Jorgito se encuentra en el parque con sus hermanos durante esta fría mañana de Nochebuena. Mientras que la abuelita y mamá preparan la cena, papá los ha sacado un rato para que se aireen. Es un gran día para Jorgito; le gusta mucho celebrar la Nochebuena en familia, y además, este año el villancico que ha preparado junto a sus hermanos no sale del todo mal. Por eso, el aguinaldo promete y, aunque el dinero que sacan lo destinan a Cáritas, sigue siendo todo un acontecimiento ver como se llena el zurrón de pastor.

—¡Hola, Jorgito! —escucha mientras se afanaba por pillar a su hermano mayor.

—¡Hola, Esteban! —responde contento por encontrarse a su compañero de clase—. ¿Cómo llevas la Nochebuena?

—Bien… supongo —indica su amigo con cierta indiferencia.

—¿Solo bien?

Jorgito anda extrañado… ¡Si la Nochebuena es —con permiso de Reyes, claro— la mejor noche del año! Además, en esta ocasión Esteban tiene mucho que celebrar, pues el Señor le va a regalar un hermanito en pocos meses. ¡Con lo ilusionado que estaba su amigo por dejar de ser hijo único…!

Jorgito llevaba semanas explicándole que lo mejor de tener un bebé en casa es el día que lanza al aire su primera carcajada. Es ahí cuando uno se da cuenta de que se va a divertir un montón con él. Además, los bebes huelen siempre de maravilla… —bueno, salvo cuando vomitan, pero, por fortuna, eso es cosa de mamá y papá—. También le había sugerido que, si podía, no dejara de darle el biberón algún día…e incluso, (muy prudente) le avisó de que más le valía estar lejos cuando su mamá le retirara el pañal la primera vez que tomase alimentos sólidos.

—¡Pero si deberías estar dando saltos! —le dijo animado—. Este año vas a tener un bebé en casa, ¡cómo el niño Jesús!

Esteban se quedó quieto un momento sin saber muy bien qué decir. Estaba apurado. Finalmente respondió:

—No… al final no voy a tener ningún hermanito. Los médicos le avisaron a mamá de que no venía bien. “Es una crueldad traer niños así al mundo”, eso dicen mis padres. Así que, bueno… —silencio incómodo—… ya no tengo hermanito.

Jorgito sintió como si le acabaran de dar un golpe seco en el estómago. Perdió la respiración. Esteban se dio cuenta y se defendió diciendo:

—No pasa nada… ¡Así voy a seguir siendo hijo único! Mamá y papá dicen que soy muy afortunado, pues ahora les tendré solo para mí.

Nuestro protagonista quería gritarle a su amigo que, por favor, dejara de hablar. Cada palabra que pronunciaba le traspasaba un poco más el corazón. Jorgito sabía muy bien lo que esos padres habían hecho. Hacía tiempo que en casa le habían explicado la cruel realidad del aborto. Su propia mamá se tuvo que enfrentar a un médico que le aconsejó una amniocentesis porque su hermanita presentaba un quiste en la cabeza. Desde entonces, siempre encomendaban el cuarto misterio del Rosario a las madres que habían abortado o aquellas que pensaban en abortar. Y, cada vez que pasaban cerca de la “clínica” abortiva cerca de casa, guardaban un silencio de luto hasta que se alejaban lo suficiente de él. ¡Qué horror!

A pesar de todo, Jorgito nunca había vivido esta realidad tan de cerca.

—Quiero irme a casa… Me siento mal —suplicó un Jorgito nauseabundo.

El amigo calló repentinamente y, comprendiendo la reacción de Jorgito —demasiado habían hablado sobre su futuro hermanito como para obviarla—, lo dejó marchar en un silencio cargado de vergüenza.

Ya en casa, Jorgito se echó lloroso en manos de su madre y con extremo horror, le contó lo que pasaba. Mamá, muy seria, se agachó para colocarse a su altura y le dijo:

—Mira hacia el Belén. ¿Qué ves?

El niño se enjuagó las lágrimas de sus ojos y observó el nacimiento. La cuna de paja estaba vacía. Jesús aún no había nacido. Esta noche, después de la bendición de la cena de Navidad, papá lo colocaría en su sitio.

—Falta el niño Jesús –le respondió entre sollozos.

—¡Exacto! Y ¿por qué crees que celebramos esta noche su Nacimiento? ¿Por qué crees que cantamos “Ha nacido el Salvador”? ¿Por qué los cristianos vivimos esta noche llenos de gozo?

Mamá esperó paciente a que reflexionara, no había ninguna prisa. Jorgito pensó en el terrible pecado de esos padres; después, también en todos lo que había cometido él a lo largo del año. Meditó sobre el dolor de su Gran Amigo aquel cruel día en que esos padres tomaron la decisión, y sobre cuanto dolor sentiría por todos los terribles pecados del mundo.

“Ha nacido el Salvador”… se dijo canturreando el villancico.

—Jorgito, nos regocijamos porque Dios, a pesar de todo, nos ama. Y manda a su Hijo para salvarnos de todos los pecados. Incluso ese atroz pecado encuentra perdón en el Señor… Solo hay que buscarlo. ¿No es increíble? La Nochebuena está íntimamente ligada a la Pasión, no se puede entender sin ella. Gracias al Nacimiento de Jesús, hay también Redención para la Humanidad. ¿Lo entiendes?

Jorgito miraba al Nacimiento… hasta ahora no lo había comprendido… Ahora, un poco, porque no debemos olvidar que, a pesar de todo, el Nacimiento de Dios siendo un gran Misterio.

Cuando Jorgito se dio la vuelta, mamá ya no estaba. Lo había dejado solo en sus meditaciones.

Ya en la Misa de Gallo, nuestro protagonista se acordó de pedir por los niños que morían por el cruel delito del aborto. Y también por sus mamás. Al acostarse, su madre le preguntó si se sentía mejor.

—Aún me duele cuando respiro —le respondió sincero.

—Ese es el signo del cristiano, Jorgito. Estamos atados al sufrimiento de la cruz. El día que no sientas dolor, habrás dejado tu cruz a un lado. Ese día, ¡preocúpate! —mamá guardó silencio unos instantes, después continuó—; el mundo te ofrecerá huir del sufrimiento… pero no olvides que Jesús está crucificado, y todos estamos llamados a vivir en Él.

Mamá le dio un cálido beso en la frente y lo envolvió en su manta. Jorgito sonrió con tristeza y derramó una lágrima al volver a pensar en ese niño. Pero también se acordó de Jesús, recién nacido en la cuna, y su corazón echó fuera a la amargura. ¡Que Dios más grande, que nace por nosotros pecadores!

“Ha nacido el Salvador…”, fue la última estrofa que le cantó al Niño Jesús antes de dormirse.

Mientras tanto, a la misma hora, en casa de Esteban se escuchó un grito:

—¿Qué te pasa, Esteban? —preguntaba su madre mientras corría a su habitación.

El niño se había despertado de una terrible pesadilla: soñaba que sus padres le echaban de casa porque no había sacado suficientes notas, porque no era lo bastante guapo o porque no se portaba lo bastante bien.

—Nada, mamá —le dijo entre sollozos —no me ocurre nada.

Su madre se marchó preocupada a la cocina. Esteban llevaba varias noches orinándose en la cama.

—No te preocupes, cariño, es solo una llamada de atención. Los niños son así —le comentó su marido tratando de quitar hierro al asunto mientras secaba las copas vacías de un champán bebido sin saber por qué.

Mónica C. Ars.

Mónica C. Ars
Madre de cinco hijos, ocupada en la lucha diaria por llevar a sus hijos a la santidad. Se decidió a escribir como terapia para mantener la cordura en medio de un mundo enloquecido y, desde entonces, va plasmando sus experiencias en los escritos. Católica, esposa, madre y mujer trabajadora, da gracias a Dios por las enormes gracias concedidas en su vida.