La liturgia, el culto a Dios, es una realidad tan grande que para encontrar su origen nos debemos remontar a Dios. En la contemplación de su infinita perfección, Dios se alaba y se glorifica sin fin, amándose con un amor eterno. Solo Dios puede darse en plenitud culto a Sí mismo. Solo Él es infinito y eterno y, como tal, merece un culto infinito y eterno, que solo Él puede darse a Sí mismo.

Este culto – la divina Liturgia – realizado por Dios, ha tenido una manifestación visible – verdaderamente litúrgica- solo cuando la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, ha tomado la naturaleza humana, para rendir el pleno culto de adoración a Dios. Y así, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, asocia al hombre que le acoge a su adoración eterna, a la divina Liturgia de la Trinidad.

Jesús, Liturgo del Padre

“Dios – afirma Prosper Geranger en su célebre obra Las instituciones litúrgicas – ha amado tanto al mundo que le ha dado a su único Hijo, para que lo instruyese en el cumplimiento del culto digno de Dios. Tras haber sido anunciada durante 40 siglos, una oración divina fue ofrecida, un sacrificio divino fue realizado, y todavía ahora y por la eternidad, Jesús, el Cordero inmolado se ofrece en el altar sublime (de la cruz, de la Iglesia y del Cielo), y rinde el culto de la única Religión verdadera, en nombre de los miembros de quienes Él es la Cabeza”.

Antes de Jesús, la Liturgia es practicada por los primeros hombres en el acto del sacrificio. Pensemos en los sacrificios de Caín y Abel, al de Noé, que lo continúa tras el diluvio. Abrahán, Isaac y Jacob ofrecen sacrificios y levantan altares como “figura” del sacrificio de Jesús. Melquisedec, envuelto en el misterio de un Rey-Pontífice, tiene en sus manos el pan y el vino con los que ofrece un sacrificio pacífico, también él más que nunca figura del Sacrificio de Jesús.

En esta época primitiva, la Liturgia nunca es fluctuante y arbitraria sino precisa y determinada. No es invención de un hombre, sino impuesta por Dios, que alaba a Abrahán por haber observado no solo la Ley sino también las ceremonias del culto. En la Sagrada Escritura, Dios se revela como el Liturgo, el “Maestro de ceremonias” de su pueblo, como explica Moisés en el Deuteronomio: “¿Qué otro pueblo tiene ceremonias como tienes tú?” (Dt, 4, 8). “Escucha, Israel, las ceremonias y las leyes: aprendedlas y cumplidlas con vuestras obras” (Dt, 5, 1). Nehemías con mucho valor, citando las causas que arruinaron a Israel, no tiene miedo de decir: “No hemos custodiado, Señor, tu mandamiento y tus ceremonias” (Ne, 1, 7).

Todo se vuelve claro y cumplido en Jesús. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios se hizo hombre para cumplir a la perfección el culto, la tradición litúrgica de Israel, para dar a la humanidad el culto, la Liturgia verdaderamente digna y agradable a Dios. Tras su nacimiento, Jesús fue circuncidado, ofrecido en el templo de Dios, rescatado como establecía la Ley de Dios. Desde la edad de doce años visitó el templo y fue a menudo a ofrecer en él su oración en los años de su vida oculta y en los de su vida pública.

Comenzó su misión con un ayuno de 40 días; santificó el sábado, proclamándose Señor suyo; consagró con su ejemplo la oración en el corazón de la noche. En la última Cena, Jesús celebró la gran Acción Litúrgica con la Institución del Sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre, ofrecidos al Padre, y proveyó a su cumplimiento hasta el final de los siglos. Pocas horas después, Jesús concluyó su vida mortal, ofreciéndose en sacrificio en la cruz en adoración-alabanza a Dios, en expiación de los pecados y en impetración de salvación por la humanidad. Es el culto perfecto, la Religión absoluta, la liturgia definitiva, que la humanidad unida a Él ofrecería al Padre.

Con su vida, muerte, resurrección, Jesús estableció un Sacerdocio y un Sacrificio sin ocaso, que dura eternamente (Heb, 7, 24), una Liturgia que nunca será superada. Pero Jesús estableció también las grandes líneas de la Liturgia y del culto cristiano.

Todo viene de Jesús

Con la agudeza y la lucidez que le es propia, Santo Tomás de Aquino afirma que “per suam passionem, Crhistus initiavit ritum christianae Religionis” (por medio de su Pasión, Cristo inició el rito de la Religión cristiana): así, Jesús inauguró el culto cristiano comenzándolo incruento en la última Cena y lo consumó cruento en su Sangre en el Calvario. Debemos también a Jesús el rito exterior de los tres Sacramentos más importantes: el Bautismo, la Eucaristía y la Penitencia (= la Confesión).

Del Bautismo precisó la materia (= agua) y la forma (= las palabras: Yo te bautizo en el nombre del Padre…). De la Eucaristía estableció también la materia: el pan y el vino (el pan de trigo, el vino de uva) y la forma de las palabras consecratorias pronuncias por Él en la Última Cena: “Esto es mi Cuerpo…”, “Esta es mi Sangre…”. La Eucaristía debía ser el Sacrificio de la nueva y eterna Alianza, el acto litúrgico más importante, central: así quiso fijar las modalidades sustanciales con las que debía ser perennizada y celebrada.

(Lo que vamos a escribir lo tomamos del texto de M. Righetti, Manuale di storia liturgica, vol. I, Milano, 1964).

En base a las narraciones de los Evangelios:

1) el Señor Jesús instituyó la Eucaristía, gratias agens, pronunciando una fórmula eucarística de adoración y de acción de gracias, elevando una eulogia judía de Pascua a su excepcional y extraordinaria e inaudita circunstancia; y estableció que su Acto (= suprema Actio) fuera repetido por los siglos.

2) Jesús impuso a los Apóstoles que, al representar lo que Él había hecho, lo conmemorasen: “Haced esto en memoria Mía”, teniendo presente que ya, en el ritual judío, la “memoria” no es un mero recuerdo, sino “representación”, “actualización”. ¿De qué? Representación de su sacrificio y de su muerte: su Cuerpo es “ofrecido en sacrificio”, “su Sangre es derramada para el perdón de los pecados”. San Pablo precisa que con la Eucaristía se proclama su muerte: “Anunciáis la muerte del Señor hasta que Él vuelva” (1 Cor 11, 26).

3) Jesús quiso que la ofrenda sacrificial que los Apóstoles debían perpetuar, continuara la fórmula convivial. Pero, atención: no un convite con músicas y danzas mundanas, sino un convite sacrificial del que los creyentes participarían con la “Comunión” (= la manducación) de la Víctima divina que es Él mismo.

Todo esto es indiscutible y tenemos así ya certezas irrefutables. Pero ¿dio Jesús otras “normas litúrgicas”? Podemos responder que sí y aportamos documentación y razones seguras.

A) Los Hechos de los Apóstoles narran que en el tiempo entre la Resurrección y la Ascensión del Señor, Él se dejó ver muchas veces por los Apóstoles, “loquens de Regno Dei” (Hch 1, 3), “hablando del Reino de Dios”. Una de las tradiciones más antiguas de la Iglesia afirma que en aquellos frecuentes “encuentros”, Jesús fijó muchas normas del Culto litúrgico, como había dicho antes de sufrir y morir: “Tengo muchas cosas que deciros que ahora no podéis sobrellevarlas” (Jn 16, 12).

Eusebio refiere que Santa Elena, madre del emperador Constantino, construyó sobre el monte de los Olivos, una pequeña iglesia en una especie de caverna, donde según una antigua tradición, “discipuli et Apostoli… arcanis Mysteriis initiati sunt” (= los discípulos y los Apóstoles… fueron iniciados en los arcanos Misterios).

El texto de un Anónimo, conocido como Testamentum Domini (siglo V) narra que el mismo día de la Resurrección de Jesús, los Apóstoles preguntaron a Jesús: “quonam canone, ille qui praeest Ecclesiae, debeat constituere et ordinare Ecclesiam… quomodo sint Mysteria Ecclesiae tractanda” (= con qué regla, aquel que está a la cabeza de la Iglesia, debe constituir y ordenar la Iglesia… de qué manera deben ser tratados los Misterios de la Iglesia). Jesús les responde y explica con detalle las diferentes partes de la Liturgia.

Amigos, pocos conocen estos textos, pero es necesario conocerlos y meditarlos y crecer en el gozo y en la certeza de estar por don suyo en la Verdad.

Esta “Tradición”, que hemos ilustrado, es acogida por el gran papa San León Magno, el cual, en su sermón LXXII, 2 (P. L. 54, 395), afirma que “aquellos días entre la Resurrección y la Ascensión de Jesús no pasaron ociosos, sino que en ellos fueron confirmados los Sacramentos y fueron revelados grandes Misterios”. El papa Sixto V (1585-1590), en su bula Immensa, cerca de un milenio después, recordará: “La norma de creer y de orar que Jesús enseñó a sus discípulos durante el espacio de 40 días, no hay ningún católico que ignore que Él la confió por su medio a su Iglesia para que fuera custodiada y desarrollada”.

B) El papa San Clemente, discípulo de los Apóstoles y tercer sucesor de San Pedro en la Cátedra de Roma, escribiendo a los Corintios, dice: “Debemos hacer con orden todo lo que el Señor nos mandó que cumpliéramos en tiempos fijados, es decir, realizar las ofrendas y las Liturgias, y no por casualidad y sin orden, sino en circunstancias y en horas establecidas. Dónde y por quién quiere que sean celebradas, Él lo estableció con su soberana voluntad, para que siendo todo cumplido, según su aprobación, fuese bien aceptado por su voluntad” (Cor XL, en M. Righetti, op. cit., p. 42).

C) San Justino (siglos I-II) filósofo, apologeta y mártir, tras haber descrito cómo tiene lugar la celebración eucarística – la Santa Misa –, afirma que es celebrada el domingo porque “en ese día, Jesús, visto por los Apóstoles y por los Discípulos, nos enseñó las cosas que os hemos transmitido para vuestra consideración”. Esto quiere decir que las partes fundamentales de la Misa se remontan a la enseñanza de Jesús en el mismo día de su resurrección.

¿Afirmación genérica? Pero tanto Justino como el Autor anónimo del Testamentum Domini reflejan una tradición antigua y difundida, sumamente creíble. Así, en las comunidades cristianas de los primeros dos siglos, se encuentra un estilo de uniformidad en la acción y en la celebración de la Liturgia eucarística. Esto supone un principio de Autoridad, un método de acción, una organización primitiva que debe remontarse al mismo Jesús.

Por tanto, es bellísimo pensar y creer con la certeza de que la Santa Misa, no solo en su institución, sino también en sus normas fundamentales de celebración, no es obra de unos hombres, que elaboran en un escritorio (o sobre la marcha, según su propia creatividad o capricho) un proyecto de oración, sino que es obra del mismo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote y Liturgo del Padre y de la Iglesia, como siempre ha considerado la insuperable Tradición católica. Sí, amigos, la Santa Misa la inventó Jesús con su amor y su “fantasía divina”, que es regla para nosotros. No los modernistas y los innovadores, sino solamente Jesús es Regla absoluta.

Candidus

(Traducido por Marianus el eremita)

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