San José, terror de los demonios

Las guerras que en este momento se libran en Ucrania y Oriente Medio forman parte de otra contienda mayor a la que en repetidas ocasiones el papa Francisco calificó de guerra mundial a pedazos. Esta fórmula , retomada por numerosos periodistas y analistas internacionales, expresa la idea de que los conflictos contemporáneos no son enfrentamientos entre potencias delimitados en el tiempo y el espacio, sino fragmentos esparcidos de una misma guerra. Guerra a la que se califica de híbrida porque también se combate en tiempo de paz, en muchos casos mediante engaños y empleando todas las posibilidades armamentísticas que brindan las últimas tecnologías.

Y sin embargo esa guerra que se nos mete todos los días en casa a través de los medios sociales y de comunicación de masas es reflejo visible de otra contienda, igualmente a nivel planetario pero invisible, que se inició con la creación del universo y que no concluirá hasta el fin del mundo. Se originó con el pecado que en los albores del tiempo cometieron Lucifer y los ángeles rebeldes. Nadie puede librarse de este conflicto, porque todo hombre es campo de batalla de un enfrentamiento mortal que prolonga en la Tierra la lucha que dio comienzo en el Cielo.

Parte de los ángeles caídos, los demonios, se precipitó en el Infierno. Sin embargo, Dios permitió que otros quedasen en la Tierra para tentar a los hombres con vistas a llevarlos a la condenación eterna. Los demonios, espíritus puros dotados de una inteligencia mucho más perfecta que la humana, se sirven de toda su capacidad para alejar al hombre de Dios. Con todo, como explica Santo Tomás de Aquino, no pueden obrar sin autorización de Él, que consiente su acción para poner a prueba la fidelidad del hombre (Summa Theologiae, I, q. 114, a. 1).

La acción de los demonios no se limita a tratar de influir en almas individuales. Se extiende también a las ideas y las instituciones a fin de influir a fondo en la sociedad. Ha habido épocas en la historia dispuestas por Dios, como el Medioevo cristiano, y otras que se han caracterizado por un profundo desprecio a su Ley, como pasa en la sociedad actual. Cuando toda una sociedad se rebela contra Dios, el riesgo de perder el alma se vuelve altísimo y se hace necesaria la protección del Cielo para contrarrestar la acción del Demonio.

Por eso, en la Letanía de San José, aprobada en 1909 San Pío X, figura esta invocación: «Sancte Ioseph… terror daemonum, ora pro nobis».

El 8 de diciembre de 1870, Pío IX declaró a San José patrono de la Iglesia Universal. Por su parte, León XIII le dedicó la encíclica Quamquam pluries del 15 de agosto de 1889. Ante los males que aquejaban a la Iglesia y a toda la sociedad, afirma León XIII que cuando parece que el poder de las tinieblas se asienta sobre todo para perjudicar la catolicidad, no sólo es necesaria la devoción a la Santísima Virgen sino también a San José. Es más, el cabeza de la Sagrada Familia, esposo de la Santísima Virgen María y padre putativo del Hijo de Dios, a causa de sus privilegios, «debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra» .

El vínculo de San José con Jesús y con María es indisoluble. No es casual que cuando el 13 de octubre de 1917 presenciaba la multitud el milagro del sol en Fátima, Lucía, Jacinta y Francisco contemplaan a la Sagrada Familia y San José con el Niño Jesús que bendecían al mundo. Por esa razón, Juan Pablo II calificó a San José en la encíclica Redemptoris Custos del 15 de agosto de 1989, centenario de la Quamquam pluries de minister salutis, por ser cooperador singular del misterio de la Encarnación. Recomienda también el Papa la oración que le había dedicado un siglo atrás a San José, recordando estas eficaces palabras: «Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios. Asístenos propicio desde el cielo, en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad».

En su célebre homilía del 29 de junio de 1972 Pablo VI afirmó que el humo de Satanás se había colado por alguna rendija en la Iglesia de Dios. Se diría que actualmente ese humo envuelve ya al mundo entero, y San Pablo exhorta a los cristianos a combatir contra los poderes de esta mundo de tinieblas (V. Ef. 6, 12). Pero Jesucristo derrota y humilla a los amos de las tinieblas. Su solo Nombre ejerce una potencia absoluta sobre el mundo infernal: «In nomine Iesu omne genu flectatur… caelestium, terrestrium et infernorum» (Fil. 2,10). «Que toda rodilla en el Cielo, en la Tierra y debajo de la Tierra se doble en el nombre de Jesús». Es más; afirma Jesús: «En mi nombre expulsarán demonios» (Mc. 16,17). O sea, que ayudados por la gracia de Dios estarán en condiciones de resistir las insidias y tentaciones de Satanás. No sólo eso; después de Cristo, el papel de vencedora de las potencias infernales corresponde de modo eminente a su Madre María, a quien las Escrituras atribuyen con estas palabras la victoria sobre el Demonio: «Ipsa conteret caput tuum» «Te aplastará la cabeza» (Gen. 3,15). Afirma Pío IX en la constitución Ineffabilis, por la que definió la Inmaculada Concepción: «La gloriosísima Virgen fue reparadora de los padres, vivificadora de
los descendientes, elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada
por Dios cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, que ciertamente trituró la venenosa cabeza de la misma serpiente» (Constitución apostólica Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854) .

Jesucristo, ante cuyo Nombre tiemblan los infiernos, es triunfador absoluto sobre el Demonio. Pero Dios, que comunica a sus santos por participación lo que en modo perfecto es propio de Cristo, ha querido asociar a María a esta victoria. Por su parte, María no quiere hacer nada sin la estrecha colaboración de su Esposo, al que la Trinidad confió custodia de Ella y de su Hijo. Por eso San José participa de modo misterioso pero real en la victoria sobre el Demonio, victoria que es central a la obra de la Redención. La Iglesia le ha atribuido acertadamente el título de terror de los demonios y lo invoca con esas palabras rogándole que deshaga el caos infernal en que está inmerso el mundo y que nos sostenga en las últimas tentaciones a la hora de la muerte.

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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