Una página poco conocida de la historia de la Iglesia es la de las sociedades secretas católicas que combatieron la Revolución entre los siglos que median entre la época del protestantismo y la del modernismo. Entre las primeras y las más conocidas está la Compañía del Santísimo Sacramento, fundada en París en 1628 por Henri de Lévis, duque de Ventadour (1596-1680). Reunía a las almas más fervorosas de Francia con el fin de «hacer el bien posible y alejar el mal posible en todo momento y lugar y para toda persona». Su lema era facere et pati fortia catholicum est: hacer y padecer grandes cosas es propio de católicos (René Taveneaux, La Compagnie du Saint-Sacrement (1629-1667), Armand Colin, París 1960).
Las cumbres de la perfección cristiana siempre están envueltas en una aureola de secretismo. Por eso, en el monte Tabor, después de manifestar su gloria a San Pedro, Santiago y San Juan, «les prohibió referir a nadie lo que habían visto mientras el Hijo del hombre no hubiese resucitado de entre los muertos» (Mc. 9,9). El propio Jesús, tras la profesión de fe («Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», Mt.16, 16), mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Cristo.
De ahí que la regla fundamental de la compañía fuese el secreto, que permitía a sus miembros imitar el ocultamiento de Dios en Jesucristo y de Jesús en la Eucaristía. El secretismo protegía además la espiritualidad y la libertad de acción de los miembros, muchos de los cuales pertenecían a la élite social y política de la época (nobles, magistrados, clérigos) que la defendían de las maniobras de sus detractores y enemigos, incluso internos.
La asociación tenía su sede junto al convento de los capuchinos en el distrito Saint-Honoré, y estaba dirigida por laicos. Entre ellos hay que recordar al barón Gaston de Renty (1611-1649), que fue uno de los grandes promotores del renacimiento católico francés del siglo XVII. Desde 1639 hasta su muerte fue nada menos que once veces superior de la Compañía del Santísimo Sacramento (cf. Raymond Triboulet, Gaston de Renty, Beauchesne, París 1991). Era Renty un seglar casado de gran actividad apostólica y vida interior, director espiritual de muchas monjas, algunas de clausura, entre las cuales había una del carmelo de Beaune cuyas virtudes heroicas han sido reconocidas, la venerable Margarita del Santísimo Sacramento. El jesuita Jean-Baptiste Saint-Jure nos ha dejado una importante biografía del barón de Renty en la que lo describe como modelo de acabada perfección (La vie de monsieur Renty, ou le modèle d’un parfait chrétien, Le Petit, París 1651).
Las reuniones de la asociación se celebran los jueves, día consagrado al Santísimo Sacramento del Altar. Tras una oración al Santísimo, se examinaban las diversas labores de piedad y caridad y concluían con el salmo Laudate Dominum omnes gentes. El monarca francés Luis XIII fue informado de la existencia de la Compañía, y solicitó su aprobación al arzobispo de París, el cual no obstante la negó. Monseñor Gianfrancesco Guidi di Bagno, nuncio apostólico en París entre 1645 y 1656, participó numerosas veces en las reuniones, a pesar de lo cual Roma nunca reconoció con un documento oficial la existencia de la Compañía.
A la Compañía del Santísimo Sacramento se debe la fundación del albergue general para los mendigos parisinos, el Seminario para las Misiones en el Extranjero y el auxilio a innumerables obras caritativas, entre ellas la de San Vicente de Paul (1581-1660). La organización se dedicaba principalmente a la caridad, pero también combatía los hugonotes para mantener la Fe católica en Francia. Había cerca de sesenta filiales por todo el país, de las que unas treinta eran desconocidas para los obispos. En 1659 la Compañía celebró con gran éxito su congreso general en la capital gala. «El catolicismo militante pasó revista a sus fuerzas», escribió monseñor Pietro Amato Frutaz (Enciclopedia cattolica, vol. IV (1950), col. 79-80). Al año siguiente el secreto salió a la luz y un real decreto firmado por el Primer Ministro, cardenal Giulio Mazzarino, prohibió sus reuniones. En realidad, la asociación sobrevivió hasta 1670, y las filiales de provincia duraron más todavía sin llegar a extinguirse del todo. Sus adversarios, que procedían ante todo de las filas jansenistas y del partido antirromano, la llamaban despectivamente la cábala de los beatos.
A pesar de estar dirigida por laicos, la Compañía del Santísimo Sacramento contaba entre sus asociados con eminentes religiosos. Además de San Vicente de Paul, cabe mencionar a San Juan Eudes (1601-1680), el gran apóstol del culto a los Sagrados Corazones de Jesús y María, que a su vez estaba marcadamente influido por una mística seglar del siglo XVII, Marie des Vallées, conocida como la santa de Coutances por la aldea normanda donde nació en 1590.
El encuentro con la mística fue decisivo para Eudes, con la que mantuvo contacto toda la vida, la asistió en su lecho de muerte y la defendió de calumnias e incomprensiones. El biógrafo de Marie des Vallées fue el barón de Renty, superior de la Compañía del Santísimo Sacramento y amigo de San Juan Eudes.
La vida espiritual de Marie des Vallées giraba en torno a la sumisión total y desinteresada de la voluntad a la justicia divina, la cual, según una revelación recibida por ella, tiene por objeto acabar con el pecado por medio de tres diluvios: el primero fue el del Padre, y fue un diluvio de agua; el segundo ha sido el del Hijo, y ha sido de sangre; y el tercero es el del Espíritu Santo, que será un diluvio de fuego. Un eco de esta profecía lo tenemos en la Oración abrasada de San Luis Maria Griñón de Monfort y en su Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María, donde afirma que «hacia el fin del mundo (…) el Altísimo y su santísima Madre han de formar grandes santos que superarán en santidad a la mayoría de los otros santoscuanto los cedros del Líbano exceden a los arbustos. Así fue revelado a un alma santa cuya vida escribió monsieur de Renty» (nº 49).
En las páginas de San Luis Maria Griñón de Monfort se respira el ambiente que reinaba en la Compañía del Santísimo Sacramento, la cual sigue siendo un modelo asociativo válido, sobre todo en épocas de grave crisis religiosa y moral.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























