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La hermenéutica de la continuidad en Amoris Laetitia

Hemos leído la Exhortación Papal antes de leer ningún comentario. La hemos releído, hemos analizado sus fuentes, hemos contabilizado sus referencias. Hemos visto muchos y variados comentarios. Se nos pide leer en continuidad con el Magisterio de la Iglesia la Exhortación Amoris Laetitia aquí y aquí, y seguramente muchas voces más se levantarán en este sentido.

¿Cómo leer en continuidad con 2000 años de historia de la Iglesia un documento que en sus 391 citas y referencias bibliográficas dedica un escaso 8 % a los 1950 años anteriores; un 34 % a los últimos 50 años y mientras el 56 % son autorreferenciales? Este porcentaje en el conflictivo capítulo VIII aumenta, ya que del total de 54 citas de ese capítulo: el 69 % corresponden a Francisco y los documentos sinodales, el 24% a documentos posteriores al Concilio Vaticano II y el 7% (o sea sólo 4 citas) a los doctores, santos y papas pre-conciliares[1].

¿Cómo interpretar en continuidad con la tradición de la Iglesia si entre las poquísimas referencias a la doctrina elaborada durante siglos hay interpretaciones torcidas de Santo Tomás de Aquino por ejemplo en el n. 301? (ver Teólogo P. Iraburu aquí y  aquí). Tampoco es posible interpretar en continuidad con el Magisterio post Conciliar cuando, como sucede en el n. 298, la cita de Familiaris Consortio está cercenada justo cuando el Papa Juan Pablo II dice refiriéndose a los divorciados vueltos a casar que “asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de parejas casadas”. Tampoco es posible interpretar en continuidad cuando la referencia a Gadium et Spes es errónea ya que el documento del Concilio Vaticano II está hablando de la falta de intimidad en una unión matrimonial mientras que Francisco habla de falta de intimidad en una unión “irregular” (adulterio), aquí.

¿Cómo interpretar en continuidad con Veritatis Splendor,  «la exhortación debe interpretarse en continuidad con la Veritatis Splendor de San Juan Pablo II, que tenía como objetivo presentar las enseñanzas morales de la Iglesia», dice el P. Granados -Vicepresidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios del Matrimonio y la Familia y consultor de la Secretaría del Sínodo de los Obispos- (aquí), cuando las citas a esta Encíclica clave tratándose de enseñanzas morales “ha brillado por su ausencia”? (aquí)

¿Qué significa esto? Esto significa que se ha cumplido lo que había anunciado con bombos y platillos el Cardenal Kasper  “será el primer paso de una reforma que hará dar vuelta la página a la Iglesia después de 1700 años” aquí (nótese que para Kasper la Iglesia no fue fundada por Cristo sino en el año 313 por el Edicto de Milán. ¡Al menos eso hace pensar sus cuentas! Matemática pura). Esto explica la alegría (laetitia) mundana de los medios y sus titulares, aquí.

Como lo ha comentado Sandro Magister el Cardenal Baldisseri, el presentador de Amoris Laetitia, lo ha dicho claramente en una entrevista de ACI Stampa: “El problema no es el de cambiar la doctrina, sino de inculturar los principios generales, a fin de que puedan ser comprendidos y practicados”,aquí y aquí.

De eso se trata pues de “inculturar los principios generales”. Es el mismo método que siguen en la Argentina los Congresos de Mujeres Autoconvocadas, no importan las conclusiones importa que el revoltijo se provoque en cada ciudad del país y esto vaya cambiando la mentalidad. Inculturación, pues de eso se trata por eso hasta el lenguaje empleado es revolucionario o la incorporación de citas de Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Martin Luther King, Mario Benedetti y Erich Fromm.

Por eso tiene razón Roberto De Mattei, cuando califica de catastrófico el documento que impone la moral situacionista, aquí, igualmente que Christopher Ferrara de Remnant aquí y John Vennari de Catholic Family News aquí y aquí; la contradicción a la fe que señala Rorate Caeli aquí; y el triste y cobarde silencio de quienes debieran hablar que denuncia Miguel Ángel Yañez aquí.

Sinceramente creemos que sólo puede leerse a la luz de la Sagrada Escritura que nos habla del Buen Pastor y de los falsos profetas. Porque nos dice la Escritura: “Carísimos, no creáis a todo espíritu, sino poned a prueba los espíritus si son de Dios: porque muchos falsos profetas han salido al mundo. Conoced el Espíritu de Dios en esto: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios, sino que es el espíritu del Anticristo” (I Jn 4, 1-3). Si se pretende imponer algo contrario a la palabra de Jesucristo por más que se diga: Señor!, Señor!, se lo está negando. “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (I Tes 5, 21) podemos así valorar lo valorable del documento: la proclamación de la importancia de la familia, la valoración de las familias numerosas, la condena a la teoría de género y el rechazo a la igualación de las uniones homosexuales con el matrimonio; sin embargo estos no pueden ser árboles que nos tapen el bosque. La obra de Satanás es la obra de la mentira y el engaño “con toda seducción de iniquidad para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor a la verdad. Y por eso Dios les envía poderes de engaño, a fin de que crean la mentira, para que sean juzgados todos aquellos incrédulos a la verdad, los cuales se complacen en la injusticia” (II Tes. 2, 10-12).  “¡Ay de los profetas insensatos que andan tras su propio espíritu! (…) ¿No pronunciáis oráculos mentirosos cuando decís: ‘Dice Yahvé’, siendo así que Yo nada he hablado? (…) ¡Cómo han extraviado a mi pueblo, diciendo: ‘Paz’ y no había paz” (Ezequiel 13, 2; 7; 10). “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 15-20).

Sabemos cuál es la diferencia entre el Buen Pastor, “el que da la vida por las ovejas” (Jn 10, 11), el que es puerta del redil y los malos pastores que “se apacientan a sí mismos” (Judas 12) y “andan tras su propio espíritu” (Ez 13, 2). El que no cuida el rebaño del Señor alimentándolo con los tiernos pastos de SU Palabra y de la tradición de SU Iglesia; el que pretende alimentarlo con sus opiniones está apacentándose a sí mismo y guiándose por su propio espíritu.

Dios tenga piedad de su pueblo. ¡Ven Señor Jesús!

Andrea Greco de Álvarez

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[1] El 56% de las 391 citas que remiten a las referencias bibliográficas pertenecen a los documentos sinodales y al propio Francisco (Relatio Synodi y Relación final: 128; homilías, catequesis, encíclica y exhortaciones de Francisco: 89), hay un 34% de referencias a Documentos del Concilio Vaticano II, de los Papas post conciliares, del Código de Derecho Canónico, del Catecismo y documentos similares; apenas un 8% destinado a las enseñanzas de Santos, Doctores de la Iglesia y Papas anteriores al Concilio Vaticano II y un 2% a otros autores (Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Martin Luther King, Antonin Sertillanges, Josef Pieper, Mario Benedetti, Erich Fromm, Dietrich Bonhoeffer y Gabriel Marcel).




Andrea Greco
Andrea Grecohttp://la-verdad-sin-rodeos.blogspot.com.ar/
Doctora en Historia. Profesora de nivel medio y superior en Historia, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. En esta misma Universidad actualmente se encuentra terminando la Carrera de Doctorado en Historia. Recibió la medalla de oro al mejor promedio en historia otorgada por la Academia Nacional de la Historia. Es mamá de ocho hijos. Se desempeña como profesora de nivel medio y superior. Ha participado de equipos de investigación en Historia en instituciones provinciales y nacionales. Ha publicado artículos en revistas especializadas y capítulos de libros. Ha coordinado y dirigido publicaciones.

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