Comentario del blog: Recomendamos principalmente a las mujeres (no importa su edad) la lectura de esta publicación.

El Serafín de Padua dice también que la lujuria enreda y engaña a muchas criaturas, dándoles a entender que algunas torpezas no son pecados, o que son leves, y que fácilmente se perdonarán.

Para la prueba eficaz de estos perniciosos engaños alega el Santo las palabras del Sabio desengañado, que decía a su hijo: Guárdate de la mujer inquieta y lujuriosa; porque te engañará con sus halagos venenosos, y te perderá. Con sus palabras dulces te llevará encantado y con sus profanos adornos enredará a tu alma (Prov. VII).

De estos perniciosos y torpes engaños está lleno todo este miserable mundo.No quieren acabar de creer algunas criaturas insensatas, principalmente mujeres, que las vestiduras profanas, provocativas de torpeza, son un continuo pecado mortal; aunque se lo dicen los doctores y maestros de la santa Iglesia, no los quieren creer, ni desengañarse, ni menos enmendarse.

La torpe lujuria las engaña, y nada las desengaña; porque no quieren ser desengañadas.

Así lo dice San Bernardino de Sena: No quieren creer. Nuestro Señor Jesucristo dijo, que los que no quieren creer a los predicadores apostólicos, ni a los Profetas, aunque resucite un muerto, y les predique, no le creerán. Así sucede con las mujeres perdidas y escandalosamente profanas, que aunque les prediquen San Pedro y San Pablo, y todos los santos Doctores de la Iglesia, no quieren reformarse, ni ponerse con la honestidad que deben, como verdaderas cristianas.

El Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, dice en su primera Carta, que las mujeres casadas estén sujetas a sus maridos, y les complazcan en todo lo justo, adornándose con honestidad y modestia como las mujeres santas antiguas. He aquí sus precisas palabras: Asi mismo las mujeres sean obedientes a sus maridos… No sea el adorno de éstas exterior, o cabellera rizada, o atavíos de oro o gala de vestidos… Porque así también se ataviaban antiguamente las santas mujeres que esperaban en Dios, sujetas a sus propios maridos (1 Petr, ni, 1.). También es justo que las doncellas honradas se adornen honestamente conforme a la voluntad de sus padres; porque si han de tomar estado de matrimonio, importa que no parezcan mal a los ojos de los que han de ser sus maridos. De suerte que no reprendemos los decentes adornos, sino los trajes torpes, escandalosos y profanos que usan algunas mujeres perdidas de estos tiempos malignos, con que pierden las almas y pierden al mundo. El Angélico Maestro notó que el mundo se dice maligno de dos palabras latinas, malo igne, que quieren decir mal fuego, y este es el de la impureza que lo abrasa todo. Es el fuego del que dice el Sábio que no puede el hombre esconderle en su seno sin que también ardan las vestiduras (Prov, vi, 27).

El mundo se abrasa con este fuego maldito; y no se puede esconder porque lo vemos con los ojos. ¡Ojalá no se viese tanto! Vemos a cada paso por las calles unas mujeres torpes y desenvueltas, tan escandalosamente vestidas que son la ruina del pueblo cristiano. Viven con ciega obstinación en sus escandalosas profanidades, y no advierten los innumerables daños que hacen.El escandaloso Lucifer hizo caer a los infiernos a la tercera parte de los ángeles, arrastrando con su cola la tercera parte de las estrellas del cielo, como se dice en el misterioso libro del Apocalipsis (Apoc, XII, 4), y estas malditas y diabólicas mujeres, con sus colas y calzados levantados, y adornos escandalosos arrebatan para el infierno a innumerables hombres.Con la provocativa desnudez del seno, mostrando la cerviz, garganta, hombros, espaldas y brazos, se hacen maestras de torpeza y de lascivia; el vestido pegado y angosto, el pie sacado, resaltadas las formas y levantada la cabeza, parecen culebras venenosas. El profeta Jeremías las pinta que son como cazadores que arman lazos y grillos para coger a los hombres. (Jerem, v, 26). Cada cinta que se ponen, es un lazo para este diabólico fin.Las desgraciadas (sin gracia) que de intento se adornan para hacer caer a los hombres, ya están juzgadas, que viven en continuo pecado mortal, y en estado de condenación eterna, y sus confesiones y comuniones son sacrílegas mientras no tienen eficaz propósito de la enmienda de su mala vida. Y en esto no hay duda ni opiniones contrarias, porque así lo tiene declarado el santo Concilio Tridentino (sess. 6, c. q.) y  es decreto de la santa Iglesia.

En cuanto a las que no se adornan por ese mal fin determinado, sino por parecer bien, y seguir a la moda, deben examinar dos cosas: la primera, que no empeñen su caudal y haberes en lo que no pueden pagar para vestir a la moda, con lo cual son gravosa carga a sus maridos, y repugnan la debida reforma en la familia. Estas están en continuo pecado mortal, y en estado fatal de condenación eterna: la segunda, que se engañan pensando que el seguir a la moda porque es costumbre, excuse de pecado.

Para que la costumbre sea legítima, debe tener estas condiciones: que no sea contraria al derecho natural o divino; que no esté expresamente reprobada por los Cánones; que no sea ocasión de ruina o de pecar; que no sea perniciosa al bien común. Cualquiera de estas condiciones que le falte, es irracional corruptela, que no excusa de pecado, como sienten comúnmente los teólogos. Las señoras, si son buenas cristianas, infórmense bien, y tomen consejo de hombres doctos y temerosos de Dios; que éstosentienden lo que más importa para el bien seguro de las almas.

El Señor siente mucho las profanidades de las galas que son escandalosas en su pueblo, y así lo tiene manifestado en varias revelaciones y visiones. A santa Ángela de Fulgino se le apareció Cristo nuestro Señor llagado, derramando mucha sangre de sus heridas, coronado de espinas, y con una pesada cruz sobre los hombros, y le dijo: Por los afeites y profanos adornos de las mujeres, y por los vanos rizos de sus cabellos, Yo padecí esta penetrante corona de espinas: y con los pecados que hacen y ocasionan con la torpe desnudez de su seno, brazos y espaldas, Yo fui cruelmente azotado y llevé la pesada cruz sobre mis hombros.

A la venerable Doña Sancha Carrillo estando en oración un día de Corpus se le apareció Cristo nuestro Señor muy lastimado y afligido. Y preguntándole la Sierva de Dios, qué pecados eran los que le ocasionaban aquellas amargas penas, le respondió, que los trajes vanos y deshonestos que en aquel día se ponían las mujeres, con muchas ofensas de su Majestad. Así se refiere en el Libro de su maravillosa vida.

El señor Palafox en su precioso libro que tituló, “Luz a los vivos con escarmiento de los muertos”, refiere que a la venerable Madre sor Francisca del Sacramento, se le apareció una señora muy principal, vestida de unos harapos viejos y andrajosos que le arrastraban; y le dijo que eran en castigo de las galas superfluas y vanas de que había usado en este mundo.

El venerable P. Luis de La Puente, refiere que un día le dijo el Señor a la venerable doña Marina de Escobar: Mira, hija, al mundo profanado con tantas nuevas vanidades, y demasiadas invenciones para recrear el gusto de los mundanos; y pide con muchas instancias el remedio de tantas profanidades.

A santa Brígida le dijo el mismo Señor, quejándose de las mujeres profanas: ¡Oh enemigas mías! ¿Por  qué despreciáis mi pasión santísima, y no consideráis cómo estuve en la columna atado, con ignominiosa desnudez, por la torpe desnudez que vosotras lleváis en vuestros escotados deshonestos; y con azotes cruelísimos fui lastimado y herido por vuestro amor?

La misma Santa refiere que habiendo caído en los infiernos una joven, por sus trajes escandalosos que su madre le ponía, se le apareció vestida de llamas y le dijo: Madre mía maldita, para mí fuiste peor que los escorpiones, engañándome y enseñándome tus escandalosas vanidades y profanos trajes.   Las vanidades, que de tí aprendí, las pago en mis penas con lamentables suspiros en mis grandes tormentos. No me sirvió de excusa el haber seguido tu voluntad en lo malo.

Al bienaventurado Enrique Susón se le apareció Cristo Señor nuestro, y le dijo: ¿Hasta dónde se han precipitado las mujeres cristianas con sus adornos profanos y escandalosos, que hacen más daño que las rameras gentiles? Mira cuán torpe y desvergonzadamente se ponen delante de los ojos de los hombres con sus vestidos lascivos e indecentes. Las mujeres infieles y gentiles se avergonzarían de lo que ellas hacen gala. Mejor les seria no haber nacido en este mundo, que condenarse para siempre en los infiernos.

El P. Egidio, dominicano, en su precioso libro intitulado: “Escala del cielo”, refiere, que un siervo de Dios vió el cielo abierto para que entrasen las almas, y al mismo tiempo vió también que los demonios horrorosos tendían en el mundo una gran red para estorbar a las criaturas la subida a los cielos: y le fué revelado que aquella red era el lascivo y escandaloso traje de las mujeres profanas. Cuenta también que refiriendo esto a una matrona que vestía semejantes trajes, le dijo la señora: “Padre, si en las vestiduras que yo llevo, tiene complacencia el demonio, ruego a Dios que todo aquello que hay en mí contra su santísima voluntad, se lo lleve el demonio, pues es suyo.” Y apenas hubo dicho estas palabras, cuando se apareció un horrible demonio, y arrebató las profanas vestiduras que la matrona llevaba, diciendo en alta voz: “Estos son los instrumentos y despojos de nuestras victorias.” Así quedó desengañada y escarmentada la señora profana. ¡Ojalá que lo quedasen todas! Amen.

NOTA

El Angélico Doctor habla del ornato femenil en la 2. 2. q. 169. 2, y sienta los mismos principios que el P. Arbiol en este capítulo: que el adorno decente y moderado es lícito; que pueden adornarse las esposas para parecer bien a sus maridos y detenerlos en la vía de sus deberes; que pueden hacerlo las jóvenes que tratan de casarse, para hacerse honestamente atractivas a los que tratan de tomar por esposos. Pero añade que no deben hacerlo las que ni son casadas ni quieren serlo, ni están en estado de serlo. Lo cierto es que en nuestros días el lujo, el deseo de agradar, la avidez de los aplausos, han hecho a la mujer entregarse a las modas y adornos con verdadero frenesí. Hombres pensadores han dicho que esto dificulta los matrimonios y vulgariza la prostitución. En efecto, rehúsa el hombre, que no cuenta con fabulosa riqueza, echarse a cuestas una esposa que pueda gastar en una semana lo que él no podrá ganar quizá ni en un año, y de allí es que mira con horror al matrimonio. Y entonces busca placeres menos costosos; y la mujer por su parte, no hallando quien haga los enormes gastos de su tocador, vende su cuerpo y su alma, su reputación y su honor por unos girones de seda y unas brillantes bagatelas. En cuanto a las modas, son horribles: todas deforman más o menos la cabeza, cosa que agrada mucho a Satanás, como prueba con asombrosa erudición el señor Gaume, en su Tratado del Espíritu Santo, capítulo XXII de la 1era parte; cubre la frente con lo que llaman tupé(Mechón de pelo levantado sobre la frente) dando al semblante el aspecto del mono, de donde los sabios del día (dicho sarcásticamente) hacen derivar al hombre; realza, abulta, manifiesta y pone de relieve las formas más provocativas que la modestia debería por el contrario cubrir, atenuar, disimular y ocultar ; estrecha los vestidos de tal manera, que cada paso es una provocación, y la sola presencia un insulto al pudor y a la modestia. He aquí un foco de malos deseos, de indignos pensamientos, de locos y tempestuosos amores, de apego estrechísimo al siglo vano, y de olvido de Dios, de su ley, de la religión y del alma. El mal es inmenso y casi sin remedio: la predicación fracasa y aun es objeto de sangrientas invectivas cuando ocupa ese terreno; el confesonario no es frecuentado por esa clase de personas; la instrucción religiosa no puede abrirse paso en gentes que solo gustan la venenosa lectura de las novelas. Algunas almas se escapan ingresando a piadosas congregaciones, como las Ordenes Terceras, y la Asociación de las Hijas de María, ambas recomendadas solemnemente por el actual Pontífice (León XIII) en repetidos documentos. Pero para todo esto senecesitan operarios instruidos y celosos. La mortalidad de los sacerdotes es un verdadero castigo; y la escasez de las nuevas vocaciones un azote tremendo. Hay que atizar el fuego de la oración, y promover el espíritu de reparación. ¡Dios por su infinita misericordia, se digne remediar tantos males!

“PADRE ARBIOL”