En una clase de arquitectura, hubo un ejercicio para estudiar los efectos de la arquitectura sagrada. Los estudiantes visitaron unos templos antiguos y unos modernos. Unos entraron con ojos vendados y los demás los observaron. Cuando se quitaron las vendas, se observó a donde se dirigieron sus ojos instintivamente. En los modernos voltearon la cabeza de un lado al otro confusamente, mientras en los antiguos se dilataron los ojos dirigiéndolos hacia arriba con expresión de sobrecogimiento.

Hay un instinto en cada ser humano que los artistas de los tiempos pasados tomaban en cuenta: el anhelo por el infinito, una apetencia insaciable para la perfección, un afán de exceder los límites de esta existencia efímera. Y Dios todopoderoso quien nos puso estos deseos tan elevados, también puso dentro de nuestro alcance el poder de cumplirlos.

Hace 50 días estábamos reunidos alrededor del cirio pascualy cantamos las palabras misteriosas: “¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor.” Hoy está completo el ciclo. Ya sabemos por qué su culpa – por la cual todos heredamos la pena de muerte y el pecado original – puede ser llamada feliz, ya sabemos porque somos mejores ahora que como seríamos si Adán y Eva nunca hubieran pecado.

“Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” Dice San Pablo.

El pecado entró por una desobediencia y el deseo desordenado de ser como Dios. Ahora, a través del amor y la obediencia, Dios nos ha puesto dentro de nuestro alance la divinización verdadera por enviarnos su Espíritu.

Como rezamos en la secuencia antes del evangelio de hoy:

“Ven Espíritu Santo y desde el cielo envía un rayo de tu luz.

Ven padre de los pobres, ven dador de las gracias, ven luz de los corazones.

Consolador óptimo, dulce huésped del alma, dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo, en el ardor tranquilidad, consuelo en el llanto.

Oh luz santísima: llena lo más íntimo de los corazones de tus fieles.”

Hay muchas ideas equivocadas e infantiles del Espíritu Santo quien por cierto es la persona menos entendida de la Santísima Trinidad. Todos hemos visto las imágenes de la Santísima Trinidad en que el Padre parece como un abuelito, el Hijo como un jovencito, y el Espíritu Santo como un pajarito. Estos sólo son símbolos del misterio más profundo de nuestra fe. Si paramos con la mera imagen, no llegaremos a la esencia.

O quizás hemos sido confundidos por lo que hemos visto los que se llaman carismáticos, ya sean protestantes o católicos. La meta del Espíritu Santo no es convertirnos en locos ni espantarnos con sus trucos. La liturgia de la iglesia nos presenta una imagen muy diferente, como leemos en la secuencia, es dulce y refrescante, da descanso, consuelo, y tranquilidad. Y más importante, es la luz que llena lo más íntimo de nuestros corazones y que satisface el anhelo primordial por el más allá.

Es el “Divino Huésped” del alma. Y como un invitado bien educado, nunca llega sin traer un regalo, este huésped lleva consigo el regalo del amor divino, que Él es substancialmente.

Este huésped también es el artista más excelente, y si le abrimos la puerta de nuestra alma, nos daremos cuenta que Él tiene ganas de mostrarnos sus prodigios.

Cada artista necesita su pintura, su lienzo, y su ideal para imitar. El Espíritu Santo nos ha escogido como su lienzo vivo, y su imagen ideal que reproducirá en nosotros es nada menos que Cristo mismo, y las pinturas que usarán son las virtudes, las inspiraciones, y los dones celestiales.

No hay duda que logrará una obra maestra… Si lo permitimos.

Sigue la secuencia:

“Sin tu ayuda nada hay en el hombre, nada que sea inocente.

Lava lo que está manchado, riega lo que es árido, cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido, calienta lo que es frío, dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles que en Ti confían, tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo.”

Muchos piensan y viven como si su salvación dependiera en ellos mismos. Solos, no podemos nada, somos esclavos de las pasiones y el pecado que causan en nosotros una tirantez y agarrotamiento porque mientras miramos hacia arriba con añoranza, nos damos cuenta tristemente que estamos demasiado sobrecargados y no podemos desenredarnos.

Les convendría que me fuera, dijo el Señor, para que el mismo Espíritu que obra en mí, obrara también en ustedes para ablandar su dureza y calmar su ansiedad. Mi espíritu los hará verdaderamente libres. Quitará su rigidez y su congelación, Corregirá las desviaciones y sanará todas las enfermedades.

El Padre Boylan pregunta: “¿Cómo Cristo nos salvó? Por hacernos parte de Él. ¿Cómo nos salvamos? Por hacernos parte de Cristo.”

¿Nos podemos imaginar un mejor huésped? Éste no es un visitante temporal, sino que quiere morar en nuestras almas eternamente. Una vez entrando, jamás se irá, a menos de que lo desalojemos por pecar. En verdad Él quiere seguir aumentando su poder e influencia en nosotros hasta que nos transforme totalmente en Cristo, que se logra principalmente, cuando guardamos sus mandamientos, como el Señor nos dice en el evangelio, y también a través de la oración, los sacramentos, el sacrificio, y las buenas obras. Esto es la única meta de nuestras vidas. ¿Hay algo mejor que podríamos esperar?

“¡Que delicia en el pensamiento.” dice el Arzobispo Luis Martínez, “el amor que atrae, cautiva, y hace que uno derrote todas las dificultades, causa que el Dios de los cielos, que está enamorado de las almas, descienda y se una con ellas de una manera íntima y permanente. Esto es el amor: unión. . . . Dios nos ama a través del Espíritu Santo, y nosotros le correspondemos con un amor sobrenatural y divino. El Espíritu Santo, al entregarse a nosotros, también derrama en nosotros su semejanza, que es la caridad,” concediéndonos el poder de corresponder a su amor infinito con un amor también divino.

Padre Daniel Heenan