No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta que Francisco no tenía fe. Cierto es que Borges ya lo había advertido, como otros intelectuales que conocieron al personaje, pero no producto de un sesudo análisis de sus obras, sino como conclusión del primer impacto de una conversación relajada. Sus escritos hacen algunas referencias a misterios cristianos, pero suenan a campanas de palo para el que medianamente sabe leer. La certeza que ya varios autores tenían de que la Iglesia Católica había sido vaciada de todo contenido sobrenatural para ser una ONG humanitaria, con Francisco se hacía patética.
Los anteriores Papas conciliares dieron la idea de que profesaban algo parecido a una fe, un tanto difusa, en un Dios que, queriendo arreglar el despiporre en que se había convertido el mundo, partió de un hombre ejemplar – Jesús de Nazaret- dando el testimonio de una “conversión” o de una “redención” individual, consistente en la praxis de “darse” a los demás. Si esta conducta era asumida por todos, este darse, pues el asunto de este mundo sería aceptable. Sin embargo los viejos dogmas y los viejos misterios todavía servían de paraguas para una corte de prelados que se amparaban en los rótulos. Francisco los desenganchó, los defenestró, y demostró que los misterios eran sólo excusas que amparaban los puestos de poder.
La Iglesia no trataba de arreglar una deuda que teníamos con un Dios que estaba ofendido con nosotros y que sólo se podía solucionar con Su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección. Para nada, Dios es Dios y no se anda ofendiendo con nadie. Este cuento de la ofensa o de la deuda se hizo necesario en la infancia de la humanidad, pero ya va siendo hora que no se hable más con parábolas. Se trataba de que nos diéramos cuenta que acallando el egoísmo que consumía nuestros espíritus, en la gimnasia de la solidaridad, nos reencontraríamos entre nosotros, y, como resultado de esto, nos reencontraríamos con Él. El motor que produce el cambio es el “dolor” de los pobres.
En algunos de los teólogos este Dios todavía era personal y nos esperaba como presidente del club social y deportivo del Cielo, (aunque unos pocos no obtendrían la membresía por egoístas); pero mayormente en los otros era una energía cósmica que habiéndose expandido en la creación se volvería a reunir una vez traspasada la aventura de la historia. Cierto es que, como en todo proceso de digestión, habría algún detritus de materia cósmica formado por los grandes criminales de la historia, pero no el infierno de Dante.
Ese hombre ejemplar ¿era Dios? desde el vamos, o ¿se hizo Dios por asunción acabada de su misión de entrega al todo o a todos? ¿Resucitó en aquel año 33? o ¿resucita en nosotros cada vez que optamos por la misión de entrega al todo? Ratzinger se planteaba estos interrogantes y no quería concluirlos para no provocar una ruptura con aquellos cuyo estado de conciencia no estaba preparado para el alumbramiento de los viejos signos cristianos. No hay mucha diferencia entre creer que efectivamente resucitó, o que resucita en mí porque yo creo. No hay tanta diferencia entre hacer un culto para apaciguar a un Dios ofendido, o hacer un culto para reconocernos hermanos en Dios. Es un asunto de toma de conciencia en la historia. Esa la hermenéutica de la continuidad.
El querido Don Antonio me enseñó que Francisco, superando la compasiva “continuidad”, sustentaba sin más la “hermenéutica de la ruptura”. Esta surge del convencimiento de que Marx tenía razón en un punto; mientras subsistan las superestructuras de dominio y los mitos que las sustentan, pues no hay manera de conquistar la verdadera redención del hombre. No queridos, la diferencia de cultos es muy importante. La Iglesia Preconciliar y la Conciliar son bien adversas en la medida que sustentan o atacan las superestructuras sociales que hacen de dique de contención a la toma de conciencia universal. Si Cristo ya operó la Redención de los Hombres, Resucitó y sede a la diestra del Padre, y por tanto no hay más nada que hacer para ser redimidos, esto es colaborar con la supervivencia de las superestructuras de dominio medievales. La vieja Misa es eso, sin más vueltas. Una cretinada de los favorecidos por el poder eclesial. La opción por los pobres y los oprimidos es absolutamente necesaria porque los que están bien, ¡no quieren cambiar nada! Los protagonistas de la nueva redención son los sojuzgados, no por ser los que han tomado conciencia (que estos son los líderes revolucionarios) sino porque son los que están incómodos, los que están sufriendo y todo ese dolor impulsa el cambio, impulso caótico que debe ser guiado por las vanguardias. Dilexi te lo afirma, reitera su opción por los pobres, y da a esta incomodidad, a este “dolor humano”, una dimensión espiritual en el mejor sentido hegeliano – no cristiano – como fuerza transformadora de la historia y no como simple problema político-económico-social. No confundan una espiritualidad con la otra. Eso sí, siempre la toma de conciencia es una élite capaz de abandonar su propia comodidad y guiar el descontento.
El Opus pretendía ser más efectivo y pragmático. Formemos esa élite capaz de abandonar su propia comodidad y seamos la levadura de la masa. No crean que la dictadura del proletariado era una idea tan diferente. Finalmente en ambas se trata de crear nuevas superestructuras encargadas de producir el cambio, pero, cuando estas cristalizan en instituciones y bienes materiales, tienden denodadamente a su supervivencia con una voluntad casi autónoma a la de sus integrantes, la “nouvelle filosofie” ya conoce el resultado, ¡nada de dictadura del proletariado…! ¡libertad. libertad, libertad!. Francisco primero y hoy León, acaban de bombardearles sus estructuras convencidos de estar haciéndoles un favor, ellos no hubieran podido dar el “paso siguiente” de su propia extinción como no la pudo dar el Soviet si no lo empujaban. La extinción de su Prelatura Personal era un presupuesto para el advenimiento del mañana que canta. Algunos rezagados las extrañarán.
¿Encontrar una “línea media” entre al ayer y el hoy? No hablo de una síntesis, sino de un acuerdo de tolerancia entre rezagados y vanguardias, ambos de buena fe. Perdón, de buena gana. Y corrijo porque, les guste o no, lo que está en juego entre el ayer y el hoy es justamente la fe. Y aquí no hay acuerdos posibles de medianía. Un pequeño movimiento a la vanguardia y la fe se pierde irremediablemente, se difuma. Si no es en esta generación, será en los hijos. La revolución y su contrario, la contrarrevolución (mal que les pese a los naturalistas católicos) es instaurar un sistema político sin fe o mantener la fe como fundamento del orden social. Francisco inauguró una iglesia sin fe y podemos afirmar que tuvo una gran victoria revolucionaria al derrumbar todas las superestructuras que se sostenían desde esa fe.
¿Qué quedó? En bruto diríamos que sólo quedó el mito. El rito. Lo único que queda en píe y que habla de una Fe en algo sobrenatural, es la Misa Tradicional. Ni súper ni mini; no hay más estructuras. Quien quiera mantener su fe o volver a encontrarla, deberá encadenarse a este mástil o no resistirá de ninguna manera. El conservadurismo ha visto con Francisco su fracaso total, no queda nada que conservar, todo ha sido arrasado. León habla de un dios que ya es un viejo mito re significado, el mito del dolor del crucificado que es hoy el dolor de los pobres y sojuzgados, este es hoy el Cristo.
Me permito una última analogía. Nuestras naciones cristianas ya no existen, el que crea otra cosa es un tonto de capirote, no queda nada de ellas, y el que sostenga el dogma absurdo de la “resurrección de las naciones” es de una ingenuidad peligrosa. Puedes aferrarte al mito para cultivar la nostalgia de lo que fueron. Cultivar el recuerdo de Reyes medievales y Santos protectores. Puedes hacer congresos de hispanismo (que no son muy diferentes a los de filatelia o colombofilia). En el caso de mis pagos es bastante más difícil, el mito fundante de esto que no llegó nunca ser una nación, ya era revolucionario y hay que hacer un enorme esfuerzo de imaginación para encontrar algo que no huela a traición o a cálculo de almacenero. Pero sirve todavía de consuelo a buenas almas para sostener una ilusión que impida la depresión total.
Pero, en la Misa Tradicional, ese Dios que se encarna y sufre la Pasión para pagar nuestras deudas frente al Padre, ese Dios que resucita más allá de si nosotros estamos o no, lo “internalizamos” o no, ESO, vuelve a ocurrir, una y otra vez, con igual intensidad y efecto. No es un signo. Es un Sacramento. Y sobre la Misa se desata la batalla final, porque a las vanguardias se les hace inexplicable por qué resiste cuando todo ha caído. Es sobre Ella, y sólo sobre Ella, que no prevalecerán las puertas del Infierno. ¿O es que acaso hay algo más que todavía permanezca?
El último esfuerzo de supervivencia de estructuras conservadoras que he escuchado es el de “Misa Tridentina conviviendo con Vaticano II”, es decir, mantener la contradicción evidente. No creo que les dure.




























