La osadía del obispo modernista. La humildad de los santos

Este escrito también podría titularse “Tu Verdadero Amigo”, cosa que podrá comprenderse del todo si se tiene la paciencia de llegar al final. San Nicolás de Bari no solo no repartía lo que muchos piensan, sino que repartió lo que muchos ni pensarían que repartiría. El gran defensor de la ortodoxia, allá por el siglo IV y en el Concilio de Nicea, se enfrentó con Arrio, al cual, dada su tremenda osadía y por lo que llegó a decir, le propinó eso que chabacanamente llamamos ‘un moquetazo’. A los del Concilio no les cayó demasiado bien la bofetada, por lo que decidieron castigar a San Nicolás retirándole sus vestimentas episcopales y reduciéndolo a una suerte de prisión.  Por la noche, Nicolás tuvo una visión en la que Jesús le entregaba las Escrituras y María Santísima le devolvía sus vestimentas. Y cuenta la historia que al día siguiente, cuando lo vio el hombre destinado a llevarle la comida, se sorprendió al ver a Nicolás leyendo las Escrituras y vestido como un obispo. Enterado Constantino de lo sucedido exigió que lo liberaran. San Nicolás fue determinante en el referido Concilio, donde finalmente se lo condenó a Arrio. Hay santos que olfatearon en situaciones complicadas el látigo que Cristo usó en el templo, sin miedo alguno a quedarse solos; momentos excepcionales, y, con todo, ellos fueron los verdaderos amigos de Cristo y de los católicos. Por eso digo, ojo: ¡cómo nos sorprenderemos cuando veamos a algunos a quienes los hombres castigaron injustamente, siendo reconocidos por Dios como Sus amigos!

He aquí que el Sr. Obce dice saber mucho sobre la amistad, y, no solo eso, dice vivir la esencia de la amistad; él sostiene apuntar a la “amistad pura y no quedarse solo con accidentes, con cosas secundarias que no van a la esencia”. Y cuando  Obce fue interrogado respecto a qué sabe sobre lo esencial de la amistad y sobre cómo él la vive con sus amigos, expresó que la amistad verdadera implica entre otras cosas poder ultrajar a aquellos a quienes se tiene por amigos, y manifestó también que él lleva a la práctica tal modalidad “esencial” de amistad. Rápidamente cualquier persona con sentido común advertirá sin rodeos que Obce no habla con verdad, que no sabe lo que es la amistad, y que vive, en realidad, siendo un enemigo de aquellos a los que tiene por amigos.

             El obispo modernista queda perfectamente reflejado en nuestro personaje, el Sr. Obce. Habla de que él busca lo esencial; dirá cosas como: “para llegar al Cristo puro y no quedarnos solo en accidentes” hace falta una “evangelización más adecuada al tiempo de hoy”, misión que debe ser llevada adelante entendiendo que también hay que “despojarse de culturas caducas”. ¡Pero qué lejos se halla de lo esencial! Es él quien ha venido a imponer una invención de comunión en la mano, sosteniendo que eso es un regreso a las primitivas formas de comulgar. Admitiendo de momento y solo por fines didácticos que en alguna época primitiva se haya comulgado en la mano –ya en otros artículos expliqué ese error-, lo cierto es que se emitieron expresas prohibiciones papales contra dicha manera de comulgar. Últimamente, fue S.S. Pío XII quien, en su Encíclica Mediator Dei, condenó que se hagan resurgir las ramas que fueron podadas. De modo que se mire por donde se lo mire, la comunión en la mano modernista  -invención de pura cepa demoníaca amasada en la faena vanguardista destructiva-, es una “estructura infernal” hija de la desobediencia.

¿Quedan dudas sobre lo que he dicho sobre el Sr. Obce? Bien, espero que lo que sigue disuada de todo engaño. En el libro “Jesús, Amor Eucarístico” leemos: “¿Qué diremos de la delicada conciencia que los Santos tenían en relación al Santísimo Sacramento? Ellos tuvieron una Fe sin reserva en la Presencia Real de Nuestro Señor aún en la partícula visible más pequeña de la Hostia. Con relación a esto hubiera sido suficiente haber visto como el Padre Pío de Pietrelcina se esmeraba en purificar la patena, el Cáliz, y los demás objetos sagrados que usaba en el altar. ¡Uno podía leer la adoración en su rostro! Una vez que Santa Teresa de Lisieux vio una pequeña partícula de una Hostia en la Patena, después de la Santa Misa, llamó a las novicias y luego llevó la patena hasta la sacristía en procesión, con una gracia y reverencia adoradora, que era en verdad angélica. Y cuando Santa Teresa Margarita encontró un Fragmento de Hostia en el piso cerca del altar, estalló en llanto nada más de pensar en la irreverencia que se podía haber hecho a Jesús; y se arrodilló en adoración frente a la Partícula hasta que vino el sacerdote a recogerla y ponerla en el Tabernáculo. Otra ocasión, al repartir San Carlos Borromeo la Sagrada Comunión, inadvertidamente se le cayó de las manos una Partícula Sagrada. ¡El Santo se consideró culpable de irreverencia a Jesús y se afligió tanto que por cuatro días no se atrevió a celebrar la Santa Misa, y se impuso a sí mismo como penitencia, un ayuno de ocho días. ¿Qué diremos de San Francisco Javier, quien en ocasiones, a la hora de distribuir la Sagrada Comunión se sentía invadido por un sentido de adoración hacia Nuestro Señor a quien tenía en sus manos, hasta el punto de que caía de rodillas, y en esa posición continuaba repartiendo la Sagrada Comunión? ¿No era eso un testimonio de Fe y de amor digno del Cielo? (…). Y en algunas ocasiones, San Pío de Pietrelchina levantaba con gran dificultad la Hostia Sagrada entre sus dedos, juzgando que no era digno de permitir que sus manos (las cuales estaban marcadas con las llagas de Jesús), tuvieran contacto con la Hostia. ¿Qué podremos decir de la liviandad tan dolorosa con que se atenta introducir en todas partes que se reciba la Sagrada Comunión en la mano, en lugar de la lengua? En comparación con los Santos, tan humildes, tan angélicos, ¿no presentan estas personas la imagen e rufianes presuntuosos? (Stefano María P. Manelli F.I., ed. Del Alcazar, Buenos Aires, 2016, págs. 122, 123 y 124.

Y bien, con esa facundia característica de los epíscopos consabidos, queda claro que no dan con lo esencial. El obispo modernista se caracteriza muy comúnmente por recurrir a algunos lugares comunes: le encanta decir que él está en “plena comunión con la Iglesia”, y que otros que atacan sus innovaciones y caminos de vanguardia no están en “plana comunión con la Iglesia”. Es él el que desprecia la Tradición Católica en la que ve algo caduco, pero claro, engañosamente, sostiene que los que no están en plena comunión son aquellos que aún defienden a esa Tradición Católica completa. Es él quien con su modernismo innovador ya no está unido a la firmísima doctrina universal, pero abusando de la autoridad señala a los enemigos de las novedades el no estar en la referida plenitud de comunión. También le fascina pedir obediencia y más obediencia para que todos cumplan con sus inventos, siendo que él es un constante desobediente de la Tradición, y, yendo contra San Pablo, no transmite lo que ha recibido sino que transmite lo que ha inventado; dicho eclesiástico es el personaje a quien le cabe de lleno el no soportar la sana doctrina; no la aguanta; apenas la olfatea la persigue como si fuera un cáncer con el que se debe acabar. Le fascina hablar de acercarse al pueblo, de oír lo que el pueblo dice, y de que tal escucha es parte de la nueva adaptación. Y al tiempo que perora a troche y moche su disposición auditiva populista, le importa nada la Tradición que una feligresía tuvo siempre por sagrada, y sin perder tiempo barre con ella apenas la oportunidad se le da: tal proceder, por ejemplo, se ha visto con un hombre de iglesia que, llegado a una diócesis en la que la comunión en la mano siempre se vio mal, se la impuso sin miramiento alguno, dando así por tierra con su prédica de audición benévola, y evidenciando su interna disposición de ataque a la verdadera Tradición Católica. Se afanan por adaptar el Evangelio a los tiempos que corren, y no por acomodar los tiempos que corren al Evangelio. Gastan todo en actividades adaptativas, y de tanto focalizarse en eso diluyen el sagrado depósito. San Pablo dirá a Timoteo: «¡Oh Timoteo!, guarda el depósito, evitando las palabrerías vanas y las objeciones de la falsa ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe». (1Tim 6, 20). La Buena Nueva la trajo Cristo, y fuera de Su depósito no hay más buenas. Su Buena Nueva es gloriosamente eterna y por eso también es siempre joven. No solo no precisa de invenciones antojadizas sino que las rechaza, porque hasta “el cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán” (Mt. 24, 35). El obispo modernista habla del “Cristo puro” y lo trata impuramente. El obispo modernista se balancea camaleónicamente usando un doble lenguaje: afirma por un lado que la liturgia debe ser cuidada, mas por otro lado afirma que pueden realizarse cosas que la degradan; y de la afirmación pasa a la práctica, y la práctica no deja lugar a dudas: viven el ultraje litúrgico, siendo lo más asqueroso de ello el desprecio a Cristo en la Eucaristía.

Entonces, repitamos al obispo modernista fanático de la adaptación a los tiempos: “¿Qué podremos decir de la liviandad tan dolorosa con que se atenta introducir en todas partes que se reciba la Sagrada Comunión en la mano, en lugar de la lengua? En comparación con los Santos, tan humildes, tan angélicos, ¿no presentan estas personas la imagen de rufianes presuntuosos?”

Los falsamente excomulgados, los imputados falsamente de no estar en plena comunión, los mal llamados desobedientes, siguiendo a San Pio de Pietrelchina se consideran indignos “de permitir que sus manos tuvieran contacto con la Hostia”. Es el obispo modernista el que presumiendo de su plena comunión no solo se considera iluminado para hablar del “Cristo Puro”, sino que les dice a la feligresía que son dignísimos de tocar a Cristo con sus manos, dignidad que les permite incluso desparramar las partículas por el suelo. Ya transitando más de la mitad de este 2022, a estas alturas: ¿cuesta tanto darse cuenta quienes son los que realmente están en plena comunión con el catolicismo universal y quienes no?

Como lo esencial de la amistad es buscar el bien del amigo, aunque al obispo que aquí reflejo le guste más las agachadas de aquellos a quienes corre con la falsa obediencia, a la larga me puede considerar su amigo, pues digo lo que no quiere escuchar y pruebo con los Santos dónde está lo esencial.

Tomás I. González Pondal
Tomás I. González Pondal
nació en 1979 en Capital Federal. Es abogado y se dedica a la escritura. Casi por once años dictó clases de Lógica en el Instituto San Luis Rey (Provincia de San Luis). Ha escrito más de un centenar de artículos sobre diversos temas, en diarios jurídicos y no jurídicos, como La Ley, El Derecho, Errepar, Actualidad Jurídica, Rubinzal-Culzoni, La Capital, Los Andes, Diario Uno, Todo un País. Durante algunos años fue articulista del periódico La Nueva Provincia (Bahía Blanca). Actualmente, cada tanto, aparece alguno de sus artículos en el matutino La Prensa. Algunos de sus libros son: En Defensa de los indefensos. La Adivinación: ¿Qué oculta el ocultismo? Vivir de ilusiones. Filosofía en el café. Conociendo a El Principito. La Nostalgia. Regresar al pasado. Tierras de Fantasías. La Sombra del Colibrí. Irónicas. Suma Elemental Contra Abortistas. Sobre la Moda en el Vestir. No existe el Hombre Jamón.

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