¿Dónde está la clave de la crisis eclesial?

El título de este artículo requiere sin duda una tesis doctoral para desarrollarlo de forma académica y a la altura que exige un tema tan fundamental como la crisis, más que evidente, de la Iglesia Católica en la actualidad. No obstante, y solicitando disculpa de los lectores con mayor formación intelectual, me atrevo a resumir en pocas líneas lo que personalmente creo es el origen principal de la decadencia presente. Y para ello aludo a una de las más audaces expresiones que el Cardenal Sarah (anterior responsable vaticano de Culto Divino) ha manifestado en varias ocasiones en sus escritos y de forma pública: que la crisis de la Iglesia está tan unida a la crisis de la liturgia que hasta que no se regenere la liturgia no se superará el actual desastre. A partir de ahí hay que apuntar directamente, y sin complejo o reserva alguna, al concilio Vaticano II y, sobre todo, a su reforma litúrgica.

Una vez concluido dicho concilio sucedió algo bastante sorprendente: se dijo al mundo entero que se trataba de un concilio pastoral y no dogmático (como si lo fue Trento) y a la vez que, poco más o menos, era como un punto de inflexión en la historia de la Iglesia Católica. Por una parte concilio pastoral no dogmático y por otra, y en unión, concilio no revisable e indiscutible. Incluso un cardenal no calificado precisamente de “progresista”, el cardenal Müller, llegó a comparar el concilio a la misma resurrección de Jesucristo (entrevista en mayo de 2016) en cuanto a la necesaria aceptación de ambas realidades.

Es más que evidente que la Iglesia entra en su peor crisis a partir de la clausura del concilio, y esa evidencia explota sobre todo en la década de los setenta del siglo pasado, y sus consecuencias siguen y crecen. El problema viene cuando, ante esa evidencia, surgen en la Iglesia dos corrientes de pensamiento teológico/pastoral muy bien definidas:

1: La llamada corriente “progresista” que defiende un supuesto “espíritu” del concilio para llevar a cabo transformaciones en la Iglesia para, en la práctica, hacerla del todo protestante y, por tanto, negar el que fuera concilio dogmático de Trento en la mayoría de sus documentos.

2: La llamada corriente “conservadora” que se opone a la progresista con el argumento (que defienden casi como dogma) de la “mala interpretación” del verdadero concilio que debe “descubrirse”.

Entre una y otra corriente parece obviarse la verdadera CLAVE de la crisis: es el mismo concilio, y no su interpretación negativa o manipulada. Teólogos de primer orden como Brunero Gherardini con su magnífica obra “Vaticano II: una explicación pendiente” dan en la tecla y lo hacen de forma concreta y sin tapujos. No se trata de aplicar bien el concilio sino de hacerle una enmienda o revisión, ya sea total o casi total, habida cuenta precisamente por su carácter pastoral y no dogmático. No pocos teólogos de línea conservadora, y sobre todo cercanos a los llamados “nuevos movimientos laicales” insisten en la necesidad de desarrollar el magisterio, sobre todo, de Juan Pablo II y Benedicto XVI, para salvar la situación y terminar con la crisis. Sin duda alguna hay abundante magisterio positivo para desarrollar pero se pierde la clave principal que es la reforma de un concilio que en su mismo espíritu admitiría perfectamente una reforma total, parcial o hasta ser de nuevo convocado. Su naturaleza pastoral lo admitiría sin problema alguno que afectase al depósito de la Fe.

Tengamos en cuenta, a la luz de los hechos, que un concilio que nace con una impronta decididamente humanista, de optimismo antropológico (ver discurso de apertura de Juan XXIII al mencionar que el hombre por sí mismo puede rechazar el mal) induce directamente al buenismo teológico hoy reinante que converge totalmente con el ideal masónico de la revolución francesa de 1789 cuyo triunfo supuso la herida mortal para la cristiandad. Los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI han luchado, con toda su buena intención que solo Dios conoce, por implantar en la Iglesia esa línea llamada de “hermenéutica de la continuidad” que como bien define Roberto de Mattei trata de “conciliar lo irreconciliable”: el concilio con todas sus ambigüedades y errores con la tradición de la Iglesia. Ese fenomenal empeño de los Pontífices anteriores tuvo su etapa triunfal en esas apariencias de multitudes en convocatorias internacionales como JMJ, jornadas de la familia, viajes apostólicos…etc cuyo balance final habría que evaluar con suficiente prudencia para no confundir meros sentimientos pasajeros con actitudes reales de conversión.

Otros teólogos o purpurados de altura, como por ejemplo Monseñor VIgano, apuntan sin temor alguno a esa clave de revisión profunda del concilio. Podría decirse que, en general, la clave de la solución de un problema no reside en limitar los efectos sino en descubrir la raíz, la causa, para trabajar directamente sobre ella. La cuestión es que hace falta mucho valor, y sobre todo mucha humildad, para atreverse a hacerlo en relación a la crisis de la Iglesia Católica: valor por enfrentarse a enemigo poderoso y sostenido por el mundialismo político, y humildad ya que frente al dicho castellano antiguo  “sosteneya y no enmendaya” (sostener el error pase lo que pase para no dar brazo a torcer) se impone otro dicho, del poeta británico Pope “rectificar es de sabios”.

Padre Ildefonso de Asís
Padre Ildefonso de Asís
Sacerdote tradicional sin complejos y con olor a pastor

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