Hace poco encontré un señor en la calle vendiendo cosas y noté que tenía un letrero anunciando que también hace lectura de cartas. Decidí hablarle y le dije que estas cosas son malas, que son del demonio. Me explicó que lo necesita hacer porque debe dar de comer a su familia y, pues, hay ciertas cosas que son necesarias. Me dijo que tenía que hacerlo por el momento para sobrevivir.

Intenté  explicarle que hay tanta gente que ha sacrificado bastante para mantenerse bien con Dios y evitar el pecado, y que vale la pena hacer lo que sea necesario para no pecar. “El hombre no vive solo de pan”, dijo el Señor al diablo.

Este ejemplo, entre tantos, es del Padre Walter Cizcek, un jesuita que se ofreció para ir a la Unión Soviética como misionero y fue capturado y mandado al Gulag en Siberia. A través de tantos sufrimientos y persecuciones por su condición de sacerdote, nunca olvidó que su sustento principal era la Santa Eucaristía. Tenía que celebrar la Misa en secreto. A veces podía contrabandear un poquito de vino y guardar unos pedazos de pan y celebraba una Misa escondida, incluso, a veces, sobre su propio pecho mientras estaba acostado en su cama fingiendo dormir. Otras veces podía oficiar la Misa durante un corto descanso para la comida y la gente asistía. Entonces el Padre, y los devotos feligreses, sacrificaban su desayuno y su comida, aunque tenían que hacer el trabajo forzado y durísimo, sólo para tener la oportunidad de comulgar, y eso con riesgo gravísimo a sus vidas. Sabiendo también que su acceso al Santísimo Sacramento dependía en la sobrevivencia del Padre Cizcek, muchos de los fieles sacrificaban sus propios alimentos para aumentar las raciones de su padre espiritual.

¡Qué diferencia hay entre estas almas heroicas y el señor de la lectura de cartas! El Padre Cizcek y los fieles del Gulag entendían el don que es el Santísimo Sacramento, cuya fiesta celebramos el jueves con gran solemnidad. El Señor de las cartas tiene una visión plenamente terrenal y hay muchos así, a los cuales San Pablo regaña en su Carta a los Filipenses diciendo: “Cuyo dios es el vientre, y cuya gloria, lo vergonzoso, su apetencia, lo terreno.” (Filipenses 3, 19).

¡Ay, qué triste! Como el jueves cuando hicimos la procesión hermosísima con el Santísimo, ¿cuánta gente se dio cuenta, que su Dios, su Rey, su Creador, su Padre Amantísimo estaba pasando por la calle? No se hincaron, no se santiguaron, no lo notaron . . . pues, hay mucho que hacer en la vida, hay mucho para disfrutar, no quieren perder ninguna oportunidad para sentirse felices, y de repente los momentos de gracia les pasan desapercibidos.

En la parábola de hoy, el Señor describe un gran banquete al cual muchos de los invitados se excusan con el resulto de que el anfitrión busca a otros para que ocupen sus asientos. En este contexto Cristo quiere que los fariseos se den cuenta de que arriesgan perder su asiento en el banquete celestial por no corresponder a las gracias ofrecidas. No es suficiente contar simplemente con las raíces, o aún con las creencias verdaderas. Es necesaria una repuesta a la llamada de Dios.

“¿Cuantas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus pollitos bajos las alas, y tú no lo has querido?” se lamentó el Señor.

El Señor dirige esta parábola no solamente a los fariseos de aquel tiempo, sino a todo aquel que la leería. Hemos pasado por los misterios pascuales los cuales consumen toda la historia de la Salvación. El Señor se sacrificó para rescatarnos del pecado, resucitó para darnos una nueva vida, subió al cielo para abrirnos las puertas del cielo, y nos mandó el Espíritu Santo para unir todos los fieles en un mismo Cuerpo Místico, para continuar  su misión en la tierra y darnos el poder de amarlo con su mismo amor divino. Y como si todo eso fuera insuficiente, decidió quedarse entre nosotros en la forma más humilde y mansa inimaginable, para que nunca nos falte su presencia y consuelo.

Como el Señor dijo a la mujer samaritana: “Si conocieses el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua viva.”

De veras, todo está ya preparado. Solo tenemos que recibirlo. Pero hay tantos que no lo quieren. El banquete del Evangelio de hoy, representa el banquete celestial que el Señor nos ha preparado en el cielo, y que está tan deseoso de que lo disfrutemos, que nos lo da en la tierra como un anticipo, que es el banquete eucarístico donde incorporamos en nosotros mismos los frutos de su sacrificio, donde estamos invitados a probar el manjar de los ángeles y empezar nuestra vida divina. Como dice el Padre Mateo, “Cristo quiere cambiar Su corazón por el nuestro”, o el obispo Bossuet: “Nosotros podemos devorarle por amor, al devorarnos Él.”

“¡Qué lástima que tantos se excusan!” Veamos sus pretextos y apliquémoslos a nosotros:

“He comprado un campo y tengo que salir y verlo.” Es decir que están muy preocupados de su posición social, de sus comodidades. Quizás quieren practicar la religión, pero sólo de una manera que no exija mucho, que no turbe mucho su manera de vivir. Eso se llama el orgullo de la vida. Además es un tipo de respeto humano – el deseo de parecer bueno ante los demás. A veces también se manifiesta como el deseo de no parecer muy diferente a los demás, para que sus familiares no los perciban como radicales o fanáticos. Esta tentación hace que se callen cuando debemos hablar y que apoyemos los pecados de los demás por nuestro silencio y timidez, o que se acomode la práctica de nuestra fe a las modas del mundo.

“He comprado cinco yuntas de bueyes y tengo que ir a probarlas.” Es decir que está muy preocupado por los bienes y placeres materiales. Hay que ganar más dinero. Hay que probar esta diversión. Hay que satisfacer todo deseo que tengo, y la Santa Misa, la oración, la vida de santidad no me estimulan tanto, por eso no tengo mucho tiempo por ellos. Esto se puede llamar la lujuria de los ojos.

“He tomado mujer, no puedo ir.” Es decir que la sensualidad ha fatigado todas sus fuerzas, no dejando nada para las cosas de Dios. Ha sucumbido totalmente a su naturaleza animal, olvidando que ha sido llamado a vivir como los ángeles, aborreciendo la semejanza divina dentro de él.

Cada uno debe examinarse. ¿Hay ocasiones en las que hemos permitido que las opiniones de los demás, los placeres y bienes del mundo, o la sensualidad hayan sido impedimentos a una respuesta generosa a Dios? ¿Hay cosas que preferimos en vez de estar presente a la banquete del Señor? ¿Me doy cuenta de que no hay nada que puede valer más?

Y si aceptamos su invitación, ¿podemos decir de verdad que apreciamos suficientemente lo que Él nos ofrece? Una vez había un musulmán que dijo: “Ustedes dicen que Dios está presente en la hostia, pero por lo que veo en las iglesias, no me parece que es verdad ni que ustedes lo creen, porque si creyera como ustedes profesan, no entraría en un templo excepto postrado.”

Es cierto que muchos de ustedes están aquí porque han visto nuestro Señor muy mal tratado en otros templos. ¿Pero estamos seguros que cumplimos por nuestra parte? ¿Correspondo con la reverencia, el sobrecogimiento, la gratitud, y amor que debo? ¿Me visto adecuadamente, como estuviera asistiendo a la banquete de un rey? ¿Hago todo que puedo para llegar, no solamente a tiempo, pero aun temprano para hacer una preparación adecuado para comulgar, la cual San Pio X dijo que fuera requisito para la comunión frecuente? ¿Lucho valientemente contra las distracciones para que sea presente no solamente físicamente, pero espiritualmente también? ¿Crío a mis hijos para que tengan un gran amor al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Le doy gracias a Dios después de comulgar, aprovechando adecuadamente su presencia dentro de mí? Y saliendo de Misa, ¿es mi anhelo principal al volver, estar de nuevo con Él?

Santo Toribio Romo escribió en su diario: “Señor, perdóname si soy atrevido, pero te ruego me concedas este favor: no me dejes ni un día de mi vida sin decir la Misa, sin abrazarte en la Comunión… dame mucha hambre de Ti, una sed de recibirte que me atormente todo el día hasta que no haya bebido de esa agua que brota hasta la Vida Eterna, de la roca bendita de tu costado herido. ¡Mi Buen Jesús!, yo te ruego me concedas morir sin dejar de decir Misa ni un solo día.”

Desde el altar llama con gemidos de paloma, dice el Padre Mateo, a los pobres, a los desterrados, a los tristes. Desde el fondo del Sagrario sigue tendiendo los brazos a los que sufren de hambre de justicia y de amor. Desde la Hostia sigue sonriendo y brindando su ternura y caricias a los pequeñitos del rebaño, a los sencillos y a los niños, sus grandes amigos.”

Que todos nosotros podamos corresponder a su invitación con la frase de San Buenaventura: “Encontraré el Corazón del Rey, del Hermano, del Amigo, en tu Corazón, dulcísimo Jesús!”

Padre Daniel Heenan