El papa León XIII, para condenar el error del liberalismo, escribió una Encíclica sobre la verdadera noción de la libertad. En efecto, para los liberales la libertad es la licencia de hacer todo lo que se quiere, incluso el mal. El Papa reafirma que la libertad es la facultad de elegir los bienes para conseguir el Fin y hacer el Bien, mientras que hacer el mal es signo de libertad, pero no es su esencia. Dios es impecable y, sin embargo, es sumamente libre. Poder pecar es esclavitud y no libertad porque quien hace el mal y el pecado es esclavo del mal y del pecado.

Por ello, la verdadera libertad, que no es la licencia, obra de tal modo que el hombre es dueño de sus acciones y no se convierte en esclavo suyo.

La libertad puede ser usada bien, cuando sigue la recta razón y nos hace conseguir el Fin último; o bien, mal, cuando no sigue la recta razón, se rebela contra ella y turba el orden, alejándonos del Fin.

El liberalismo, mintiendo, afirma que la Iglesia es enemiga de la libertad porque prohíbe hacer el mal o todo lo que agrada a nuestra naturaleza herida por el pecado original y que fácilmente tiende al mal. Este sofisma se basa en la confusión entre licencia (poder hacerlo todo, incluso el mal) y libertad (poder hacer libremente el bien).

Lutero afirmaba que el pecado original había destruido la libertad humana, que está determinada al mal. La Iglesia enseña que la culpa original no destruyó la libertad, sino que solamente la hirió y que el Redentor nos mereció la gratia sanans para restaurar nuestra libertad herida. Por tanto, ella condena a todos los que niegan la existencia del libre albedrío. El libre albedrío es la voluntad que tiene como objeto el Bien y que tiene la capacidad de elegir al actuar. Pues bien, como la posibilidad de errar es un defecto de la inteligencia, así la posibilidad de pecar o de hacer el mal es un defecto de la libertad.

León XIII aplica el axioma aristotélico: “Nada es querido si antes no es conocido” al problema de la libertad y enseña que ante todo el hombre, con el intelecto, juzga si un acto es bueno y después elige el medio mejor para hacer el Bien.

Cuando la voluntad quiere algo irracional vicia el libre albedrío y, como Dios es sumamente inteligente y perfectamente libre, no puede hacer el mal, que sería una deficiencia incompatible con la suma perfección divina.

La ley es necesaria, ya que, para que el hombre sea libre, debe hacer el Bien y, por tanto, debe saber, por medio de la ley, lo que está bien y lo que está mal. La ley ayuda y guía al hombre al actuar bien y libremente, contrariamente a lo que dicen los liberales.

La ley natural está escrita en el ánimo de todo hombre y es la razón que nos manda hacer el Bien y nos prohíbe hacer el mal. La ley eterna o divina es la misma ley natural, pero revelada a nosotros por Dios para hacernos conocer con mayor seguridad el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. Además, Dios nos ayuda fortaleciendo nuestra voluntad herida por el pecado original, dándonos la gracia, que hace más fácil el buen uso de la libertad humana.

La ley civil es dada para el bien común de los ciudadanos, como consecuencia del derecho natural. Ella nos ayuda en la ciudad a vivir según las reglas de la ley eterna y natural, de las que es una especificación. El Papa escribe: “En el orden social, la libertad civil no consiste en hacer lo que le place a cada uno; en efecto, ello daría luz a confusión y desorden; sino únicamente en esto, que con la tutela y la ayuda de las leyes civiles se pueda cómodamente vivir según las leyes de la ley eterna. Del mismo modo, la libertad de los gobernantes no consiste en poder mandar caprichosamente y sin razón, lo cual sería inmoral y sobremanera ruinoso para el Estado; al contrario, las leyes dictadas por los gobernantes deben corresponderse con la ley eterna, no imponiendo nada que, en ella, como en la fuente de todo el derecho, no se contenga” (León XIII, Encíclica Libertas praestantissimum, en Tutte le Encicliche dei Sommi Pontefici, Milano, Dall’Oglio Editore, ed. V, 1959, 1º vol., p. 406).

El Papa explica después que “cualquier disposición del poder público, no conforme a los principios de la recta razón y dañina para el consorcio civil, no tiene vigor de ley” (ivi).

La verdadera libertad es súbdita de la Razón eterna de Dios, que manda el Bien y prohíbe el mal. El dominio de Dios sobre los hombres perfecciona su libertad, ya que “todo ente es perfecto en cuanto que tiende a su fin y lo alcanza” (Aristóteles), que en último análisis es Dios.

Desobedecer a los hombres para obedecer a Dios puede, en algunos casos, ser un deber, o sea, cuando la orden dada a los hombres es contraria a la ley natural y divina.

El ciudadano honesto encuentra amparo contra las violencias de los malos en la fuerza de las leyes, las cuales, en vez de obstaculizar la libertad, la favorecen.

León XIII vuelve a condenar el liberalismo, que confunde la licencia o el libertinaje con la libertad, por lo que cada uno es ley para sí mismo y nadie tiene superiores a los que rendir cuentas. Como se ve, el liberalismo llevado a sus últimas consecuencias desemboca en la anarquía y en el relativismo filosófico, en donde el Bien coincide con el mal y lo falso con lo verdadero según los caprichos o las opiniones de cada uno.

El papa Pecci distingue, después, varias formas de liberalismo: el absoluto o radical, el moderado y finalmente el liberalismo llamado católico o “catolicismo liberal”.

El Liberalismo radical propugna la abolición del culto público, como sucedió más tarde en México en 1926. El Liberalismo moderado cae en contradicción con sus principios, ya que tiene miedo de sacar todas las últimas consecuencias de sus premisas y se detiene a mitad de camino. Según los católicos liberales no es necesario obedecer la ley divina, sino que es necesario observar la ley que nos es dada a conocer por la razón natural. El Papa demuestra que esta proposición suya es contradictoria, ya que tanto la razón como las leyes naturales vienen de Dios, Autor de la naturaleza. Por lo cual, los liberales atemperados son menos liberales, pero siguen siendo siempre liberales y sumamente incoherentes.

El Papa confuta el error cato-liberal escribiendo: “Si la naturaleza misma nos recuerda continuamente que la Sociedad civil debe asegurar y facilitar a los ciudadanos poder vivir una vida honesta, es decir, conforme a la ley divina, ya que el principio de toda honestidad y justicia es Dios, es altamente irracional atribuir al Estado el derecho de no cuidar de aquellas leyes o incluso de luchar en contra de ellas, haciendo leyes humanas contrarias a la divina y natural” (ib., p. 410).

La Iglesia y el Estado, enseña el Papa, tienen fines diferentes y, por tanto, emplean medios diferentes para conseguir sus fines (bien espiritual para la Iglesia y bien temporal para el Estado), pero gobiernan a los mismos sujetos, provistos de cuerpo y de alma. Por tanto, el Estado debe proveer a su bienestar común temporal y la Iglesia al espiritual. Sin embargo, si el Estado, en sus leyes, ordena a los ciudadanos, que son sujetos también de la Iglesia, cosas contrarias a la ley divina y natural, la Iglesia interviene sobre el Estado y lo debe corregir “por razón del pecado”. Es necesario hacer comprender a los liberales que como un cuerpo sin el alma sería un cadáver, así el Estado sin la Iglesia sería la corrupción o la putrefacción del verdadero Estado.

El Papa pasa, pues, a condenar las así llamadas libertades modernas:

Libertad de culto

Según esta teoría, cada uno es libre de profesar la religión que le agrade o ninguna. Pues bien, la verdadera religión es la instituida por Dios. Sabemos que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, fundó su Iglesia, que es la única religión verdadera de la Nueva Alianza.

Desde un punto de vista social, el liberalismo enseña que, si bien el hombre como individuo particular puede tener su religión, el Estado debe ser laico o neutro, es decir, ateo, no debe profesar ningún culto ni favorecer a uno en particular. Pues bien, rebate el Papa, la Sociedad civil viene de Dios, al ser la unión de diferentes hombres creados por Dios y, por tanto, debe como el hombre particular reconocer en Dios a su Padre y a su Autor. Por ello, el Estado debe profesar la única religión verdadera, que es la fundada por Cristo.

El poder civil tiene como fin próximo el bien común temporal. Por tanto, debe facilitar la obtención del Fin último mediante la verdadera Religión.

Libertad de enseñanza

Según esta doctrina, se puede y se debe enseñar lo que más guste, aunque sea falso y malo. Pues bien, rebate el Papa, la inteligencia está hecha para conocer la verdad y confutar el error, mientras que la voluntad está hecha para tender a amar lo que está bien y huir de lo que está mal. Por tanto, la enseñanza pública debe dictar sólo la verdad y distinguirla claramente de la falsedad. Los maestros tienen el deber de liberar las mentes de sus alumnos del error, tanto más en cuanto que la autoridad de los maestros tiene gran influencia sobre los discípulos, los cuales no pueden discernir por sí solos la verdad de la falsedad.

Los liberales reclaman para sí y para el Estado la licencia de enseñar toda opinión, especialmente las erróneas, y, al mismo tiempo, ponen trabas de todas las maneras a la acción educadora de la Iglesia.

Además, los liberales, una vez en el poder, hacen del Estado un Leviatán, que se convierte en dueño absoluto de los ciudadanos y, si pudiera, incluso de la Iglesia. El Estado toma el lugar de Dios e intenta hacer obligatorio obedecer incluso a las órdenes ilícitas. A este error, el Papa rebate que “no obedecer al poder público cuando manda cosas abiertamente contrarias a la voluntad de Dios es justo y hermoso” (cit., p. 415).

Si la libertad para el error y las falsas religiones no puede ser admitida como un derecho, se puede tolerar el mal para evitar uno mayor. Sin embargo, “cuanto más obligado se ve el Estado a tolerar, más imperfecto y débil es. La tolerancia no es deseable en sí misma, sino en vista de la malicia de los hombres” (cit., p. 416). Es necesario distinguir la verdadera “libertad religiosa”, que significa conceder libertad a la verdadera religión, de la libertad de las religiones, que consiste en dar iguales derechos a todas las religiones, incluidas las falsas. Por tanto, querer y promover el mal y aprobarlo no es “libertad religiosa”, sino un efecto de la libertad concedida a las falsas religiones.

La conclusión de la Encíclica es que 1º) el liberalismo significa rebelión contra Dios y su Iglesia. En efecto, el hombre verdaderamente libre depende de Dios en el ser y en el actuar. Negar la sumisión de la creatura al Creador es rebelión y liberalismo, que es un pecado mortal contra el primer Mandamiento; que 2º) el catolicismo liberal es una contradicción en los términos, ya que afirma que, si Dios existe para cada hombre particular y en privado, no debe ser reconocido en público y por el Estado, el cual es, en cambio, un conjunto de hombres; que 3º) la libertad, por tanto, es legítima si facilita el bien honesto.

Leo

(Traducido por Marianus el eremita)

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