Aunque fallecido hace treinta años, Michel Foucault hizo su ingreso triunfal a Ciudad del Vaticano días pasados. Y lo hizo de la mano del Papa Francisco, que ciertamente no lo resucitó en cuerpo y alma, pero sí a través de su alocución ante la Delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal.

Ante un auditorio en el que se destacaba el ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Argentina, Eugenio Raúl Zaffaroni, el sucesor de Pedro brindó un discurso plagado de citas textuales de la obra del jurista argentino, así como de las ideas del filósofo francés, como también del jurista italiano Luigi Ferrajoli –autor de la emblemática obra “Teoría del Garantismo Penal”, muy conocida también en España-.

En repetición asombrosa de paradigmas de la criminología crítica, desde el punto de vista filosófico, y del pensamiento garantista, desde la visión del derecho penal, el Papa habló de los “sistemas penales fuera de control”, el derecho penal como “ultima ratio”, las “pulsiones de venganza”, el olvido de “medios alternativos a la prisión”, la pena de muerte instaurada a través de “ejecuciones extrajudiciales de las agencias punitivas” y el drama de la superpoblación carcelaria. En sintonía con el filósofo francés dijo que los hospitales psiquiátricos son “modernos campos de concentración”. Para concluir, dijo que la corrupción es un mal más grande que el pecado. Un teólogo debería tratar de explicar esta última afirmación; desde el punto de vista jurídico implica desvincular el derecho penal de toda connotación moral.

Aunque para “Vaticano Insider” el discurso fue denso y lleno de contenido, para cualquier entendido en la materia luce tan extravagante como si Cervantes recibiera lecciones de Caballería o Einstein sobre la relatividad. Quien tiene el depósito de la Fe debiera iluminar lo natural (el sistema penal) desde lo Sobrenatural y no repetir todos los clichés propios de un congreso de criminología.

Foucault es autor de “Historia de la sexualidad”, uno de cuyos tomos es “El uso de los placeres”. El título ya denuncia mucho y tiene como fundamento un análisis filosófico de base atea, donde la percepción subjetiva del sexo se limita al “deseo” y el “placer”. Alabado como un “arqueólogo de las ideas”, considera a la moral cristiana como causante de la más absoluta prohibición, en la cual la idea de pecado y castigo divino no dejaba margen a un término medio, a ninguna lucha, no había posibilidad de hacer un buen uso de los placeres, puesto que el placer era algo malo en sí.

Ferrajoli, en tanto, elaboró su teoría del garantismo penal, proponiendo un “horizonte abolicionista”, que fue receptado por otros autores como el danés Nil Christie. Más allá de innegables aportes descriptivos sobre el (mal) funcionamiento de los sistemas penales, tales doctrinas establecen una rotunda separación entre derecho y moral, descreen del delito como realidad ontológica considerándola una mera construcción histórica, desmerecen la concepción de verdad del realismo y sostienen una teoría agnóstica de la pena (vg. Zaffaroni), a la que consideran un mal sin sentido que debe ser abolida con el devenir de la historia y el progreso de la humanidad.

En todo este berenjenal ideológico donde se desconoce la naturaleza caída del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, y no se sabe a ciencia cierta el fin de la pena, los cultores del derecho penal moderno tienen como único fin su reducción a la máxima expresión hasta llegar, por obra del Progreso Indefinido, a su absoluta abolición.

Ante el horrendo crimen de Martita Ofelia Stutz, ocurrido en Córdoba (Argentina) en el año 1938, el Padre Castellani afirmaba –en 1940- que: “…hay que dejar entrar de nuevo en el enteco sistema jurídico penal del positivismo las grandes nociones cristianas de culpa, responsabilidad, penitencia, reivindicación social, persona humana y conciencia humana…” (“Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas”; Biblioteca Dictio; p.40). Un cura amigo me decía que hoy en día ni al administrar el sacramento de la confesión se tienen en cuenta estas nociones cristianas.

Sin desconocer la valía científica de alguna de estas personas (como Ferrajoli y Zaffaroni) estos abogados constituyen una “rara avis” que pretenden abolir aquello que les dio fama, dinero, posición social, magistraturas, cátedras universitarias y publicaciones científicas, y de las que no abjuran. Sería como si los médicos pretendieran abolir la cardiología, los matemáticos la geometría o los ingenieros el cálculo. Tampoco los civilistas pretenden abolir el contrato o los derechos reales. Estos juristas son solo comparable a aquéllos que asistieron al seminario para dar conocer a los hombres que “…para salvarse hay que saber y tener fe –y no solamente con razón- que hay un Dios Premiador de buenos…” (L. Castellani) y que existe el pecado; muchos de los cuales obtuvieron diezmos, obispados, arzobispados, capelos cardenalicios, viajaron a congresos, conferencias episcopales, sínodos, cursaron doctorados en bellas ciudades y hoy también tienen un “horizonte abolicionista”.

Hildebrando Tittarelli