de hecho se ataca la institución, pero se mantienen las declaraciones tradicionales.

Después de lo cual cabe formular la pregunta: ¿Constituye la nueva legislación un error in fide manifiesto? Podría decirse que de hecho sí, pero que formalmente no.

De todas formas es de notar que el artículo de Pasqualucci ha sido bastante silenciado por los media, lo mismo que el del P. Gálvez Una Jugada Maestra. Lo cual, ya de por sí, es bastante expresivo y dice bastante.

Juan Andrés de Jorge García Reyes
[Ordenado en 1982. Doctor en derecho canónico. Profesor de teología dogmática. En la actualidad reside en Santiago de Chile]