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Santa Teresita, el P. Calmel y la actualidad

De 1956 a 1957, el P. Roger Thomas Calmel OP (1914-1975) fue exiliado a España, víctima injusta del avance del modernismo dentro de la Iglesia, que no podía tolerar las posiciones firmes e intransigentes de este digno hijo de Santo Domingo sobre la doctrina y la moral católicas. Su estancia en España le puso inevitablemente en contacto directo con los grandes místicos de aquella tierra.

En San Juan de la Cruz, el P. Calmel vio, a través del camino místico, «al gran doctor del camino de la unión con Dios, del desamparo, de la docilidad al Espíritu Santo, junto a su hija, la pequeña Teresa«. Y es a esta última al que el P. Calmel dedicará páginas magistrales, mostrándola como la Santa dada a la Iglesia para nuestros tiempos de apostasía. Estudiando en profundidad la «pequeña vía» de la infancia espiritual, el P. Calmel muestra su actualidad en relación con la crisis desenfrenada de la Iglesia «en la que el Señor nos pide que demos testimonio«.

A quienes dudaban de los efectos de una posible «resistencia» a la creciente infiltración modernista en la Iglesia, el Padre Calmel respondía: «La pregunta de cuál será el fruto de nuestra resistencia no se pone en absoluto. Se sabe que Dios hace fructificar el testimonio de fe de quienes Lo aman. La verdadera pregunta es esta: ¿cómo dar santamente el testimonio que se debe dar? Al respecto la lección de la infancia espiritual es de un precio inestimable, ya que el cristiano cuya fe es de una sencillez infantil, tan pronto como ve en qué consiste el testimonio de fe, descansa en una perfecta rectitud y en una gran paz. El Padre Celestial, a través de su Hijo Jesús, le brindará la ayuda necesaria, día tras día. Saber si Él impide o no el mal, si la Tradición católica mantiene sus posiciones o si ella se detiene es una preocupación que no le puede ser ajena. Pero está lejos de invadir o poseer su alma; esta preocupación no tiene una repercusión formidable y trágica en su alma; la simple melodía de la confianza y del abandono nunca se ahoga en gritos de miedo.«

Recogemos en estas palabras la sabia aplicación que el P. Calmel había hecho de la doctrina de la infancia espiritual a las contingencias modernas: un espíritu de absoluta confianza en Dios y desconfianza en sí mismo, en el testimonio de fe llevado al extremo, según la propia vocación. El amor que Teresa nos enseña -señaló el P. Calmel- no supone necesariamente acciones extraordinarias, sino que exige que respetemos con extraordinaria atención las leyes de nuestra inserción en el Cuerpo Místico, cada uno según su propio estado de vida.

En nuestros tiempos de confusión y anarquía –sobre todo en tiempos de pandemia– en los que la caridad, sobre todo la caridad apostólica, sirve de pretexto para justificar la extravagancias, la profanaciones y traiciones de todo tipo, la voz del amor enseñada por la pequeña Teresa es «una voz de orden, no de desorden». ¿Entonces que hay que hacer? “Lo que el Señor nos pide es resistir: resistir respecto a la buena Misa y la buena Liturgia, sobre el Bautismo, el catecismo y la doctrina sagrada, como también sobre la moral. Lo que el Señor quiere hacer con sus amigos -no se puede dudar- es colmarlos cada vez más de su amor. Para lograr resistir, para perseverar, basta dejar que Él lo haga, ya que el amor que el Señor quiere poner en sus almas es fuerte como la muerte (Ct. 8,6) y es un alimento maravilloso e inagotable.«

Es precisamente en virtud de este amor que la pequeña Teresa soñaba con participar en los tormentos de los hijos de la Iglesia en tiempos del Anticristo. Entonces el P. Calmel, en una idealizada conversación, le pregunta: «¿Qué tormentos? ¿Pensaste, tal vez, ¡oh Santa! cuya vocación es el amor, en alguna reedición adaptada al mundo moderno de parrillas y minas incandescentes, minas asfixiantes o peines de hierro? ¿Habíais entrevisto que habría algo peor?¿Habíais pensado en los tormentos espirituales de tantos fieles engañados por la Jerarquía?«.

Y aquí procede a hacer una descripción implacable y profética de lo que está ante nuestros ojos. Él previó que «sacerdotes, obispos iban primero a aceptar ser encarcelados en gran número en un sistema muy perfeccionado que luego los habría hecho caer insensiblemente en una nueva religión, en el último culto inventado por el infierno: el de la humanidad en evolución. Sería la destrucción de la fe bajo anestesia, por el efecto conjunto de la democratización y de la autoridad paralelas. Cloroformados, manipulados por el sistema existente, vaciados de su alma, se verían sacerdotes en masa imponer ritos equívocos a los fieles y predicarles una doctrina dudosa. Se vería a obispos y sacerdotes en gran número intoxicados, dominados por el sistema, llevando a la apostasía a una multitud de simples fieles sin otra defensa que la de confiarse a la autoridad. El pueblo de Dios es engañado, abusado y traicionado por sus líderes. Quizás este no sea el tiempo del anticristo: es su prefigura. Ahora bien, es en una época así tan terrible que le hubiera gustado vivir para dar testimonio de su amor al Señor. En el innumerable ejército de santos y santos, eres la única que has manifestado tal deseo. Tú, por tanto, eres más capaz que otros de comprender nuestra situación y de acudir en nuestro socorro. Dígnate enseñarnos cómo llegar a ser Santos en la hora en que los precursores del anticristo gobiernan, dominan la ciudad y encadenan a la Iglesia».

Se sabe que ser santo no es cosa fácil, ni siquiera en una sociedad cristiana y en una Iglesia fiel a su Señor. Basta abrir cualquier hagiografía para comprender el alcance de las batallas espirituales a las que fueron sometidos todos los Santos.

Pero entonces -se pregunta el padre Calmel- «¿cuál será la intensidad del amor indispensable, cuál será la fuerza de espíritu necesaria para emprender el camino de la santidad cuando la apostasía no haya ganado ciertamente no a todos los prelados, ni a todos los fieles -lo que sería imposible- sino al menos una gran cantidad de ellos y hasta los rangos más elevados, ya que la abominación de la desolación se sentará en el lugar santo? Ciertamente será mucho más difícil y mucho más raro ser santo en la época del anticristo que en la época de Nerón. Por salvaje que fuera su persecución, Nerón atacó desde afuera; el anticristo (y sus precursores, ndr.) se enfurecerán, según las palabras de San Pío X, in sinu et gremio Ecclesiae (en el seno y gremio mismo de la Iglesia). Sea como sea, en estos como en todos los tiempos, es el amor el que hará la santidad. Pero en esta nueva situación, en la que la fe generalmente será obscurecida o negada, el primer efecto del amor será garantizar la perseverancia de la fe. No únicamente para conformar la vida a la fe por amor, sino para conservar la fe por amor. Conservar la fe, cuando la jerarquía permite que se disfrace y se pierda, permanecer firme en la fe ante un peligro de este género es imposible sin una gran sencillez de corazón. Por poco que nos dejemos atraer por la gloria que viene de los hombres, o si nos sentimos temerosos y débiles ante los males que nos infligen, nos traicionaremos sin darnos demasiada cuenta, argumentando con la sabiduría ilusoria de este mundo».

Ante este escenario apocalíptico, que el Padre Calmel considera como la prefigura de la época del anticristo, es difícil escapar de la tentación del desánimo, si no de la desesperación. Y entonces el gran Fraile dominico vuelve de nuevo a la pequeña carmelita de Lisieux. «No le pido a la pequeña Teresa –escribe– que me indique los detalles concretos de la perseverancia y de la resistencia; Le pregunto qué quiere darme: mostrarme el recurso oculto, el elemento invisible. Ella me responde que basta amar, ser pequeña y sencilla, que esto es todavía y siempre posible. Esto es lo que necesito saber en primer lugar antes que nada. Si lo sé, seré mucho más capaz de frenar el modernismo y perseverar en la fe».

A esta altura el Padre Calmel, como en una visión profética, describe cómo serán los santos que vivirán en tiempos de apostasía. Su lucidez, dice, «será evidentemente muy grande, proporcional al nuevo medio inventado por el padre de la mentira para engañar y provocar mareos. Y como estos medios estarán a la medida de los espíritus infernales y no a la medida del espíritu del hombre, será el mismo Espíritu Santo quien dará la lucidez necesaria. […] Esta claridad no será un principio de confusión o desesperación, sino de humildad y abandono. El alma tendrá plena conciencia de los hilos que le son tendidos, pero para el que tiene dos alas, poco importa la perfección técnica de los hilos que le son tendidos. Nuestro mundo, que siempre ha sido un valle de lágrimas, se convertirá, en estos tiempos finales, en una imagen del infierno; sin duda será un infierno indoloro, una antecámara climatizada del infierno eterno; pero los santos de estos últimos días volverán a decir con los santos que los han precedido en siglos de menor perversión y de tinieblas más ligeras: No temeré porque Tú, Señor, estáis conmigo… Tú habéis vencido al príncipe de este mundo».

Más que todos los otros santos, la pequeña Teresa intercede eficazmente por las almas que, como nosotros, viven en tiempos que prefiguran los del anticristo, porque más que los otros santos ella quiso vivir en esos tiempos y mostró el camino seguro al cual los precursores del anticristo no encontrarán acceso: el camino de la humildad, de la sencillez de corazón, de la infancia evangélica. «Es el espíritu de la infancia, con la sencillez de corazón que le es inseparable, lo que hizo a santa Juana de Arco capaz de defender la verdad de su misión ante un falso tribunal de la Iglesia y no obstante la prisión y el fuego; y es el mismo espíritu de infancia que hizo a San Pío X capaz de hacer frente donde sea al enemigo que estaba dentro (de la Iglesia), el modernismo, bien lejos de negociar nada con él. Porque el espíritu de la infancia no hace que la lucha se evite con dulzura, sino que hace afrontar en paz las más graves dificultades y responsabilidades por el amor del Señor».

A nuestro buen Dios, que ama confundir la sabiduría de este mundo, le gustó dar para los tiempos más apocalípticos de su Iglesia no un gran sistema de defensa, sino una pequeña vía de humildad. Él quiere recordarnos, una vez más, su palabra infalible: la puerta del Reino de los Cielos es «estrecha» y hay que ser «pequeño» para entrar. Es la «pequeña vía» de Teresa de Lisieux: «pequeña» no porque sea fácil, sino porque nos invita a hacernos pequeños. Pero hacerse pequeño es algo grande. De hecho, es lo más grande, porque abre las puertas del Cielo.

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