En la vida de la fe, la correcta comprensión de la conciencia es esencial. Un conocimiento sólido de la Doctrina católica respecto de la conciencia, hace posible la vida moral. Contraria y desgraciadamente, una comprensión defectuosa de la conciencia puede corromper y hasta destruir la vida moral.

«La conciencia moral puede definirse: el dictamen o juicio del entendimiento práctico acerca de la moralidad del acto que vamos a realizar o hemos realizado ya, según los principios morales».1

Refiriéndose a la moral cristiana, Pío XII decía que hay que buscarla «en la ley del Creador impresa en el corazón de cada uno y en la Revelación, es decir, en el conjunto de las verdades y de los preceptos enseñados por el Divino Maestro. Todo esto -así la ley escrita en el corazón, o la ley natural, como las verdades y preceptos de la revelación sobrenatural- lo ha dejado Jesús Redentor como tesoro moral a la humanidad, en manos de su Iglesia, de suerte que ésta lo predique a todas las criaturas, lo explique y lo transmita, de generación en generación, intacto y libre de toda contaminación y error».2 

«Existen normas objetivas de moralidad, válidas para todos los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Tenemos que amoldar nuestra conciencia a la enseñanza de Cristo y de la Iglesia».3

Nuestro Señor Jesucristo dijo que su alimento era hacer la voluntad de Aquel que lo envió (Juan 4, 34), y en otra ocasión, Él dijo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado (Juan 6, 38). A los que no creían les dijo: Yo siempre hago lo que le agrada (Juan 8, 29).

He ahí la llave de la moralidad: hacer la voluntad de Dios.

Como Dios desea que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1Tim 2, 4), y como Él es inmutable, llamamos ley a su fin o propósito para nosotros, y cuando esa ley trata del comportamiento humano la llamamos ley moral.

«Si el acto cognoscitivo se refiere a la acción que se va a hacer en relación con su fin, se llama conciencia moral, la cual se divide en habitual y actual. La primera no es otra cosa que la disposición del entendimiento a intuir rápidamente los principios supremos de la actividad humana en orden al fin (normas morales), como por ejemplo, que se debe hacer el bien y evitar el mal. Esta disposición del entendimiento se llama también sindéresis.

La conciencia actual consiste en el juicio práctico de la razón sobre la moralidad de una acción a realizar: es, pues, la aplicación de los principios universales de la sindéresis a los casos prácticos particulares. Esta conciencia puede ser cierta (si no hay temor de errar) o dudosa (si hay motivos que militan en favor y en contra de la acción); además, la conciencia moral puede ser verdadera o errónea, según que vea y escoja lo justo o se engañe. El error es invencible o sin culpa cuando no puede evitarse, y vencible, y por lo tanto culpable, si puede superarse».4

«No se debería creer que la ignorancia excusa a los no creyentes… Cuando eres ignorante de lo que puede ser conocido fácilmente, debes sufrir el castigo… Cuando hacemos todo lo que está a nuestro poder en materias que desconocemos Dios nos tenderá su mano; pero si no hacemos lo que podemos, no disfrutaremos de la ayuda de Dios… ¿Cómo obtendrán perdón los que viendo la doctrina de la verdad derramada ante ellos, ¿no hacen esfuerzo para conocerla?».5

La conciencia:

1ª. Nos recuerda siempre practicar el bien y evitar el mal.

2ª. Hace un juicio sobre el bien y el mal en una situación específica.

3ª. Atestigua el hecho después: el bien o el mal que hemos hecho.

Hay una necesidad eminente y urgente de formar una conciencia personal recta, noble, para ello necesitamos tres elementos importantes, necesarios que son el estudio, la obediencia al Magisterio y la oración.

1º: El estudio y la consiguiente reflexión, o sea, la educación intelectual que a esta altura no ha de ser sino filosófica y teológica, en el verdadero sentido de la palabra.

2º: La obediencia, porque la conciencia, si bien subsiste sola, no es autónoma. Obedece a Dios sin duda, pero también a quién, o a quienes Dios, en su Plan Salvífico ha puesto en nombre de Cristo, precisamente para indicar el camino en el bosque, y me atrevo a decir que sin este ejercicio de obediencia, en el Santuario de la propia interioridad no se encuentra el verdadero camino, o sea, como la ley se aplica aquí y ahora para bien mío y de los demás hombres.

«La conciencia, por tanto, no es una fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella está grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que se basa el comportamiento humano, como se entrevé ya en la citada página del Libro del Génesis. Precisamente, en este sentido, la conciencia es el « sagrario íntimo » donde « resuena la voz de Dios ». Es « la voz de Dios » aun cuando el hombre reconoce exclusivamente en ella el principio del orden moral del que humanamente no se puede dudar, incluso sin una referencia directa al Creador: precisamente la conciencia encuentra siempre en esta referencia su fundamento y su justificación».6 

La conciencia bien formada se deja guiar por las enseñanzas doctrinales, se ajusta al Magisterio de la Iglesia, quien los ignora se equivoca. El Magisterio de la Iglesia será incómodo pero es imprescindible.

3º: Junto al estudio y a la obediencia la oración, o sea, la preservación y el ensanche del espacio interior de la conciencia.

«Nadie en efecto -se lee en San Juan- puede venir al Señor y obedecerle, si el Padre no le trae».

La Religión es doctrina, usos, tradiciones, plegarias, conducta, y también ideal, orientación, impulso, motivación y vida, y de todos estos tesoros se priva la persona que no estudia la Religión, que desconoce sus numerosos atractivos, que ignora sus ayudas, que olvida su meta.

Quizás sea el pecado más influyente en nuestra generación, ya que de esa ignorancia empobrecedora se llega lógicamente a la falta de ilusión, de fortaleza, de iniciativa, de consuelo, y la Religión es una creación de Dios para el hombre, no es una invención de sabios es un camino señalado nítidamente para evitar peligros y avanzar por sendas seguras. Apartarse de las señalizaciones es procurar una serie de lamentables infortunios, tanto para sí como para los que de alguna manera reciben nuestra influencia.

Jesús alude a los peligros de la deformación de la conciencia cuando advierte:

«La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!» (Mt 6, 22-23).7

Un pecador puede, resistiendo largo tiempo a la gracia, dejar su conciencia tan oscurecida que ella se vuelve insensible al llamado de Dios.

«Porque la sabiduría no entrará en alma maligna, ni habitará en el cuerpo sometido al pecado».8

Nada valen en tal caso las razones. Sólo puede entonces la oración. Uno ya no habla al impío de Dios, sino a Dios del impío.

Y la Religión es relación con Dios, mediante la reflexión, el coloquio, la presencia privada de Dios en la mente y en el corazón, no se trata de una oración fórmula, sino de una oración convicción, oración necesidad de comunicación, oración vivencia de Dios, oración gozo del Espíritu Santo.

Reflexión-estudio, oración y obediencia son las tres bases imprescindibles sin las que la Religión no será vida, sino papel pintado.

Germán Mazuelo-Leytón

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1 ROYO MARÍN OP, ANTONIO, Teología moral I, nº 150.

2 PÍO XII, Alocución, 23-III-1952.

3 JUAN PABLO II, Encíclica Veritatis splendor.

4 PIETRO PARENTE, ANTONIO PIOLANTI y SALVATORE GAROFALO, Diccionario de teología dog,ática.

5 SAN JUAN CRISOSTOMO, Epístola a los Romanos, Hom. 26.

6 JUAN PABLO II, Encíclica Dominum et Vivificantem, nº 43.

7 JUAN PABLO II, Encíclica Veritatis splendor, 63.

8 Sab 1, 4.

Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines