Charles Darwin, Evolución
Charles Darwin, Evolución
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¿Es posible un evolucionismo cristiano? (II)

El propósito de este artículo es el de ver si es posible armonizar la así llamada teoría de la evolución darwinista con el cristianismo, pues un error profano como creemos es el caso de la hipótesis darwinista puede tranquilamente ser compatible con la fe, en tanto no afecte al contenido de esta última.

Mas contradicciones

De todas maneras, algunos evolucionistas católicos, en un esfuerzo por salvaguardar la creación directa del alma humana por parte de Dios, y para evitar también el problema del poligenismo, optan por decir que Dios habría “tomado” un mono y le habría infundido un alma de hombre.

Lo de “polvo de la tierra”, recordemos, habíamos aceptado que es simbólico, y que debía ser entendido como una forma animal preexistente (el mono, por cierto).

Un primer problema salta inmediatamente a la vista. Pues el Génesis dice que al serle infundida el alma (aliento de vida) a la arcilla (esto es, al “mono), “el hombre se transformó en un ser viviente”. Es decir que antes no era un ser viviente. En cuyo caso el mono tendría que haber estado muerto…

Ahora, si “polvo de la tierra” en realidad significa mono, entonces, cuando la Sagrada Escritura dice unos versículos más adelante, que después de la muerte nos convertiremos en polvo, no veo francamente la razón para concluir que después de la muerte deberíamos convertirnos en alguna suerte de mono.

Lo cual, de ser cierto, plantearía no pocos problemas teológicos, filosóficos, científicos y funerarios…

Le ruego me disculpe lector la chanza, pero si en Génesis 2, 7, “polvo” significa “mono”, ¿cuál sería el fundamento racional para que en Génesis 4, 19, “polvo” no signifique también mono?

¿Qué seriedad intelectual y exegética hay en todo esto? Evolucionismo e hilemorfismo: teoría creada por Aristóteles y seguida por la mayoría de los escolásticos, según la cual todo cuerpo está constituido por dos principios esenciales: la materia y la forma.

Pero dejemos de lado todas estas objeciones, y aceptemos a los fines del argumento que Dios tomó un mono y le infundió un alma humana.

El problema es que por el principio hilemórfico de la necesaria proporción que debe existir entre materia y forma, no puede haber alma de hombre en cuerpo de mono (ni el mismo Dios podría hacer esto…).

Por consiguiente, si Dios tomó un mono para infundirle un alma de hombre, en ese mismo instante, previo quitarle el alma de mono, tendría que haber transformado el cuerpo del mono en el cuerpo de un hombre, para que hubiese así una materia (cuerpo) capaz de recibir su forma apropiada (alma), y producir de esta manera al hombre, en el cual están indisolublemente unidos el cuerpo y el alma, formando una sola unidad sustancial.

Pero si esto fue así, entonces la transformación del cuerpo de un mono en el cuerpo de un hombre, no se debió en absoluto a las fuerzas de la naturaleza, sino a una intervención especial de Dios. De manera que la causa eficiente de esta transformación hay que referirla a Dios, y no a las mutaciones y la selección natural. Es decir, a la evolución.

Huelga destacar que desde el punto de vista evolucionista esto es, una vez más, inaceptable, ya que introducir a Dios en este esquema, no solo es superfluo, sino también contradictorio.

Si la evolución es capaz de producir hombres a partir de monos como afirma la hipótesis darwinista la intervención especial de Dios es necesaria, lo que está de más es la evolución.

Absolutamente ningún evolucionista de importancia en el mundo toma en serio esta posibilidad de una intervención divina especial en el origen del cuerpo humano.

Pero si aceptamos esta intervención especial de Dios para transformar el cuerpo de un mono en el cuerpo de un hombre, vemos que no sólo está de más la evolución, sino que también y como lógica consecuencia ¡está de más el mono!

Porque si Dios fue la causa eficiente de este cambio, entonces es exactamente lo mismo si la materia utilizada fue un mono, una culebra, un insecto, o un puñado de tierra. Pero hay más, todavía.

¿Evolución y después inteligencia o inteligencia y después evolución?

Según los evolucionistas católicos, la evolución habría sido el método del cual se habría valido Dios para producir la Creación. Esto supone, obviamente, que Dios y Su designio habrían precedido al proceso evolutivo, el cual sería simplemente un despliegue, una actualización, del plan de Dios en la naturaleza.

Reduciendo la cuestión a los términos más sencillos, esto significa que la Inteligencia precede al Cosmos. Esto es, que en el principio fue el Logos.

Pero esto no solo está en contradicción con el postulado básico del evolucionismo el azar sino que también es negado explícitamente por los autores evolucionistas.

En la concepción evolucionista, la inteligencia aparece al final del proceso evolutivo, es decir, con la aparición del hombre. No que aparezca la inteligencia humana lo cual es obvio sino la inteligencia a secas, o como ellos prefieren decir, la conciencia. Y esto a nivel cósmico.

Como dice Leonardo Boff: «Somos la propia Tierra, que, en un momento de su evolución, ha comenzado a sentir, a pensar y a amar»[12].

De ahí la insistencia, por parte de los autores evolucionistas, de que recién con la aparición del hombre la evolución se hace consciente. Y al hacerse consciente la evolución, esto es, el hombre producido por ella, éste se da cuenta de que está solo en el universo.

George Gaylord Simpson, dice: «Esta interpretación (la evolucionista) muestra que… no hubo ninguna anticipación de la llegada del hombre

El no responde a ningún plan ni cumple ningún propósito sobrenatural. Está solo en el universo; un producto único de un largo proceso material, incosciente, impersonal, con singular entendimiento y capacidades. Estas, a nadie las debe sino a sí mismo y es ante sí mismo que es responsable. No es criatura de fuerzas incontrolables e indeterminables, sino su propio dueño»[13].

Julian Huxley ha llamado a esto, «una espléndida aseveración de la visión evolucionista del hombre»[14].

Jacques Monod, por su parte, expresa que: «El hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del Universo de donde ha emergido por azar.

Igual que su destino, su deber no está escrito en ninguna parte»[15].

Theodosius Dobzhansky, en su reseña del libro de Monod, El Azar y la Necesidad, de donde es el párrafo arriba transcrito, dice que:

«(Monod) ha expresado con admirable claridad y elocuencia, a menudo rayanas en lo conmovedor, la filosofía materialista, mecanicista, compartida por la mayoría del actual “establishment” en las ciencias biológicas»[16].

¿Cómo se puede armonizar esto con la idea de un Dios creador, que llama al mundo a la existencia, ya sea por creación directa, o (supuestamente) por evolución?

Evolucionismo y cosmovisión

Y esto es así, no porque algunos científicos estén “usando” la hipótesis evolucionista para respaldar sus posturas filosóficas materialistas y ateas, sino porque el evolucionismo al menos en su formulación darwinista (o neodarwinista) no es una teoría científica, aunque fuese errónea, sino una cosmovisión anticreacionista, inmanentista, naturalista y materialista.

Rociarla con agua bendita no cambia su condición.

La verdadera ciencia no tiene una sola palabra que decir, respecto de los orígenes de nada: universo, vida, hombre, excepto por la negativa. Es decir, mostrando que la materia y las leyes que la rigen no pueden explicar jamás el origen del hombre, la vida o el cosmos.

El empecinamiento de los autores evolucionistas en pretender explicar los orígenes, es la demostración más contundente del carácter filosófico y no científico de la hipótesis evolucionista.

Como dice certeramente el gran filósofo católico francés Etienne Gilson: «La noción de evolución, es una noción filosófica, introducida en la ciencia desde afuera de ella»[17].

Y en efecto, la así llamada “teoría de la evolución” es esencialmente una filosofía, elaborada específicamente por negar la creación, adornada luego con ropaje científico.

Y una filosofía anticreacionista en el sentido amplio de la palabra. Esto es, que niega, no solo la creación directa o especial del hombre y de todas las especies, sino también una eventual creación “evolutiva”, ya que nadie explícitamente el principio de finalidad.

En última instancia, lo que el evolucionismo niega, es la intervención de Dios en la naturaleza.

No solo la intervención especial, sino también, la programación previa del sistema.

Es por ello que evolucionismo y cristianismo no se pueden armonizar. Porque no se trata de un supuesto conflicto entre la ciencia y la fe, sino de dos cosmovisiones contradictorias.

¿Cómo se podría armonizar la Creación con la evolución, cuando ésta es una cosmovisión elaborada específicamente para negar la Creación?

La evolución no es el método que habría utilizado Dios para llevar a cabo la Creación. Es su reemplazo. Es decir su negación por sustitución.

Desde el punto de vista evolucionista, la idea de Dios queda relegada a la categoría de una hipótesis innecesaria a todos los fines prácticos. Tan lejana que se esfuma por sí misma. Y eso, cuando no se la niega explícitamente.

Cuestiones opinables

De todas maneras, creo oportuno señalar que la cuestión fundamental no radica, a mi modesto entender, en el hecho de si Dios creó a los seres vivos directamente y en un solo acto creativo.

Podría haberlo hecho en una serie de actos sucesivos (la postura de Cuvier, por ejemplo). O podría haberlo hecho en un solo acto creativo, solo que algunas especies en acto y otras en potencia (la postura de San Agustín y San Buenaventura), y por consiguiente, las sucesivas apariciones de “nuevas” especies (en el caso de que esto hubiese sido así) no serían propiamente nuevas creaciones, sino solo la manifestación de “gérmenes” preexistente (las razones seminales que San Agustín toma de los estoicos); es decir, la actualización de las potencias del primer y único acto creador, en que todas las cosas recibieron el Ser, y después del cual nada nuevo se ha añadido a la naturaleza creada. Todo esto es científicamente opinable.

Es más, tampoco había ningún problema en aceptar que la formación de las especies (hombre incluido), no hubiese sido el resultado de un acto creativo (o varios), sino de un proceso “evolutivo”.

Pero un proceso es un conjunto de fenómenos, que se suceden guardando un orden preestablecido. Y si hay un orden, hay una inteligencia que dirige el conjunto de dichos fenómenos.

Ahora, si el proceso evolutivo fue dirigido por Dios (lo cual es inaceptable para el darwinismo), entonces estamos, una vez más, hablando de Creación. Una Creación prolongada en el tiempo.

¿Y qué sentido tiene hablar de tiempo en referencia a Dios que está fuera del mismo?

También se puede optar por decir que el origen del hombre y de las demás especies es un misterio.

Pero hay una gran diferencia entre aceptar un misterio y propugnar un absurdo. Entre decir: no se sabe (y en principio nunca se sabrá) y entre proponer desatinos irracionales y anticientíficos.

Lo que realmente está en juego

Pero en realidad, desde el punto de vista religioso, lo que está en juego aquí, no es tanto la veracidad del Génesis o la realidad de Adán. Estos son solo objetivos inmediatos. Lo que verdaderamente está en juego, es la veracidad de toda la Sagrada Escritura y en última instancia la realidad del Segundo Adán.

El cuestionamiento al Adán del Edén apunta en realidad al Adán de Belén.

Negar la historicidad del primer Adán implica negar la necesidad del Segundo. Vale decir, la necesidad de Redención.

Porque el concepto de pecado original es completamente inconcebible en la concepción evolucionista, no solo por la cuestión del poligenismo que habíamos visto sino también porque de acuerdo a esta concepción, el hombre “ascendió”, obviamente, desde el nivel del mono. Y si el movimiento espontáneo de la naturaleza es “hacia arriba”, ¿cómo introducir en este contexto la noción de la Caída?

H. G. Wells, el famoso novelista científico británico ferviente darwinista, por cierto expresaba:

«Si todos los animales y el hombre se han desarrollado de esta manera ascendente, luego no ha habido primeros padres, ni Edén, ni Caída. Y si no hubo Caída, todo el edificio del Cristianismo, la historia del primer pecado y la razón de la expiación, colapsan como un castillo de naipes»[18].

Richard Bozart, por su parte, quien es miembro de la Asociación Humanista Americana, una agrupación dedicada específicamente a propagar el ateísmo en el plano cultura, dice:

«El evolucionismo destruye total y definitivamente la razón misma por la cual, la vida terrenal de Jesús habría sido supuestamente necesaria. Destruid a Adán y Eva y al pecado original, y entre los escombros hallaréis los lamentables despojos del hijo de Dios. Si Jesús no fue el redentor que murió por nuestros pecados y esto es lo que el evolucionismo significa entonces el Cristianismo es nada»[19].

Como se ve, no se puede pedir más, en cuanto a claridad de los conceptos y sinceridad en la expresión. Si la evolución es una realidad, entonces el Génesis solo puede ser una mera fábula.

Y si el Génesis es una fábula ¿qué pasa con el resto de la Sagrada Escritura?

Si Dios no pudo intervenir en forma especial en el origen del hombre, ¿por qué habría podido intervenir en forma especial en el resto de la historia humana?

Si Dios no pudo formar al hombre a partir de barro, ¿por qué aceptar que pudo formar vino a partir de agua?

Si Dios no pudo formar a Adán sin necesidad de madre, ¿por qué aceptar que habría podido formar la humanidad de Cristo sin necesidad de padre?

Si Dios tuvo que atenerse a las “leyes científicas” en el Génesis, ¿por qué habría de quebrantarlas en Palestina?

Hablando claro

El darwinismo es materialismo puro y duro, aunque muchos autores darwinistas, por razones tácticas, no lo digan explícitamente. Sin embargo, no faltan los sinceros que se expresan sin ambages. Así, Stephen Jay Gould señalaba que:

«Darwin aplicó una consistencia filosofía materialista a su interpretación de la naturaleza. La materia es la base de toda existencia; mente, espíritu, y Dios también, son solo palabras que expresan los maravillosos procesos resultantes de la complejidad neuronal»[20].

Y el Dr. William Provine, profesor de Biología en la Universidad de Cornell, dice con admirable franqueza:

«Permítaseme resumir mis opiniones… y que son básicamente las ideas de Darwin: no hay dioses, no hay propósitos, no hay fuerzas dirigidas con un sentido de ninguna clase. No hay vida después de la muerte. No hay fundamentos últimos para la ética, ningún sentido final de la vida, ni tampoco libre albedrío humano»[21].

Para hacer más explícito el ateísmo que está detrás de la pseudocientífica “teoría de la evolución”, recordemos que en el año 1959, durante el gran simposio mundial llevado a cabo en la Universidad de Chicago para conmemorar el centenario de la aparición de El Origen de las Especies, y que fue la apoteosis del darwinismo, Julian Huxley, quien fue el orador principal, sostuvo entre otras cosas lo siguiente:

«En el sistema evolucionista de pensamiento no hay ya necesidad o espacio para lo sobrenatural. La Tierra no fue creada; evolucionó. Lo mismo hicieron todos los animales y vegetales que lo habitan, incluidos nosotros mismos; mente y alma, al igual que cerebro y cuerpo. Lo mismo sucedió con la religión… El hombre evolucionista no puede ya más refugiarse de su soledad, arrastrándose en busca de amparo dentro de los brazos de una figura paterna divinizada que él mismo se ha creado»[22].

Nadie, absolutamente nadie entre los presentes, cuestionó estas palabras de Huxley. ¿Es que no había ningún evolucionista “teísta” entre los miles de asistentes al simposio?

Evolucionismo y nueva era

El problema es que el hombre es un ser incurablemente religioso, y en una atmósfera crudamente materialista, simplemente no puede sobrevivir. Es necesario entonces proporcionarle un sustituto pseudoreligioso. Alguna forma de espiritualidad, que sin cuestionar los fundamentos de la cosmovisión materialista le brinde, en cierta forma, la visión totalizadora de la religión, proporcionándole además la conciencia de un sentido para la vida y el cosmos. Por eso, a toda época de materialismo clásico sucede lo que Spengler denominaba “segunda religiosidad”. Esto es, una religión vaciada de su contenido sobrenatural. Una religión atea, claro.

Si lo que acabo de expresar suena contradictorio, ello se debe a que, como católicos, estamos pensando en el concepto de religión en su verdadero sentido. Pero aquí se trata de algo totalmente distinto. Y el evolucionismo va a ser uno de los pilares de esta nueva religión. Julian Huxley que no tenía pelos en la lengua nos dice, al respecto, lo siguiente:

«Una religión es esencialmente una actitud ante el mundo como un todo. Es por eso que la evolución, por ejemplo, puede ser un principio tan poderoso para coordinar las creencias y esperanzas del hombre, como la idea de Dios lo fue en el pasado»[23].

Y también: «La visión evolucionista nos está capacitando para discernir los lineamientos de una nueva religión que, podemos estar seguros, surgirá para servir a las necesidades de la era que se avecina»[24].

Y otra: «La unificación de las tradiciones en una sola combinación de experiencia, conciencia y propósito, es el prerrequisito necesario para promover mayores progresos en la evolución humana. Por consiguiente, aunque la unificación política en alguna forma de gobierno mundial sea requerido para el logro definitivo de esta meta, la unificación en las cosas de la mente no solo es también necesaria, sino que puede allanar el camino para otros tipos de unificación»[25]. ¡Dios nos libre y guarde! Pero esta es la realidad.

En fin, ya va siendo hora de cerrar estas reflexiones, en las que el lector podrá discernir cuán posible es un evolucionismo “mitigado”, en el contexto de la hipótesis darwinista, y su eventual armonización con el Cristianismo. Es francamente lamentable que muchos pensadores católicos se extasíen con la hipótesis evolucionista, en un estilo que recuerda más a una criatura en Disneylandia, que al rigor intelectual que debe caracterizar a un estudioso.

Doblemente lamentable, en un momento en que el darwinismo se derrumba inexorablemente en todas partes, al no poder enfrentar ya la montaña de objeciones científicas que se han acumulado en los últimos 50 años, y por ello debe recurrir a la supresión del debate y a la imposición forzada de sus dogmas en los planes de estudio, para poder sobrevivir.

En su afán por aparecer “modernos” y “científicos”, muchos católicos evolucionistas no alcanzan a darse cuenta que están defendiendo una hipótesis pseudocientífica y una cosmovisión típica del siglo XIX.

Porque el evolucionismo darwinista es, en esencia, la cosmovisión de la Inglaterra “manchesteriana”. La cosmovisión liberal del progreso indefinido y del capitalismo salvaje en expansión. Y del marxismo también, por cierto, que no es sino su heredero.

Más aún, una cosmovisión que pretende erigirse en la base de una nueva “religión”. La religión del humanismo. La religión de la globalización y del gobierno mundial. La religión de la esclavización planetaria.

Es por todas estas razones que creemos que entre el evolucionismo y el cristianismo, hay una oposición irreductible.

O hemos sido creados por un Dios trascendente y dotados de un alma inmortal, o somos el producto accidental de un proceso materialista sin propósito, destinados simplemente a sobrevivir, gracias a una lucha despiadada con nuestros semejantes, para lograr la satisfacción de los elementales instintos por el sexo y la pitanza.

Dr. Raúl Leguizamón


Referencias bibliográficas

1. George Gaylord Simpson, El Sentido de la Evolución, EUDEBA, Bs.As. 1977, pp. 275, 297, 233.

2. Stephen Jay Gould, Natural History, Marzo 1993, p. 20.

3. Jacques Monod, El Azar y la Necesidad, Tusquets Editores,pp. 125 y 190.

4. Julian Huxley, «Issues in Evolution», Vol. III of Evolution after Darwin, Sol Tax ed., University of Chicago Press, 1960.

5. Ernst Mayr, «The Nature of the Darwinian Evolution», Science, Vol. 176, Junio 2, 1972, p. 988.

6. Denzinger, 3897, 3898, 3512-3514, 3862-3864, Herder, Barcelona, 1999.

7. Santiago Ramírez, OP., Suma Teológica, BAC Introducción a las cuestiones 90 y 92.

8. American Humanist Association Brochure, San Jose, Cal. Citado por Duane Gish, en Creations Scientist Answer Their Critics, Institute for Creation Research, California, 1993, p. 368.

9. Julian Huxley, ref. 4, p. 46.

10. Stephen Jay Goud, Ever Since Darwin, Norton & Company, 1977, p. 51.

11. Edward O. Wilson, «Intelligent Evolution: The consequences of Charles Darwin’s ‘one long argument’» Harvard Magazine, Nov-December, 2005.

12. Leonardo Boff, Adital, 02-10-07, Marcelo Barros, Una Agenda para la ciudadanía universal. Citado por Noticias Globales, Año X, Número 740, 52/07. Gacetilla No. 863, Buenos Aires, 13 octubre 2007.

13. George Gaylord Simpson, La Vida en el Pasado, Alianza Ed. 1967, p. 203.

14. Julian Huxley, Scientific American, Vol. 189, 1953, p. 189.

15. Jacques Monod, ref. 3, p. 190.

16. theodosius Dobzhansky, Science, Vol. 175, 1972, p. 49.

17. Etienne Gilson, De Aristóteles a Darwin, EUNSA, Pamplona, 1976, p. 278.

18. H.G. Wells, Outline of History, Doubleday, N.Y. 1949, P. 987.

19. Richard Bozart, American Atheist, septiembre de 1978, p. 30, citado por Duane Gish, en Creation Research, California, 1993, p. 30.

20. Stephen Jay Gould, ref. 10, p. 13.

21. William Provine, The Scientist, septiembre 5, 1988, p. 10.

22. Julian Huxley, ref. 4, pp. 252, 253.

23. Julian Huxley y Jacob Bronowsky, Growth of Ideas, Prentice Hall Inc. 986, p. 99.

24. Julian Huxley, ref. 4, p. 260.

25. Julian Huxley, A New World Vision, The Humanist, Vol. 39, marzo de 1979,p. 35.

Se aconseja leer los siguientes libros:

Jesús Simón, S.J., A Dios por la ciencia, Apostolado Mariano, 1979.
Florencio Domínguez García , Sofismas y mitos del siglo XX, sobre el origen del hombre.

Silvano Borruso, El Evolucionismo en apuros, Criterios lobros

(Fuente: fsspx.mx)

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