[Renaissance Catholique] Nos hemos reunido con Mons. Schneider, obispo auxiliar de Astana, en Kazakhstan. Acaba de publicar en la editorial Contretemps, Corpus Christi. La Comunión en la mano en el corazón de la crisis de la Iglesia, y habla periódicamente sobre la situación de la Iglesia.

Excelencia, aunque muchos de nuestros lectores ya le conocen, ¿podría usted presentarse?

Athanasius Schneider: Nací en 1961 en el Kirghizistan, que formaba entonces parte de la Unión Soviética, en el seno de una familia católica de origen alemán. Mis padres son alemanes del Mar Negro pero originarios de Alsacia, cerca de Haguenau. Después de la IIª Guerra Mundial mis padres fueron deportados, en condiciones inhumanas, por Stalin a los Urales para realizar trabajos forzados. ¡Ha sido gracias a la fe Católica como han podido sobrevivir mis padres! He tenido el privilegio de recibir esta fe “con la leche materna”, por decirlo de alguna manera, a la vez que los Sacramentos y vivir mi vida cristiana en una Iglesia clandestina. Después, por una gracia especial de Dios, pudimos emigrar a Alemania. En 1982 entré en la Orden de los Canónicos Regulares de la Santa Cruz, en Austria, antes de ser enviado a Brasil como misionero, donde recibí la ordenación sacerdotal en 1990. En 1997, obtuve en Roma el doctorado en Patrología. A partir de 1999 enseñé teología en el seminario inter-diocesano de Karaganda, en Kazakhstan. En el 2006, fui nombrado obispo auxiliar de Karaganda y, en el 2011, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María en Astana, la capital de Kazakhstan. Actualmente soy secretario general de la Conferencia episcopal de Kazakhstan y presidente de la comisión de liturgia.

arton440-b023eEl tema de su libro es La Comunión en la mano. ¿No hay cuestiones más urgentes que tratar a día de hoy en la Iglesia que ésta de la comunión en la mano?

A.S.: Efectivamente, parecería que en la Iglesia existen temas más urgentes que tratar, además de la comunión en la mano, sin embargo no es más que mera apariencia. En efecto, la Iglesia vive hoy una auténtica tragedia ya que, la realidad central en la Iglesia y sobre la tierra, ha sido eclipsada, puesta en un segundo plano y por tanto banalizada: el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. El Concilio Vaticano II nos ha recordado esta verdad: “La Eucaristía es la fuente y la cima de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11) y “la Santa Eucaristía contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q. 65, a. 3 ad 1), “es decir a Cristo mismo” (Presbyterorum ordinis, 5). La Eucaristía y la santa Comunión no son una cosa, ni siquiera la más santa, sino una Persona: el mismo Jesucristo. Mientras que la adorable Persona de Cristo, escondida bajo las humildes especies sacramentales, sea tratada de una manera tan banal, indelicada y superficial como sucede a día de hoy, en la Iglesia no podrá producirse un verdadero progreso espiritual. Si el corazón de la vida de la Iglesia es la Eucaristía, cuando la forma de tratarla se vuelve manifiestamente defectuosa, el corazón mismo de la vida de la Iglesia se debilita. Y cuando el corazón está débil, todas las acciones del cuerpo se tornan menos eficaces. Si no nos tomamos en serio la exigencia de la fe eucarística, es decir, la disposición del alma en estado de gracia y la manera altamente sacra de tratar a Nuestro Salvador y Señor en el momento de la Santa Comunión, continuaremos viviendo en una situación a la que se aplican estas palabras de Dios: “Si Dios no construye la casa, en vano trabajan los constructores” (Sal 127, 1). Ciertamente que existen cuestiones muy importantes en la vida de la Iglesia contemporánea: la transmisión, en toda su pureza, de la fe católica respecto a las verdades centrales del dogma y de la moral por medio de la catequesis y del testimonio público, la urgencia por defender la vida humana (contra la plaga del aborto), la familia (contra el divorcio, el concubinato, la poligamia), la necesidad de redescubrir el sentido natural de la sexualidad humana (contra la ideología neo-marxista de género). Todos estos compromisos, necesarios y urgentes, serían ciertamente más eficaces y mejor bendecidos por Dios, si la Iglesia pusiese de una manera muy concreta la mayor de las atenciones en el Señor eucarístico especialmente en la Santa Comunión.

¿Cuáles son las principales dificultades que conlleva la Comunión en la mano?

A.S.: Entre los principales problemas que trae consigo la Comunión en la mano es preciso señalar antes los dos hechos más graves. En primer lugar, una parte importante de las partículas de la Sagrada Hostia que caen al suelo y son pisoteadas, y a continuación, el número de robos de Hostias consagradas, que no hace sino aumentar. Además la ausencia cuasi absoluta de gestos manifiestos de adoración y de la sacralidad en el momento de la distribución y de la recepción de la santa Comunión entrañan, con el tiempo, una disminución e incluso una pérdida de la creencia en la presencia real y en la transubstanciación. El gesto moderno de la Comunión en la mano –sustancialmente diferente del gesto análogo en la primitiva Iglesia- contribuye a la banalización e incluso a la profanación no sólo de la realidad más santa, sino de la Persona, la más santa, que es Nuestro Dios y Señor Jesucristo. La fe en la centralidad del misterio eucarístico y en consecuencia del misterio de la Encarnación está notablemente eclipsado por esta práctica litúrgica. Martín Lutero, por ejemplo, gimió y lloró cuando unas gotas de la Sangre del Señor cayeron sobre un reclinatorio. ¿Cuántos sacerdotes y fieles se pondrían a suspirar y a llorar limpiando los lugares donde se han desperdigado partículas de la Hostia Santa? Cuando, por ejemplo, en una sinagoga el libro de la Torah cae al suelo accidentalmente, la comunidad judía que está presente guarda un día de ayuno y penitencia. ¿Cuántas parroquias católicas ayunan y hacen penitencia, cuando las partículas eucarísticas caen al suelo o son robadas? Recordémoslo: de la fe y de la práctica eucarística depende hoy el futuro de la Iglesia.

¿Cuáles serían las soluciones para volver a la práctica tradicional en la recepción de la Santa Comunión?

A.S.: Es preciso, seguramente, proceder por etapas. Entre los fieles que reciben la Santa Comunión en la mano, la mayoría lo hace con total buena fe. Unos lo hacen por docilidad, por obediencia, porque el párroco o incluso el obispo lo han aconsejado o lo han impuesto; otros, y quizá son la mayoría, actúan por costumbre y por conformismo sin ninguna reflexión. Sin embargo, hay también probablemente personas que comulgan así porque no creen en la Presencia Real. Finalmente, hacemos notar que algunas personas comulgan en la mano con una fe y una devoción profundas motivada por preferencias subjetivas, olvidando desgraciadamente las malas consecuencias objetivas de esta práctica litúrgica. Sugerimos ahora algunas soluciones. Sería necesario, en primer lugar, dar a los niños y a los adultos, frecuentemente, una catequesis y una predicación integral y precisa respecto a la Eucaristía y especialmente sobre la grandeza y la sublimidad del momento de la Sangrada Comunión. Luego, sería necesario explicar en concreto los peligros reales y frecuentes de la pérdida y del robo de las partículas eucarísticas, poniendo sobre todo en evidencia el hecho horrible de que Nuestro Señor Eucarístico en innumerables iglesias de todo el mundo es pisoteado por los fieles. Después, es preciso informar a los fieles que la Comunión en la mano es una excepción a la ley litúrgica, un indulto, insistiendo a la vez sobre el hecho de que la Comunión en la boca y de rodillas es la norma. Esto exige lógicamente poner un reclinatorio, un comulgatorio o incluso mejor todavía una balaustrada a disposición de los fieles para no discriminar a los que tienen el derecho de recibir la Sagrada Comunión en la boca y de rodillas. Otra medida útil sería que el obispo diocesano publicase una carta pastoral específica sobre la Eucaristía y la Sagrada Comunión invitando insistentemente y con argumentos a los fieles a recibir al Señor Eucarístico en la boca y de rodillas. La Santa Sede debería hacer lo mismo con todos los obispos de todas las diócesis del mundo. El último paso en este proceso sería la prohibición formal de la práctica de la Comunión en la mano.

¿Qué recibimiento ha recibido este libro entre sus hermanos obispos y en la Curia?

A.S.: Mi libro ha recibido una buena acogida por parte del Papa Benedicto XVI. Cuando le envié mi primer libro Dominus est me escribió una carta autógrafa, donde me decía entre otras cosas que mis argumentos eran convincentes. Igualmente he enviado Corpus Christi, acompañado de una carta, al Papa Francisco y la Secretaría de Estado me ha respondido en el nombre del Papa: “Su Santidad aprecia las preocupaciones que Usted refleja en su carta y también sus esfuerzos por promover el amor y el respeto por el gran sacramento de la Eucaristía”. He recibido igualmente cartas de gratitud y estima por parte de varios obispos y de algunos cardenales. Pero, la gran mayoría de las reacciones favorables y de reconocimiento ha sido la de simples fieles, muchos de ellos jóvenes, de todas las partes del mundo. Con emoción conservo un centenar de mensajes provenientes de personas mayores y de diversos países: una hermosa sinfonía católica de homenaje, defensa y amor por Nuestro Señor En la Eucaristía. Que Dios haga que la voz de los que han conservado la integridad de la fe eucarística en la pureza y simplicidad de su corazón, la voz de los pequeños y de los “pobres de Dios” (Sal 33, 7); Mat 5, 3), se haga cada vez más fuerte, a pesar del desprecio y la marginación que deben soportar a veces por parte de los fariseos y de los escribas modernos que ostentan algunos cargos clericales. El tema de la Comunión en la mano es urgente. La voz de los humildes que tienen el

Corazón puro en la fe y constituyen una verdadera periferia eclesiástica, será exaltada por Dios: “Los humildes han visto y se gozan, buscad a Dios y vuestro corazón vivirá. Pues Dios ha exaltado a los pobres” (Sal 69, 33-34). Da la impresión de que entre los clérigos muchos, también incluso entre el alto clero, no han comprendido el misterio de la verdadera grandeza Divina de la Santa Comunión y de la urgencia d la crisis eucarística. Sin embargo, la siguientes palabras del Señor son plenamente aplicables a la actual crisis respecto a la Eucaristía y sobre todo a la crisis causada por la Comunión en la mano: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los poderosos, y se las has revelado a los humildes” (Mat 11, 25).

[Traducido por José Luis Aberasturi y Martínez para Adelante la Fe]

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Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.