El Nuevo Paradigma que propone la Iglesia Modernista plantea la necesidad de una nueva doctrina para una nueva época. Dice el cardenal Re que nos enfrentamos a un «cambio de época» del cual surgen consecuencias «tanto a nivel doctrinal como práctico».

Esta “nueva época” y esta “nueva doctrina” persiguen el fin de “alcanzar una paz universal que disfruten todas las personas en esta vida”. Así lo expresa en sus últimas líneas el Documento sobre la Fraternidad Universal por la Paz Mundial y la Convivencia común, firmado en Abu Dabi el 4 de febrero de 2019 por Su Santidad el Papa Francisco y en Gran Imán de Al-Azhar Ahmad Al-Tayyeb.

Esa paz universal en esta vida – subrayando su carácter inmanente, naturalista – recuerda mucho el deseo de I. Kant en su obra La paz perpetua (1795). Todos somos ciudadanos del mundo. Nuestro planeta es la Madre Tierra que nos da la vida: es la casa común y todos tenemos derecho a movernos libremente por la faz de la tierra. Hay que tender puentes, derribar muros y quitar alambradas y concertinas que separan e impiden los flujos migratorios de los descartados que huyen de la pobreza y de las guerras. Los Estados tendrían un deber de hospitalidad – según Kant y según el Papa Francisco – hacia todo extranjero que llegue a sus fronteras, que no debe ser tratado con hostilidad, sino que debe ser recibido con los brazos abiertos. “El Derecho cosmopolita debe estar determinado por las condiciones de una universal hospitalidad”. Según Kant, hay que reconocer “el derecho de visita perteneciente a todos los hombres, es decir, el de entrar a formar parte de la sociedad universal en virtud del derecho común a la posesión de la superficie de la tierra, sobre la cual, siendo esférica, los hombres no pueden esparcirse aislándose en el infinito, sino que deben en última instancia resignarse a encontrarse y a coexistir1.

El planeta es una ciudad común: una cosmópolis. Pues bien, esa cosmópolis kantiana es talmente el Estado Global que proponen al unísono los líderes del llamado Nuevo Orden Mundial y la Iglesia Modernista (por coincidir con los valores de la Modernidad). Hace falta una “gobernanza global”, un gobierno mundial, que garantice el cumplimiento de los Derechos Humanos – ya veremos a qué precio – en todo el mundo.

Dice el Documento por la Fraternidad Universal:

“Nosotros – creyentes en Dios, en el encuentro final con él y en su juicio –, desde nuestra responsabilidad religiosa y moral, y a través de este Documento, pedimos a nosotros mismos y a los líderes del mundo, a los artífices de la política internacional y de la economía mundial, comprometerse seriamente para difundir la cultura de la tolerancia, de la convivencia y de la paz; intervenir lo antes posible para parar el derramamiento de sangre inocente y poner fin a las guerras, a los conflictos, a la degradación ambiental y a la decadencia cultural y moral que el mundo vive actualmente.”

Los líderes religiosos, políticos y económicos deben comprometerse a promover la tolerancia y la convivencia en paz. Pero hay más: deben comprometerse a intervenir para parar las guerras, los conflictos y la degradación ambiental, cultural y moral. ¿Qué es eso de “intervenir”? ¿Cómo deben “intervenir”? ¿Militarmente con tropas dirigidas por la ONU? El Documento por la Fraternidad de Abu Dabi parece seguir a Benedicto XVI en Caritas in Veritate:

67. Ante el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común, comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos. Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a las diversas partes, así como las medidas de coordinación adoptadas en los diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta, el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboración internacional exigen el establecimiento de un grado superior de ordenamiento internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la globalización, que se lleve a cabo finalmente un orden social conforme al orden moral, así como esa relación entre esfera moral y social, entre política y mundo económico y civil, ya previsto en el Estatuto de las Naciones Unidas.

Y en el Documento de Abu Dabi leemos:

“Las fuertes crisis políticas, la injusticia y la falta de una distribución equitativa de los recursos naturales – de los que se benefician solo una minoría de ricos, en detrimento de la mayoría de los pueblos de la tierra – han causado, y continúan haciéndolo, un gran número de enfermos, necesitados y muertos, provocando crisis letales.”

“La libertad es un derecho de toda persona: todos disfrutan de la libertad de credo, de pensamiento, de expresión y de acción. El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos. Esta Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente. Por esto se condena el hecho de que se obligue a la gente a adherirse a una religión o cultura determinada, como también de que se imponga un estilo de civilización que los demás no aceptan.”

Los Derechos Humanos garantizan una serie de libertades propias de la autonomía de cada sujeto en las que no se admite la injerencia de nada ni de nadie. Es la libertad negativa de los modernos. La barbaridad de fundamentar en la “Sabiduría de Dios” el derecho al error, al mal, al pecado, a la mentira, solo puede comprenderse desde una concepción relativista y subjetivista radicales. Nada es verdad ni mentira. Nada está bien ni está mal. No hay una religión verdadera: todas son verdaderas y todos los estilos de civilización son igualmente buenos. Multiculturalismo, indiferentismo religioso y un derecho moderno que surge de la voluntad y la autonomía de la persona, que se identifica directamente con la sabiduría de Dios. Dios querría que las personas fuéramos autónomas y libres para determinar nosotros solos lo que está bien y mal. Así, el aborto o la eutanasia, aprobados como derechos por la voluntad de los ciudadanos, podrían considerarse como fundados en la Sabiduría Divina. La rebelión del hombre contra la ley de Dios, en virtud de su autonomía, sería paradójicamente voluntad de Dios. Lo satánico sería divino. Un disparate. Pero un disparate muy moderno. Los acuerdos entre el Vaticano y la dictadura comunista china son un buen ejemplo de lo que estamos hablando. Según esos acuerdos, la Iglesia Católica debe subordinarse a los dictados del Partido Comunista y renunciar a su doctrina para difundir, apoyar y aplaudir los dictados de los comunistas: incluyendo la aceptación de la anticoncepción, del aborto y de la eutanasia, por ejemplo.

La Iglesia Católica entendía la fraternidad como la comunión de los hijos de Dios. El bautismo nos hace morir al pecado y nacer a una vida nueva en Cristo. Por la gracia de Dios, los cristianos somos hijos de un mismo Padre. Pero para esa fraternidad, para esa comunión de los santos, hace falta reconocer que hay “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.” (Efesios 4, 5). La naturaleza humana, herida por el pecado, se regenera por el agua y el Espíritu y nos hace criaturas nuevas. No da igual estar bautizado que no estarlo. El bautismo nos abre las puertas del Cielo.

La fraternidad kantiana y la de la Iglesia Modernista del Nuevo Paradigma también propugna un hombre nuevo. Pero esa nueva antropología que propugna es la de la persona autónoma de la modernidad. Pone a la Persona en el centro de todo: no a Dios. Es el hombre elevado a la categoría de dios que se crea a sí mismo según su voluntad autónoma. Ese “poner a la persona en el centro” es uno de los fundamentos del Pacto Educativo Global que propone el Santo Padre. Insisto: no es Cristo el centro, sino la persona.

En el Instrumentum Laboris del Pacto Educativo Global podemos leer:

“La vida humana es un hecho recibido que no tiene su origen en nosotros mismo. Al contrario, la vida trasciende a cada hombre y mujer, y por lo tanto no es algo auto-producido, sino dado por otra cosa.”

¿Qué “otra cosa” nos habrá dado la vida? ¿Tal vez la Pachamama?

“Toda la humanidad, al recibir la vida, se descubre unida en el vínculo de la fraternidad.” “No podemos elegir a nuestros hermanos o hermanas porque no somos los autores de su existencia. Por lo tanto, cuanto más se realiza la fraternidad no expresa – en primer lugar – un deber moral, sino más bien la identidad objetiva del género humano y de toda la creación.” “Hay una mística de vivir juntos, de encontrarnos, de tomarnos en brazos, de apoyarnos…”

Aquí se esconde una fraternidad que no solo une a todos los seres humanos como especie, sino también a todo ser creado. Todo está conectado. Es una especie de panteísmo – o más bien panenteísmo – que recuerda a los bichos azules de Avatar1 que enchufaban sus coletas neurales al árbol sagrado y se daban cuenta de que todo era uno. En nuestro planeta se da una especie de flujo de energía que une a toda la vida con la Diosa Madre (la Pachamama).

 

El “todo está conectado” es un verdadero mantra en Laudato Sí: su verdadero leitmotiv. Así lo reconoce el propio Papa Francisco en el número 16 de la Encíclica:

 

16. Si bien cada capítulo posee su temática propia y una metodología específica, a su vez retoma desde una nueva óptica cuestiones importantes abordadas en los capítulos anteriores. Esto ocurre especialmente con algunos ejes que atraviesan toda la encíclica. Por ejemplo: la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida. Estos temas no se cierran ni abandonan, sino que son constantemente replanteados y enriquecidos.

Veamos cómo aparece el tema machaconamente:

L S 91. No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos. Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada. Esto pone en riesgo el sentido de la lucha por el ambiente. No es casual que, en el himno donde san Francisco alaba a Dios por las criaturas, añada lo siguiente: «Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor». Todo está conectado. Por eso se requiere una preocupación por el ambiente unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la sociedad.

L S 117. La falta de preocupación por medir el daño a la naturaleza y el impacto ambiental de las decisiones es sólo el reflejo muy visible de un desinterés por reconocer el mensaje que la naturaleza lleva inscrito en sus mismas estructuras. Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad –por poner sólo algunos ejemplos–, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza. Todo está conectado. Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona, porque, «en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza».

L S 138. La ecología estudia las relaciones entre los organismos vivientes y el ambiente donde se desarrollan. También exige sentarse a pensar y a discutir acerca de las condiciones de vida y de supervivencia de una sociedad, con la honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, producción y consumo. No está de más insistir en que todo está conectado. El tiempo y el espacio no son independientes entre sí, y ni siquiera los átomos o las partículas subatómicas se pueden considerar por separado. Así como los distintos componentes del planeta –físicos, químicos y biológicos– están relacionados entre sí, también las especies vivas conforman una red que nunca terminamos de reconocer y comprender. Buena parte de nuestra información genética se comparte con muchos seres vivos. Por eso, los conocimientos fragmentarios y aislados pueden convertirse en una forma de ignorancia si se resisten a integrarse en una visión más amplia de la realidad.

¿Es igual que Avatar o no? Igualico, igualico.

La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria.

LS 220. Esta conversión supone diversas actitudes que se conjugan para movilizar un cuidado generoso y lleno de ternura. En primer lugar, implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos, aunque nadie los vea o los reconozca: «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha […] y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará» (Mt 6,3-4). También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres.

La Iglesia del Nuevo Paradigma está abrazando un nuevo paganismo que rinde culto idolátrico a la Naturaleza: a la Pachamama. En la película Avatar, los indígenas – los Na’vi – adoran a Eywa, la Gran Diosa Madre, descrita como “una red de energía que fluye a través de todos los seres vivos”. Esta creencia panenteísta de una deidad inmersa en todos los seres vivos se expone como una “fraternidad” o unidad entre todas las cosas creadas. Dios está en todo y todo es parte de Dios.

En Laudatio sí y en el Instrumentum Laboris del Pacto Educativo Global, se pude rastrear ese panenteísmo: la creencia de que todas las cosas, animadas e inanimadas, incluyendo la tierra y los seres humanos, son manifestaciones de Dios; Dios es todo.

James Lovelock propuso la Hipótesis de Gaia en la década de los 60. En esa teoría se afirmaba que la biosfera, la atmósfera, los océanos y el suelo de la tierra son una entidad compleja que constituye “un sistema cibernético o de retroalimentación que busca un ambiente físico y químico óptimo para la vida”. La Tierra es un organismo vivo, autorregulado y con conciencia. La teoría de Gaia refleja la imagen panteísta de la Madre Tierra.

En el Evangelio según Avatar, Gaia es una conciencia personal emergente. Según el Evangelio según la Iglesia del Nuevo Paradigma, (punto 92 de Laudato Sí) “cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad.” “Todo está relacionado y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra.”

Lo único que nos falta es la trenza neural que tienen los Na’vi y que les permite unirse a otros seres vivos: una especie de extensión de su sistema nervioso, similar a la coleta de Pablo Iglesias, que funciona exactamente como los cables de fibra óptica y nos da una explicación naturalista de una creencia mística.

LS 139. Cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados.

LS 233. El universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo. Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre. El ideal no es sólo pasar de lo exterior a lo interior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino también llegar a encontrarlo en todas las cosas.

La fraternidad expresa la identidad objetiva del género humano y de toda la creación. Cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de la fraternidad.

Avatar anuncia la creciente influencia de una religión mundial pagana que promueve la adoración a la naturaleza. La película de Cameron propone una visión de la humanidad como una parte de la naturaleza, igual que cualquier otra, que sirve a la Tierra (esta última, representada como autoridad gobernante de toda la energía y la vida); ya no es el hombre la única criatura hecha a imagen de Dios y corregente con Él, que posee con Él autoridad sobre la naturaleza y la tierra. No es que la película Avatar sea, en sí misma, un elemento de cambio. Avatar forma parte de una ola cultural de ideas que afectan a todas las áreas de la cultura global de hoy, desde la religión al entretenimiento, a la ciencia y a la política que promete una redención pagana del ser humano, a la vez que exige esclavizar a la humanidad y subordinarla a la naturaleza. El hombre es un parásito que está destruyendo a la Madre Tierra. Somos un virus que hace enfermar y amenaza con asesinar a la Pachamama que nos ha dado la vida. Debemos impedir que el hombre destruya a la Naturaleza. Y para eso necesitamos un gobierno global que controle la natalidad y que propicie un descenso del número de habitantes para que la vida sobre el planeta sea sostenible. A partir de aquí, la eutanasia, el ataque a la familia, el aborto, la anticoncepción, la promoción del suicidio… Todo vale con tal de que el número de habitantes de la Tierra disminuya de manera sustancial. Tal vez que se escape de vez en cuando algún virus de algún laboratorio militar que elimine a unos cuantos miles de viejos y enfermos pueda contribuir a ese control de la población mundial. En realidad, es la Madre Tierra la que se defiende de los seres humanos que la hieren con sus abusos y la que se ve obligada a defenderse generando anticuerpos que eliminen los virus humanos que amenazan la supervivencia de la vida en la Casa Común.

La Iglesia del Nuevo Paradigma, la del cambio de época del cardenal Re o del cardenal Parolin, se parece más al panenteísmo pagano de Avatar que a la Iglesia de Santo Tomás de Aquino o San Agustín. Yo me quedo con la mística de Santa Teresa de Jesús o con la de San Juan de la Cruz antes que con la mística de la hoja o del rocío. Me quedo con la Iglesia martirial china que defiende el cardenal Zen. Me quedo con la comunión de los santos.

Estos potenciales dictadores globales dicen que hace falta un gobierno mundial que establezca una paz global y termine con las injusticias sociales e imponga el respeto a una ley mundial y que intervenga para solucionar los conflictos sociales y ambientales que afligen a la humanidad. Y en paralelo, hace falta una religión sincrética universal, liderada por una única autoridad espiritual mundial: la Nueva Iglesia de la Pachamama. Se trataría de una religión neopagana que adora a la Naturaleza y promete la redención del género humano en esta vida a costa de que la humanidad se subordine a una política ecológica integral liderada por el Gobierno Mundial: propugnan una falsa mística, una falsa religión y una falsa redención puramente inmanente que recuerda sobre todo al paraíso comunista disfrazado (estamos en un carnaval perpetuo) de ecologismo integral. En nombre de la sostenibilidad ecológica y de la subsistencia de Nuestra Madre Tierra, debemos controlar la población y cambiar nuestro estilo de vida. El modelo a seguir es el de los indígenas del Amazonas que nos enseñan “el buen vivir” en armonía con la Naturaleza, con la Pachamama. Hay que volver a una vida tribal, a un estilo paleolítico de vida, para no contaminar. Suprimamos los vuelos en avión, los plásticos, el insostenible y contaminante consumo de energía, el uso de coches. Hay que volver a un estilo de vida sencillo y en armonía con la Madre Tierra. Hay que acabar con el consumismo desenfrenado y con la explotación de los recursos naturales, que son limitados y no dan para mantener tantísimos millones de seres humanos. Hay que reducir la población mundial. Hay que volver a la vida del campo, a la arcadia feliz.

Quieren un solo gobierno y una sola religión, que sería la religión de la tolerancia: una religión multiforme, poliédrica. Todas las religiones son igual de válidas siempre y cuando fomenten el amor y la tolerancia y no generen conflictos por culpa del integrismo. Lo importante es el amor, la fraternidad universal, la mística de estar juntos y disfrutar de la contemplación de las hojas y el rocío. El budismo, el judaísmo, el cristianismo, las religiones animistas… Todas son igualmente válidas. El multiculturalismo va de la mano del indiferentismo religioso: de un sincretismo pagano estilo New Age que predica una fraternidad universal que propugna que todo lo creado por la Madre Tierra está conectado y todo depende de todos.

Un asco. Yo me tiro al monte y me declaro en guerra contra el Gobierno Mundial y contra el nuevo paganismo panenteísta. Gobierno Mundial y Religión Pagana pretenden ir de la mano para salvar a la Madre Tierra de la amenaza del ser humano.

No me cogeréis vivo.

¡Viva Cristo Rey!

 

 

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