fbpx

El día de la ira

El mundo ha entrado en el Año de la Misericordia. Y como consecuencia, la Iglesia se ha apresurado a refrescar la memoria de los cristianos hablándoles de las obras corporales y espirituales que podemos hacer a favor del prójimo. Lo cual es algo irreprochable. Sin embargo, cabe la posibilidad de que el mundo haga suya esta buena idea y entienda, yéndose al extremo que más le interesa —según los criterios del mundo, claro—, que el Dios del que habla esta Iglesia es pura Misericordia y nada más que Misericordia.

El Papa Francisco ha dicho, por ejemplo, que Dios perdona siempre y lo perdona todo[1]. Pero también ha dicho el Papa que Dios no perdona la hipocresía [2]. También dijo por lo visto el Papa a los cardenales que Dios los perdonara por haberlo elegido[3]. Además, y aunque es cierto que Dios perdona a quien verdaderamente está arrepentido, la Sagrada Escritura nos habla de un pecado —¡terrible y misterioso pecado!— que resulta imperdonable: El pecado contra el Espíritu Santo (Mateo 12, 31).

Pero más allá de este pecado, que no es el asunto que aquí nos ocupa, decía que cabe la posibilidad de que el mundo se forje una idea de Dios totalmente desvirtuada y que le lleve a la ruina. Las palabras del libro del Eclesiástico son esclarecedoras: «Del pecado perdonado no quieras estar sin temor; ni añadas pecados a pecados. No digas: “¡Oh, la misericordia del Señor es grande! El me perdonará la multitud de mis pecados”. Porque tan pronto como ejerce su misericordia, ejerce su indignación, y tiene fijos sus ojos sobre el pecador. No tardes en convertirte al Señor, ni lo difieras de un día para otro; porque de repente sobreviene su ira, y en el día de la venganza acabará contigo. No tengas ansia de adquirir riquezas injustas porque de nada te aprovecharán en el día de la oscuridad y de la venganza» (Eclesiástico 5, 5-10).

Según lo anterior, hay un día también para la ira. Un día de la venganza. En el capítulo 16 del mismo libro, sin ir más lejos, leemos: «Porque la misericordia y la ira están con el Señor; puede aplacarse, y puede descargar su enojo. Así como usa de misericordia, así también castiga; Él juzga al hombre según sus obras» (16, 12,13).

Por eso ha dicho siempre la Iglesia que el principio de la sabiduría es el temor a Dios (Eclesiástico 1, 16). Y «los que temen al Señor no dejarán de creer en su palabra; y los que le aman seguirán su camino. Los que temen al Señor inquirirán lo que le es agradable; y aquellos que le aman estarán penetrados de su ley. Los que temen al Señor prepararán sus corazones; y en la presencia de El santificarán sus almas. Los que temen al Señor guardan sus mandamientos; y tendrán paciencia hasta el día que los visite» (Eclesiástico 2, 18-21).

Me temo, por tanto, que amar a Dios no es una cuestión de sentimientos. El amor a Dios, en última instancia, «tiene que probarse del único modo con que el amor a Dios puede ser probado: por la libre y voluntaria sumisión de la voluntad creada a Dios, por lo que llamamos comúnmente un “acto de obediencia” o un “acto de lealtad”»[4]. ¿Podremos, pues, merecer el amor de Dios si desobedecemos y, confiando en su infinita misericordia, vivimos al margen de Él sin convertirnos realmente?
Aunque parezca mentira, después de todo, de tantos sermones y teologías, el primer mensaje de Jesús al comienzo de su predicación es claro: «Convertíos, porque el reino de Dios está cerca» (Mateo 4, 17). ¿Será realmente necesaria entonces la conversión personal, si Dios es pura Misericordia y nada más que Misericordia? ¿O habremos de temer también la ira de Dios? Que discierna cada cual según sus luces.

Luis Segura

[mks_separator style=”solid” height=”5″ ]

[1] Radio Vaticana

[2] clarin.com

[3] elmundo.es

[4] Leo J. Trese, La fe explicada, Rialp, 2015, 28 edición, p. 48.




Luis Segura
Luis Segurahttp://lacuevadeloslibros.blogspot.com
Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros

Del mismo autor

Monstruos en el Vaticano

El Vaticano, lo que el común de los mortales identifica con...

Últimos Artículos