Quis ut Virgo?

El 16 de octubre de 1793 tuvo lugar el que tal vez fuera el más repulsivo  crimen de la Revolución Francesa: la ejecución de la reina de Francia María Antonieta tras una farsa de proceso ante el tribunal revolucionario. Plínio Correa de Oliveira escribió sobre esta monarca: «Hay ciertas almas que sólo son grandes cuando sobre ellas soplan las ráfagas del infortunio. María Antonieta, que fue fútil como princesa, e imperdonablemente liviana en su vida de reina, delante el baño de sangre y de miseria que inundó a Francia, se transformó de un modo sorprendente; y el historiador verifica, tomado de respeto, que de la reina surgió una mártir, y de la muñeca una heroína».

El 21 de enero habían guillotinado al Rey, Luis XVI. En su alocución Quare lacrymae del 17 de junio de ese año, Pío VI calificó al sacrificio del soberano de «muerte motivada por odio a la religión católica», y atribuyó al monarca la gloria del martirio. Podría decirse que la misma gloria le correspondió a María Antonieta, que no tenía otra culpa que haber representado, con su mera presencia, el principio de la realeza cristiana frente al odio revolucionario.

En el que quizás sea uno de los más bellos pasajes de sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa, el autor británico Edmund Burke (1729-1797) afirma: «Han transcurrido ya dieciséis o diecisiete años desde que vi por primera vez a la reina de Francia, entonces delfina, en Versalles. Ciertamente nunca había aparecido una visión más grácil en este mundo, que ella apenas parecía tocar. La contemplé mientras despuntaba por el horizonte, decorando y alegrando la elevada esfera en que recién comenzaba a moverse, radiante como el lucero del alba, y rebosante de vida, esplendor y alegría. ¡Ay, qué revolución! ¡Qué entereza necesitaría para contemplar sin conmoverme tal elevación y tal caída! (…) Jamás habría sospechado que viviría lo suficiente para ser testigo de que semejante desastre caría sobre ella en una nación de hombres tan gallardos, de hombres de honor y de caballeros. Veía en mi imaginación diez mil espadas desenvainándose repentinamente para vengar una sola mirada insultante hacia ella. Pero ya no estamos en los tiempos de la caballería. Vivimos en la de los sofistas, los economistas y contables; la gloria de Europa se ha extinguido para siempre» (Reflexiones sobre la Revolución Francesa).

Han transcurrido dos siglos, y nos vienen a la memoria las palabras del escritor británico ante un hecho que reviste mucha mayor gravedad. Este 4 de noviembre se ha presentado en la casa general de los jesuitas Mater populi fidelis, «nota doctrinal» del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto es el cardenal Víctor Manuel Fernández.

El documento consta de ochenta párrafos que tienen por objeto «el recto entendimiento de los títulos marianos», y aclarar «en qué sentido son aceptables, o no, algunos títulos y expresiones que se refieren a María », ubicándola «en su justa relación con Cristo, único Mediador y Redentor».

Hemos leído con profunda tristeza este texto, que tras un estilo melifluo oculta un venenoso contenido. En estos momentos históricos de confusión en los que todas las esperanzas de las almas fervorosas se cifran en la Santísima Virgen María, el Dicasterio de la Fe intenta despojarla de sus títulos de Corredentora y Mediadora Universal de todas las gracias y reducirla a una simple mujer como otra cualquiera: «Madre del pueblo fiel», «Madre de los creyentes», «Madre de Jesús» y «acompañante de la Iglesia». Como si a la Madre de Dios se la pudiese encasillar en una categoría humana, privándola de su misterio sobrenatural. Es difícil pasar por alto en estas páginas el cumplimiento de la deriva mariológica postconciliar, que en nombre del justo término medio ha optado por un minimalismo que degrada la figura de la bienaventurada Virgen María.

María Antonieta representaba la realeza terrenal, reflejo de la divina, pero frágil como todo lo humano. En cambio, María Santísima es Reina del Universo, y no por derecho humano sino por gracia divina. No tiene su trono en un palacio, sino en el corazón de Dios. «El Altísimo –dice San Luis Griñón de Monfort– descendió de manera perfecta y divina hasta nosotros por medio de la humilde María, sin perder nada de su divinidad y santidad. Del mismo modo, deben subir los pequeñuelos hasta el Altísimo perfecta y divinamente y sin temor alguno a través de María»  (Tratado de la verdadera devoción a María).

Aunque los hombres traten de destronarla reduciéndola a una mujer de tantas, no por ello deja María de ser Madre de Dios, Inmaculada, siempre Virgen, Asunta al Cielo, Reina del Cielo y de la Tierra, Corredentora y Mediadora Universal de todas las gracias, porque, como explica San Bernardino de Siena, «toda gracia concedida a los hombres procede de una causa triplemente ordenada: de Dios pasa a Cristo, de Cristo a la Virgen y de la Virgen a nosotros» (Serm. VI in festis B.M.V., a. 1, c. 2).

Por eso dice San Agustín, citado por San Alfonso de Ligorio, ue qcualquier elogio que hagamos de María se queda corto ante lo que Ella merece por su excelsa dignidad de Madre de Dios (Le glorie di Maria, vol. I, Redentoristi, Roma 1936, p. 162)

Lamentaba Edmund Burke que no hubiera diez mil espadas prestas a defender a la reina María Antonieta ante la menor mirada insultante». Tenemos el convencimiento de que actualmente hay en el mundo un puñado de sacerdotes y laicos de ánimo noble y generoso dispuestos a empuñar la espada de dos filos de la Verdad para proclamar todos los privilegios de María y exclamar a los pies de su trono: «Quis ut Virgo?»

Sobre ellos se derramarán las gracias necesarias para el combate en estos tempestuosos tiempos. Y quién sabe si, como ha ocurrido cada vez que en la historia se ha intentado opacar la luz, el documento del Dicasterio de la Fe que trata de restar importancia a la Santísima Virgen María confirmará sin proponérselo su inmensa grandeza.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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